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El diccionario de la Real Academia, por lo general, no se prodiga demasiado en las definiciones de las palabras; del término “orgullo” dice: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.” Pero es que si nos vamos al María Moliner, que suele ser un diccionario más “minucioso”, dice de la palabra orgullo: “Sentimiento de satisfacción de alguien por cosas propias a las que atribuye méritos o por cualidades propias que considera superiores a las de otros...” Y aún empeora el asunto añadiendo: “Sentimiento y actitud del que se considera superior a los otros y les muestra desprecio o se mantiene alejado de su trato.”
|Tuba desmontada en el taller de Ginés|
Yo creo, por tanto, que este segundo diccionario que cito se centra sólo en definir un “orgullo” negativo y éticamente reprobable en la persona, o sea, habla de vanidad pura y dura, y ustedes saben que no hay nada más tonto y aburrido en esta vida que un tipo creído y vanidoso. Pero en la primera definición, en la de la Real Academia, a pesar de su parquedad, sí que se refiere a un orgullo “...disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.” ¿Esto qué quiere decir, que si uno es altruista y benefactor del prójimo, sí puede permitirse estar orgulloso de ello? La verdad, no me cuadra mucho. ¿O que si uno es un excelente artista: pintor, músico, escritor..., puede legitimar cierto orgullo de sí mismo? Tampoco lo veo claro.
¿Entonces cual es el orgullo positivo y realmente aceptable, si es que lo hay? Hombre, yo creo que sí que existe el orgullo sano. (Lo que es mentira que exista es la “envidia sana” o la “sana envidia”, por ahí no paso: las envidias son todas corrosivas). Yo creo que una persona se puede sentir orgullosa del mérito de un familiar, de un amigo, de un colega, de un compañero, o de un conciudadano o compatriota, si me apuran. Esto no es ni más ni menos que el “orgullo ajeno”. Todo lo contrario que la “vergüenza ajena”, que es un sentimiento indeseado y abochornante, el orgullo ajeno es satisfactorio para quien lo siente y lo proclama; y desde luego, nada reprobable. ¿Quieren que les ponga ejemplos? Los tengo a puñados, y ustedes seguro que también si miran en derredor suyo. Y aunque aquí no puedo, ni debo, hacer un listado de personas y excelencias, voy a citar tres o cuatro nada más como mera ilustración.
Me siento orgulloso, en la medida que es mi sobrino político y le he visto crecer desde el mismo día en que nació, de cada uno de los éxitos en su carrera musical de Antonio García Egea, el mejor violinista que haya dado Cieza para el mundo. Si tienen ustedes oportunidad, acudan a algún concierto en que él participe y verán, y escucharán.
Me enorgullece también, en la medida que le conozco desde que me dio la primera comunión en una iglesia para pobres, de que fui luego su alumno en el instituto y de que poseo su valiosa amistad, la gran estima que disfruta el cura Don Antonio Salas entre los ciezanos por su trayectoria como párroco de San Juan Bosco y como persona culta y de espléndida formación humanística, cuya demostración de ese afecto se materializó con su nombramiento como hijo adoptivo de este pueblo en el año 2006.
Me produce cierto orgullo el cada vez más reconocido prestigio profesional de mi amigo Ginés Cano por su trabajo bien hecho como reparador de instrumentos musicales. En su taller de la Plaza de los Carros, he visto destripados instrumentos de aire venidos de toda España, incluidos de la Orquesta Nacional. Él les despieza el cuerpo, los “cura” por dentro y luego los monta acariciándoles el alma, pues algo tan sublime como la música, ligada a las matemáticas puras y las leyes del universo, ha de nacer de un hálito interior que sólo maestros como él conocen.
Me siento orgulloso también, en la misma línea de los ejemplos anteriores y en la medida de la amistad que nos une, del profesor de la Universidad de Cantabria, Don Enrique Castillo Ron, por su reciente concesión del Premio Nacional de Investigación “Leonardo Torres Quevedo”, cuya cuantía económica, inmediatamente, decidió destinarla a proyectos de cooperación en África. Este hombre, una eminencia por su trayectoria científica y sus investigaciones en el campo de las matemáticas, con más de treinta libros publicados (la mitad de ellos en inglés), vino hace tan sólo unos días a Cieza y tuvo la amabilidad, precisamente, de ir a visitar a Don Antonio Salas y a verme al Ayuntamiento; y tan sólo un par de fechas después recibió la estupenda noticia, que saltó a los medios.
(De cómo llegué a conocer a este señor y de su relación con el cura Salas se lo conté a ustedes en el artículo “Boliche, Corruquete y Don Tilín”, publicado en El Mirador de Cieza el 14/11/09).
(De cómo llegué a conocer a este señor y de su relación con el cura Salas se lo conté a ustedes en el artículo “Boliche, Corruquete y Don Tilín”, publicado en El Mirador de Cieza el 14/11/09).
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