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El tema de este capítulo está contenido en un único versículo del capítulo anterior: “El justo vivirá por fe” (Hebreos 10:38). Esta cita del profeta Habacuc (2:4) se encuentra tres veces en el Nuevo Testamento: Romanos 1:17; Gálatas 3:11 y Hebreos 10:38. A menudo se hizo notar que en cada pasaje se hace hincapié en una parte diferente de la frase; en Romanos, el énfasis recae en la palabra “justo” porque en esta epístola la justicia de Dios se revela en el Evangelio sobre el principio de la fe; en Gálatas, lo hace en la palabra “fe”, la fe que justifica en contraste con la ley que condena; aquí, en Hebreos, el énfasis recae en la palabra “vivirá”. Por tal motivo, el capítulo 11 nos da una cantidad de ejemplos de aquellos que vivieron de fe, o por fe, antes de la venida del Señor Jesús. Además, por el hecho de que lo prometido a su fe no fue cumplido y no podía serlo hasta después de la cruz, leemos en el versículo 13 que “conforme a la fe murieron todos éstos”.
El examen de este capítulo nos muestra que las personas que fueron tomadas como ejemplos de fe forman diversos grupos, y las observaciones que seguirán podrán tener alguna utilidad para el estudio de este capítulo.
El capítulo comienza, no precisamente con una definición de la fe, sino con una declaración de lo que ella produce. En otra parte está definida como el hecho de creer en Dios, pero aquí aprendemos que la fe hace realidad las cosas que se esperan, y evidentes las que no se ven.
Llama la atención que el primer ejemplo que se da en este capítulo de la fe en ejercicio nos remonte hasta la época en que el hombre aún no había sido creado, y que, contrariamente a todo lo que nosotros hubiésemos sido capaces de establecer por nuestra propia sabiduría y conocimiento, aquellos que tienen la fe entienden “haber sido constituido el universo por la palabra de Dios”.
De inmediato comprendemos el hecho de que la fe está totalmente fuera del alcance de la capacidad o de la sabiduría natural del hombre.
Abel y Enoc
El primer grupo está formado por dos personajes del Antiguo Testamento, Abel y Enoc. Está separado del segundo por el versículo 6, el cual expresa ciertas verdades generales. En estos dos hombres vemos la fe que actúa en relación con Dios. En Abel ella se manifiesta en la adoración, porque ofrece “a Dios más excelente sacrificio que Caín” (v. 4). En Enoc, se expresa en la marcha: “haber agradado a Dios” (v. 5). A menudo pensamos en la fe como algo que nos trae respuesta a nuestras oraciones, pero lo primero que se nos presenta en este capítulo con respecto a estos hombres notables del Antiguo Testamento no es lo que les trajo el «vivir por la fe», sino lo que ella produjo en ellos para satisfacción de Dios.
Noé, Abraham y Sara
El segundo grupo comprende tres diferentes caracteres; se trata más bien del impacto que produce la «vida por la fe» a nuestro alrededor. Noé reconoció por la fe que el juicio se acercaba, y que tanto él como los demás lo merecían, pero encontró el medio que Dios había preparado para escapar. Al construir el arca “condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe” (v. 7). Abraham vino a ser extranjero y peregrino, fue separado de su parentela y de su país y “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (v. 10). Sara ilustra el hecho de que la fe reconoció que no hay nada imposible para Dios.
Estas tres personas nos dan juntas un magnífico ejemplo y aliento para nuestro andar diario en este mundo.
Si vivimos por la fe, daremos un testimonio claro ante el mundo de que sabemos que el juicio se acerca, y que reconocemos merecerlo como todos, pero que, por gracia, hemos aceptado el único medio para escapar, por la fe en el Señor Jesús, nuestro Sacrificio y nuestro Redentor. También seremos extranjeros y peregrinos, al obedecer la orden de salir de todo lo que es contrario a Dios y esperar lo que Dios va a establecer. También tendremos confianza en el hecho de que, cualesquiera sean las circunstancias, nada es imposible para Dios y que Él cumplirá todo lo que se propuso para nosotros. Aquí no se trata de guardar estas cosas como doctrina, sino de vivirlas con poder, es decir por la fe.
En los versículo 13 a 16 los tres personajes son considerados de nuevo en conjunto, desarrollándose verdades de orden general que resultan del tema.
Abraham, Isaac, Jacob y José
Estos cuatro personajes forman el tercer grupo. Lo que caracteriza su fe y la pone en evidencia, es la confianza que tienen en que Dios cumplirá las promesas que Él había hecho a Abraham. Y esta confianza marca sus vidas a través de carreras muy notables. Abraham consintió en ofrecer a su hijo único, sin abandonar de ninguna manera su fe en el cumplimiento de la promesa: “En Isaac te será llamada descendencia” (v. 18). Lo mismo se puede decir de los demás, pero podríamos reflexionar sobre la posición de José y decir: «mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo creyeron la promesa de Dios que traería la simiente de Abraham al país de Canaán, pero todos murieron y yo mismo estoy a punto de apagarme; sin embargo, estoy persuadido de que la promesa se cumplirá en el momento determinado por Dios». Podemos ver aquí un paralelo con la esperanza del cristiano. Ya hace muchos siglos que el Señor Jesús dijo: “Ciertamente vengo en breve” (Apocalipsis 22:20). Han pasado muchas generaciones de aquellos que esperaron su venida durante su vida. ¿Está la fe en ejercicio en nosotros de tal modo que esperamos su venida?
Hasta aquí vimos ejemplos de individuos que ejercen fe, la cual produce resultados aceptables para Dios, un andar fiel en las circunstancias presentes y una certeza inquebrantable de esperanza para el futuro.
La actividad de la fe en grupos de personas
En el grupo siguiente vemos la fe más bien en una colectividad que en un individuo. Empieza por la colectividad más pequeña, en un asunto de carácter íntimo y personal. Por la fe, los padres de Moisés lo escondieron tres meses, “porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey” (v. 23; Éxodo 2:2; Hechos 7:20). Dios atribuye tanta importancia a esta simple fe de los padres de Moisés, que es mencionada tres veces en las Escrituras. ¡Qué aliento nos da esto hoy día, por muy débil que fuere la compañía de creyentes en la que nos encontremos! Pueden encontrarse sólo un hombre con su esposa, pero Dios lo nota si hay allí fe.
Pero el grupo que puede manifestar la fe de una manera colectiva, está formado por individuos, de los cuales tenemos dos ejemplos. Uno pertenece a la clase social más alta, el otro todo lo contrario. Moisés escogió “antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (v. 25-26). Entre nosotros son muy pocos los que son llamados a hacer la misma elección que Moisés debió hacer, pero si deseamos ser hallados en el pueblo de Dios viviendo por la fe, debemos estar preparados para dar este paso. Las ventajas que dependían de la posición de ser “hijo de la hija de Faraón” seguramente no están a nuestro alcance, pero cuántas veces somos tentados a formar parte de asociaciones mundanas que dejaríamos gustosamente de lado si tuviésemos como objeto a Cristo mismo, quien llevó nuestro oprobio y dejó de lado Su gloria para soportar la muerte de la cruz. Además, para ser identificados con aquellos que viven por la fe, nosotros también debemos renunciar a Egipto, no solamente a los placeres y deleites que el mundo ofrece, sino a la mundanalidad de pensamiento en todas sus formas. Esto acarreará, tal vez no “la ira del rey”, pero sí al menos el descontento o disgusto de aquellos con quienes nos relacionamos. Pero Moisés se mantuvo firme “como viendo al Invisible” (v. 27).
Se necesita también que cada uno de los individuos que componen una compañía que vive por la fe, reconozca la necesidad del sacrificio de Cristo como sustituto, y la eficacia purificante de Su sangre. Esto está expuesto en figura en el versículo 28 de nuestro capítulo; la aplicación de este versículo a nosotros no es solamente el comienzo de nuestra vida cristiana, sino que es algo que debemos guardar continuamente delante de nuestros corazones durante toda la vida de fe.
Todos aquellos que juntos poseen las características del párrafo anterior, seguirán su carrera tal como la encontramos en figura en los versículos 29 y 30, siguiendo sin dificultad un camino que parece imposible y reconociendo que no hay ningún obstáculo demasiado grande para el poder de Dios.
Este párrafo termina recordándonos que la gracia de Dios no excluye a ningún pecador de tal compañía —ni aun al mayor— que manifieste la vida de fe. Nótese que, en estos versículos 23 a 31, la expresión “por la fe” aparece siete veces, cada una de las cuales pone en evidencia algún punto en particular.
La fe en los días de confusión
En este quinto grupo es posible que hallemos un motivo de aliento muy especial para nosotros, quienes atravesamos días de confusión. Encontramos la mención del nombre de cuatro individuos (Gedeón, Barac, Sansón y Jefté: v. 32) que vivieron por la fe en un tiempo en que la ruina era tal que “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25). Esto caracteriza el día de hoy. La opinión individual en cuanto al bien y al mal, a la manera de rendir culto y de andar, tomó el lugar de la obediencia a la Palabra de Dios. Estos cuatro hombres ilustran de maneras distintas la vida por la fe, a pesar del hecho de que también ellos cometieron graves faltas. Pero Dios los consideró dignos de ser mencionados en este maravilloso capítulo.
La fe en los días de persecución
Un sexto grupo (v. 32-38) comienza con David y Samuel. Abarca los profetas, muchas mujeres y otros hombres que manifestaron vivir por la fe, que sufrieron persecución y hasta la muerte. Dios no olvida a nadie.
El autor y consumador de la fe
Todos estos casos están mencionados para nuestra instrucción y ánimo, a fin de que podamos “correr con paciencia la carrera que tenemos por delante” (12:1). Pero ahora nuestros pensamientos se trasladan al modelo perfecto de la vida de la fe, el Señor Jesucristo mismo. La nube de testigos ilustra de manera imperfecta las diferentes fases de la vida de la fe. Pero en Jesús todos los puntos que captan nuestra atención encuentran su ejemplo perfecto. Algunos se inclinan por no detenerse demasiado en Hebreos 11 a causa de la perfección de la Persona presentada al principio del capítulo 12. Pero nunca podríamos comprender Sus perfecciones, ni siquiera de manera imperfecta, si Dios no nos hubiese dado estas ilustraciones del capítulo 11 sobre: “el justo vivirá por fe”. Estudiemos, pues, las vidas de estos hombres para adquirir el conocimiento detallado que poseían aquellos a los que fue dirigida la epístola, a fin de que nuestra apreciación del Señor Jesús sea más completa y profunda.