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Necesario en otros tiempos, el famoso federalismo suizo podría convertirse en obstáculo, estima Hugo Loetscher. El escritor suizo de expresión alemana se pronuncia por un federalismo nuevo, que vaya más allá de las fronteras, porque Suiza no es un caso único.Este contenido fue publicado el 31 marzo 2008 - 19:00
Entrevistado en el marco de la Conferencia Nacional sobre el Federalismo de Baden, el escritor de Zúrich, se mantiene a sus 78 años como un analista infatigable de las relaciones sociales y políticas.
Como Max Frisch y Friedrich Dürrenmatt, tiene desde hace tiempo un punto de vista crítico sobre Suiza. Pero contrariamente a este último, Loetscher jamás ha sentido su país como una prisión.
swissinfo: Usted viaja mucho y, por consiguiente, no se queja nunca de la estrechez de Suiza. ¿Acaso con la distancia, le parecería más vasta?
Hugo Loetscher: Pienso que las relaciones con el propio país cambian cuando se conoce el extranjero. Y esto de dos maneras. De un lado, somos más críticos, y del otro, descubrimos particularidades que se nos habían escapado totalmente.
Al mismo tiempo, observamos que lo que se pensaba típicamente suizo no lo es en absoluto, que se trata más bien de variantes de una realidad común.
En el Cairo por ejemplo, después de una conferencia sobre la situación lingüística en Suiza, el buen alemán y el dialecto, un autor egipcio me explicó que Egipto tenía exactamente el mismo problema con su dialecto y el árabe estándar, utilizado como lengua escrita.
En el extranjero no perdemos el sentido de los problemas de Suiza. Pero estos problemas aparecen en un contexto diferente. Lo que modifica también nuestra dificultad en vivirlos.
swissinfo: Un pequeño país como Suiza podría administrarse de modo centralizado. ¿Cómo explicar su organización todavía tan federalista?
H.L.: El trasfondo es histórico. Suiza está compuesta por estados independientes que de una alianza pasaron a una confederación. Además, la diversidad lingüística es un fenómeno relativamente reciente. En el Grütli, no se hablaba el romanche y los francófonos no estaban allí. Para mantener esta diversidad de culturas, una estructura federal era esencial.
Mucho de lo que era importante desde un punto de vista federalista hoy quedó superado. El ejemplo más conocido es la escuela. Tenemos más de 20 sistemas escolares diferentes. El solo hecho de las migraciones hace que esto ya no sea posible.
El federalismo entonces se convierte en un obstáculo para la integración en Europa. Hay que inventar una forma nueva de federalismo, un federalismo de nivel europeo, y posiblemente que vaya más allá. Dentro del país también, debemos volver atrás. No podemos comportarnos como extremistas del federalismo.
swissinfo: Suiza está en el corazón de Europa. Firmó acuerdos bilaterales con la Unión Europea pero no es miembro. ¿Esto la perjudica?
H.L.: La discusión en torno al tema europeo no es nueva para mí y para mi generación. Para nosotros, Europa era el problema más urgente, no queríamos más guerras.
Formo parte de los que aprueban la adhesión a la Unión Europea y pienso que seguir fuera podría sernos fatal. Como suizo, soy un europeo. Nuestras culturas, de manera intrínseca, tienen una dimensión fronteriza. Ginebra mira hacia Francia, Bellinzone a Milano, Zúrich a Berlín.
Para mí, es completamente claro que la vieja concepción del centro y de la periferia se hace caduca. Así, Portugal, que fuera alguna vez un suburbio europeo, puede asumir ahora la presidencia de la Unión, como acaba de hacerlo.
En un mundo globalizado, es imperativo adoptar esta nueva manera de pensar. En un globo, cada punto se convierte en centro.
Así la confrontación con el Islam, por ejemplo, aporta la necesidad de interesarse en los otros, y de comprender que lo que constituye a los otros también forma parte de mi propia identidad.
Así, en el Zúrich protestante, había también una Iglesia Católica, pero se había prohibido a los fieles construir campanarios y tocar las campanas. Entonces, el templo protestante más próximo es el que tañía para los católicos. Sería una solución en este asunto de los alminares: dejamos construir alminares, pero prohibimos el llamado a la oración. Y así, la pastora de la Grossmünster (la iglesia principal de Zúrich) se encarga de eso (risa).
swissinfo: ¿Qué lugar podrá ocupar Suiza en Europa?
H.L.: Algunos dicen que con su experiencia del federalismo, Suiza podría constituir una especie de ejemplo. De manera iconoclasta, este género de afirmación me provoca plantear la pregunta siguiente: ¿con todo el respeto que nos debemos los unos a los otros, qué habríamos hecho si los habitantes del cantón de los Grisones hubieran sido negros y los del Tesino, musulmanes? ¿Habríamos tenido verdaderamente la posibilidad de construir tan fácilmente un Estado federalista?
La construcción de Suiza gozó de condiciones favorables. En la época, el país era todavía relativamente homogéneo. Hoy, estamos confrontados con la necesidad de reunir cosas muy heterogéneas, como orígenes o religiones diferentes. En nuestros días en Suiza, usted tiene más gente que habla el albanés o el portugués que el romanche.
Si debo resumir esta cuestión europea a una fórmula, diría: hacerse un país entre los otros con el fin de ser de nuevo un país.
El problema será encontrar un equilibrio entre lo que nos pertenece y lo que viene de los otros. Aquí, Suiza deberá encontrar su camino, como otros países debieron hacerlo.
Guardamos la imagen de una Suiza campesina. Somos un país de altas tecnologías, pero en nuestra cabeza, hay siempre, en alguna parte, una Heidi que corre en sus montañas. Mientras que hoy, entre las montañas, se corre más bien en calles mercantes.
swissinfo: Suiza se define de buena gana como un caso particular. ¿En qué medida lo es?
H.L.: No conozco un país que no sea un caso particular. En Suiza, esto tiene que ver también con la historia. Durante la Segunda Guerra Mundial, tuvimos la suerte de ser un caso particular, en la medida en que pudimos mantenernos neutros en medio del conflicto. Pero aparte de eso, verdaderamente no hay nada tan específico que nos distinga de otros.
A finales del siglo XVIII, un autor de Zúrich habla de Suiza como de un caso particular. El helvecio típico tiene el sentimiento de formar parte de los elegidos.
Y cuando acabamos por advertir que no éramos los mejores en todas las categorías, nos volvimos de un golpe los más malos y los más feos. De nuevo un caso particular.
De hecho, en este país, la afirmación verdaderamente subversiva y provocante es la que dice que somos probablemente tan comunes como el resto de Europa. Numerosos suizos no admiten simplemente la idea de que puedan ser más o menos como los otros.
Entrevista swissinfo, Corinne Buchser y Susanne Schanda
(Traducción, Marcela Águila Rubín)
HUGO LOETSCHER
Nacido en 1929 en Zúrich, es uno de los más famosos escritores suizos de expresión alemana.
Luego de realizar estudios en Ciencias Políticas, Sociología y Literatura en Zúrich y París, trabaja como crítico literario de 1958 a 1962 para la revista 'du'. Se hace luego redactor y miembro de la jefatura de redacción del antiguo 'Weltwoche' (1964-1969), luego editorialista en diversos periódicos suizos.
Desde 1965 viaja regularmente por Europa, América Latina y el Sudeste asiático.
Desde 1969 escribe varias novelas, muchas de las cuales son traducidas al francés (la más conocida es 'Les Egouts' (Las cloacas). Es profesor invitado en diversas universidades suizas y estadounidenses, así como en Múnich y en Porto.
En 1992, recibió el Gran Premio de la Fundación Schiller.
Algunas obras
'Les Egouts' (Las cloacas. 'Abwässer', 1963)
'La tresseuse de couronnes' (La trenzadora de coronas. 'Die Kranzflechterin', 1964)
'Un automne dans la Grosse Orange' (Un otoño en la Gran Naranja. 'Herbst in der großen Orange', 1982)
'Si Dieu était Suisse' (Si Dios fuera suizo. 'Wenn der Liebe Gott Schweizer wäre, 1983)
'Saison' (Temporada 1995)
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