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El 19 de Marzo de 1973 River Plate jugaba de local por la copa Libertadores contra un equipo boliviano, el Jorge Wilstermann. En esa época yo estaba a punto de cumplir 5 años, pero tengo recuerdos de ese partido porque fue el día en que me hice de River. Hasta entonces el fútbol me gustaba, pero no era seguidor fanático de nadie. Un poco de Racing, por mi abuelo y mi viejo, un poco de All Boys, porque mi abuelo me llevaba a la cancha que quedaba cerca de su casa, y otro poco de Boca, por mi mejor amigo en el jardín de infantes. Obviamente no me acuerdo mucho del partido de River contra el Wilstermann, pero si recuerdo esa sensación de injusticia de que viene de ver a un equipo jugar bien y no ganar. Y que le empaten justo al final del partido. No sólo me hice hincha de River Plate esa noche: me hice hincha del buen fútbol.
El Boca de los 70 fue una cosa antes de Juan Carlos Lorenzo y otra completamente diferente después. Antes eran un equipo que venía actuando sin pena ni gloria, pero con el Toto Lorenzo comenzaron a ganar mucho más de lo que perdían y era un equipo duro, que raspaba y ponía, aún más de lo normal para aquella época. En 1977 ganaron la Copa Libertadores y la Intercontinental, y en 1978 volvieron a ganar la Libertadores y quizás hubieran vuelto a ganar la Intercontinental si no se hubiese cancelado. Pero el jugador más habilidoso que tenía Boca era Mastrángelo, bastante limitado técnicamente, y no hacían un fútbol que me gustara. Me acuerdo de ver la final de Montevideo por la tele en el 77, en cama y con bronquitis. Y me acuerdo de haber pensado “no me importa que hayan ganado, me gusta más como juega River” mientras los jugadores de Boca festejaban después de los penales. Es que para ese entonces el fútbol para mí era mucho más que un juego donde se gana, se pierde o se empata. Yo miraba, y todavía miro, fútbol como un todo que mezcla habilidad, belleza, ingenio, sacrificio, valor y pasión. Quizás no sea el más completo a nivel físico, pero a nivel emocional y sensorial no hay para mí deporte mejor. Un buen partido de fútbol es una expresión artística y como tal necesita de artistas de la pelota. Estoy seguro que si Juan Román Riquelme hubiera jugado en Boca en la década del 70 yo hoy sería hincha de ellos.
Como decía antes, el fútbol para mí es un compendio de belleza, habilidad y pasión entre otras cosas. ¿Qué más pasional que los colores? Seguramente por eso mis ídolos futbolísticos han sido mayormente jugadores de River: Enzo Francescoli, el Beto Alonso, el burrito Ortega… tipos que hacían cosas con una pelota de fútbol que me emocionaban. El Charro Moreno, Angelito Labruna, la máquina de River de los ’40, que no me emocionaron por lo que vi sino por los relatos de mi tío que me contaba con lujo de detalles como jugaban y para quien el Charro Moreno “había sido mejor que Maradona”. Pero la belleza en la historia del fútbol no es exclusiva de la banda millonaria, claro, por eso me emocioné con Maradona y me vuelvo loco con Messi. Y por eso mismo he aplaudido secretamente y más de una vez lo que hizo Riquelme en la cancha.
Riquelme es un jugador atípico en el fútbol moderno y por los relatos de mi tío se me hace que hubiera encajado perfectamente en La Máquina de Labruna, Pedernera y Loustau. Pareciera que para Román una jugada es más una sinfonía que otra cosa: comienza con un Andante, de ritmo normal que de repente se transforma en un Allegro que necesita de un quiebre de cintura y un pique corto, para convertirse en un Adagio de pisadas y amagues que da paso a un Vivace en donde se termina siempre escapando de la marca. El Grand Finale lo deja, generoso, para quien pone la cereza al postre culminando en gol la obra de arte que Román había empezado engañosamente lento.
Es un tipo al que se ha catalogado de conflictivo y camarillero, con quien o se está con él o en contra de él. Yo ahí, honestamente, no me meto. Lo que pasa en el vestuario es relevante sólo para el equipo y el amarillismo, yo me quedo con lo que se ve. Y lo que se ve de Riquelme es que es una persona que trata a la pelota, al futbolista y al hincha con mucho respeto, quizás consciente que no hay mucho más en el fútbol que eso. Yo lo he escuchado elogiando a Ramón Diaz y a Pablo Aimar, sin que importase que fueran de River. Los gestos tribuneros y vende humo nunca figuraron en el repertorio de Román. Cuando le hizo el famoso caño a Yepes, y de taco, lo que más rescató fue la deportividad del jugador de River: “Yo siempre digo que en esa jugada tiene más mérito Yepes que yo. En un clásico, ir 3-0 abajo y que te hagan esa jugada y de esa manera… yo creo que cualquier jugador de fútbol hubiese pegado una patada. Él me ha seguido hasta el corner y no ha hecho nada. Yo creo que eso es más de hombre que haber tirado un caño en ese partido". Para él un partido de fútbol es un espectáculo comparable a una obra de teatro dónde hace falta un héroe y un villano, ambos igualmente necesarios. Riquelme considera al contrario que lo sufre a un compañero de aventuras que merece todo su respeto y su reconocimiento.
Habrá algún xeneize que siga aferrado a la vieja idea que ganar a lo Boca significa hacerlo con un gol sobre la hora, si es posible en contra, después de que el equipo contrario hubiera controlado el juego con táctica y técnica mientras que Boca sólo hubiera puesto garra. Hay quien todavía piensa que el éxtasis futbolero boquense es ese nucazo de Guerra en el último minuto, saltando sin mucha idea y rebotándole la pelota de casualidad con la parte de atrás de la cabeza. Pero a un equipo siempre identificado con la garra y el juego fuerte, cuyo canto de guerra era “¡Giunta, Giunta, Giunta! ¡Huevo, huevo, huevo!”, Riquelme le transmitió el gusto por el juego vistoso, el reconocimiento que una gambeta o un caño es no sólo más útil que el patadón sino que se disfruta más. Tanto ha cambiado Boca gracias a Román que en la última eliminatoria de la semifinal de la Sudamericana contra River, los que pusieron pierna fuerte fueron los otros, mientras que ellos buscaron el juego organizado y vistoso.
Pocos jugadores que yo haya visto tenían la visión de la cancha que tiene Riquelme. La lentitud con que se desenvolvía a veces le trajo muchas críticas, y la forma de jugar sin apresurarse, haciendo la pausa y manteniendo la cabeza calma hizo que mucha gente lo llamara “pecho frío”. Pero lo que siempre tuvo Román fue claridad y cabeza fría. Tranquilidad para encontrar el mejor pase, calma para disfrutar cada instante del juego.
Jugadores como Zidane, Iniesta y Hazard, entre otros, ofrecieron sus respetos a Riquelme públicamente, lamentando que dejara el fútbol. No son los únicos, Román. Te vas, pero al menos todavía te tenemos en YouTube.