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Si alguien viaja por la autopista que va de Tolosa a Carcasona (Francia), verá un letrero que indica la entrada a Naurouze. Es el punto donde las aguas de lluvia se separan, las que, según corran al este o al oeste, desembocan en el Mediterráneo o en el Atlántico.
En África, en la frontera nordeste de Zaire, puede ser que, impulsada por el viento, una gota de agua sea desviada hacia el río Zaire o hacia el río Nilo; y cerca de 5000 kilómetros separan las desembocaduras de estos dos ríos.
En las montañas Rocallosas, en el Canadá, cerca de una pequeña estación ferroviaria, una rústica construcción de madera lleva la inscripción: «The Great Divide». Es el nombre dado a la línea divisoria de las aguas en esa región. Es verdaderamente una «gran separación», como su nombre lo indica.
El hecho de que dos gotas de agua caídas muy juntas sean finalmente separadas por una gran distancia es poco importante. Pero hay algo que merece mucho más atención. ¡Hay una línea divisoria entre los hombres! ¿Una línea divisoria? ¿Dos direcciones diferentes? ¿Dos destinos opuestos? Entonces ¿estoy en la buena vertiente?
En efecto, dos personas pueden haber vivido toda su vida en condiciones semejantes y dejarla con destinos absolutamente opuestos. Al menos una vez les habrá sido ofrecida una elección, quizá el día en que oyeron o leyeron el mensaje de la salvación por la fe en Jesucristo. Tal vez una haya recibido esa Buena Nueva y la otra la haya rechazado. Entonces sus vidas habrán tomado cursos diferentes.
El que escucha y se deja persuadir, atraído por el amor de Dios, es aquel que toma la buena dirección. Él no tarda en ser dominado por el sentimiento de su indignidad ante la santidad de Dios; se reconoce pecador, incapaz de cambiar su suerte por sí mismo. Entonces ve a Jesucristo muriendo en su lugar, expiando sus pecados, y confía en Él. Recibe el perdón de Dios y es liberado de la carga que le abrumaba. Estaba perdido y ahora es salvo; obtiene la vida eterna, desde ese momento y para siempre. Ya no teme el juicio de Dios, porque le conoce como su Padre y se regocija profundamente en su amor.
Aquel que rechaza ese mensaje de amor, de gracia y de perdón, cierra su corazón a Dios y se deja arrastrar por la pendiente de los placeres del mundo, las ocupaciones, la negligencia o el odio hacia Dios. Permanece en estado de muerte espiritual. Cuando muera, tendrá una condición y destino terribles, sin retorno y sin esperanza. La descripción sobria y sugestiva que la Biblia da acerca de ello puede hacerle reflexionar aún: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:26).
¿Está usted en el buen curso? ¿Va rumbo al buen destino: el cielo?