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Antes de entrar en los detalles que conciernen al altar de bronce y al atrio, quisiera llamar la atención sobre el orden seguido por el Espíritu Santo en esta parte del libro del Éxodo. Ya hicimos notar que el pasaje comprendido entre el capítulo 25 y el versículo 19 del capítulo 27 forma una división distinta. Esta nos da la descripción del arca y el propiciatorio, de la mesa y el candelero, de las cortinas y el velo y, por último, del altar de bronce y el atrio donde este altar estaba colocado. Al volver al capítulo 35:15, 37:25 y 40:26, se ve que en cada uno de estos pasajes se hace mención del altar de oro del perfume entre el candelero y el altar de bronce. En cambio, cuando Jehová da las instrucciones a Moisés, el altar de bronce es introducido inmediatamente después del candelero y las cortinas del tabernáculo. En esta diferencia debe haber alguna razón divina que vale la pena buscar.
Cuando Jehová da las instrucciones sobre los enseres del “lugar santo”, ¿por qué omite el altar de los perfumes para pasar inmediatamente al altar de bronce que estaba a la entrada del tabernáculo? Creo que aquí está el pensamiento divino a este respecto. Primero, Dios describe la manera en que él mismo se manifestará al hombre; a continuación, enseña de qué manera el hombre debe acercarse a él. Él tomó asiento en el trono como “Señor de toda la tierra” (Josué 3:11); los rayos de su gloria estaban velados por el velo, tipo de la carne de Cristo (Hebreos 10:20). Pero fuera del velo estaba la manifestación de él mismo, en relación con el hombre: en la pura mesa, y por la luz y el poder del Espíritu Santo: en el candelero. Luego, viene el carácter de Cristo, como hombre descendido a la tierra, representado en las cortinas y cubiertas del tabernáculo. Finalmente tenemos el altar de bronce, magna exhibición del lugar donde se encuentran un Dios santo y un hombre pecador. Llegamos así al extremo del atrio, desde donde, con Aarón y sus hijos, volvemos al lugar santo. Ese era el sitio acostumbrado de los sacerdotes, junto al altar de oro del perfume. Tal orden es de una notable hermosura, y merece nuestra cuidadosa atención. No se hace mención del altar de oro antes que haya un sacerdote para quemar el incienso sobre el mismo; porque Jehová mostró a Moisés la imagen de las cosas que están en los cielos según el orden en que deben ser entendidas por la fe. Sin embargo, cuando Moisés da órdenes a la congregación (cap. 35), cuando da cuenta de los trabajos de “Bezaleel y Aholiab” (cap. 37 y 38), y cuando levanta el tabernáculo (cap. 40), sigue simplemente el orden en que los enseres estaban realmente colocados.
Pasemos ahora al altar de bronce. Allí el pecador se acercaba a Dios por el poder y en virtud de la sangre de la expiación. Estaba colocado “delante de la entrada del tabernáculo” (cap. 40:6), y sobre el mismo se derramaba toda la sangre de los sacrificios. Estaba construido de “madera de acacia” y cubierto “de bronce”, o sea, de la misma madera que el altar de oro del perfume, pero con metal diferente. La razón es evidente. El altar de bronce era el lugar donde Dios trataba con el pecado para juzgarlo. El altar de oro era el lugar donde ascendía hasta el trono de Dios el perfume agradable de la excelencia de Cristo. La “madera de acacia”, figura de la humanidad de Cristo, debía hallarse tanto en uno como en otro. Pero en el altar de bronce, Cristo se halla bajo el fuego de la justicia divina, mientras que en el altar de oro, satisface los tiernos afectos divinos. En el primer altar, el fuego de la justicia divina fue apagado; en el último está encendido el fuego del culto sacerdotal. El alma se regocija al hallar a Cristo tanto en uno como en otro, aunque el altar de bronce es el único que responde a las necesidades de una conciencia culpable. Un pobre pecador, sin fuerza, y convencido de pecado necesita el primero. La conciencia no puede gozar de una paz sólida y estable hasta que el ojo de la fe repose sobre Cristo como el antitipo del altar de bronce. Es necesario que yo vea mi pecado reducido a cenizas por el fuego de este altar, antes de que pueda experimentar la paz de conciencia en la presencia de Dios. En cuanto yo sepa, por la fe en el testimonio de Dios, que él mismo ha juzgado mi pecado en la persona de Cristo, sobre el altar de bronce, que ha dado satisfacción a todas las justas demandas de su gloria, que ha quitado mi pecado para siempre, entonces, y solo entonces, puedo gozar de una paz divina y eterna.
Haré aquí una observación sobre el significado del oro y del bronce en los utensilios del tabernáculo. El oro es el símbolo de la justicia divina, o de la naturaleza divina en “Jesucristo hombre”. El bronce es el símbolo de la justicia, que exige el juicio del pecado, tal como en el altar de bronce, o el juicio de la impureza, tal como en la fuente de bronce (cap. 30:18). Esto explica que dentro de la tienda del tabernáculo todo fuese de oro; el arca, el propiciatorio, la mesa, el candelero, el altar del perfume. Todas estas cosas eran los símbolos de la naturaleza divina, de la excelencia personal inherente al Señor Jesús. Por otro lado, fuera de la tienda del tabernáculo todo era de bronce; el altar y sus utensilios (v. 19), la fuente y su base1 . Es preciso que las demandas de la justicia respecto al pecado y a la impureza estén divinamente satisfechas antes de que se pueda gozar, de manera alguna, de los preciosos misterios de la persona de Cristo tales como nos son revelados en el interior del tabernáculo de Dios. Solo viendo toda mi impureza y pecado perfectamente juzgado y lavado, puedo, como sacerdote, acercarme al lugar santo, adorar y gozar de la plena manifestación de la hermosura y de la perfección del Dios Hombre, Jesucristo.
Uno sacará mucho provecho prosiguiendo la aplicación en los detalles de este pensamiento, no solo en el estudio del tabernáculo y del templo, sino también en otros diversos pasajes de la Palabra. Así, por ejemplo, en el capítulo 1 de Apocalipsis, Cristo aparece “ceñido por el pecho con un cinto de oro… y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno” (v. 13, 15). El “cinto de oro” es el símbolo de su justicia intrínseca; los “pies semejantes al bronce bruñido” son la expresión del juicio inflexible sobre el mal. Dios no puede tolerar el mal, es preciso que él lo aplaste bajo sus pies.
Tal es el Cristo con quien tenemos que ver. Juzga el pecado, pero salva al pecador. La fe ve al pecado reducido a cenizas en el altar de bronce; ve toda impureza lavada en la fuente de bronce; y, por fin, se goza en Cristo, tal como es manifestado en el secreto de la presencia divina por la luz y el poder del Espíritu Santo. La fe lo encuentra en el altar de oro, en todo el valor de Su intercesión. Se alimenta de Cristo en la mesa de oro. Lo reconoce en el arca y en el propiciatorio como Aquel que responde a todas las demandas de la justicia divina, al mismo tiempo que satisface todas las necesidades del hombre. Le contempla en el velo con todas sus figuras místicas. Lee su nombre precioso por doquier. ¡Oh, que nuestros corazones estén mejor dispuestos a apreciar y alabar a un Cristo tan incomparable y glorioso!
Nada hay de tan vital importancia como un claro conocimiento de la doctrina expresada por el altar de bronce. Debido a la falta de una clara visión respecto a este punto, muchas almas pasan su vida sumidas en la tristeza. La cuestión de su culpabilidad no ha sido nunca clara y positivamente arreglada en el altar de bronce. Nunca han llegado a ver, por la fe, que Dios ha resuelto en la cruz toda la cuestión de sus pecados. Buscan la paz para su conciencia turbada en la regeneración, en los frutos del Espíritu, en sus disposiciones, sus sentimientos y sus experiencias. Todas estas cosas son muy excelentes y preciosas por ellas mismas, pero no son en manera alguna el fundamento de la paz. Lo que llena el alma de una paz perfecta es el conocimiento de lo que Dios ha hecho en el altar de bronce. Las cenizas sobre el altar me dan la feliz noticia de que todo está cumplido. Los pecados del creyente han sido todos borrados por la mano del amor redentor.
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él
(2 Corintios 5:21).
Todo pecado debe ser juzgado; pero los pecados del creyente han sido ya juzgados en la cruz. Por tanto, está perfectamente justificado. La suposición de que todavía pueda haber algo que esté en contra del creyente más débil es una negación de la obra entera de la cruz. Todos sus pecados y todas sus iniquidades han sido quitados por Dios mismo; por lo tanto, han sido perfectamente quitados. Desaparecieron con la sangre derramada del Cordero de Dios.
Seamos, pues, diligentes para que nuestro corazón quede perfectamente establecido en la paz que Jesús ha hecho “mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).
- 1La expresión “limpio y resplandeciente” (Apocalipsis 19:8) da una fuerza y hermosura particular al tipo que el Espíritu Santo nos presenta en el “lino fino”. En efecto, no puede hallarse un emblema más exacto de Su naturaleza humana pura y sin mancha.