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El sacrificio por el pecado pone fin a la lista de las santas ofrendas. Si el holocausto nos enseñó lo que a Dios le agradó en la obra de Cristo, el sacrificio por el pecado atañía a las necesidades del pecador. Pero es normal que nosotros hagamos el camino inverso. Antes de conocer la paz y el gozo del sacrificio de paz, antes de comprender lo que Jesús fue para Dios en su vida y en su muerte, empezamos por vérnoslas con Aquel que sufrió y murió en la cruz para expiar nuestros pecados. La sangre se introducía en el tabernáculo como para dar a Dios una prueba de la obra acabada, y al pecador una seguridad de su aceptación. La grosura ardía y humeaba sobre el altar, señal de la satisfacción que Dios hallaba en la obediencia de la víctima. En fin, mientras la carne del holocausto debía humear sobre el altar y la del sacrificio de paz era comida por aquel que la presentaba, el cuerpo de los animales ofrecidos por el pecado se quemaba fuera del campamento. A causa de nuestros pecados, con los que se cargaba, Jesús sufrió “fuera de la puerta”, lejos de la presencia del Dios santo. El verbo quemar (v. 12), diferente de hacer arder o humear (v. 10), empleado para las grosuras y los inciensos, traduce el ardor del juicio que consumió a nuestro Sacrificio perfecto (Hebreos 13:11).
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"