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Las consecuencias del accidente nuclear de Fukushima, ocurrido hace cinco años, se ven en las mariposas que sufren malformaciones severas. Un descubrimiento que fue posible, gracias al incansable trabajo de la investigadora japonesa Chiyo Nohara, desaparecida hace unos meses. La redacción japonesa de swissinfo.ch la entrevistó en 2014, al margen de una conferencia en Suiza.
“Hasta entonces no había tenido nada que ver con Fukushima. La catástrofe nuclear, sin embargo, me generó una gran preocupación, como si una hija mía viviera en esa región. Quise ir al lugar para ver con mis propios ojos lo que había ocurrido”, declaraba Chiyo Nohara a swissinfo.ch, después de participar en un simposio sobre ‘Repercusiones de las radiaciones sobre los genes’ en Ginebra.
Inicialmente, la carrera académica de Chiyo Nohara no estaba vinculada a las Ciencias Naturales. La especialidad de esta profesora de la Universidad de Aichi, a unos cien kilómetros al sur de Tokio, eran las auditorías en la administración. El interés por los temas medioambientales vino más tarde, cuando se trasladó a la isla meridional de Okinawa, donde comenzó a impartir cátedra en la Universidad de Ryukyu.
Después de la triple catástrofe del 11 de marzo de 2011 –el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de Fukushima–, la científica propuso enseguida estudiar los efectos de la fuga radioactiva sobre los lepilópteros. Pero como el profesor Joji Otaki ya estudiaba los licénidos, un tipo de mariposa, decidió analizar las repercusiones sobre ellos.
En mayo de 2011, los investigadores recogieron un número determinado de licénidos en las ciudades de Fukushima y Motomiya (a cerca de unos sesenta kilómetros del reactor nuclear). Una vez en el lugar se percataron de que las alas de estos ejemplares eran más pequeñas que las de otras mariposas.
Al regresar a Okinawa, los investigadores criaron, a partir de las mariposas contaminadas, una nueva generación en el laboratorio. Descubrieron enseguida retrasos en la transformación en crisálida y en la eclosión, así como malformaciones. Estas eran especialmente frecuentes en los licénidos que se encontraban en las inmediaciones del reactor. Las mariposas de la segunda generación presentaban malformaciones incluso más graves.
La revista científica ‘Nature’ publicó en 2012 los estudios que llevaron a cabo los científicos.
La entrevista del 29 de noviembre de 2014
swissinfo.ch: ¿Por qué se trasladó a los dos meses del accidente nuclear a Fukushima?
Chiyo Nohara: Había efectivamente el riesgo de que se produjeran más accidentes en la central, entre otras razones, como consecuencia de nuevos movimientos sísmicos. Pero quería absolutamente recoger mariposas que provenían de las larvas que habían crecido en invierno en Fukushima. En Chernóbil se realizaron estudios similares sobre los efectos de la radioactividad solamente cinco años después de la tragedia nuclear. Era precisamente lo que yo quería evitar.
Con el profesor Otaki y otros dos investigadores visité varios puestos en las cercanías. Queríamos comparar estos ejemplares con los de Tokio y otras ciudades.
swissinfo.ch: Antes usted se ocupaba de auditorías en la administración pública. Ahora se dedica a verificar malformaciones en mariposas contaminadas por radioactividad. Su actividad cambió de forma radical.
C.N.: No tuve tiempo para pensar en cómo había cambiado mi situación. El trabajo era muy fatigoso y el tiempo apremiaba. Visitaba cada diez días la región de Fukushima para tomar muestras de acederilla, que utilizaba para alimentar y contaminar a las mariposas.
Chiyo Nohara (1955-2015)
Bajo la dirección del profesor Joji Otaki de la Universidad de Ryukyu, la científica creó un grupo de investigación en Okinawa para analizar las consecuencias en las mariposas de la tragedia nuclear de Fukushima.
Antes de volcarse en esta labor, fue profesora de auditorías en la administración pública.
En la ‘Graduate School of Engineering and Science’ de la Universidad de Ryukyu cursó la primera mitad del programa de doctorado en Ciencias Marinas y Ambientales.
El 28 de octubre de 2015, Chiyo Nohara falleció en la isla de Okinawa tras padecer una larga enfermedad.
Volaba de Okinawa a Tokio, proseguía el viaje en automóvil hasta Fukushima, recogía la acederilla y expedía tres o cuatro veces al día las muestras acopiadas.
Solía pasar tres noches en el lugar. Al regresar a Okinawa, solía ir al laboratorio para alimentar durante toda la noche a las mariposas. Quería descargar un poco al colega que se ocupaba de esta tarea durante mi ausencia. Hemos trabajado así durante un año y medio.
swissinfo.ch: ¿Cuál ha sido el experimento que más la ha impresionado?
C.N.: El experimento con las radiaciones. Respecto a las mariposas no expuestas a radiaciones, las contaminadas se movían mucho más lentamente. Me produjo una gran consternación. Pensé en la enfermedad que nosotros llamamos ‘Genbaku Bura-Bura’, en referencia a la bomba atómica de Hiroshima (benbaku = lanzamiento de la bomba atómica, bura-bura = lento).
swissinfo.ch: ¿Cuáles son los últimos resultados?
C.N.: Dividimos la segunda generación de mariposas provenientes de Fukushima en dos grupos. En el primero, alimentado con tréboles contaminados, se mantuvieron las elevadas tasas de malformaciones y mortalidad. En el segundo grupo, alimentado con tréboles de Okinawa, en cambio, eran casi normales. Y a partir de la segunda generación, el índice de supervivencia se avecinaba al de las mariposas no contaminadas.
Existe, por ende, cierta probabilidad de que esto se aplique también a los seres humanos. O sea, si se dispone de alimentos no contaminados, las probabilidades de supervivencia de la segunda generación no es reducida respecto a quienes no estuvieron expuestos a la radiación. En ese sentido, este resultado es un resquicio de esperanza.
swissinfo.ch: Este experimento despertó un gran interés por parte de los especialistas que participaron en el seminario de Ginebra.
C.N.: Es verdad. El interés ha sido grande, desde que observamos que las probabilidades de supervivencia de la segunda generación mejoran. No obstante, me gustaría subrayar dos puntos. En primer lugar, la tasa de anomalías y de mortalidad de la primera generación se mantiene muy alta. Y en segundo lugar, aún no podemos excluir daños en el genoma de la segunda generación, pese a que el índice de supervivencia ha alcanzado niveles normales.
De hecho, se dice a menudo que los niños que se quedaron en Chernóbil padecen varios problemas físicos y psíquicos, e incluso se suicidan; o que muchos padres no pueden soportar el sufrimiento de sus hijos y abandonan la familia.
También las personas que dejaron Fukushima después del accidente presentan diferentes síntomas. Las víctimas de la radiación deben ser acogidas con los brazos abiertos en la sociedad y recibir terapias adecuadas.
Traducción: Belén Couceiro