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KUWAIT – Cuando se terminen de evaluar las consecuencias de la invasión de Irak liderada hace diez años por Estados Unidos, puede ser que el subsiguiente ascenso del Islam político en ese país (y en todo Oriente Próximo) parezca poca cosa en comparación con el cambio geoestratégico que en aquel momento nadie previó y que ahora está a la vista: Estados Unidos está cada vez más cerca de volverse energéticamente autosuficiente y puede hacer realidad una retirada estratégica de la región.
Es cierto que Oriente Próximo ya experimentó muchas veces la salida de alguna gran potencia, o de varias: con la desintegración del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, con la posterior descomposición de los mandatos imperiales de Francia y Gran Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial y, más recientemente, con la casi total desaparición de la influencia rusa tras el colapso de la Unión Soviética en 1991. En cada ocasión, la situación política de la región cambió radicalmente en poco tiempo, especialmente en lo referido a las alianzas. Si en los años venideros Estados Unidos se desentendiera de Oriente Próximo, ¿serían inevitables rupturas similares?
A pesar de lo que muchos creen (que la política de Estados Unidos hacia Oriente Próximo se basa en su alianza con Israel), lo que en realidad motivó a aquel país a establecer una presencia militar dominante en la región después de 1945 fue su dependencia de la importación de petróleo. De hecho, hasta la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, Estados Unidos no fue un gran proveedor de pertrechos militares a Israel. El propósito de la presencia militar estadounidense era, sobre todo, mantener el statu quo del mundo árabe y, con él, el flujo de energía procedente del Golfo Pérsico, para beneficio de Estados Unidos, de sus aliados y del conjunto de la economía global.
Por supuesto, no hay que creer que porque Estados Unidos ahora está en el umbral de la autosuficiencia energética gracias a la revolución del gas de esquisto (shale), su Quinta Flota basada en Bahréin va a levar anclas de un día para el otro. Pero las razones del despliegue militar estadounidense en la región están cambiando rápidamente, y en estos casos, también suele cambiar la distribución de recursos militares (como sucedió en Europa después del final de la Guerra Fría).
Es casi seguro que este cambio se reflejará en las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados y socios árabes. Como explicó el estadista y académico estadounidense Joseph Nye: “Durante décadas, Estados Unidos y Arabia Saudita han tenido un equilibrio de asimetrías, en el que nosotros dependíamos de ellos por ser los principales productores de petróleo, y ellos dependían de nosotros para que les proveyéramos seguridad militar total”. Nye asegura que con el veloz desarrollo de fuentes propias de energía que está experimentando Estados Unidos, esta “negociación ahora se resolverá en términos un poco mejores”, al menos según la perspectiva estadounidense.
Pero, cualquiera sea el equilibrio final, la magnitud de la retirada estadounidense de Oriente Próximo dependerá de la respuesta a dos preguntas fundamentales. La primera es ¿puede una retirada militar (aunque sea parcial) crear un vacío de seguridad pasible de ser llenado por algún rival, por ejemplo, China o Irán? Y la segunda, ¿puede una disminución de la presencia estadounidense en la región alentar el tipo de inestabilidad conducente a la creación de estados fallidos y refugios para terroristas?
La actual estrategia de seguridad del presidente Barack Obama para Afganistán, Yemen y otros países sugiere que para intentar reducir el segundo riesgo, Estados Unidos continuará con sus intervenciones encubiertas, especialmente el empleo de aeronaves no tripuladas. Pero para prevenir que algún rival de Estados Unidos obtenga demasiada influencia en la región, será necesaria una respuesta muy diferente, que demandará el respaldo de viejos aliados (como Japón) y de amigos nuevos (como la India).
La razón es clara: como China depende de la energía que importa de Oriente Próximo, es casi seguro que intentará llenar cualquier vacío de seguridad que se abra en la región. De hecho, parece que China previó hace mucho tiempo los cambios que se producirían en la estructura de seguridad regional y que ya está preparada para aprovecharlos si se le da ocasión. Su “collar de perlas” a través del Océano Índico (una serie de posibles bases navales a través de las cuales China se conectaría con Oriente Próximo y África) bastaría como apoyo para una flota de alta mar con capacidad para patrullar los corredores marítimos del Golfo Pérsico.
Pero al momento de negociar otros acuerdos con los productores de petróleo de Oriente Próximo, China se verá en situación comprometida; esto se debe al fuerte respaldo que dio a Irán, país que está trenzado en una lucha de poder con los principales estados suníes de la región, particularmente Arabia Saudita. De no mediar un completo cambio en sus relaciones con Irán, es posible que China nunca pueda forjar una alianza estratégica con las monarquías del Golfo Pérsico; e incluso entonces, tal vez nunca consiga ganarse su plena confianza, debido a la represión interna de los musulmanes de Xinjiang en China (que hace pocos años provocó una feroz disputa con el primer ministro turco Recep Tayyip Erdoğan).
Como sea, es inevitable que China busque obtener mayor influencia en Oriente Próximo, lo cual implica que países como India, Indonesia, Japón, Corea del Sur, Turquía, etcétera, también deberán adelantarse a crear una estructura regional de seguridad que proteja sus intereses nacionales. Para ello, necesitan tener claro si tienen o no medios para alcanzar sus metas de seguridad nacionales. Por ejemplo, ¿pueden proveer parte de la seguridad que durante mucho tiempo Estados Unidos ofreció a los estados árabes de la región?
Tal vez esta proyección del poder (y de las luchas de poder) de Asia a Oriente Próximo todavía parezca algo lejano. Pero hace diez años, también parecía lejana la posibilidad de que Estados Unidos se retirara de la región.
Traducción: Esteban Flamini
Copyright Project Syndicate
Yuriko Koike, ex ministra de defensa y asesora de seguridad nacional de Japón, fue presidenta del Partido Liberal Democrático de Japón y en la actualidad es miembro de la Dieta Nacional.
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