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La mayoría de los países afirman disfrutar del sufragio universal. Sin embargo, ningún país del mundo lo aplica totalmente. Para afrontar esta paradoja el columnista de democracia Joe Mathews sugiere un nuevo enfoque: hacer que el derecho de voto sea trasladable.Este contenido fue publicado el 08 marzo 2021 - 12:48
¿Cómo podemos hacer que el sufragio universal realmente sea universal?
Que se formule una pregunta así pone de manifiesto una paradoja democrática. El sufragio universal –término que significa que todo el mundo tiene derecho al voto– se describe como una característica fundamental de la democracia moderna. Pero no hay ningún país en el que el sufragio universal de verdad sea universal.
Puede que esto le sorprenda, porque más de 100 países afirman tener sufragio universal. Pero con ello solo quieren decir que no hay distinciones entre los votantes en función del género, la raza, la etnia, la riqueza o la alfabetización.
En realidad, todas las democracias impiden que muchos de sus residentes voten. Y lo hacen sin excusa. En Suiza, y en otros muchos países, a los niños y adolescentes se les niega el derecho a votar por su edad. Muchos países limitan el derecho al voto de las personas presas. La mayoría de las democracias niegan la igualdad de sufragio a los miembros de su población que carecen de nacionalidad, residencia u otro estatus legal.
Si el sufragio va a ser realmente universal, el mundo debe encontrar la manera de hacer que el derecho al voto forme parte de cada ser humano tanto como lo es el corazón. Le acompaña toda la vida, y va con usted a donde quiera que vaya.
La gran contradicción democrática
He estado pensando sobre la necesidad del derecho de voto trasladable mientras veía cómo los países celebraban aniversarios del denominado “sufragio universal”. Estas conmemoraciones tienen que ver, por supuesto, con el recuerdo de las antiguas campañas para extender el derecho de voto a las mujeres.
Esta historia merece ser celebrada, pero también debería recordarnos que la democracia (como otras iniciativas humanas) avanza y retrocede, a menudo al mismo tiempo.
El 50º aniversario el pasado mes de febrero del sufragio femenino en Suiza –que se otorgó muy tarde, en 1971, por una mayoría de votantes masculinos que habían conseguido su derecho al voto 123 años antes– ha sido una ocasión para considerar todas las formas en que este país tan democrático se queda corto. Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Honduras se preparan para conmemorar tanto la aprobación del sufragio femenino en 1921 como la pérdida de esos derechos en 1922, cuando su república federal compartida [la República Federal de Centro América] desapareció. En Estados Unidos, las celebraciones –el año pasado– del centenario del sufragio femenino también señalaron cómo ese avance vino acompañado de nuevas restricciones al voto de las personas no blancas e inmigrantes.
Estos pasados apuntan a un hecho duro: el sufragio es problemático para la democracia, porque desgarra una contradicción fundamental en ella. Esa contradicción está incrustada en las raíces de la palabra inglesa suffrage, incluyendo la palabra sofrage del francés antiguo, que significa “oraciones o súplicas de intercesión en nombre de otro”.
Estos pasados apuntan a un hecho duro: el sufragio es problemático para la democracia, porque desgarra una contradicción fundamental en ella. Esa contradicción está incrustada en las raíces de la palabra inglesa suffrage, incluyendo la palabra sofrage del francés antiguo, que significa “oraciones o súplicas de intercesión en nombre de otro”.
De ahí la contradicción democrática: la democracia nos atrae porque nos permite gobernarnos a nosotros mismos y votar en nuestro propio interés. Pero la democracia, a diferencia de las barrigas de los estadounidenses o de los elementos sólidos sometidos a presión, no se expande de forma natural. La ampliación del sufragio requiere que compartamos nuestros propios derechos democráticos con otros, aun cuando esto reduzca el poder de nuestros propios votos.
Este conflicto de intereses democrático interno y eterno –la democracia requiere egoísmo y altruismo– es la razón por la que ninguna sociedad humana ha otorgado el derecho al voto a todos. Para que el sufragio sea realmente universal, nosotros los ciudadanos, y nuestras naciones, tenemos que ceder el poder de decidir a quien más votos tiene. El sufragio, el derecho al voto, debe ser un derecho humano universal, concedido automáticamente al nacer.
Del derecho universal a la práctica global
Lograr este tipo de universalidad no será fácil. La buena noticia es que el derecho al voto ya está recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en otros acuerdos internacionalesEnlace externo. Pero los derechos humanos internacionales son manifiestamente difíciles de aplicar. El sufragio universal requerirá, por tanto, un tratado internacional, u otro acuerdo, no solo con las naciones, sino con los gobiernos de todos los niveles políticos (provincias, regiones, ciudades) como signatarios.
Los detalles se debatirían, pero yo propondría dos disposiciones fundamentales. La primera, todos los seres humanos tienen derecho a votar en el país en el que son ciudadanos. La segunda, cada persona tiene derecho a votar a nivel municipal en cualquier comunidad en la que reside, independientemente de su estatus legal.
Las repercusiones prácticas serían profundas. El verdadero sufragio universal supondría un gran avance en la libertad de los presos y exconvictos, cuyos derechos a voto a menudo están limitados. Más profundamente, el sufragio universal sería la mayor expansión de los derechos de los niños en la historia de la humanidad.
Podría haber una reacción en contra de dar voz democrática a los chiquillos. Hoy en día, la edad de voto más común en el mundo son los 18 años, con Argentina, Austria, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Escocia, Gales y posiblemente pronto Suiza permitiendo el voto a los 16 años. Si tiene que haber un compromiso, yo sugeriría los 15 años (la edad en la que el dalái lama asumió sus poderes temporales y Greta Thunberg lanzó su boicot) o los 13 años, la edad en la que Ana Frank comenzó a escribir su diario.
La Unión Europea muestra el camino
Además, conceder a los ciudadanos no nacionales el derecho a votar en el lugar en el que viven ofrecería una protección adecuada de los derechos de los inmigrantes, ahora amenazados en todo el mundo.
Según una encuesta, en la actualidad al menos 45 países permiten a los residentes no nacionales votar en sus elecciones locales, regionales o incluso nacionales. Entre ellos se encuentran Australia, partes de América Latina, algunos municipios de Estados Unidos, varios cantones suizos y la Unión Europea, que desde el Tratado de Maastricht de 1992 garantiza el derecho de voto local a los residentes que son ciudadanos de otros Estados miembros.
El éxito duradero de esta norma de la UE sugiere que cuando nuestros derechos de voto cruzan las fronteras nacionales, nos vamos acercando. Con el mismo espíritu, el verdadero sufragio universal –y los principios de que todos podemos votar donde vivimos y donde tenemos la nacionalidad– podrían hacer que un mundo fracturado esté más unido y sea más democrático.
Joe Mathews
Joe Mathews escribe la Columna de Democracia para SWI swissinfo.ch y Zócalo Public SquareEnlace externo. Aborda cuestiones de futuro sobre cómo se practica la democracia desde Suiza hasta el suroeste de Estados Unidos, y en todo el mundo.End of insertion
Traducción del inglés: Lupe Calvo
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