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Don Juan estaba en la sala leyendo el periódico cuando, de repente, entró su hijo Federico de cuatro años de edad, llorando amargamente.
–Federico ¿qué te pasa? –preguntó el padre muy sorprendido.
–Papi, no quiero ser más el sacerdote.
Como don Juan no entendía, pidió que el niño le explicara lo que quería decir. Entonces se enteró de que los chicos estaban jugando al «buen samaritano» (leer Lucas 10:25-37). Julia representaba al hombre que cayó en manos de ladrones; Pablo era el levita; Lidia, el buen samaritano; Pancho, el mesonero y Fabián el burro que había servido para cargar al herido hasta el mesón. Federico debía ser, como siempre, el sacerdote que pasaba de largo sin preocuparse por el herido. Al final, ese «y a mí qué me importa» le resultaba tan feo que prefería representar más bien al burro, porque al menos este había sido útil para llevar al herido al mesón.
¡Cuántas veces hacemos nosotros también como el sacerdote! ¿no es cierto? En vez de dar la mano a quien necesita nuestra ayuda, pasamos de largo. ¡Qué egoístas podemos ser! Quiera Dios que aprendamos del Señor Jesús, el verdadero Buen Samaritano. Él iba entre los pecadores con las manos llenas de amor para hacer bien a quienes lo necesitaban.
¿Cómo podemos parecernos a él? El Señor Jesús antes de irse al cielo nos dejó dos cosas muy importantes: la oración y su Palabra. Aunque todavía seas pequeño, puedes orar para el bien de otros y crecer en el conocimiento de la Palabra para usarla cuando sea necesario.
Los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras
(Tito 3:8).