Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05060.jsonl.gz/28

La Palabra de Dios no necesita de corroboración externa. Es una roca eterna e inexpugnable. Sin embargo, es sumamente interesante notar como la arqueología moderna corrobora la Biblia y entierra las teorías de los críticos bajo el polvo de su propia incredulidad. Lo que sigue es un resumen de un artículo de la revista evangélica “The Dawn”.
- Los siete años de hambre
Según lo que se cuenta en el libro de Génesis –si entendemos la cronología– los siete años de hartura terminaron en el año 1708 A. C.; los hijos de Jacob descendieron a Egipto a comprar trigo en 1707 A. C.; toda la familia se estableció en la tierra de Gosén en 1706 A. C. y los siete años de hambre terminaron en el año 1700 A. C. Con la excepción del descubrimiento de algunos rastros, no se había presentado ninguna corroboración secular de estos siete años de hambre. Pero en 1908 el profesor Brugsch descifró ciertas inscripciones jeroglíficas que nos cuentan que por siete años consecutivos el río Nilo no se desbordó; que en consecuencia la vegetación en todo el país se secó; que las cosechas se perdieron, y que durante estos siete años la pestilencia y la miseria devastaron el país. Y la fecha de esta inscripción es 1700 A. C. “Sabemos”, dice el profesor Brugsch, “que la fecha de los siete años de hambre mencionados en Génesis fue 1700 A. C. Así, lo que antes era considerado un mito, se ha convertido en un hecho histórico.
- ¿Sabia Moisés escribir?
Los críticos decían que el Pentateuco no podría haber sido escrito por Moisés, porque el arte de escribir no era conocido en su tiempo. Afirmaban que fue escrito en el quinto siglo antes de Cristo, o sea nueve siglos después de la muerte de Moisés. Pero el hallazgo de las tabletas de “Tel–Amarna” ha revelado que la época antes del Éxodo era una era literaria. Entre las ruinas de los edificios de gobierno del rey egipcio. Khun-Aten, se encontraron una colección de unas trescientas lápidas, inscritas con signos cuneiformes, que se halló eran la correspondencia oficial del rey Khun-Aten. Ochenta y dos de estas lápidas se encuentran ahora en el Museo Británico en Londres, y otras en otros museos del mundo.
También en 1901 se registró otro importante descubrimiento cuando el Sr. J. de Morgan halló en Susa el código de Hamurabi, el rey de Amrafel de Génesis 14, escrito en signos cuneiformes en una enorme piedra de casi tres metros de altura. Esta piedra antecede al tiempo de Moisés en ocho siglos.
- El estanque de Siloé
En 1880 un muchacho árabe que se había escapado de la escuela bajó al estanque de Siloé en el Valle del Arroyo Cedrón a bañarse. Se resbaló su pie en una piedra lisa y se cayó al agua. Nadando bajo el agua con los ojos abiertos notó el muchacho una piedra inscrita con signos desconocidos. Al volver a la escuela, esperando escaparse del castigo que merecía, contó a su maestro lo que había visto. Olvidándose del muchacho, el maestro, que era un arquitecto alemán que se llamaba Schick, bajó al estanque. Este estanque recibía el agua por medio de un acueducto que venía de otro estanque situado más arriba en el Valle. La inscripción, casi tapada con cal, fue limpiada y copiada. Mas tarde las letras fueron identificadas como letras hebraicas del tipo más antiguo. La inscripción corrobora maravillosamente 2 Reyes 20:20 donde leemos que “Ezequías… hizo el estanque y su conducto, y metió las aguas en la ciudad”. La piedra con esta interesante inscripción se encuentra en el Museo de Estambul.
- Sargón, rey e Asiria
En Isaías 20:1 leemos que “vino el Tartán a Asdod, cuando le envió Sargón rey de Asiria”. Pero Sargón era un rey desconocido en la historia. Ningún escritor de la antigüedad menciona su nombre, y Tartán era igualmente nombre desconocido. Los críticos declamaron que Sargón era un mito bíblico. Por una coincidencia curiosa el primer descubrimiento en las exploraciones arqueológicas asirias fue en las ruinas del gran palacio de Sargón. En 1842 el gobierno francés ordenó a su cónsul en el pueblo de Mosul, sobre el río Tigris, a hacer exploraciones en el otro lado del río, el sitio en que se supone existió la gran cuidad de Nínive. Un día un árabe le preguntó al francés que estaba haciendo, y este le respondió que estaba buscando “piedras con figuras”. “Venga conmigo”, dijo el árabe, “en mi pueblo hay piedras con figuras en abundancia”. El cónsul lo acompañó a Khorsabad y empezó sus excavaciones en el pueblo, dando por resultado el hallazgo del hermoso palacio de Sargón. Las paredes de sus salones estaban llenas de inscripciones, entre las cuales se encontró su nombre, su retrato y la historia de su reinado, incluyendo el asedio de Asdod, Sargón, según estas inscripciones, era padre de Senaquerib y el conquistador de Samaria. Además, Tartán era el nombre oficial del comandante en jefe del ejército de Asiria. Más tarde se descubrió una lápida en este mismo palacio de Sargón que decía: “Yo sitié y conquisté la ciudad de Samaria y llevé cautivos a 27.280 de sus habitantes”. Así fue vindicada una vez más la Palabra de Dios.
- Compañeros de Pablo en Roma
Últimamente, un propietario de terrenos cerca de la ciudad de Roma trataba de labrar la tierra en un campo que quería convertir en huerto. Mientras trabajaba, uno de sus empleados encontró varias tablas de piedra interesantes que llamaron mucho la atención. Las excavaciones que resultaron de este hallazgo revelaron un gran mausoleo subterráneo, y una de las numerosas inscripciones encontradas entra las ruinas tenía estas palabras: “Un mausoleo para los miembros de la casa de César”. Dentro de este mausoleo había varias tumbas con fechas de tiempo entre el nacimiento de Cristo y la muerte de Pablo. Y lo que era de supremo interés era el descubrimiento de los cincos nombres, Trifena, Trifosa, Urbano, Hermas y Patrobas, grabados en cinco distintas lápidas. Todos estos nombres aparecen en el capítulo dieciséis de la epístola de Pablo a los Romanos. “No se puede calcular el valor”, dice el Antiguarían, “de estos descubrimientos”.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).