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La epístola a los Hebreos nos presenta al sumo sacerdote que nos convenía,
santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores…
(Hebreos 7:26)
Qué contraste con Aarón, el sacerdote “tomado de entre los hombres”, mencionado en la misma epístola, quien estaba obligado a ofrecer sacrificios por los pecados, y no solamente por los del pueblo, sino también “por sí mismo” (Hebreos 5:1-3). Esto es lo que lo vemos hacer aquí. Antes de ocuparse de las faltas del pueblo, Aarón tiene que arreglar ante Dios la cuestión de sus propios pecados. Es un principio general cuya importancia el Señor recuerda en lo que se suele llamar «el sermón del monte». Para poder quitar la paja del ojo de nuestro hermano, primero debemos sacar la viga que hay en nuestro propio ojo (Mateo 7:3-5).
El final del capítulo nos muestra cómo, hecha la propiciación y arreglada la cuestión del pecado, la bendición puede venir sobre el pueblo por medio de aquel que ha sido su autor, la gloria de Dios puede manifestarse y el gozo puede expresarse libremente. Tales son hoy en día para el pueblo de Dios las bienaventuradas consecuencias de la cruz de Cristo. Que Dios nos enseñe a admirarlas y a responder de la misma manera.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"