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El castigo divino va a caer sobre el pueblo. Apenas termina el censo de los hombres de guerra, su número es reducido mediante la epidemia. Es como si Dios dijera a David: «A mí me pertenece aumentar o disminuir en tres días este pueblo, para cuyo censo necesitaste casi diez meses».
Es hermosa la respuesta de David a la difícil elección que se le impone:
Caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas”
(v. 14).
Conoce el corazón de Dios y, aun bajo la disciplina, su confianza en el amor divino no es conmovida, y tampoco será decepcionada. Una vez más, el pecado del hombre da a Dios la ocasión de mostrar los maravillosos recursos de su misericordia y de su perdón. “Basta”, dice cuando se produce en los corazones el fruto que aguardaba.
Se ofrece un sacrificio; la era de Arauna, comprada por el rey, llegará a ser –como lo veremos– la base del templo.
David no quiere ofrecer a Jehová “holocaustos que no… cuesten nada”. Pensamos en la ofrenda de María, descrita en los evangelios. Quiso traer un excelente perfume para mostrar el precio que Jesús tenía para ella (Juan 12:3).
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"