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Paradójicamente, las más de cinco décadas de hostilidades entre el gobierno colombiano, las guerrillas y los carteles de droga, proporcionaron una cierta protección para los tesoros naturales del país. Como los guerrilleros solían esconderse en los bosques, selvas y montes, nadie se atrevía a talar los árboles o a destruir las riquezas naturales de un país mega biodiverso.
El acuerdo de paz que el presidente colombiano Juan Manuel Santos cerró en 2016 con la FARC, supone nuevas esperanzas para el país y constituye una tremenda oportunidad. Aunque también despierta la codicia por explotar los bosques, los altiplanos, zonas montañosas y marítimas, los páramos y las selvas amazónicas, que ahora gozan de mayores garantías de seguridad para las empresas explotadoras.
La amenaza de una expoliación despiadada se cierne sobre recursos que hasta el momento no se habían visto afectados por la tala de árboles, la minería, los pozos petrolíferos, el fracking, el mono cultivo agrario, y la inminente extensión de la frontera agrícola.