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10. Manoa y su familia
La familia que se trata aquí se hallaba compuesta de tres personas: el padre, la madre y un hijo. Jueces 13 nos enseña que esta pareja no tenía hijos, porque la mujer, cuyo nombre es omitido, era estéril.
El Señor mismo se le apareció a esta mujer, bajo la apariencia del “ángel de Jehová”, como a menudo se lo designaba antes de haber sido “manifestado en carne”. Sus palabras demuestran que conocía perfectamente la situación de esta mujer. Le prometió que tendría un hijo, y que éste sería nazareo para Dios. Números 6 contiene toda la ley del nazareo. Aquí se mencionan algunos rasgos: no cortarse los cabellos, no beber vino ni cidra y no comer cosa inmunda (Jueces 13:5-7).
Cuando la mujer relataba estas palabras a su marido, Manoa pidió que el hombre volviera de nuevo a ellos; no por falta de fe, pues su oración probó lo contrario. Él suplicó: “Ah, Señor mío, yo te ruego que aquel varón de Dios que enviaste, vuelva ahora a venir a nosotros, y nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer” (13:8).
Ya hemos escrito acerca de la necesidad de prepararse para ser padres por medio de la oración, algo que quizá a veces los padres cristianos descuiden demasiado. No obstante, ¿cómo se podría cumplir la misión de criar hijos sin la sabiduría de arriba? La oración de Manoa le fue concedida. Tuvo la oportunidad de hacer sus preguntas. A éstas, cosa muy notable, el Ángel respondió diciendo sólo cuál debía ser la conducta de la futura madre.
Estoy cada vez más convencido de que el secreto de la educación de los hijos depende en primer lugar del comportamiento de los padres. Hay que prepararse por adelantado. El control de sí mismo no es propio de la naturaleza habitual de la mujer, y menos aún de la del hombre. Al principio, aun antes del nacimiento, es la madre la que tiene la principal función. Lleva al niño en su seno y lo trae al mundo. Luego, lo alimenta y lo cuida. Es ella la que primeramente ejerce su influencia sobre el niño, física y moralmente. Por eso la mujer debe prepararse para ser madre. A menudo, las futuras madres reciben una abundancia de consejos más o menos juiciosos. Sin embargo, se puede aprender mucho de lo que el Ángel dijo a Manoa. Es evidente que la consumición exagerada de alcohol, el tabaco, los narcóticos, son nocivos para el niño antes del nacimiento, y también después. Pero de manera general, una autodisciplina es indispensable, y lo es igualmente para el esposo, si se desea que la educación de los hijos tenga resultados felices.
Es absolutamente imprescindible que los padres cristianos pidan por medio de la oración la sabiduría que necesitan para criar a sus hijos. Una pareja joven, muy conocida para nosotros, tenía una hermosa niña de unos tres años. Una noche, a la hora de ir a la cama, se le pidió como de costumbre que diera un beso y dijera buenas noches, pero la respuesta fue un categórico «no». A pesar de la insistencia del padre, siempre era «¡no!». Un cachete no produjo ningún cambio. Ir al «rincón» no tuvo mejor resultado que lo precedente. El obstinado «¡no!» sonaba cada vez más claro en aquella pequeña boca. Entonces, el padre la llevó a otra habitación y cerró la puerta. Descorazonados, los padres estaban sentados uno al lado del otro.
Los padres que han tenido varios hijos conocen este difícil período de los «¡no!» de los pequeños, y aprenden poco a poco la mejor manera de reaccionar. Para estos padres, era una nueva y penosa experiencia. La madre empezó a llorar. En su opinión, su marido debía ceder y terminar. Pero él no podía aceptar que la voluntad de la niña fuese más fuerte que la suya. Habían llegado casi a una disputa. Entonces, se pusieron de rodillas e imploraron la sabiduría del Señor. Luego, el padre abrió la puerta y dijo amablemente a la niña: «Ven, Ana». Con viveza, la pequeña entró y dijo: «¡Buenas noches papá, buenas noches mamá!» Dio un beso y, satisfecha, se fue a la cama. Pienso que el cambio de tono en la voz severa del padre (no obstante aquí, sin duda alguna, se trata de la respuesta a la oración) quebró su resistencia.
Sobre un cuadro en una pared, leí una vez estas palabras: «La oración lo cambia todo». Éste no es un texto de la Escritura, y, sin embargo, estas palabras dicen la verdad. Con frecuencia, el cambio se produce primero en el corazón de aquel que ora, como en el ejemplo que acabamos de ver. Si todos los padres estuviesen conscientes de la importancia de la oración por sus hijos, y a veces también con sus hijos, pienso que eso les enseñaría a ejercer de buena manera la autoridad que Dios les ha dado. Y ¿qué ocurre cuando los hijos se hacen mayores, llegan ha ser independientes y dejan el hogar? La oración de los padres continúa y a menudo aun se intensifica. ¿Y cuándo aparecen lo que llamamos conflictos de generaciones y las opiniones se enfrentan? Por eso también, ¡hay que orar más que nunca!
Ya he dicho que el secreto de la educación es ante todo una cuestión de ejemplo y de disciplina personal.
Quizá conozcan la anécdota de ese niño que recibía las reprimendas de su padre: «Cuando tenía tu edad, yo era mucho mejor que tú.» A continuación seguía la enumeración de toda clase de virtudes. «¿Podrás tú también decir lo mismo a tus hijos más tarde?». El niño respondió: «¡Oh, seguramente! Pero no sé si llegaré a hacerlo con el mismo aire de inocencia que tú». Era una respuesta impertinente; pocos hijos responderían así. Sin embargo, es muy cierto que el ojo de un niño ve y que su oído graba mucho más de lo que pensamos. No podemos esperar que las exhortaciones den grandes resultados si ellas no cuentan para uno mismo.
Pablo escribió a los filipenses: “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced” (4:9). ¡He aquí una importante lección para los educadores!
A propósito de las relaciones entre marido y mujer en esta pareja, también podemos notar un rasgo interesante. Cuando mostraron su agradecimiento ofreciendo un holocausto, vieron un milagro. El Ángel de Jehová subió en la llama del altar. Manoa tuvo miedo y temió morir. Pero su mujer le respondió: “Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda” (Jueces 13:23). Aquí, la mujer mostró un discernimiento espiritual y una fe mayores a los de su marido. Si físicamente el esposo es con frecuencia más fuerte que su esposa, espiritualmente no es siempre así; incluso no es raro que sea a la inversa.
El día de nuestra boda, un hermano tomó un ejemplo de la naturaleza, para ilustrar la relación ideal en el matrimonio. Comparó al marido con un roble, y a la mujer con un pie de yedra agarrándose a él. Esta imagen me gustó. Yo quería ser ese roble robusto, inquebrantable. Y la amable joven sentada a mi lado, que desde algunas horas antes era mi mujer ¿no era maravilloso que a partir de entonces ella viviera siempre cerca de mí, encontrando en mí fuerza y sostén? Pero muy pronto nos dimos cuenta de que esta imagen no era apropiada. Hice el penoso descubrimiento de que yo no era el robusto roble que me hubiera gustado ser. Yo no era siempre el más fuerte en todas las circunstancias de la vida del hogar. Y mi mujer no era la amable yedra dependiente de mí. Ella mostraba que tenía dos piernas sobre las cuales podía perfectamente mantenerse en pie.
Estoy agradecido de que esta ilustración no muestre en absoluto la realidad de la relación. Para el roble, ¿cuál es la utilidad de una enredadera, por bonita y decorativa que fuere? ¡No le es de ninguna ayuda para resistir a las tempestades del otoño! Aunque bella, no es otra cosa que un parásito.
Además, tal relación no era el propósito de Dios cuando le dio a Eva a Adán. Y no es su designio cuando une marido y mujer para andar juntos durante la vida. El matrimonio es mucho más bello, y tiene un significado mayor que el contenido de esta imagen. En la Escritura, encontramos suficientes ejemplos en los cuales el más fuerte espiritualmente es unas veces el esposo y otras veces la esposa. ¿Qué pareja no ha hecho todavía la experiencia de situaciones en las cuales, unas veces es el marido quien tiene más discernimiento y en otras circunstancias lo es la mujer? Incluso en las grandes pruebas, cada uno a su vez manifiesta más fuerza para mantenerse firme.
No sabemos si esa pareja tuvo otros hijos más tarde. Las Escrituras no lo dicen. Pero ese hijo, Sansón, causó más tarde muchos problemas a sus padres. A él le dedicaré un capítulo aparte.
Preguntas de la parte 10
- Para Manoa y su esposa ¿qué significaba la oración y la preparación para ser padres? ¿Qué podemos aprender de esto?
- ¿En qué sentido la esposa mostraba mejor entendimiento que el esposo?
- Busque más de estos ejemplos en la Biblia.
- Busque también ejemplos que muestren lo contrario.