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Por la situación indefensa que sufren, muchas inmigrantes clandestinas caen en manos de compatriotas sin escrúpulos que saben explotar económicamente su situación.
V., una joven boliviana que llegó a Ginebra hace seis años, ha pasado por esa triste experiencia.
Tiene 21 años y es madre de una niña de 15 meses. No había cumplido aún los quince, cuando llegó con un visado de turista a Suiza para reunirse con su tía. Pero a los pocos meses ésta la dejaría abandonada a su suerte para buscar trabajo en España.
En Bolivia, su país natal, V. estudiaba y trabajaba durante las vacaciones y en sus ratos libres "como camarera en una heladería". No obstante, esos ingresos no eran suficientes para ayudar a su madre a pagar las deudas.
"No éramos una familia con medios de vida", cuenta esta joven de rasgos dulces y trato afable. Pero además su madre - viuda desde que V. tenía tres años y con cuatro hijos a su cargo - "estaba mal de salud y teníamos que ayudarla".
El duro camino de conseguir trabajo
Su primer trabajo en Ginebra lo encontró deambulando por las calles y llamando de puerta en puerta: "Decían que si uno iba a los restaurantes posiblemente encontraría algo."
"De casualidad un señor necesitaba a una muchacha para que le limpiara la sala del restaurante antes de que comience el servicio." V. trabajaba de las 09.00 a las 14.00 horas por un sueldo mensual de 600 francos. Pagaba 150 por un cuarto compartido y cada mes enviaba 400 francos a Bolivia.
A los siete meses encontró un empleo "que era mejorcito", cuidando al hijo recién nacido de una pareja extranjera y ocupándose de las tareas domésticas. Ganaba 1.200 francos al mes. Su jornada laboral comenzaba a las ocho de la mañana y terminaba a las seis de la tarde.
"A veces me quedaba con el bebé por las noches, porque los padres salían", pero V. "estaba conforme porque ganaba más que antes" y porque se sentía acogida en el seno de la familia.
Sólo que la suerte le duró poco. Al cabo de once meses, la familia se mudó al extranjero.
Los peores momentos
Desde entonces V. ha tenido diferentes empleos. Actualmente trabaja en un restaurante desde las 11.00 hasta las 14.30 horas y desde las 18.00 horas hasta la medianoche o la una de la madrugada. "De mí niña por las noches se ocupa mi amiga", pero no tiene a nadie fijo que cuide a su hija por las mañanas.
Gana 2.600 francos, paga 350 (gastos no incluidos) por un cuarto que comparte con otros dos inquilinos y sigue enviando 500 francos a su madre. "Ahora es sólo para ella", porque las deudas ya están pagadas, señala.
V. confiesa que todas sus experiencias laborales en Suiza han sido "buenas". Los peores momentos que vivió no fueron precisamente las estrecheces económicas, sino "cuando ya no tenía donde ir, amanecer donde sea o dormir donde le llegue la noche a uno", recuerda.
A los pocos meses de vivir en Ginebra - con escasos quince años cumplidos - tuvo que abandonar repentinamente el piso que compartía porque llegó la policía y, sin saber adonde ir, pasó una noche "en la gare", dice entremezclando el español y el francés: en la estación de trenes.
"A veces la gente con la que uno vive no es tan buena. Y es la misma gente de uno, del país de uno. Eso es lo peor". Se refiere a compatriotas que se "aprovechan de la gente que no tiene a donde ir", cobrándoles sumas desmesuradas por un cuarto en el que a veces conviven seis, siete u más personas.
La mezquindad de los compatriotas
V. relata el caso reciente de dos chicas bolivianas de las que no ha vuelto a saber. "Una señora las hace traer. Tienen que pagarle 500 francos al entrar en Suiza y aparte les cobra 1.000 francos por un cuarto. Sólo pueden comer una vez al día y tienen que entregarle su primer salario".
Sólo que las promesas de ayudarlas a buscar un trabajo se quedan en palabras huecas. "Todo mentira". Y lo peor es que "no hace mucho la señora las votó" para poder acoger a "otras cuatro chicas que llegaron".
V. no concibe cómo "nuestra propia gente", bolivianos como ella, "que ha pasado por lo mismo" ahora puede explotar la situación de necesidad en la que se encuentran sus compatriotas. ¿Es maldad, mezquindad? "Para mí sí. Si todas venimos a lo mismo. Venimos a trabajar, a buscarnos la vida como sea. Es triste".
"Todas esas cosas yo ya las he pasado", pero afortunadamente V. ha logrado salir adelante. Hoy tiene un trabajo y una vivienda estables. Es madre soltera. Y es que el padre de la niña - también boliviano - "se fue a España porque aquí no tenía trabajo y era mucho más gasto para mí".
Esta joven ha iniciado los trámites para regularizar su situación y confía en conseguir un permiso. En caso contrario, está decidida a quedarse en Suiza, mudarse a otra ciudad y seguir trabajando clandestinamente.
Descarta por completo la posibilidad de volver a Bolivia y menos ahora que tiene una hija. Sencillamente aspira a una vida mejor para ella y su niña. Le gustaría poder estudiar, llegar a tener un empleo mejor, como trabajar en una farmacia.
swissinfo, Belén Couceiro