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Aquí Aarón recibe instrucciones para una ocasión especial: la del día de expiación (véase cap. 23:27). A esta escena hace alusión el capítulo 9 de Hebreos (v. 7, 12, 25). Una vez al año, después de presentar una ofrenda por sí mismo, el sumo sacerdote ofrecía una víctima por todos los pecados del pueblo cometidos durante el año. Luego llevaba la sangre de este sacrificio detrás del velo y la rociaba sobre el propiciatorio, cuyo nombre así quedaba explicado. La sangre que hace expiación por el alma (cap. 17:11) se llevaba allí. Hacía que Jehová fuese propicio a su pueblo. No era que la sangre de un macho cabrío tuviera poder para borrar ni siquiera uno de los pecados que ese pueblo hubiera cometido durante un año. Sino que por adelantado ello hablaba a Dios de la sangre preciosa de su Cordero.
Contrariamente a lo que nosotros hubiésemos pensado, no era en sus magníficas vestiduras cómo Aarón debía presentarse ante Jehová. Tenía que despojarse de toda su gloria frente a la gloria de Dios, y allí no podía mantenerse de pie si no era revestido de lino fino blanco, símbolo de la justicia práctica (v. 4; Apocalipsis 19:8).
El olor grato del incienso acompañaba a Aarón detrás del velo, como Cristo ha entrado en el lugar santísimo, ofreciendo a Dios el pleno perfume de sus excelentes glorias.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"