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PARIS – Si bien los ciudadanos de Europa apoyan mayoritariamente la creación de una política común en los ámbitos de la seguridad y la defensa, la mayor parte de sus gobernantes han demostrado una clara falta de interés en crearla. Esto se puede advertir en, por ejemplo, la reunión del Consejo Europeo realizada el mes pasado. ¿Cómo se entiende esta paradoja?
Una posible explicación es que los gobiernos europeos carecen de los medios para satisfacer las expectativas de sus votantes debido a las limitaciones financieras por las que están pasando. Pero no se trata de un argumento muy convincente, ya que el problema se planteaba en términos prácticamente idénticos hace tres décadas, cuando no había estrecheces de presupuesto. De hecho, se podría argüir que esas limitaciones tendrían que impulsar, más que impedir, la creación de una estructura común de defensa europea. A fin de cuentas, así los países miembros podrían hacer un uso conjunto de sus recursos, coordinar programas y racionalizar costes, reduciendo con ello las cargas financieras individuales.
Otra explicación, mucho más creíble, es que las interpretaciones de los europeos sobre lo que es “una política de seguridad más sólida y activa” difieren mucho entre sí. De hecho, en los debates que se dan hoy en Europa sobre el uso de la fuerza es posible distinguir tres perspectivas principales, representadas por Francia, el Reino Unido y Alemania.
El único país de la Unión Europea que parece realmente interesado en dar respuesta a la demanda popular de estructuras de seguridad europeas más sólidas es Francia, que una vez más ha intervenido en África, esta vez para restaurar el orden en la República Centroafricana. Los franceses ven a Europa como una especie de superpotencia, lo que conlleva una capacidad militar correspondiente.
Si bien es probable que esta visión tenga sus raíces en el trasfondo histórico francés en lo político y militar, también refleja los intereses actuales del país. Como la mayor potencia militar de Europa (a pesar de que el presupuesto de defensa británico es mayor), Francia desempeñaría un papel clave en cualquier operación militar europea de gran alcance.
Por su parte, el Reino Unido cree (al igual que Francia) que el poderío militar es necesario para lograr una efectividad estratégica, pero plantea que su oposición a una estructura común de defensa se debe a que considera que la OTAN (y por ende, Estados Unidos) es esencial para la defensa europea. Sin embargo, dado que ningún otro país de la UE ha considerado en serio excluir a la OTAN, este argumento no parece mucho más que una excusa.
La verdad es que el único tipo de defensa que aceptan los británicos es la conducida por una coalición de estados europeos que actúen bajo sus propias banderas, como ocurrió en Libia. Desde el punto de vista británico, las operaciones “europeas” deberían limitarse a objetivos humanitarios y de mantenimiento de la paz. Aunque participó en la lucha contra la piratería en el Cuerno de África, se trató más de una operación de patrullaje que militar, guiada por el interés en común de proteger las rutas comerciales que parten de Oriente Próximo y Asia.
La visión de Alemania sobre este tema es muy diferente a las que sostienen Francia y el Reino Unido. A diferencia de este último, los germanos apoyan una política europea de seguridad y defensa, subrayando con orgullo su sólido presupuesto militar y su importante presencia en las misiones europeas (superior a la de la agobiada Francia). Y si bien comparte la creencia británica de que la responsabilidad principal de la protección de Europa debe recaer en la OTAN, opina de manera todavía más restrictiva acerca del alcance de la intervención europea: debería limitarse al continente y no incluir operaciones de combate.
De hecho, la mayoría de los ciudadanos europeos prefiere que sus fuerzas armadas se excluyan de las misiones que no sean de combate. Hasta ahora, prácticamente todas sus operaciones militares han apuntado a evacuar a sus ciudadanos, entregar ayuda humanitaria o mantener la paz tras un conflicto.
Estas diferencias de visión explican la incertidumbre que existe tras las últimas intervenciones de Francia en África. Los franceses han lamentado el escasísimo apoyo ofrecido por el resto de Europa a sus operaciones en Mali y la República Centroafricana, de lo cual un buen ejemplo es el rechazo de Alemania a crear un fondo para operaciones en estados que no sean miembros de la UE.
Sin embargo, considerando la urgencia de las situaciones de Libia, Mali y la República Centroafricana, esta falta de apoyo no ha afectado las iniciativas de Francia tanto como si se hubieran consultado con los líderes europeos. De todos modos, los alemanes las habrían rechazado de habérseles preguntado.
Este conflicto entre la necesidad de una respuesta rápida y el requisito de deliberar previamente explica por qué es improbable que alguna vez se pongan en práctica los “grupos tácticos” de los que tanto se ha hablado. El hecho de que a la mayoría de los europeos les baste un involucramiento político y militar limitado cuando sea necesario desplegarlo fuera de Europa hace menos factible que en el futuro haya una mayor cooperación en el ámbito defensivo.
Un pesimista diría que los europeos no son capaces (o, al menos, no tienen la voluntad) de replantear su política de defensa porque, en último término, Estados Unidos garantiza su seguridad a través de la OTAN. Según este punto de vista, los esfuerzos de Francia por estimular la integración trasatlántica y la acción política autónoma no serán suficientes para cambiar la mentalidad de la mayoría de los europeos.
Una interpretación más optimista diría que Europa precisa de estructuras de defensa que reflejen el papel de los estados miembros, no solamente el de la UE. Desde esta perspectiva, Europa sí tiene una presencia militar importante, ya sea en Afganistán y Libia o Mali y la República Centroafricana. Eso es ya un comienzo.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.
Copyright Project Syndicate
Zaki Laïdi es profesor de Relaciones Internacionales en l’Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po) y autor de Limited Achievements: Obama’s Foreign Policy (Logros limitados: la política exterior de Obama).
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