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Conviene destacar la unión que hay entre este capítulo y los dos anteriores. En el 22 se ofrece al hijo en el altar; en el 23, Sara es puesta a un lado; y, en el 24, el siervo recibe el encargo de buscarle esposa al que, en figura, había sido recobrado de entre los muertos. La sucesión de estos acontecimientos coincide, de modo notable, con los hechos concernientes al llamamiento de la Iglesia. Algunos, quizás, pueden dudar si esta coincidencia viene de Dios o no, pero, de todos modos, es digna de atención.
Los grandes hechos que hallamos en el Nuevo Testamento son: en primer término, el rechazamiento y la muerte de Cristo; luego, el rechazamiento de Israel según la carne; y por último, el llamamiento de la Iglesia y su gloriosa posición de Esposa del Cordero. Todo esto corresponde exactamente al contenido de este capítulo y de los dos anteriores. Era preciso que la muerte de Cristo fuese un hecho acabado antes de que la Iglesia, propiamente hablando, pudiera ser llamada. Era preciso que “la pared intermedia de separación” fuese derribada antes de que un “nuevo hombre” pudiera ser formado (Efesios 2:14-15). Es importante comprender esto para que sepamos cuál es el puesto que ocupa la Iglesia en los caminos de Dios. Durante la dispensación judaica, Dios había establecido y quería mantener la más estricta separación entre los judíos y los gentiles. Esta es la razón por la que la idea de unión entre los judíos y los gentiles en un “nuevo hombre” no estaba en la mente de un judío. Este era inducido a considerarse como quien ocupaba un puesto en todo sentido superior al del gentil, y mirar a este como del todo impuro y cual persona con la cual toda relación estaba prohibida (Hechos 10:28).
Si Israel hubiese andado íntegramente con Dios en las relaciones que Él había establecido por gracia, habría permanecido en esa posición especial de separación y de superioridad. Pero Israel entró en otro camino y, por lo mismo, al haber colmado la medida de sus iniquidades al crucificar al Príncipe de vida, al Señor de la gloria, y rechazar el testimonio del Espíritu Santo, fue suscitado el apóstol Pablo para ser administrador de un nuevo orden de cosas que desde el principio de los tiempos permanecía escondido en Dios mientras subsistía el testimonio de Israel: “Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio… que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” –es decir, a los profetas del Nuevo Testamento– “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (Efesios 3:1-6). He aquí la claridad. El misterio de la Iglesia, compuesta por judíos y gentiles, bautizados en un solo cuerpo por un mismo Espíritu, unida a la cabeza gloriosa en los cielos, no se había revelado hasta los días de Pablo. De cuyo misterio continúa hablando así: “Yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder” (v. 7). Los apóstoles y los profetas del Nuevo Testamento fueron, por así decirlo, la primera hilera de piedras fundamentales de este glorioso edificio (Efesios 2:20). Por lo tanto, es claro que el edificio no pudo comenzarse antes (comp. Mateo 16:18: “edificaré”). Si se datara el edificio desde los días de Abel, habría dicho el apóstol: «Edificada sobre el fundamento de los santos del Antiguo Testamento», pero ello difiere de lo dicho, de lo que sacamos como consecuencia que, sea cual fuere la posición asignada a los santos del Antiguo Testamento, fue imposible que pertenecieran a un cuerpo que hasta la muerte y resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo, cual resultado de esta resurrección, no existía todavía sino en los designios de Dios. Esos santos eran salvos, a Dios gracias, salvos por la sangre de Cristo, y destinados a disfrutar de la gloria celeste con la Iglesia; pero no podían ser parte de un cuerpo que no debía existir hasta varios siglos después de la muerte de ellos.
Repetimos que algunos pueden objetar la posibilidad de que se considere esta interesante porción de la Escritura como tipo del llamamiento de la Iglesia. Personalmente preferimos tratarlo cual ilustración de esta obra gloriosa. No podemos admitir que el Espíritu Santo haya querido ocuparnos, en un capítulo más largo de lo ordinario, de meros detalles de un pacto de familia si este no fuese tipo o figura de alguna verdad trascendente:
Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron
(Romanos 15:4).
Este texto es de un significado muy amplio. Así que, aun cuando el Antiguo Testamento no contiene ninguna revelación directa del gran misterio de la Iglesia, es importante observar que, no obstante, encierra escenas y circunstancias que lo prefiguran de un modo muy notable, testimonio de lo cual nos presenta el capítulo que nos ocupa. Una vez que el hijo hubo sido figuradamente ofrecido como sacrificio y devuelto a la vida, ya puesto a un lado el tronco del cual había salido ese hijo (Sara), el padre envía a su siervo a buscar esposa para el hijo.
Para comprender en forma clara y completa el contenido de este capítulo, consideremos los puntos que siguen: el juramento, el testimonio y el resultado de la misión de Eliezer.
Es bueno notar que el llamamiento y la elevación de Rebeca se fundaban en el juramento que sellaba el convenio entre el siervo y Abraham. Rebeca ignoraba esto, aun cuando, en el designio de Dios, ella era objeto de ese convenio. Así sucede con la Iglesia de Dios, considerada como totalidad, o en cada una de sus partes constituyentes. “No fue encubierto de ti mi cuerpo… y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139:15-16). “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor” (Efesios 1:3, 4). “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó” (Romanos 8:29-30). Existe una armonía admirable entre estos pasajes y el asunto que nos ocupa. El llamamiento, la justificación y la gloria de la Iglesia, todo está fundado en el eterno designio de Dios, en su palabra y su juramento, ratificado por la muerte, la resurrección y la glorificación del Hijo. En las profundidades del eterno pensamiento de Dios, más allá de los más lejanos límites de los tiempos, descansaba ese designio maravilloso que tenía por objeto a la Iglesia, y que se halla indisolublemente ligado al pensamiento de Dios en cuanto a la gloria del Hijo. El juramento del siervo a Abraham tenía por objeto la adquisición de una esposa para el hijo. Al deseo de Abraham para su hijo se debía la alta posición que Rebeca ocupó luego. Bienaventurado quien comprende estas cosas; bienaventurado quien ve que la seguridad y la bienaventuranza de la Iglesia están inseparablemente unidas con Cristo y su gloria. “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (1 Corintios 11:8-9). Y así se halla en la hermosa parábola de la fiesta de bodas: “El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo” (Mateo 22:2). El Hijo es el objeto principal de todos los pensamientos y de todos los consejos de Dios, y si alguien ha de alcanzar la bienaventuranza, o la gloria, o algún puesto elevado, ello no sucederá sino en relación con el Hijo. Por el pecado el hombre ha perdido todo derecho a tales cosas, y a la vida misma, pero Cristo toma sobre sí el castigo por el pecado, haciéndose él responsable de todo por su cuerpo, la Iglesia. Como su representante, él fue crucificado, llevando en su propio cuerpo su pecado en la cruz, y descendió al sepulcro cargado de tan pesada carga. Nada, pues, puede ser más completo que la salvación de la cual son objeto los santos respecto a todo cuanto estaba en contra de ellos. La Iglesia sale vivificada de la tumba de Cristo, donde quedó sepultado todo el pecado de los que la componen. La vida que posee la Iglesia es resultado del triunfo sobre la muerte y todo lo que pueda serle obstáculo; de modo que esta vida está unida a la justicia divina y fundada sobre esta justicia, siendo el caso que los derechos de Cristo mismo a la vida están fundados en el hecho de haber quebrantado todo el poder de la muerte; y él es la vida de la Iglesia. Así que la Iglesia disfruta de vida divina; ella está afincada en la justicia divina, y la esperanza que la anima es la esperanza de la justicia. Véanse, entre otros, los pasajes siguientes: Juan 3:16, 36; 5:39,40; 6:27, 40, 47, 68; 11:25; 17:2; Romanos 5:21; 6:23; 1 Timoteo 1:16; 1Juan 2:25; 5:20; Judas 21; Efesios 2:1-6, 14-15; Colosenses 1:12-22; 2:10-15; Romanos 1:17; 3:21-26; 4:5, 23-25; 2Corintios 5:21, Gálatas 5:5.
Estos pasajes establecen a la perfección los tres puntos siguientes: la vida, la justicia y la esperanza de la Iglesia, y todos ellos se deben al hecho de que la Iglesia es una con Cristo, quien resucitó de los muertos. Nada es más adecuado para fortalecer el corazón que la convicción de que la existencia de la Iglesia es esencial para la gloria de Cristo. “La mujer es gloria del varón” (1 Corintios 11:7). La Iglesia se llama “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23). Esta última expresión es sorprendente. La palabra traducida «plenitud» significa complemento, es decir: lo que, añadido a otra cosa, compone un todo con ella. Así es cómo Cristo (la cabeza) y la Iglesia (el cuerpo) forman “un solo y nuevo hombre” (Efesios 2:15). Si consideramos el asunto bajo este punto de vista, no nos extrañaremos de que la Iglesia haya sido el objeto de los consejos eternos de Dios: había, por gracia, razones maravillosas para que el cuerpo, la esposa, la compañera de su Hijo único, ocupara el pensamiento de Dios desde antes de la fundación del mundo. Rebeca era necesaria para Isaac y por ello fue objeto de un consejo secreto mientras todavía ignoraba del todo su futuro y alto destino. Todos los pensamientos de Abraham se concentraban en Isaac: “Te juramentaré por Jehová, Dios del cielo y Dios de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo de las hijas de los cananeos entre quienes habito” (v. 3, V.M.). “Mujer para mi hijo” es aquí lo importante, como vemos. “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). Merced a esto podemos comprender lo que es la Iglesia: en los consejos de Dios es necesaria para Cristo, y en la obra llevada a cabo por él mismo se ha provisto divinamente todo lo necesario para que pudiera ser llamada a la existencia. La verdad considerada bajo este punto de vista no se refiere ya al poder de Dios para salvar a los pobres pecadores, sino al Dios que quiere hacer “fiesta de bodas a su Hijo”, siendo la Iglesia la esposa que se le ha destinado, el objeto de los designios del Padre, el objeto del amor del Hijo y del testimonio del Espíritu Santo. Su destino es participar de la dignidad y toda la gloria del Hijo, como tiene parte en todo el amor del cual él ha sido el objeto eterno. Oigamos las mismas palabras del Hijo: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:22-23). Esto resuelve toda la cuestión. Estas palabras nos hacen conocer los pensamientos del corazón de Cristo respecto a la Iglesia. Ella está destinada no solamente a ser “tal como él es” (1 Juan 3:2), sino que es ya como él, según está escrito: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Esta preciosa verdad proporciona al alma plena confianza. “Estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1Juan 5:20). Toda incertidumbre está excluida, porque todo se ha asegurado a la esposa en el Esposo. Todo lo que pertenecía a Isaac llegó a ser propiedad de Rebeca, porque Isaac le pertenecía a ella. Asimismo todo lo que pertenece a Cristo está a disposición de la Iglesia: “Todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Corintios 3:21-23). Cristo es “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Efesios 1:22). El gozo de Cristo por toda la eternidad consistirá en manifestar a la Iglesia en la gloria y mostrar la hermosura de la cual la ha revestido, porque la gloria y la hermosura de la Iglesia no serán más que el reflejo de la gloria y hermosura de Él. Los ángeles y principados contemplarán en la Iglesia la manifestación maravillosa de la sabiduría, el poder y la gracia de Dios en Cristo.
Fijémonos ahora en el segundo punto que más arriba hemos mencionado, a saber: el testimonio. El siervo de Abraham fue portador de un testimonio claro y preciso. “Entonces dijo: Yo soy criado de Abraham. Y Jehová ha bendecido mucho a mi amo, y él se ha engrandecido; y le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos. Y Sara, mujer de mi amo, dio a luz en su vejez un hijo a mi señor, quien le ha dado a él todo cuanto tiene” (v. 34-36). Así revela al padre y al hijo: tal es su testimonio. Habla de las inmensas riquezas del padre explicando como este todo lo ha dado al hijo, en virtud de que es el unigénito y el objeto del amor del padre. Mediante este testimonio el servidor procura conseguir esposa para el hijo.
Casi huelga decir que la Escritura nos representa aquí, en figura y de un modo sorprendente, el testimonio del Espíritu Santo que fue enviado del cielo a la tierra el día de Pentecostés.
Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí
(Juan 15:26).
Y también: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:13-15). La coincidencia entre estas palabras y el testimonio del siervo de Abraham es tan instructiva como interesante. El servidor procura ganar el corazón de Rebeca halándole de Isaac, y, como lo sabemos, el Espíritu Santo habla de Jesús para sacar a los pobres pecadores de un mundo de pecado y de locura y hacerles entrar en la bienaventurada y santa unión con el cuerpo de Cristo. Él “tomará de lo mío y os lo hará saber”. El Espíritu Santo nunca lleva un alma a mirarse a sí misma o a su obra, sino siempre a considerar únicamene a Cristo. Así que, cuanto más espiritual sea una persona, tanto más se interesará por Cristo.
Para muchos, la incesante contemplación del corazón propio y lo que en él se puede descubrir –aunque sea obra del Espíritu– parece a muchos gran prueba de espiritualidad. Este es un grave error. Considerarse uno a sí mismo de tal manera, lejos de ser una prueba de espiritualidad demuestra todo lo contrario, porque Jesús declaró expresamente, al hablar del Espíritu: “No hablará por su propia cuenta”, sino que “tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Así es que, siempre que una persona contempla su interior y edifica sobre las pruebas de la obra del Espíritu que en sí descubre, puede estar segura de que en ello no es guiada por el Espíritu de Dios. El Espíritu atrae las almas a Dios presentándoles a Cristo. Conocer a Cristo es vida eterna; y la revelación que el Padre hace del Hijo por el Espíritu Santo constituye el fundamento de la Iglesia. Cuando Pedro confiesa que Cristo es el Hijo del Dios viviente, le responde Cristo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:17-18). ¿Qué roca? ¿Pedro? Por cierto que no. “Sobre esta roca” es simplemente la revelación de Cristo por el Padre como “el Hijo del Dios viviente”, y esta revelación es el único medio por el cual un alma puede ser introducida en la Asamblea de Cristo. Aquí se nos explica el verdadero carácter del Evangelio. El Evangelio es ante todo y por excelencia una revelación, no solo de una doctrina sino de una persona, la persona del Hijo; y esta revelación, recibida por la fe, trae el corazón a Cristo y viene a ser la fuente de la vida y del poder, el fundamento de nuestra unión con Cristo cual miembros de su cuerpo, así como ella es también el poder de la comunión. “Cuando agradó a Dios… revelar a su Hijo en mí”, dice Pablo (Gálatas 1:16). Por lo tanto, el principio verdadero que constituye la roca es Dios revelando a su Hijo. De este modo se levanta el edificio; él descansa sobre este sólido fundamento, según el eterno designio de Dios.
Es, pues, de particular interés hallar en el capítulo 24 del Génesis una figura tan hermosa de la misión y del testimonio especial del Espíritu Santo. En procura de conseguir esposa para Isaac, el siervo de Abraham expone toda la gloria y riqueza con que el padre ha dotado a Isaac, el amor del cual este es objeto, y todo lo que pueda tocar de cerca al corazón de Rebeca y desvincular sus afectos de las personas y cosas en medio de las cuales había vivido. Enseña a Rebeca un objeto lejano y le revela la bienaventuranza que hallará al quedar unida a ese objeto amable y tan altamente favorecido. Todo lo que pertenece a Isaac le pertenecerá también a ella desde el momento en que se una a él; tal es el testimonio del siervo. Tal es también el testimonio del Espíritu Santo. Él habla de Cristo, de la gloria de Cristo, de la hermosura, de la plenitud, de la gracia, de las riquezas insondables de Cristo, de la dignidad de esta persona y de la perfección de su obra. Además, revela la dicha admirable que hay en ser uno con Cristo, ser
Miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos
(Efesios 5:30).
Tal es siempre el testimonio del Espíritu Santo. Nos proporciona una excelente piedra de toque para probar toda especie de doctrina y de predicación. La enseñanza más espiritual será siempre caracterizada por la plena y constante presentación de Cristo. Él siempre constituirá la carga de tal instrucción. El Espíritu no se puede fijar sino en Jesús. Hablar de Cristo es su deleite. Su placer es proclamar sus perfecciones, sus virtudes, su hermosura. Si, por tanto, alguien sirve en el Evangelio por el poder del Espíritu de Dios, en su ministerio habrá siempre más de Cristo que de ninguna otra cosa. Los raciocinios de la lógica humana no hallarán lugar en él; estos solo convienen donde el hombre desea lucirse a sí mismo. Pero todos cuantos sirven en el Evangelio tendrán que recordar que el único objeto del Espíritu será siempre presentar a Cristo.
En último lugar nos hemos de ocupar del resultado del testimonio. La verdad, y la aplicación práctica de la misma, son dos cosas muy diferentes. Una cosa es hablar de las glorias particulares de la Iglesia y otra cosa es ser dirigido, de un modo práctico, por estas glorias. En cuanto a Rebeca, el resultado del testimonio del siervo fue muy marcado y decisivo. Ella escuchaba con su oído y creía de corazón el testimonio, y así quedó desligada de todo cuanto la rodeaba. Quedó muy dispuesta a dejarlo todo y proseguir hacia la meta para tomar posesión de aquello que la había cautivado (Filipenses 3:12-13). Era imposible que, considerándose objeto de un destino tan glorioso, continuase viviendo en medio de las circunstancias en las cuales la naturaleza la había colocado. Si era verdadero el testimonio respecto a su porvenir, quedar sujeta a su condición presente sería la peor de las locuras. Si la esperanza de ser esposa de Isaac y coheredera con él de toda su dignidad y gloria era una realidad para ella, continuar cuidando las ovejas de Labán habría significado despreciar prácticamente todo lo que Dios, en su gracia, le había puesto delante de ella.
Pero no; la esperanza que tiene a la vista es demasiado gloriosa para que la abandone con ligereza. Todavía no había visto a Isaac, es verdad, ni tampoco la herencia; pero había creído el testimonio que se le había dado respecto a Isaac, y, en cierto modo, así había recibido las arras de la herencia, lo que bastaba para su corazón. Por lo tanto, se levanta sin vacilar y manifiesta estar lista para partir. “Sí, iré”, dice (v. 58). Está lista para entrar en un camino desconocido en compañía del que le ha revelado ese objeto lejano y la gloria relacionada con tal objeto, gloria a la cual va a ser elevada. “Iré” –dijo– y “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y (extendiéndose) a lo que está delante”, proseguía a la meta, “al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14). Hermoso y conmovedor símbolo de la Iglesia, la cual, bajo la conducción del Espíritu Santo, prosigue adelante al encuentro del celeste Esposo. Al menos esto es lo que debería hacer la Iglesia; pero ¡ay! está lejos de hacerlo. Existe muy poco de ese gozo santo que echa a un lado toda carga y todo obstáculo mediante el poder de la comunión con su Guía celestial y santo Compañero de viaje, cuyo oficio y placer es tomar de lo que es de Jesús y hacérnoslo saber, precisamente como el siervo de Abraham tomaba de las cosas de Isaac y las mostraba a Rebeca, complaciéndose también, sin duda, en hacerle oír nuevas cosas acerca del hijo a medida que iban acercándose a la consumación del gozo y de la gloria que esperaba la esposa. Así sucede también, por lo menos, con nuestro Guía y Compañero celestial. Él “tomará de lo mío y os lo hará saber”, y aun más: Él “os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13-14). Tenemos positiva necesidad del ministerio del Espíritu que nos revela la persona de Cristo al alma, haciéndonos desear ardientemente el momento de verle tal cual es y de ser semejantes a él para siempre. Él solo tiene poder para desligar nuestros corazones de la tierra y de todo lo que pertenece a la naturaleza. ¿Qué, salvo la esperanza de verse unida a Isaac, podría haber persuadido a Rebeca de decir: “Iré”, cuando su hermano y su madre decían: “Espere la doncella con nosotros a lo menos diez días” (v. 55)? Lo mismo nos ocurre a nosotros; nada, salvo la esperanza de ver a Cristo como es, y de ser semejantes a él nos conducirá a purificarnos “como él es puro” (1 Juan 3:3).