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Érase una vez un fuerte y hábil cazador en Unterschächen al que le gustaba mucho subir a las montañas para disparar gamuzas.
El trato quebrantado
Cuando un día caminaba con su fusil de caza por una empinada senda en las montañas, tropezó con un pequeño hombre desconocido que le cerró el paso.
Este hombre le preguntó: “¿Por qué sigues matando a mis cabras monteses?” El cazador respondió: “¿Qué remedio me queda? Tengo que dar de comer a mi mujer y a mi familia.”
“¡Hagamos un trato!”, replicó el otro. “Coge este queso que te dará a ti y a tu familia de comer para el resto de vuestras vidas, mientras que no lo acabéis de comer del todo. Tú en cambio me prometes dejar en paz a mis gamuzas.” El hombre dio al cazador un pequeño pedazo de queso y continuó: “¡No te olvides! Si quebrantas este trato te arrepentirás!” Y con estas palabras el pequeño hombre se marchó tan rápido como había aparecido.
El cazador se llevó el queso a casa e hizo lo que le había sido encomendado. El queso era tan pequeño que casi no llegaba para una sola persona, pero el cazador lo puso encima de la mesa y cortó pedacitos pequeños para sí, su mujer y sus hijos. Cada uno comió la parte que le tocaba y todos quedaron satisfechos, nadie tenía más hambre. Siempre procuraron de dejar algo para el día siguiente. En la mañana siguiente el queso había recuperado su tamaño original.
Durante un tiempo la familia se nutría de esta manera. Cada día comían un poquito del queso sin comerlo todo, y al día siguiente el queso volvía a tener el mismo tamaño como al principio.
Pero con el tiempo el cazador empezó a impacientarse. Miraba las montañas y su fusil colgado en la pared y añoraba los viejos tiempos. Un día no aguantó más, pero no quiso guardar el queso sin cumplir el trato. Por eso, una tarde reunió a su familia y dio la orden de comer el queso entero. Sin embargo, uno de los hijos dejó caer un trocito al suelo y en la mañana siguiente el queso había recuperado de nuevo su tamaño original.
Después, el cazador invitó a sus amigos para la cena, y esta vez sí que lo devoraron entero sin dejar ni una miga de queso.
Al día siguiente, el cazador cogió su fusil y escaló las montañas. Subió por los caminos más escarpados y de repente avistó en la cima de una roca una gamuza blanca muy linda como nunca había visto antes. Apuntó su rifle y, a punto de disparar, un pequeño hombre de las montañas lo empujó del borde del precipicio al vacío profundo.