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Dijo Dios a Jacob: “Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí”. Estas palabras confirman el principio que acabamos de considerar. Donde haya caídas o decadencia espiritual, el Señor llama al alma para que vuelva a él.
Recuerda, por tanto,de dónde has caído y arrepiéntete, y hazlas primeras obras
(Apocalipsis 2:5).
Este es el principio divino para la restauración. Es preciso que el alma vuelva a su estado más elevado, que sea restablecida al nivel de la medida divina. El Señor no dice: «Recuerda el puesto en que estás», sino: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído”. Solo de este modo puede comprender hasta qué punto se descarrió, cuán profundamente se rebajó y cómo puede volver. Y cuando así seamos restaurados a la gloriosa y santa medida de Dios, tan solo entonces podremos juzgar la gravedad del mal de nuestra condición de decadencia. Qué cúmulo de espantoso mal se había aglomerado en la familia de Jacob sin que se pronunciara juicio sobre este mal, antes de que fuera despertada el alma de Jacob por estas palabras: “Sube a Bet-el”. No era en Siquem, en medio de su atmósfera penetrada de elementos impuros, donde Jacob podía descubrir todo ese mal y discernir su naturaleza verdadera. Pero, desde el momento en que Dios le ordena que suba a Bet-el, “Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado” (v. 2-3). Bastaba la mención de la casa de Dios para hacer vibrar una cuerda en el alma del patriarca, haciéndole repasar en un abrir y cerrar de ojos la historia de veinte años llenos de vicisitudes. Fue en Bet-el, no en Siquem, donde había aprendido a conocer a Dios, y, por lo mismo, es preciso que vuelva allí y levante altar sobre un principio del todo diferente y bajo nombre diferente al de su altar de Siquem. Este se relacionaba con toda clase de impurezas e idolatría.
Jacob podía hablar de “Dios, el Dios de Israel”, en medio de toda clase de cosas incompatibles con la santidad de la casa de Dios. Es muy importante comprender esto. No hay nada que nos pueda mantener en un estado de separación del mal, firme e inteligentemente, como el reconocimiento de lo que es “la casa de Dios” y de lo que conviene a esta casa. Si no miro a Dios más que respecto a mí mismo, no tendré nunca conocimiento pleno y divino de todo lo que resulta de una justa apreciación de la relación que existe entre Dios y su casa. Hay personas que se preocupan poco por el hecho de hallarse asociadas a lo que es impuro en el culto que rinden a Dios, con tal que ellas mismas sean sinceras e íntegras de corazón. En otras palabras, creen poder adorar en Siquem, pensando que un altar llamado: “Dios, el Dios de Israel” (cap. 33:20 – nota es tan elevado y tan bueno, según Dios, como un altar llamado: “Dios de Bet-el”. Este es un error deplorable y el lector espiritual descubrirá desde luego la inmensa diferencia espiritual que existe entre la condición de Jacob en Siquem y su condición en Bet-el, diferencia igual a la existente entre los dos altares. Nuestras ideas respecto al culto se corresponden necesariamente con nuestro estado espiritual; y el culto será pobre y estrecho o inteligente y elevado en proporción al modo en que hayamos sabido comprender el carácter de Dios y la relación que sostenemos con él. El nombre de nuestro altar y el carácter de nuestro culto expresan, el uno y el otro, la misma idea. El culto al “Dios de Bet-el” es más elevado que el culto al “Dios de Israel” porque el primero se relaciona con una idea de Dios más elevada que la del otro, ya que Dios, en este último, en lugar de ser conocido como el Dios de su casa, no aparece más que como el Dios de un solo individuo. Sin duda este título de “Dios de Israel” es la expresión de su gracia maravillosa, y el alma no puede menos que sentirse dichosa cuando considera el carácter de este Dios que se pone en relación con cada una de las piedras del edificio y cada uno de los miembros de su cuerpo por separado. Toda piedra en el edificio de Dios es una “piedra viva”, unida a “la Piedra viva”, teniendo comunión con el “Dios vivo” por el poder del “Espíritu de vida” (1 Pedro 2:4; Romanos 8:2, 10). Pero, por verdadero que sea todo esto, Dios no es menos el Dios de su casa; y cuando, por una inteligencia espiritual más desarrollada, somos más capaces de considerarle como a tal, nuestro culto entero toma un carácter más elevado que el que surge de una mera apreciación de lo que Él es para nosotros individualmente.
El llamamiento hecho a Jacob para que vuelva a Bet-el encierra también otra idea. “Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú”. Es bueno que a menudo se nos traiga a la memoria lo que éramos en la época de nuestra vida en la cual nos veíamos desechados como la escoria. Así Samuel recordó a Saúl el tiempo en que era
Pequeño en sus propios ojos
(1 Samuel 15:17);
y cada uno de nosotros necesita acordarse con frecuencia de cuando era “pequeño en sus propios ojos”. Cuando somos pequeños en nuestros propios ojos el corazón se apoya de verdad en Dios. Después acaso nos creemos algo y es preciso que el Señor vuelva a hacernos sentir nuestra nulidad. Al principio de la vida de servicio o de testimonio ¡cuánto siente el alma su debilidad y falta de capacidad! Y, por consiguiente, ¡cuánta necesidad siente de su dependencia de Dios! ¡Cuánta oración ferviente le dirige para obtener poder y auxilio! Más tarde, después de habernos ocupado bastante tiempo en la obra, empezamos a pensar que podemos depender de nosotros mismos; por lo menos, no tenemos la misma sensación de flaqueza y la misma sencilla dependencia de Dios. De ello resulta que nuestro servicio es pobre, superficial, verboso, destituido de unción y de poder, no saliendo ya de la fuente inagotable del Espíritu sino de nuestros propios pensamientos miserables.
En los versículos 9-15 Dios renueva la promesa a Jacob, confirmándole su nuevo nombre de «príncipe» que le había dado en lugar de «suplantador», y Jacob designa una vez más a aquel lugar con el nombre de “Bet-el”.
El versículo 18 nos proporciona un interesante ejemplo de la diferencia que existe entre el juicio de la fe y el de la naturaleza humana. La naturaleza ve las cosas a través de las nubes brumosas que la rodean; la fe las contempla a la luz de la presencia y de los consejos de Dios. Y de Raquel dice: “y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre (el de su hijo) Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín”. La naturaleza le llama Benoni: “hijo de mi dolor”; la fe le llama Benjamín: “hijo de mi diestra”. Así sucede siempre: los pensamientos de la naturaleza se diferencian siempre de los de la fe, y deberíamos desear ardientemente que nuestros corazones fuesen gobernados tan solo por los de la fe y no por los de la carne.