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Charles Studd nació en Spratton, Inglaterra en el año 1860. Estudió en el colegio de Eton. Durante ese período se consagró enteramente al críquet y tuvo mucho éxito. Admitido en el equipo nacional, participó en competencias internacionales.
A través de ese juego aprendió la valentía, el olvido de sí mismo y la resistencia. Todas esas cualidades le fueron muy útiles cuando se puso al servicio de Cristo. Así como se entregó al críquet, así se consagró enteramente a su Salvador cuando emprendió el servicio en la China, en India y por último en África Central.
El día en que el Señor entró en su corazón, Charles descubrió que acababa de recibir algo infinitamente mejor que el críquet. Decidió vivir por la fe, y pronto tuvo la certeza de que Dios le pedía que se fuera a la China.
Fue a ver a Hudson Taylor y se enroló en la «Misión al interior de la China».
Se embarcó rumbo a la China en el año 1885. Tres meses más tarde tenía la apariencia de un chino: llevaba una trenza, un vestido y un kimono de mangas largas. Tuvo mucha dificultad para encontrar zapatos, porque los chinos tienen pies pequeños. El primer zapatero que encontró huyó cuando vio cuán grandes eran sus pies.
La vida en China era muy dura: los viajes eran largos y difíciles, el alimento poco variado. Los misioneros se enfermaban con mucha frecuencia.
A la edad de 25 años, Charles Studd heredó una suma de dinero considerable. Distribuyó todo y no guardó nada para sí. En 1887 encontró a una joven misionera irlandesa llamada Priscilla Stewart. Poco tiempo después se casaron y juntos decidieron nunca impedir al otro servir al Señor.
Partieron al interior de la China, acompañados por una amiga de Priscilla, la señorita Burroughs. Para los chinos, ellos eran los «diablos extranjeros». Los insultaban y los culpaban de todas las desgracias que sucedían en la ciudad. Su primera vivienda fue una casa en ruinas infectada de escorpiones, sin embargo perseveraron y Dios proveyó a sus necesidades. Pronto cuatro niñas llegaron a alegrar su hogar. Las recibieron con gozo, para gran sorpresa de los chinos que no dejaban vivir a todas las niñas que nacían.
La familia Studd pasó diez años en China. Luego volvieron a Inglaterra enfermos y muy debilitados. De 1900 a 1906 estuvieron en la India, animados por la «Sociedad anglo-hindú de evangelización». Charles Studd decidió depender siempre de Dios para sus necesidades, aunque aceptó una indemnización de la Sociedad. Cuando regresó a Inglaterra, sus hijas estudiaron en un colegio del país.
Mientras Charles Studd esperaba, con la perspectiva de volver a la India, tuvo la certeza de que Dios lo llamaba a servirle en África. Pero, ¿cómo hacerlo? No tenía dinero, y a la edad de cincuenta años, después de quince años de enfermedad, ¿cómo podría soportar semejante viaje en condiciones climáticas tan difíciles? En China había invertido toda su fortuna, ahora invertiría su vida misma.
Se embarcó la primera vez el 15 de diciembre de 1910. Su esposa se quedó en Inglaterra; ella no aprobaba esta decisión. Él le escribió varias y largas cartas para alegrarla, consolarla y animarla. Más tarde, y gracias a esta correspondencia, ella se convenció del llamado de su marido. Con su fiel compañero Alfred Buxton, Charles Studd atravesó Kenya y Uganda para llegar al Congo belga. La presencia de cocodrilos y de caníbales no los desanimó. Al final de un viaje difícil, llegaron al corazón de África.
Volvió a Inglaterra en 1914, para enrolar nuevos misioneros. Luego, dos años más tarde, se marchó nuevamente, no sospechando que este era su último adiós a Inglaterra. En 1928 Priscilla Studd pudo ir a África. Pasó dos cortas semanas con su marido. No se habían visto desde hacía trece años. Algunos meses más tarde, el Señor lo llevaría junto a él.
Antes de partir con el Señor, en 1931, Charles Studd pudo entrever la realización de uno de sus más grandes deseos: La iglesia indígena tomaba consciencia de su vocación misionera.