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El libro de Nehemías, hijo de Hacalías, no es la continuación inmediata del libro de Esdras. Comienza en el vigésimo año de Artajerjes (Mano Larga), es decir, trece años después de la llegada de Esdras a Jerusalén (comp. Esdras 7:7), que tuvo como resultado los acontecimientos relatados en los capítulos 7 a 10 de su libro. Durante estos trece años, el “remanente” había caído en el oprobio y en una gran miseria. Es cierto que el templo estaba reconstruido, pero en una ciudad sin defensas estos pobres judíos estaban en constante peligro de sucumbir bajo los ataques de sus enemigos; y la casa de Dios, objeto de su solicitud, estaba expuesta a un nuevo saqueo.
El relato de Nehemías abarca un período de unos doce años y trata otro tema, el cual presenta facetas muy distintas al de Esdras. Respecto a este último, vimos el altar restablecido en su lugar, los fundamentos del templo asentados, la casa edificada, y todo este trabajo seguido de la purificación del pueblo en cuanto a sus alianzas profanas. El propósito del libro de Esdras es el culto del pueblo de Dios y el estado moral que debe acompañarle. Por su parte, el libro de Nehemías nos habla de la restauración de las murallas, las puertas y las casas de Jerusalén. Si Esdras nos presenta la restauración de Judá y Benjamín desde el punto de vista religioso, Nehemías lo hace más bien desde el punto de vista civil. En el curso de este estudio consideraremos el alcance que esta restauración tiene para nosotros.
Aquí no encontramos, como en el libro de Esdras, a un Zorobabel como gobernador de linaje real, ni a un Jesúa como sumo sacerdote, puestos a la cabeza para conducir al pueblo, ni profetas para despertarle, ni siquiera un escriba de descendencia sacerdotal, como Esdras, enviado para recordarle la ley de Moisés y purificarle. Sin duda este escriba tenía plena autoridad, de parte del rey, sobre el poder civil, pero únicamente en virtud de la confianza que su carácter moral inspiraba (Esdras 7:25). Tenía el derecho de ejercer esta autoridad, pero no era lo que él buscaba. Toda su atención y su celo se dirigían hacia el estado espiritual del pueblo, del cual la “casa de Dios” llegó a ser el centro.
Nehemías no era un noble, ni tenía autoridad; fue investido de sus funciones en virtud de la confianza que supo inspirar al rey, de quien era el copero. Debido a esta confianza, pero bajo la poderosa mano de Dios quien dirige todas las cosas e incluso los sentimientos de los hombres, el rey otorgó a Nehemías su misión y le concedió el título de gobernador.
El carácter del pueblo era, como lo vimos en el libro de Esdras, el de un remanente según Dios. Después, tras un período de desánimo, vino el avivamiento, para culminar en la restauración moral por medio de las Escrituras.
Nehemías nos presenta un cuadro diferente. De todas maneras el pueblo estaba muy abatido, tanto moral como exteriormente; por eso, ante esta miseria, la oposición del enemigo aparentemente era insuperable, y más aún porque sus astucias abundaban. Solo la gracia de Dios podía remediar semejante estado, pero era necesario que los instrumentos empleados por él estuvieran provistos de paciencia, perseverancia y energía. Estos son precisamente los caracteres manifestados por Nehemías.
Dicho esto, sin otro preámbulo, abordemos el estudio de este libro.