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Antes de la Edad Moderna se desconocía en Suiza el turismo como actividad de diversión. Acemileros, comerciantes y peregrinos recorrieron el país. Después vinieron los naturalistas que buscaban “curiosidades”. El hecho de poder ver montañas, gargantas, cascadas, lagos y glaciares en un espacio tan reducido apasionó a los humanistas. Sin embargo, las secuelas de la guerra en Europa pusieron fin a los viajes de exploración, por lo menos temporalmente, hasta que se volvieron a organizar a finales del siglo XVII.
Turismo: las montañas como destino vacacional
Exaltación por las montañas
En el siglo XVIII, los románticos recorrieron Europa y traducían sus observaciones en literatura y pintura; con ello contribuyeron a establecer los viajes como una actividad de ocio y no sólo como empresa científica. El poema panegírico “Los Alpes” de Albrecht von Haller (1708–1777) tuvo un impacto importante en la percepción de Suiza en el mundo intelectual de Europa. Poco después de su publicación, se editó “La nueva Eloísa” de Jean-Jacques Rousseau, una exaltación de las bellezas naturales de la región del lago de Ginebra, con el resultado que miles de personas peregrinaron a Chillón y Clarens para visitar los lugares descritos en la novela.
Viajes educativos por Europa
En los siglos XVIII y XIX la joven nobleza y burguesía, sobre todo del Reino Unido, emprendió viajes por Europa para celebrar el fin de la formación académica. En sus viajes también pasaron por Suiza. A los estudiosos jóvenes les fascinaban sobre todo las montañas. La región del lago de Ginebra, el Oberland Bernés y la Suiza central fueron las principales destinaciones en Suiza. En 1815 se establecieron las primeras pensiones alpinas: en 1816 en el Rigi, en 1823 en el Faulhorn (la más alta en Europa), en 1835 en Wengernalp, en 1838 en la Pequeña Scheidegg, con vistas a la famosa Cara Norte del Eiger, y en 1840 en el Rothorn de Brienz.
Primeras ascensiones de las cumbres alpinas
Después de 1800, alpinistas atrevidos empezaron a conquistar las montañas suizas. Con la primera ascensión de la Jungfrau en 1811 y del Faulhorn en 1812 se inició la carrera por la conquista de las cumbres que alcanzó su punto culminante con la ascensión dramática del Monte Cervino. La “época dorada del alpinismo” fueron los años entre 1854 y 1865. Sobre todo alpinistas británicos —en su mayoría académicos, altos funcionarios e incluso nobles— escalaron las cimas vertiginosas de los Alpes. En 1857, alpinistas ingleses fundaron el Club Alpino Británico; y en 1863 se instituyó el Club Alpino Suizo (CAS), cuyo principal cometido no era la primera ascensión de las cumbres alpinas sino la exploración general de los Alpes y la explotación turística del espacio alpino mediante la construcción de hospederías.
El aire sano de montaña
En el siglo XIX se descubrieron los efectos salubres del clima de alta montaña en personas que sufrían enfermedades pulmonares. En 1841 se abrió en Davos un sanatorio para niños que padecían tisis o enfermedades en la glándula yugular. A partir de 1853, el clima sano de Davos era considerado una medida eficaz para combatir la tuberculosis. Un sinnúmero de sanatorios fueron establecidos en las regiones montañosas suizas y los lugares alpinos se autopromocionaron como balnearios climatológicos. Los principales ingredientes del tratamiento fueron el suero de la leche, los baños hidroterapéuticos, el agua de manantial, el clima fresco y el aire puro de las montañas. Davos debe su fama mundial no en último lugar a “La montaña mágica” de Thomas Mann.
Del turismo de lujo al turismo de masas
El turismo se transformó a mediados del siglo XIX. En 1858, Thomas Cook dirigió por primera vez a un grupo de viajeros ingleses por Europa. El tramo de la ruta que pasa por Suiza se llama “Via Cook” y se puede recorrer a pie. Hacia finales del siglo se intensificaron los viajes.
La apertura de los puertos alpinos y la introducción de un servicio de coches de caballos acercaron el mundo alpino a un público más amplio. La invención del ferrocarril de cremallera en la segunda mitad del siglo XIX fue un hito arquitectónico, porque facilitó la accesibilidad de las montañas. En 1871 se inauguró el primer ferrocarril de cremallera de Europa que recorrió el trayecto entre Vitznau y la cumbre del Rigi. Los ferrocarriles conquistaron las montañas definitivamente en 1888, cuando se inauguró el Ferrocarril de Brünig entre Alpnachstad y Brienz que facilitó la comunicación ferroviaria con la Suiza central y el Oberland Bernés. En un breve periodo se construyó un sinnúmero de ferrovías. En 1896 se inició la construcción ambiciosa de un ferrocarril al Jungfraujoch (4158 metros s.n.m.). En 1912 se inauguró suntuosamente la estación ferroviaria más alta de Europa en la Jungfraujoch (3454 metros s.n.m.). Al mismo tiempo se desistió de la construcción de un ferrocarril que subiera hasta la cima.
Sin embargo, no sólo los ferrocarriles conquistaron el espacio alpino en la segunda mitad del siglo XIX. En sitios muy prometedores se construyeron hoteles para atraer a los turistas y ofrecerles una estancia inolvidable.
Postales de las vacaciones
En la Belle époque (a partir de 1870) se empezó con la comercialización de las regiones turísticas. Se diseñaron hermosos carteles que hacían publicidad para una estancia en paisajes incomparables. Diseñadores dotados crearon postales que se impusieron como soporte más popular para remitir saludos desde Suiza a la patria y donde se podían alabar las bellezas del país alpino.