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Es la maestra más veterana del Colegio Suizo de Santiago de Chile, que acaba de conmemorar su 70 aniversario. A sus 94 años, Berti Johner sorprende por su sencillez, simpatía y lucidez.
Nació en un pueblo conservador del cantón Friburgo y su sueño fue siempre enseñar y conocer el mundo. Un sueño que cumplió, primero en la Roma de la postguerra y a partir de los años 50 en Chile. Entrevista.
"¡Ah, la antigua Radio Suiza Internacional! (hoy swissinfo). Me hicieron una entrevista hace unos 20 años", rememora Berti, con una sonrisa, antes de comenzar la entrevista.
Y enseguida advierte: "Quizás no recuerde como antes las fechas", pero tras unos minutos queda en evidencia su extraordinaria memoria para recordar fechas, nombres y hasta los más mínimos detalles de su vida.
swissinfo: ¿Cómo surgió su interés por la pedagogía?
Berti Johner: Siempre quise ser profesora, pero mis padres pensaban que las hijas no necesitaban una profesión, que debían ayudar en casa o casarse. ¡Y yo no quería eso de ninguna manera! Mi intención era conocer el mundo, algo que en esos tiempos era una locura.
Un día, cuando tenía 16 años, nos visitaron unos tíos que me querían mucho. Me vieron tan triste que se ofrecieron para acompañarme a la escuela de magisterio de Friburgo –donde se estudiaba pedagogía– para solicitar que me aceptaran, aunque no tuviera la preparación académica suficiente. Después de una pequeña entrevista, el director de la escuela me dijo: "Bueno, puede venir e intentar". Recuerdo que con mi tía salimos tan contentas de allí...
swissinfo: Era sólo el primer paso...
B.J: Claro, aún tenía que ver quién pagaba mi estadía, porque no podía volver todos los días a mi pueblo. Yo tenía otro tío que de joven quería ser profesor, pero nadie lo ayudó. Él ofreció cubrir mis gastos con la condición de que le reembolsara todo una vez que me titulara. Ése fue el trato y lo cumplí.
Tras tres años y medio de mucho esfuerzo, egresé con muy buenas notas y estaba ansiosa por enseñar. Eran los años previos a la II Guerra Mundial y los profesores hombres debían seguir cursos militares en caso de guerra. Muchos debieron dejar a sus alumnos con reemplazantes. Yo ejercí esa labor en varios pueblitos y quedé encantada. Era estricta con los niños, pero les demostraba cariño, así me ganaba su simpatía.
swissinfo: Y las amenazas de guerra se mulitplicaban ...
B.J: Había muchos rumores, pero aún no se sabía cuándo iba a estallar. Yo seguía con la inquietud de salir de Suiza y, con la ayuda de unos amigos, en 1938 encontré un trabajo en Roma para enseñar alemán a dos niñas en casa de una familia. Cuando completé un año volví a Suiza, porque había mucho peligro y era complicado cruzar las fronteras. Me nombraron profesora en Murten, una ciudad medieval muy hermosa, con un puesto fijo y contrato ilimitado. Para mí era un regalo del cielo. Pero al terminar la guerra, supe que en Roma habían abierto un colegio para suizos y no lo pensé mucho. Apenas pude, viajé para averiguar qué posibilidades tenía de trabajar allí.
swissinfo: ¿Lo consiguió?
B.J: Logré ubicar la casa del director del colegio, pero sólo pude conversar con su esposa, quien me dijo: "le avisaremos si hay cupos". Pensé que no había opciones, pero meses después recibí una carta: "si aún tiene interés de trabajar aquí, ya tiene el cargo". Yo estaba feliz, pero asustada, porque debía conseguir permiso en mi trabajo en Murten. Me costó mucho, pero al final lo logré. Nadie entendía por qué dejaba ese puesto tan bueno, tan bien pagado.
swissinfo: ¿Cómo fue su experiencia en Roma?
B.J: Al principio no había nada muy organizado, ni siquiera tenían una casa para el colegio. Estábamos a un año del fin de la guerra y aun había desorden, algunos disturbios y cortes eléctricos. Los profesores –éramos tres- tuvimos que habilitar un salón del antiguo Club Suizo para los alumnos. Sacamos todas las botellas del bar, limpiamos los muebles e hicimos las clases ahí, entre los banquitos y la mesa del bar. Como el edificio era muy oscuro, cuando había cortes de luz había que usar velas... Así era al comienzo, pero a mí me gustaba. Todo era tan nuevo, la gente llena de buena voluntad, todos entusiastas y queriendo ayudar...
swissinfo: ¿Y cómo llega a Chile?
B.J: En 1950 me encontré con un profesor amigo al que no veía desde hace mucho. Me contó que estaba en Chile. "¿Y dónde queda eso?", le pregunté. Nunca lo había escuchado. Me habló del país y que había una escuela suiza, chiquitita, pero bien encaminada. "Es justo lo que te gusta, un proyecto muy familiar todavía. Ya les hablé de ti y quedaron entusiasmados, son gente muy simpática. Además, aprenderías otro idioma", me señaló.
Tiempo después me envío una carta desde Chile que me decía: "¡Estás aceptada!". Yo pensaba: '¿Cómo voy a dejar este lugar maravilloso?... Aunque podría conocer Chile, que no sé cómo es, el Océano Pacífico...' Conversé con el fundador del colegio de Roma y le pedí su opinión. "Si a mí me hicieran esta oferta, en un país y en un continente nuevo, no lo pensaría dos veces. Además, si no le gusta, ya sabe usted dónde está Roma", me respondió. Eso me dio más seguridad.
En Chile quedé encantada con la naturaleza, el mar, la vegetación... Aunque el colegio era muy sencillo -nada que ver con el de Roma-, pero me gustaba el ambiente y trabajar con pocos medios. Pronto me encariñe con la gente de la colonia, con mis niños. Había un clima de tanto cariño e idealismo entre el profesorado... Casi no teníamos sueldo, pero estaba dispuesta a vivir con poco.
swissinfo: Hasta 2007 viajaba constantemente a Suiza...
B.J.: Sí, y tuve claro que ése sería el último viaje a mi país. Aunque es un poco triste, he aprendido a asumir todas las etapas de la vida con alegría. He tenido una existencia tan llena, tan satisfactoria que no puedo más que agradecer. No tuve hijos, pero he tenido muchos más niños que cualquier madre o padre, y por más años; sólo que con distintas caritas... ¡Qué más puedo pedir!
Entrevista swissinfo: Mariel Jara, Santiago de Chile
Colegio Suizo de Santiago
El de Santiago es el más antiguo de los Colegios Suizos en Sudamérica. Se fundó en abril de 1939.
Siete décadas después está considerado como uno de los mejores centros de enseñanza de Chile.
"Pienso que la base de su éxito está en los valores que entrega; que hay que portarse bien en la vida, hay que respetar las normas, ser limpio, leal, ésa es la base de la enseñanza", señala la antigua profesora Berti Johner.
Hoy el Colegio Suizo de Santiago acoge a 600 alumnos, de los cuales 175 son suizos, y acaba de celebrar su 70 aniversario.
"Me invitaron a todas las actividades de aniversario del colegio y me emocioné hasta las lágrimas. Aunque todo es diferente, los niños en sí son los mismos y eso me conmueve".
Berti Johner
Nació el 21 de junio de 1915 en un pequeño pueblo de habla alemana del cantón de Friburgo.
A los 16 años, como era costumbre en su tiempo, partió por un año a la Suiza francesa para aprender el idioma y la cultura de esa región.
"Me tocó vivir en la casa de una señora muy severa. Lo bueno es que se preocupó por que yo aprendiera bien el francés y me inscribió en un curso en la Escuela de Comercio de Neuchâtel.
Fue profesora en el Colegio Suizo de Roma y en el de Santiago.
"En la época en que llegué a Chile, la enseñanza era global: Yo enseñaba a los niños a leer y a escribir, a calcular, a nadar, a correr, a dibujar, a cantar, a tocar flauta, es decir, todo".