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La migración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad misma. Los individuos y los pueblos siempre han buscado un entorno más favorable a su supervivencia y comodidades. Naturalmente, hay que hacer abstracción en este sentido de los desplazamientos forzosos de poblaciones enteras por parte de las potencias del momento y, según las épocas, su reducción a la condición de esclavos, la trata de negros hacia América para satisfacer la necesidad de los colonizadores de ese continente, etc.
En este contexto, hay que precisar que durante miles de años, los seres humanos se desplazaron por el mundo para instalarse en tierras deshabitadas o supuestamente deshabitadas por seres humanos. Esto ya no sucede actualmente. La creación de los Estados modernos condujo, entre otras cosas, a la delimitación de las fronteras y a un control cada vez más estricto de los flujos migratorios.
Hoy en día las causas de la inmigración son múltiples, pero se debe, en la gran mayoría de los casos, a condicionantes económicos y políticos (ver capítulo II).
Debemos hacer la distinción por una parte entre las migraciones internacionales y las migraciones internas las cuales son casi cuatro mas considerables que las primeras, y por otra parte entre los que solicitan asilo político y los trabajadores migrantes. En efecto, los primeros buscan refugio para escapar a la represión por parte de un Estado, mientras que se espera de los otros que respondan a una demanda de mano de obra por parte de los países de acogida. También conviene precisar que la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, llamada Convención de Ginebra, de 1951, sólo protege a las personas perseguidas por sus derechos civiles y políticos. Ignora así a las víctimas de los derechos económicos, sociales, culturales y medioambientales que no pueden aspirar a una protección internacional. Es decir que la frontera entre los refugiados políticos y los refugiados llamados económicos es muy fina y tal distinción se aplica frecuentemente en la práctica de manera arbitraria.
Por supuesto, el primer derecho humano de cada uno debería ser el derecho de poder quedarse en su país de origen y tener las necesidades básicas cubiertas. Pero el desarrollo desigual que caracteriza el mundo actual obliga a un número cada vez más elevado de personas a buscar mejores condiciones de vida. En las últimas décadas, la inmigración internacional ha tomado proporciones considerables. Las políticas neoliberales que rigen la globalización actual han acelerado el movimiento de migración internacional, lo que ofrece al capital una mano de obra cada vez más barata. El número de migrantes ha casi doblado entre los años 2000 y 2010 para superar los 200 millones de personas en el mundo. Desde entonces, todas las regiones del mundo están afectadas por este fenómeno y, como novedad, hoy en día casi la mitad de los migrantes son mujeres.
Este movimiento masivo de poblaciones acarrea evidentemente consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales importantes tanto en los países de acogida como en los de salida. La migración hace que se pierdan capacidades intelectuales que serian indispensables para el desarrollo económico, social y cultural de los países de origen, lo que de manera general resulta siempre beneficiosa para los países de acogida. En efecto, los migrantes contribuyen a la prosperidad de los países de acogida. Al final, los migrantes se vuelvan tan indispensables para el buen funcionamiento de la economía que la mayoría de los países de acogida no pueden prescindir de ellos. Por otro lado, también contribuyen al enriquecimiento cultural y artístico.
No hay que olvidar que los migrantes desempeñan también un papel de amortiguador social, a falta de un mundo más igualitario, pues contribuyen al mantenimiento de sus familias que permanecen en los países de origen. En efecto, en 2010, las cantidades de dinero enviadas por los migrantes a sus países de origen (países del Sur) fueron casi tres veces mayores que la ayuda pública otorgada al desarrollo de los países del Sur.
Al contrario de lo que se cree en Occidente, la mayoría de la inmigración internacional se desenvuelve entre los países del Sur. Según los datos de 2010, de los 128 millones de migrantes que residen en los países del Norte, sólo 74 millones provenían de países del Sur, mientras que los países del Sur acogían a 86 millones de migrantes en su territorio.
Conviene destacar que el número de migrantes llamados “irregulares”, “clandestinos” o “sin papeles” es elevado en Europa y en Estados Unidos (que cuenta con casi la mitad de los migrantes irregulares del mundo entero), ya que estos países han tomado medidas administrativas, legislativas e incluso militares para evitar toda inmigración “no deseada” hacia su territorio. Estas medidas también vaciaron de contenido la Convención de Ginebra, que ya tenía un alcance restrictivo, y la volvieron casi inoperante, como ocurre en Europa (ver capítulo III.A)
Si bien los Estados de acogida pueden regular el flujo migratorio, según el derecho internacional vigente, también deben respetar y hacer respetar los derechos de los migrantes, ya sean regulares o irregulares. En este sentido van las convenciones internacionales adoptadas por la ONU y la OIT. El presente cuaderno abordará el alcance de dichas convenciones haciendo un particular hincapié en la situación de los migrantes irregulares.
Ver la página Web del Relator Especial de la ONU sobre los derechos humanos de los migrantes
Migreurop, “Cronología critica de las políticas migratorias europeas” documento elaborado por Alain Morice (CNRS-Universidad Paris-Diderot)
Fecha de 6 de septiembre de 2011