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1 Reyes 13:1-19
En el día que ha “ideado de su propio corazón” (V. M.), Jeroboam celebra una fiesta en Bet-el para honrar a su becerro de oro. Pero alguien viene a turbar la ceremonia. Un profeta llega de Judá con las más severas palabras. El altar se rompe; el rey rebelde es herido y luego sanado por el poder de Dios. En la curación de ese hombre tan impío brilla la gracia. Dios nos bendice conforme a lo que él es y nunca según lo que somos. Esta gracia debería haber hablado al rey. El profeta había recibido la orden de volver tan pronto como fuera cumplida su misión. Descansar, comer y beber en el territorio de esas desobedientes tribus habría contradicho las palabras de juicio que había pronunciado. Tampoco podemos dar muestras de comunión con organizaciones religiosas no sumisas a la Escritura. El viejo profeta, cuyos hijos parecen haber asistido a la fiesta del becerro de oro, no estaba en su debido puesto en Bet-el. Por ese motivo, aunque vivía en la misma ciudad en la que debía cumplirse un servicio, no fue encargado por Jehová para realizarlo. Pero al atraer a su casa al varón de Dios de Judá, el anciano intentaba justificar su falsa posición y afirmar su reputación como profeta. Por su lado, si el profeta de Judá se hubiera dado más prisa para abandonar aquel lugar, ¡no habría sido alcanzado! (v. 14).
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"