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“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.”
(Juan 17:4)
Para mí, es más importante glorificar a Dios que servirle. Es la lección que me dio una persona inválida que fui a ver hace algunos años.
Invitado a acompañar a aquel que la visitaba, nos dirigimos hasta una vieja casa donde, en una pequeña habitación, encontramos a una madre con su hija de alrededor de 30 años. Esta última, paralítica desde la infancia, pasaba sus días sentada cerca de la ventana, escribiendo cartas a personas enfermas o afligidas por todo el mundo.
Como yo le expresaba mi simpatía, ella me miró y me dijo sonriente: «Estoy feliz de estar aquí porque creo que Dios es más glorificado por mi presencia sobre esta silla que si yo pudiese correr por todos lados». Hablamos de su correspondencia con otros enfermos. Entonces comprendí que hacía un trabajo maravilloso porque podía decirles: «Yo sé lo que significa tener que permanecer en casa, sin poder caminar, y ser incapaz de cumplir los propios sueños. Pero conozco también la manera maravillosa con que el Señor llena el alma de bendición. A Él lo recomiendo».
Ella glorificaba a Dios sobre la tierra, cumpliendo el servicio que él le había confiado. Éste es el orden que hay que seguir, pero a menudo lo invertimos poniendo primeramente el servicio. El Señor dice primero “Yo te he glorificado”, y luego “he acabado la obra”.