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“No me avergüenzo del evangelio,
porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.”
(Romanos 1:16)
Había entrado en la oficina de una tienda para preguntar sobre un material de construcción. Durante la conversación, el empleado me preguntó por qué estaba en este país. Cuando le expliqué que quería proclamar el Evangelio, su cara se iluminó y me dijo que él también era cristiano. Poco después, Simón, uno de sus colegas, participó en la conversación. Al señalar al empleado cristiano, me dijo: «Este compañero nunca me habla sobre el Evangelio». Nos quedamos en silencio por unos segundos, luego aproveché la oportunidad para anunciar el Evangelio a Simón. Escuchaba atentamente y parecía entender muchas cosas. Al final de nuestra conversación, le di algunos folletos y le ofrecí volver a visitarlo.
Una semana después, volviendo a la misma oficina, volví a ver a Simón. Había leído y entendido el mensaje del Evangelio presentado en los folletos que le había dejado, y fuimos más allá en el tema.
Me impactó el deseo de Simón de escuchar el Evangelio y saber más sobre él, pero también las oportunidades perdidas de anunciárselo. Su colega habría podido compartir con él estas grandes y Buenas Nuevas de salvación.
Pensando en estos dos hombres durante mi regreso en coche pude aplicar eso para mí mismo. ¿Cuántas personas conozco con quienes nunca aproveché la oportunidad de hablar del Evangelio? ¿No nos olvidamos a menudo de aprovechar las oportunidades que nos brinda el Señor? Por supuesto algunos pueden ser tímidos; para otros puede ser difícil acercarse a un extraño para hablarle del Señor o para darle un tratado. Quizás sea aún más difícil dar un tratado a aquellos que conocemos y vemos regularmente. Necesitamos sondear nuestros corazones. ¿Nos avergonzaría hacerlo?
Sabemos que el Evangelio es el mensaje más importante para el hombre hoy en día. Entonces, ¿por qué esta falta de celo para entregar este mensaje?