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El pueblo de Dios es llamado a hacer como el agricultor que, para alinear su surco, marca unos puntos de referencia detrás y delante de sí. A fin de enderezar sus caminos, Israel debe mirar primero hacia atrás para recordar la salida de Egipto y su penosa marcha a través del desierto (v. 2-7; Jeremías 2:23); luego tiene que mirar hacia adelante para contemplar por la fe la tierra prometida (v. 10-12). Nuestros extravíos deben servirnos de advertencia y hablar a nuestra conciencia, mientras la perspectiva de la herencia celestial es propia para estimular nuestro corazón. Siempre confrontado con un pasado jalonado por la gracia y con un porvenir glorioso, nuestro caminar tenderá a ser recto.
¡Qué contraste hay entre la tierra prometida y Egipto, figura del mundo! Para tener agua, aun hoy en día, los egipcios deben transportarla por unos canales mediante norias, una clase de molinos primitivamente accionados con el pie (v. 10). En cambio, en la tierra de Canaán la lluvia de los cielos provee un agua gratuita y abundante. ¡Sí, qué contraste entre los pobres esfuerzos del hombre del mundo por alcanzar él mismo su felicidad y el bendito terreno sobre el cual se halla ahora el redimido del Señor, quien recibe todo de la gracia de su Dios!
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"