Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05152.jsonl.gz/35

El Honor de Haber Trabajado con un Líder tan Inspirador como Mandela
Durante las largas horas de vuelo con destino a Sudáfrica para asistir al funeral del Presidente Mandela, caí en la cuenta de que hacía cincuenta años de que, por estas fechas, un poco por casualidad y de forma paradójica llegué a Sudáfrica para mi primera misión diplomática.
La triste ocasión que me trae esta vez me recuerda que, pocas semanas después de mi llegada en diciembre de 1963, se juzgaría a Nelson Mandela en Rivonia, una pudiente zona residencial para “blancos”. Tres años antes había tenido lugar la prohibición del Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas in ingles) y la masacre de Sharpville, que se cobró la vida de 69 hombres, mujeres y niños.
En esos vertiginosos días en los que John F. Kennedy acababa de tomar posesión de la presidencia, G. Mennen Williams, subsecretario de Estado al que se apodaba el "jabonoso" porque su familia había hecho fortuna en Detroit con productos de afeitar, insistía en informar personalmente a todos los diplomáticos estadounidenses, y a sus cónyuges e hijos, de la política del país con respecto a Sudáfrica antes trasladarse allí. Williams nos enseñó los aspectos básicos de esta nueva política: a) no más visitas de la Marina estadounidense a Simonstown (Ciudad del Cabo); b) en lo sucesivo todo acto oficial de los Estados Unidos (recepciones, cenas, celebraciones de fiestas nacionales) debían ser multirraciales; y c) la amplia gama de sanciones previstas.
Así pues, todo personal diplomático que iba a Sudáfrica había recibido instrucciones muy claras contra el apartheid, sobre lo que no debía caber ninguna duda ni debate por nuestra parte.
Llegué a Sudáfrica en medio de un período desagradable, de particular violencia. Por ejemplo, en Port Elizabeth y Cabo Oriental, en el Consulado al que me destinaron junto a otro compañero, se sucedía una interminable serie de juicios en el marco de la llamada “Ley de Supresión del Comunismo”.
Como tanta otra legislación de esa época, esta ley servía de pretexto para que el régimen del apartheid detuviera y encarcelara de forma indefinida a cualquier persona considerada activa en toda retórica o actos anti-apartheid.
La “política Bantustan”, del Gobierno de Verwoerd, había cristalizado en Cabo Oriental, donde se crearían dos de estos nuevos “Estados” africanos negros “independientes”. Además de mis funciones consulares y de informar sobre la industria automovilística local (en la que los Estados Unidos había realizado inversiones considerables), también presentaba informes sobre los progresos en la aplicación de políticas gubernamentales en Transkei y Ciskei, dos de los más destacados y políticos “Bantustans” de los cerca de nueve que existían. Así fue como cubrí las dos primeras elecciones legislativas de Transkei. Mis principales contactos fueron con los líderes de la oposición, en especial con Victor Poto y Knowledge Guzana.
No tardó en quedar claro que la política Bantustan era en gran parte ficticia y estaba abocada al fracaso porque estos dos “Estados” no serían nunca creíbles a los ojos de la población negra de Sudáfrica, que era la mayoría.
Por ello, cuando concluyó mi misión en 1966, juré que nunca regresaría a una Sudáfrica del apartheid, y cumplí mi palabra… o casi.
Veinticuatro años más tarde, el presidente George H.W. Bush, me nombró Embajador ante Sudáfrica y me entregó una carta para Mandela en la que expresaba su apoyo por él y su liberación. Estuve presente cuando Mandela salió de la cárcel el 19 de febrero de 1990, unos seis meses después de mi llegada al país.
Desde que saliera de la prisión de Paarl hasta que partí de Sudáfrica, un año antes de las elecciones post-apartheid, visité a Mandela varias veces en su despacho y en su casa de Soweto.
En este período, por mediación del arzobispo Desmond Tutu, organicé una llamada de teléfono al presidente Bush en la que invitaba a Mandela a que le visitara en la Casa Blanca. Aún tengo el vivo recuerdo de cuando le acompañé en junio de 1990 a su reunión con el presidente Bush en la Casa Blanca, a la que también asistieron Winnie Mandela, Thabo Mbeki y otros líderes del ANC.
En la reunión me sorprendí de nuevo por las cualidades personales por las que yo, y tanta otra gente, sigue recordando a Mandela: su cordialidad, el compromiso con sus principios y la sagacidad con la que logró que la reconciliación fuera un éxito. Es el líder político más fascinante que jamás he tenido el honor de conocer. Estaba y estoy muy impresionado por su valor, su indulgencia y su compromiso con la reconciliación. Nelson Mandela sigue siendo fuente de inspiración para todos los líderes.
William Lacy Swing, Director General de la Organización Internacional para las Migraciones Johannesburgo, 10 de diciembre de 2013.