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El primer piloto suizo de la historia tuvo una vida tan extraordinaria como trágica. Fue rico y adulado por todos, pero murió a los 26 años en la ruina y totalmente abandonado. Pese a ello, Failloubaz tendrá siempre un lugar en los libros de historia de Suiza como el gran pionero de la aviación nacional.
A principios de octubre de 1910 se celebraron las Jornadas de la Aviación de Berna, donde un piloto se desmarcó de los otros: era el joven Ernest Failloubaz, de solo 18 años. La razón era la proeza que había realizado: se mantuvo 58 minutos y 17 segundos en el aire, sentado con ello un récord de duración de vuelo en el aquel momento.
El gobierno suizo lo premió concediéndole una licencia de piloto número uno y regalándole un reloj de oro grabado con esta dedicatoria: “De la Confederación Helvética para Ernst Failloubaz. Título número 1. Octubre de 1910”.
Un huérfano apasionado por la mecánica
Ernest Failloubaz vivió una niñez difícil. Perdió a su padre a los cuatro años, y a su madre, solo seis años más tarde. Lo criaron su abuela y una tía en Avenches, una pequeña localidad de la llanura de Broye en el cantón de Vaud. Avenches alguna vez fue la capital de la Helvecia romana.
Pese a su orfandad, era rico… Failloubaz heredó una pequeña fortuna de su padre, un comerciante de vinos. El dinero le permitió consagrar todo su tiempo a la pasión que sentía por la velocidad y la mecánica. De hecho, compró una de las primeras motocicletas de Suiza y también uno de los primeros automóviles.
El virus de la aviación lo “contrajo” como resultado de su convivencia con su amigo René Grandjean, de Bellerive, otro pueblo de la región. Grandjean ahorró un capital interesante trabajando como chófer y amigo de un príncipe egipcio. Pero totalmente hechizado por la hazaña que había realizado un piloto francés de atravesar el canal de la Mancha en avión, decidió dejar Egipto para regresar a Suiza a construir aviones.
Influencia francesa
La región de Avenches fue tierra fértil para los pioneros de la aviación helvéticaEnlace externo. A los nombres de René Grandjean y Ernest Failloubaz debe sumarse el de Georges Cailler. Instalado en su castillo de Vallamand, este descendiente de la ilustre familia de chocolateros suizos, se dedicó afanoso a construir su propio avión. Y un poco más lejos, en el cantón de Ginebra, los hermanos Enri y Armand Dufaux, también inscribieron sus nombres en la naciente industria aeronáutica helvética.
La historia confirma que la mayoría de los pioneros de la aviación suiza eran originarios de la región francófona. Para Philippe CornazEnlace externo, piloto y autor de diversas obras sobre la historia de la aviación nacional, esto no es sorprendente. “Francia fue la cuna mundial de la aviación. Así que la cercanía de la frontera y la similitud de la lengua hizo que todos los aviadores suizos que hablaban francés aprendieran a volar en Francia”.
"Todos los aviadores suizos que hablaban francés aprendieron a volar en Francia
Philippe Cornaz, historiador de la aviaciónFin de la cita
La predominancia francófona volvió hacerse presente algunos años más tarde, cuando nació la aviación militar suiza. “De los nueve primeros pilotos militares, ocho eran de la Suiza francesa. El noveno nació en Basilea, pero hablaba perfectamente el francés”, recuerda el historiador.
Aunque fueron los estadounidenses quienes consiguieron por primera vez que un avión alzara el vuelo, esto no resta méritos a Francia. “Ciertamente, los hermanos Wright fueron los primeros en hacer volar una máquina, pero esta lo hacía con un contrapeso y solo tenía patines. El gobierno francés invitó a los hermanos Wright a Pau, y ahí, fueron los franceses quienes transformaron ese sencillo avión en una máquina capaz de mantenerse en los aires, con un buen motor, ruedas y timones. Los franceses son quienes desarrollaron la aviación”.
Además de descubrir diversas técnicas de vuelo, hay otros logros que pueden atribuirse a los primeros pilotos franceses. Uno de ellos quedó especialmente grabado en la memoria colectiva: Louis Blériot logró atravesar el canal de la Mancha en avión el 24 de julio de 1909.
Un piloto adulado
En Suiza, el 10 de mayo de 1910 se convirtió en una fecha histórica, porque ese día tuvo lugar el primer vuelo de una aeronave construida y pilotada enteramente por suizos. Ernest Failloubaz logró hacer despegar un avión construido por René Brandjean y aseguró también un aterrizaje suave de esta máquina.
El joven Ernest Failloubaz jamás tomó clases de pilotaje. Pero asistió a todo el proceso de construcción del avión de Brandjean y entendió con precisión cada detalle del funcionamiento de la aeronave. Y lo más importante de todo, tenía un sentido innato del arte de volar. “No hizo lo mismo que el resto de los pioneros de la época, es decir, no puso a trabajar el motor a fondo para luego rodar unos metros y tirar de la palanca de mando para elevarse. Todo lo contrario, tiró suavemente de la palanca y permitió, con ello, que la nave se elevara de forma natural”.
Sin embargo, solo cinco días después, queriendo probar su propio avión, René Grandjean Enlace externono fue capaz de maniobrar con la misma fineza su propio avión: tiró con excesiva rudeza la palanca de mando, averiando gravemente el aparato. Así, privado de un avión para seguir volando, Ernest Failloubaz se dirigió a París para comprar su propia aeronave. Adquirió una llamada ‘Damisela’, fabricada por el brasileño Santos-Dumont. Y más tarde, el avión llamado ‘Blériot XI’, que era más potente. Algunos años después, se equipó con un aparato fabricado por los hermanos Dufaux de Ginebra.
Con sus propios aviones, Ernest Failloubaz multiplicó sus hazañas. En un encuentro celebrado en Viry (en la Alta Saboya), se atrevió a lo que nadie había osado hasta entonces: apagó el motor del avión en pleno vuelo, lo dejó planear, y después reencendió el motor. Asimismo, el 2 de septiembre de 1910, consiguió volar entre Avenches y Payerne. Un trayecto de varias decenas de kilómetros que se convirtió en el primer vuelo de la historia entre dos ciudades suizas. Y también fue pionero en la aviación militar. En septiembre de 1911, efectuó un vuelo de reconocimiento junto con su amigo, el capitán de caballería, Gustave Lecoultre. Fue la primera vez que un avión se asoció a actividades militares en Suiza.
Así, Ernest Failloubaz, conocido como “el niño volador de Avenches”, se convirtió en una verdadera celebridad. Miles de personas lo aclamaban durante los encuentros a los que asistía. Por ejemplo, en octubre de 1911, durante la celebración de las Jornadas de la Aviación de Avenches, voló frente… ¡a 15 000 personas!
Un final trágico
La aviación le trajo la gloria, pero fue poco rentable. De hecho, fue la responsable de que su fortuna se esfumara.
"Invirtió todo su capital en su pasión. Con su propio dinero, compró aviones, pagó un hangar y creó la primera escuela de vuelo suiza en Avenches. Pero, sobre todo, mal aconsejado, adquirió una licencia para fabricar directamente en Avenches los aviones Dufaux de Ginebra por un monto de 110 000 francos suizos, un tercio de su fortuna. Así, careciendo después del capital para comprar siquiera los motores de las aeronaves, cayó en bancarrota a finales de 1913. Terminó arruinado y abandonado por todos”, recuerda Philippe Cornaz.
Además de sus problemas económicos, Failloubaz también experimentó serios problemas de salud. Enfermó de tuberculosis, lo que impidió que fuera contratado como piloto militar al estallar la Primera Guerra Mundial. La enfermedad lo minó rápidamente y murió el 14 de mayo de 1919, en el Hospital Cantonal de Lausana, con solo 26 años. Solo dos personas le acompañaron en la procesión fúnebre: su tía y el pastor.
Traducción del francés: Andrea Ornelas