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Para la familia real de Italia el fin del exilio está próximo. Y para ella, como para otras, Ginebra habrá sido un refugio dorado.
El Senado italiano acaba de hacer un primer gesto hacia la Casa Real de Saboya. Luego de 56 años de exilio en Ginebra, Víctor Emmanuel y su familia podrían recibir la autorización para pisar en fecha próxima el suelo de la Península.
Emmanuel-Philibert, príncipe de Venecia, 30 años, nació en Ginebra. Nunca ha puesto un pie en su país. Su padre, Víctor Emmanuel príncipe de Nápoles e hijo heredero del último rey de Italia HumbertoII, no tenía ni 10 años cuando su familia fue expulsada de la península.
Eso habla del fuerte valor simbólico que tiene para ellos la campiña ginebrina y el Castillo de Merlinge en particular, que después acogió a los exilados de la Casa Real de Saboya.
Antiguos lazos en el curso de los siglos
Pero, como se puede leer en las páginas consagradas a las celebridades que han elegido refugiarse en Suiza, "una tasa impositiva razonable les permite pasar un exilio confortable rodeados de una rica corte de expatriados italianos".
La elección de Ginebra no obedece al azar. Como nos recuerda el historiador Bernard Lescaze "hasta 1860, el Reino de Cerdeña bordeaba el cantón de Ginebra y la Casa de Saboya reinaba en Saint- Julien. A finales del siglo XVIII los Saboya eran los soberanos de Carouge.
"Entre Ginebra e Italia, continúa, "hubo lazos constantes en el transcurso de los siglos. Ginebra fue siempre una ciudad abierta, casi una ciudad-refugio, para un gran número de italianos".
De los Médicis a Turrettini
En la Edad Media los Médicis tenían una sucursal bancaria en Ginebra. En tiempos de la Reforma, numerosas familias protestantes italianas -los Micheli del Crest, Burlamaqui y otras- huyeron de la persecución y eligieron instalarse en esa ciudad suiza.
Por otra parte, algunos de sus descendientes dejaron huella en la historia de Ginebra. Pensamos en el ingeniero Thédore Turrettini, que preside la Expo nacional de 1896, construye el Edificio de Fuerzas Motrices, transforma el embarcadero e instala el famoso 'jeu d'eau' (surtidor de agua).
En el largo catálogo de lazos entre Ginebra e Italia, no se puede olvidar al Conde de Cavour. Si este ilustre Primer ministro del rey de Cerdeña pasó frecuentes estancias en esta ciudad, al punto de dejar su patronímico a una de las calles, fue simplemente porque su madre era de origen ginebrino.
Un rincón apacible, pero también bancos
Y, ¿por qué buscar refugio en Suiza y en Ginebra en particular? "Ahí se encontraban muchas cosas interesantes, explica Bernard Lescaze: la seguridad, bellos paisajes, buenas medicinas, buenos banqueros".
Pero también para los reyes, príncipes y otras cabezas coronadas se daba "una atmósfera republicana que hacia que uno se interesara poco en las monarquías". En otras palabras, se les dejaba en paz.
La ciudad obtenía también ventajas sustanciales. En términos de renombre: Ginebra no era sólo una tierra de exilio, sino sobre todo, un lugar de acogida, de paz y de encuentros. Así también en términos de prosperidad, puesto que el comercio local sacaba provecho de esa notoriedad internacional.
De ahí el florecimiento de Ginebra, entre otras causas, en el terreno de la gestión de las fortunas. "Su importancia resulta de la confianza de numerosas fortunas anónimas", estima Bernard Lescaze. "Pero sin duda estas últimas se dirigieron a Ginebra dada la calidad de algunas otras fortunas ilustres".
Final feliz en la indiferencia
Si los parlamentarios transalpinos deciden abrogar próximamente las medidas de prohibición de la familia real y que la casa de Saboya regrese a tierras italianas, eso podrá ser, para Ginebra, el final de una larga historia que pasará más o menos desapercibida.
El historiador tiene probablemente razón cuando constata que a principios de este siglo XXI poco importa lo que piensen los príncipes y las princesas, "Ginebra representa mucho más para los Saboya que la Casa de Saboya para los ginebrinos". Y decirlo no es un error de lesa majestad.
Bernard Weissbrodt