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“Volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías.”
(Hechos 8:28)
“Ocúpate en la lectura.”
(1 Timoteo 4:13)
Por el camino desértico que va de Jerusalén a Gaza avanzaba un convoy como no se ve todos los días. Eran extranjeros; a la cabeza iba el eunuco de Candace, reina de Etiopía. Este hombre, habitante de un lejano país, había ido a Jerusalén a adorar. Diez siglos antes, una reina del mismo país también había hecho ese viaje, atraída por la gloria y la sabiduría del rey Salomón. En aquella época, Israel había alcanzado el apogeo de su historia. Pero ahora, el esplendor y la prosperidad de antaño no eran más que un recuerdo. Sin embargo, Jerusalén seguía siendo el único lugar donde se podía adorar a Dios, y esto bastaba al eunuco para vencer las dificultades de un viaje largo, a fin de encontrar también cómo responder a las necesidades de su corazón. Además, si la gloria antigua había pasado, otra gloria había sido manifestada, gloria de Aquel a quien los profetas anunciaban, pero del cual los judíos no habían querido saber nada. De Éste nadie había hablado al eunuco, quien, aunque había cumplido sus deberes religiosos, se volvía con el corazón vacío, sin haber encontrado con qué satisfacerlo. Sólo el Señor podía lograrlo por medio de su Palabra, la que precisamente leía el etíope. No habría podido emplear mejor el tan largo tiempo de viaje que leyendo el libro del profeta Isaías, aquel que presenta en mayor medida la persona del Señor. Si no hubiese leído esta Palabra, jamás habría tenido el deseo de conocer a Aquel a quien ella revela. También se ve que no es necesario estar bien instalados en casa para leer la Palabra o los escritos que la explican. Habitualmente utilizamos nuestros viajes para leer, lo que Satanás no ignora; por eso ha tomado la precaución de poner al alcance de los viajeros libros o periódicos, que responden a sus gustos naturales y que desvían las almas de las cosas de arriba. En lugar de la pregunta de Felipe al eunuco: “¿Entiendes lo que lees?” (Hechos 8:30), cuántas veces, en nuestros viajes o en otras ocasiones, no podría preguntarnos el Señor, como al principio de este artículo: ¿qué lees? Hoy muchos jóvenes, y mayores también, a quienes no les gusta pensar y reflexionar, dan preferencia a las lecturas fáciles y superficiales. Estaríamos quizá bastante desconcertados si tuviésemos que mostrar todo lo que hemos leído en las tres últimas semanas. ¿No querremos en primer lugar esconder ciertas cosas, porque sentimos instintivamente que lo que leemos manifiesta nuestro estado espiritual? «Dime qué lees y te diré quién eres».
Muchos libros supuestos religiosos, a pesar del barniz cristiano apenas se distinguen de las novelas ordinarias. Ciertamente que hay literatura excelente en cantidad, relatos que pueden hacer mucho bien a nuestras almas, pero ¿no deberíamos poner cuidado para que no ocupen el poco tiempo libre que tenemos a nuestra disposición? ¿Qué podríamos pensar de un joven de veinte años al que alimentaran todavía con biberón? Vemos enseguida lo absurdo y lo ridículo de ello, pero desgraciadamente, ¿no es ése el caso, con frecuencia, en cuanto al alimento espiritual? Tampoco olvidemos que tenemos necesidad de ser alimentados cada día y no una vez por semana o en los momentos de reuniones solamente. ¿No han observado ustedes. cómo las lecturas ordinarias debilitan nuestro interés por las cosas más serias e incluso por la Palabra de Dios? Esto no ocurre en un día o en una semana, con seguridad; pero, poco a poco, mes a mes, año a año, en vez de progresar y avanzar, de “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18), el corazón se encoge, la Palabra tiene menos sabor y no es leída más que por deber.
¿Por qué leemos tan escasamente las Santas Escrituras, que abren y desarrollan nuestra inteligencia en cuanto a la obra y la Persona del Señor? No digamos que son muy difíciles; o que no podemos comprender sus pensamientos; la verdad es que no sentimos necesidad, que el deseo de conocer mejor a Cristo no está en nuestros corazones. Al principio el eunuco tampoco comprendía lo que leía. ¿Puso a un lado su libro para coger algo más simple y fácil? No, porque su corazón sentía una necesidad, y vemos cómo Dios respondió maravillosamente a ella.
¡Oh! Leamos la Biblia mientras todavía somos jóvenes y tenemos tiempo y memoria. Empeñémonos en hacerlo cada día con seriedad y perseverancia; sirvámonos también, para ello, de tantos excelentes escritos como tenemos a nuestra disposición, los que, con la ayuda del Señor, desarrollarán nuestra comprensión por las cosas de la Palabra de Dios. Nos dice ésta: “Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia… Compra la verdad, y no la vendas” (Proverbios 4:5; 23:23).
“Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12-13).
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).