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Aunque desde el período colonial en Cuba existían colegios privados, a partir de la primera intervención estadounidense (1899) y de la instauración de la República (1902) se incentivó la creación de colegios particulares semejantes a los que proliferaban en Estados Unidos. La Constitución de 1901 daba cobertura legal a su creación.
Con el creciente deterioro de la situación económica, social y política, y dada la impotencia e indiferencia del Estado para resolver el problema de la educación e instrucción de amplios sectores de la población, las entidades privadas fueron cubriendo paulatinamente las demandas existentes de escuelas y maestros.
En la medida en que la escuela pública cubana fue perdiendo el prestigio de los primeros años republicanos y se comenzó a manifestar la ineficacia del sistema escolar que la sustentaba, los colegios privados de diversos tipos y procedencias, comenzaron a extender su radio de influencia. Se fundaron cientos de colegios que abarcaban todos los niveles de enseñanza, desde la primaria hasta la universidad, incluida la educación de adultos.
En 1958, año anterior al triunfo de la llegada al poder de Fidel Castro, según estimados de la época, en la isla habían 2,130 colegios privados con una matrícula de 324 mil alumnos y un presupuesto de 35 millones de pesos.
En los Institutos de Segunda Enseñanza (Pre-universitarios) y en la Universidad, que eran estatales, había que pagar una cuota de matrícula. Por esa razón la denominación popular de colegios o escuelas “pagas” abarcaba solo a las instituciones privadas de la enseñanza primaria como vía de diferenciación de las públicas, que sí eran gratuitas. La existencia de un número señalado de colegios privados en la primera mitad del siglo XX hace necesario establecer una clasificación.
La gran mayoría de los colegios privados dirigidos por religiosos eran católicos y eran los de mayor influencia en la sociedad. Su alumnado -hembras o varones- provenía fundamentalmente de sectores de la media y alta burguesía, aunque muchas familias de grupos sociales menos favorecidos hacían un extraordinario esfuerzo económico (alto costo de la matrícula, uniformes de diario y de gala, ropa deportiva, entre otros gastos) para propiciar que sus hijos mantuvieran relaciones con muchachos de familias acomodadas. Tenían edificios propios con amplios locales para la docencia, campos deportivos, laboratorios, talleres y ómnibus para la recogida y distribución a domicilio de los estudiantes.
Los miembros de la congregación eran los encargados de impartir la enseñanza, aunque también admitían maestros seglares. Casi en su totalidad, eran españoles los profesores que impartían la enseñanza religiosa, pero en la década de 1950 también hubo canadienses, norteamericanos y de otras nacionalidades.
Figuras revolucionarias como Fidel Castro, Raúl Roa y Carlos Rafael Rodríguez, entre otros egresados de colegios católicos, han reconocido que en estos centros encontraron capacidad y consagración en los maestros, un empeño por el desarrollo en sus estudiantes de la independencia cognoscitiva y una disciplina generalizada muy exigente.
Entre los más famosos se encontraban los Colegios de Belén, La Salle, Escolapios (Escuelas Pías), Hermanos Maristas, Sagrado Corazón, Las Ursulinas, La Inmaculada y Nuestra Señora de Lourdes.
La introducción en Cuba de colegios evangélicos -protestantes- y de otras denominaciones y tendencias, está vinculada al período de la primera intervención estadounidense. En esa etapa se propició la presencia de misiones sostenidas por distintas iglesias como la Bautista, Metodista, Episcopal y Presbiteriana. Eran colegios más pequeños y no alcanzaron la influencia de los católicos, aunque algunos gozaron de prestigio, como la Escuela Progresiva, de Cárdenas. En los 50 era notable la labor educacional de los colegios bautistas en la antigua provincia de Oriente.
Estos colegios se sostenían por matrícula, cuotas y subvenciones o ayudas de juntas misioneras o de particulares que cooperaban con la obra educacional. Exigían la asistencia obligatoria de todos los alumnos a los actos patrióticos del país.
Los colegios privados dirigidos por profesores cubanos se inscriben en la mejor tradición de los colegios privados cubanos del siglo XIX. Eran laicos, no tenían una posición antirreligiosa, pero por lo general no enseñaban religión. En su época fueron famosos los Colegios Arturo Montori, Baldor, Trelles, María Teresa Comellas, María Luisa Dolz, María Corominas y el Instituto Edison, entre otros.
Hacia finales de la primera mitad del siglo XX, creció el número de colegios dirigidos por cubanos, pero de pequeño tamaño (de tres a cinco aulas, a lo sumo). No tenían ómnibus ni campos deportivos. Se sostenían por el prestigio y la laboriosidad de sus profesores. Algunos se destacaron como “repasadores” o preparadores de alumnos para el ingreso a las Escuelas Normales de Maestros, a los Institutos de Segunda Enseñanza (Pre-universitarios) o a las convocatorias para ocupar plazas en empresas extranjeras.
En esta relación de colegios privados (o particulares) hay que anotar las “escuelitas de barrio” que enseñaban las primeras letras y cuidaban de los niños más pequeños.
Las sociedades regionales españolas asentadas en Cuba también fundaron escuelas. La inmigración, principalmente de Galicia, llegó a ser tan numerosa que alcanzó un significativo poder económico y social, lo que le permitió construir edificaciones sociales y centros hospitalarios, y ampliar las instalaciones que ya poseían desde la etapa colonial. También destinaron recursos a la superación de los españoles y de sus descendientes en Cuba.
Estos colegios ofrecían instrucción general, pero fundamentalmente dirigidos al desempeño en el comercio y las oficinas comerciales. Los más destacados se ubicaban en La Habana, pero en varias localidades del interior de la Isla existían las denominadas Colonias Españolas, que en alguna medida se ocupaban de tareas educacionales.
Cuatro instituciones mantenían los dos servicios básicos, hospital y escuela: Centro Gallego (el Colegio Concepción Arenal), Asociación de Dependientes de Comercio de La Habana (el Colegio de la Asociación de Dependientes fue el primero que en su sede de la capital levantó un gimnasio), Centro Balear y Centro Asturiano (Plantel Jovellanos).
Muchos colegios privados se especializaron en la preparación de estudiantes para que pudieran trabajar en empresas norteamericanas, inglesas, españolas o de otros países; en bancos, compañías de seguros de vida, casas importadoras de productos industriales y del hogar y firmas publicitarias. Entre ellas encontramos la Nobel Academy y la Havana Business Academy. Esta última alcanzó renombre en el mundo cubano comercial y empresarial y tuvo filiales en cada provincia y en diferentes barrios de la capital. Su organización y estilo de enseñanza era típicamente norteamericano. Los cursos estaban al alcance de los empleados que estaban interesados en progresar. Las asignaturas eran inglés, mecanografía, taquigrafía, contabilidad y secretariado.
Las academias militares o semimilitares, generalmente de enseñanza bilingüe, ofrecían una preparación académica y militar que incluía la práctica deportiva, entrenamiento militar y sobre todo una disciplina castrense. Eran una copia de instituciones similares de los Estados Unidos y tenían como modelo las fuerzas armadas de ese país. No necesariamente estaban vinculadas al Ejército o la Marina de Cuba. Se tenían como una preparación alternativa para formar jóvenes con fortaleza física y espíritu de lucha. Su alumnado provenía de sectores de la burguesía.
La meta de estas academias era estar a tono con el creciente poderío e influencia de los Estados Unidos, potencia que después de finalizada la Segunda Guerra Mundial se encaminaba a ejercer un papel político-hegemónico en el planeta. Las que alcanzaron mayor renombre y matrícula en Cuba fueron: Havana Military Academy, Academia Militar del Caribe, Saint Thomas Military Academy y Loyola Military Academy.
También había colegios filantrópicos. La Sociedad Económica de Amigos del País sostenía un conjunto de colegios, resultado de donaciones y legados que la institución administraba y dirigía con tino, haciendo honor al prestigio que había alcanzado en el período colonial y los primeros años de la República, como los Institutos Zapata, San Manuel y San Francisco, La Encarnación y el Colegio El Santo Ángel.
La Ley No. 16 de 1949 creó las universidades privadas. Entre las más conocidas se encontraba la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, fundada por la rama norteamericana de los padres agustinos, en un reparto exclusivo de la capital. Era una institución cara, selectiva, bilingüe, con alumnos procedentes de la alta burguesía. También funcionaron la Universidad Masónica José Martí y la Universidad Rafael María de Mendive.
En enero de 1959, estas universidades privadas desaparecieron mediante la aplicación de la Ley 11 y solo se mantuvieron las universidades estatales.
La enseñanza privada llegó a constituir un negocio lucrativo, porque estaba vinculado con la industria de la enseñanza, desde libros de texto, efectos de escritorio, medios didácticos, uniformes y zapatos hasta implementos deportivos. La magnitud que fueron tomando la extensión y desarrollo de los colegios privados trajo como consecuencia la creación de cuatro organizaciones patronales para defender sus intereses: la Confederación de Colegios Cubanos Católicos, la Federación de Escuelas Privadas Cubanas, la Federación Nacional de Instituciones de Enseñanza Comercial y la Unión de Colegios Evangélicos.
Los colegios privados alcanzaron un alto grado de capacidad socializadora, debido a la organización de campeonatos deportivos inter-aulas e inter-escuelas, clubes de diversos tipos y asociaciones de ex-alumnos. En su ámbito surgieron las Asociaciones de Padres de las Escuelas Privadas. En los días de desfiles y marchas, los colegios privados desfilaban formados marcialmente haciendo gala de sus bandas rítmicas, vistosos uniformes y estricta disciplina.
Tomado de En Caribe, enciclopedia de historia y cultura de los países caribeños.
Foto: El Instituto Edison fue fundado el 4 de noviembre de 1931 por siete hermanos, los Rodríguez Gutiérrez, todos maestros. El nombre fue en honor a Thomas Alva Edison, fallecido unos días antes, el 18 de octubre de 1931. Llegó a ser uno de los mejores colegios privados laicos de Cuba. Radicaba -y continúa radicando- en la calle Poey entre Patrocinio y Carmen, en la barriada habanera de La Víbora. En sus 30 años, hasta su nacionalización en 1961, por sus aulas pasaron miles de alumnos. La Asociación de Ex Alumnos del Instituto Edison en el Exilio cuenta con 835 miembros y cada año, en el mes de noviembre celebra una reunión anual en Miami. Tomado de la página de Juan Pérez.
Leer también: Revistas pedagógicas publicadas en Cuba y Pestalozzi.
Ver también: Video del Instituto Edison en 2009