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Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece.
Si Dios tiene una casa, ella habrá de ser seguramente una casa piadosa, santa, espiritual y elevada; una casa pura y celestial. Deberá tener todos estos caracteres, no sólo de una manera abstracta –es decir, en cuanto a su posición y principios–, sino también en el aspecto práctico. Su posición abstracta se basa en lo que Dios ha hecho de ella y en el lugar donde la colocó; mas su carácter práctico halla su fundamento en el andar práctico de aquellos que forman parte esencial de la misma en esta tierra.
Muchas almas pueden estar dispuestas a comprender la verdad y la importancia de los principios atinentes a la casa de Dios; mas son pocos, comparativamente hablando, los que prestan suficiente atención a los principios que deben regir la casa del siervo de Dios; aun cuando al formulárseles la pregunta: «¿Cuál es la casa que sigue en importancia a la casa de Dios?» respondiesen sin titubeos: «La casa del siervo de Dios».
Dado que no hay nada comparable a dejar que la santa autoridad de la Palabra de Dios actúe sobre la conciencia, citaré algunos pasajes de la Escritura que pondrán de manifiesto, de una manera clara y rotunda, los pensamientos de Dios acerca de lo que debe ser la casa de uno de sus hijos.