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El sol de Italia derramaba sus rayos vivificantes sobre las bellas colinas donde los naranjos se estaban vistiendo de sus florecitas blancas y fragantes, donde los ganchos de las vides subían cada vez más alto y los viejos olivos oscuros parecían engalanados de hojitas plateadas.
En ese día glorioso una señora estaba caminando en las afueras de un pueblecito que se escondía entre las arboledas de naranjos. Cuando llegó cerca de la entrada principal del pueblo, vio a un hombre muy ocupado en construir una muralla. Los trabajadores italianos siempre corresponden a una sonrisa amigable y un «Buongiorno» de cualquier transeúnte. Muy pronto la señora estaba conversando con el albañil, cuyos ojos alegres mostraban señas de amistad. Pero de repente se veía un cambio muy notable en sus ademanes. Miraba a la señora con sospecha y aun ira.
La señora había sacado de un maletín que llevaba, un ejemplar de la Biblia en italiano y se la ofreció explicándole que era la Palabra de Dios, y que en ella encontraría un mensaje de bendición para su alma. El albañil rehusó terminantemente la oferta, diciendo que él no quería tener nada que ver con tal libro. Pero la señora persistió, porque había ido con el fin de repartir las Escrituras entre la gente que ignoraba el amor de Dios y su medio de salvación. Por lo tanto, trató de persuadir al hombre a adoptar el libro. Por fin, aparentando consentimiento, permitió a la señora escribir su nombre en la Biblia, pero había una mirada de astucia en sus ojos y una sonrisa siniestra en sus labios cuando la despidió.
Tan pronto que la señora se había ido; el hombre siguió su trabajo. Sacó dos o tres piedras de la muralla y colocó la Biblia dentro del hueco, y entonces prosiguió a edificar alrededor de ella. Se consideraba más astuto que «la hereje». El libro odiado estaba ahora enterrado con toda seguridad y él tendría una historia bonita que contar en la aldea.
Algunos años más tarde a este mismo pueblito le sucedió una gran calamidad. Una noche terrible e inolvidable, los habitantes dormidos fueron despertados de repente por el estruendo de la caída de las casas. Era un terremoto.
El ruido de la caída de mampostería se mezclaba con los gritos y quejidos de los heridos y moribundos, y los alaridos de las mujeres y niños espantados. Más que la mitad del pueblo quedó en ruinas y la escena de destrucción fue muy lamentable.
Cuando había pasado algo el miedo y la pobre gente que se había huido del pueblo asolado empezó a volver a sus hogares, las autoridades enviaron inspectores para examinar las paredes que quedaban en pie para precaver nuevas desgracias.
Cuando uno de los inspectores golpeaba la pared con su martillo, notó por el sonido que debería estar hueca.
–Puede haber aquí algún tesoro, –decía para sus adentros, y prosiguió a descubrir qué sería. En unos momentos había quitado unas piedras: De veras, había un hueco como él había adivinado, y enterrado allí se encontró – un librito.
Un chasco, por supuesto, pero siempre había encontrado algo, y seguramente tendría alguna razón poderosa, por la cual estuviera escondido de esa manera.
Para satisfacer su curiosidad se llevó el libro a su casa y empezó a leerlo, y la lectura de la Palabra de Dios le convenció de la necesidad de la salvación en Cristo. Entonces reconoció que sí había encontrado un tesoro verdadero, porque aceptó a Cristo como su Salvador, y el poder de Cristo cambió su vida.
Deseoso de hacer algo para llevar a otros a ese Salvador a quien él había encontrado, se hizo vendedor ambulante de Biblias y andaba de lugar en lugar vendiendo las Sagradas Escrituras.
Un día, andando con un bulto de libros a cuestas, vio a un grupo de trabajadores parados al lado del camino. Cuando llegó donde estaban los saludó y empezó a abrir su fardo y a mostrarles los libros. Dos o tres de ellos compraron Nuevos Testamentos, pero uno negó rotundamente hasta recibir uno de regalo.
–No quiero tener nada que ver con ese libro –dijo él. –Tuve uno una vez y lo puse en un lugar dónde ni siquiera el diablo lo pudiera encontrar.
Al oír esto el vendedor tuvo una idea repentina. Sacó de su bolsillo una Biblia pequeña, la abrió en la primera página y preguntó al hombre si el nombre allí escrito era el suyo. El albañil asombrado conoció la Biblia que él con tanto esmero había escondido en la muralla.
No se atrevió oponerse más a Dios, el Dios de la Biblia, y humildemente rogó al vendedor ambulante que le entregase su libro. El vendedor se lo entregó con una oración ferviente, mas no sin cierta tristeza por separarse de su tesoro.
Con reverencia y temor el albañil llevó el libro a su casa, el libró maravilloso que Dios había descubierto y que se lo había vuelto a enviar.
Día tras día, cada momento que le era posible quitar de su trabajo, leía y meditaba las palabras del libro. Día tras día el Espíritu de Dios tocaba su corazón por medio de la lectura; reconoció que era un perdido pecador fuera de Cristo, y vio el amor y misericordia maravillosos “de Dios, que había enviado a Su Hijo amado al mundo para salvar a los hombres. Leyó y creyó que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. Aceptando esa verdad por fe en el Salvador, fue cumplida en él la promesa que dice:
El que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna.