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El niño fue sometido a todo el ritual que ordenaba la ley del Señor. El nombre del Señor se repite cuatro veces en los versículos 22-24, como para afirmar los derechos divinos sobre ese niño y el cumplimiento de la voluntad de Dios desde su cuna. El sacrificio ofrecido en el templo destaca la pobreza de José y María (ver Levítico 12:8). Una vez más el Liberador de Israel fue presentado a los humildes y piadosos ancianos: Simeón y Ana, y no a los principales del pueblo. ¿En mérito a qué les fue otorgado este favor? ¡Porque lo esperaban! El Espíritu condujo a Simeón al templo y le señaló a Aquel que es “la consolación de Israel” (v. 25), la salvación de Dios, la luz de las naciones y la gloria del pueblo. Él vio con sus propios ojos y tuvo en sus brazos a este niño que era todo esto para su fe. Dio gracias a Dios y anunció que Jesús sería la piedra de toque para manifestar el estado de los corazones (Isaías 8:14), tal como todavía lo es hoy. A su vez Ana, mujer de oración y fiel testigo, también vino y se unió a la alabanza. Al permanecer en el templo, cumplía el versículo 4 del Salmo 84 y habló de lo que llenaba su corazón: habló de él. ¡Qué gran ejemplo para nosotros!
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"