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Al capitán de un barco de carga se le había permitido llevar consigo a su hijo para que fuera conociendo el mar.
Durante algunos días hubo buen tiempo; pero después se desató una tormenta. El barco era fuertemente sacudido y el ruido de las olas era tan estridente que no dejaba oír nada más.
El capitán había mandado al pequeño que se quedara en su camarote. Un marinero debía cuidarlo y asistirlo.
Cuando terminó la tormenta, el capitán pudo bajar a su camarote. Allí encontró a su hijo muy tranquilo. Parecía que la tempestad no lo hubiera asustado.
–¿No tuviste miedo? –preguntó el capitán a su hijo.
–Oh, no –respondió el chico–. ¿Cómo iba a tener miedo si yo sabía que tú manejabas el timón? ¡Siempre me dijeron que tú eres un buen marino!
Nosotros tendríamos que imitar la confianza de ese pequeño. Cuando haya tempestades en nuestras vidas (enfermedades, pérdida del trabajo, y muchas cosas más) pensemos que nada puede sucedernos si dejamos que Dios, nuestro Padre, se encargue del timón de nuestras vidas.
Cambia la tempestad en sosiego… y así los guía al puerto que deseaban. Alaben la misericordia de Jehová
(Salmo 107:29-31).