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Hace ahora 370 años terminaba la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) con el Tratado de Paz de Münster. Aunque la Confederación quedó prácticamente al margen, se presentó en la mesa de negociaciones una oportunidad única para aclarar la situación de la Confederación en materia de comercio, justicia y, en general, de política de poder. Tareas de semejante dimensión requieren diplomáticos hábiles. Johann Rudolf Wettstein fue uno de ellos.
En el año 2018 se rememoran dos tratados de paz que hicieron época: el Tratado de Versalles, con el que concluye la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), y la Paz de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Mientras que el primero ha pasado a la historia como un fracaso de consecuencias trascendentales, la Paz de Westfalia sigue siendo considerada como uno de los tratados más valiosos y eficaces de la historia europea.
swissinfo.ch ha entrevistado a Andreas WürglerEnlace externo, profesor de Historia Medieval y Moderna de Suiza en la Universidad de Ginebra, sobre la guerra, la paz y el gran negociador suizo Johann Rudolf Wettstein, que sobresalió en aquella época.
La Guerra de los Treinta Años ocupó prácticamente la primera mitad del siglo XVII y fue tan devastadora como la Primera Guerra Mundial. Hubo zonas en Europa en las que desapareció la mitad de la población como consecuencia de la guerra, y del hambre y las epidemias que trajo consigo. Treinta años y millones de muertos después se puso fin a aquella carnicería y en su lugar surgió el 'Sistema de Westfalia'.
En opinión de Würgler, este nuevo orden de fuerzas representa no solo la paz sino también un auténtico cambio de paradigma europeo. Antes de 1648 había una clara jerarquía en las relaciones de poder de Europa central: el Papa y el emperador en la cima, después los reyes, príncipes y nobles y en la base los campesinos. En ese momento Suiza todavía era parte del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, formaba también parte de esa jerarquía y en consecuencia no era un Estado formalmente independiente, a diferencia por ejemplo de Francia. La Confederación era simplemente una unión laxa de cantones que se ocupaban de sus propios problemas.
Un alcalde se hace oír
Johann Rudolf Wettstein vino al mundo el 27 de octubre de 1594. Durante un tiempo estudió en Basilea, cursó luego una formación jurídica en Ginebra, fue mercenario en Italia y trabajó después como funcionario de la ciudad de Basilea hasta llegar a ser su alcalde. “Su biografía combina todas las experiencias útiles que podían necesitarse en el siglo XVII para desempeñar un papel diplomático, a pesar de ser un completo advenedizo”, explica Würgler.
En 1646, cuando a la edad de 52 años Wettstein viajó a Münster para asistir a la conferencia de paz, su principal preocupación era su ciudad. Según Würgler, desde el principio Wettstein había visto en las conversaciones de paz la posibilidad de defender los intereses de Basilea.
Concretamente se propuso resolver el contencioso - que se prolongaba desde hacía más de un siglo- sobre la jurisdicción a la que estaban sometidos los comerciantes de Basilea. En aquel momento Basilea era uno de los pocos cantones que todavía no había logrado escapar de la jurisdicción del Tribunal Supremo del Sacro Imperio Romano Germánico. Era frecuente entonces que la competencia alemana demandara a los comerciantes de Basilea y consiguiera confiscar sus bienes. “Naturalmente eso era un golpe bajo para la ciudad comercial”, señala Würgler.
De forma rápida e indiscutible se vio con claridad entonces que los confederados no iban a ponerse de acuerdo en torno a una posición común sobre la guerra. Ciertamente eran muy pocos los cantones ansiosos de entrar en una guerra. De otro modo, católicos y protestantes hubieran tenido que luchar en su propio país y no como mercenarios en el extranjero, que era lo habitual. Además, y tomando como ejemplo los Grisones, que durante la Guerra de los Treinta Años fue escenario de enfrentamientos entre Francia y los Habsburgo, los confederados tuvieron ocasión de ver de cerca lo devastadora que podía ser la guerra.
Así, al final la Confederación en su conjunto se mantuvo alejada del derramamiento de sangre. No obstante, se estaba todavía muy lejos de una política federal de neutralidad.
“Hubo grupos que defendieron la moderación porque la Confederación, en caso de una guerra civil de religión, habría perdido toda su influencia en Europa. Pero hubo también otros grupos a favor de la intervención militar. Por ejemplo, el clero de Zúrich se mostró partidario de una alianza con la Suecia protestante. Por otra parte, los cantones católicos disponían, desde el siglo XVI, de un tratado de alianza con España en caso de un ataque protestante. Finalmente, la situación se mantuvo bloqueada por el temor que los cantones se tenían entre sí”.
Suiza no tomó parte en la guerra pero obtuvo grandes beneficios comerciando con material bélico y exportando alimentos. “Gracias a su afortunada situación como país al margen del conflicto y, al mismo tiempo, en medio de las potencias beligerantes, el comercio y la agricultura suizos experimentaron un verdadero auge”, asegura Würgler.
El nuevo orden europeo
A petición expresa de su parte, Wettstein recibió en febrero de 1647 el mandato de representar a toda la Confederación. Consiguió traerse de Münster lo que se denominó la “Exemtion”, un acuerdo oficial de excepcionalidad para el caso especial de Suiza. Se trataba, en concreto, de una separación política del Imperio Germánico. Es decir, la Confederación era ahora un Estado soberano “de jure”. Y para poner fin al contencioso comercial con el emperador alemán, Wettstein viajó en 1650 a Viena para dejar finalmente sin efecto las demandas interpuestas contra los comerciantes de Basilea.
De este modo, Wettstein lograba al final su objetivo original. Pero consiguió mucho más. Suiza era ahora soberana, apartada de la influencia del emperador y de sus tribunales. Después de la Paz de Westfalia se impuso el principio de la “igualdad de los Estados”, primer concepto del derecho internacional. La calificación de “Estado soberano” se daba ahora a toda aquella configuración política que pudiera defender su independencia económica y militarmente.
Para nuestro historiador, la cuestión de la soberanía suiza está estrechamente vinculada a la cuestión de la neutralidad. Suiza tuvo que volver a buscar su lugar en el mundo como Estado pequeño. Hasta el siglo XVII la neutralidad se entendía simplemente como un acuerdo temporal y no como una doctrina permanente, anclada en la conciencia pública, como hoy es el caso. A partir de la década de 1670 los suizos comenzaron a invocar su posición neutral en la guerra y a poner en valor un concepto que hasta entonces estaba proscrito.
Wettstein, un héroe de la modernidad
Neutralidad, soberanía, supraconfesionalidad: todos esos conceptos fueron logros suizos tras siglos de luchas y debates. El éxito de Wettstein en Münster constituye un hito en esa evolución.
“Estuvo solo en Münster y representó a toda la Confederación como único “diplomático”, afirma Würgler. “Su mayor logro fue comprender rápidamente lo que estaba en juego en la conferencia de paz”. Reconoció a tiempo el signo de su época, el cambio al sistema de Westfalia.
Sin embargo, la Confederación tardó mucho tiempo en reconocer el mérito de Wettstein. Por una parte, pasaron casi cincuenta años hasta que todos los cantones se dieron cuenta de que estaban “exentos” del emperador, es decir, desvinculados. Por otra, Wettstein perdió simpatías en casa cuando, como alcalde de Basilea, actuó duramente contra los campesinos en la Guerra Campesina suiza de 1653, explica Würgler.
Y además, aunque el propio Wettstein había hecho campaña a favor de lograr el entendimiento entre las confesiones religiosas en la Confederación, los héroes nacionales suizos seguían siendo anteriores a la aparición de esas confesiones –pensemos en Tell, Winkelried o el Hermano Klaus. Wettstein, como protestante, no podía ser considerado por los católicos como un verdadero héroe”.
Solo con la Ilustración y sobre todo un poco más tarde con la fundación del Estado Federal en 1848 y la reconciliación religiosa, Suiza volvió a recordar a Wettstein. En su honor se puso su nombre a un puente en Basilea en 1881. El elegante Wettsteinbrücke.
Traducido del alemán por José M. Wolff, swissinfo.ch