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Cuando José y María partieron de Nazaret hacia Belén (por orden del emperador romano todos los habitantes de la provincia debían empadronarse en vista del censo), tuvieron que hacer un largo viaje. Atravesaron ciento cincuenta kilómetros pasando por los campos de Galilea, por las colinas de Samaria, y al final subieron hacia Jerusalén, detrás de la cual está Belén.
Desde Jerusalén todavía les quedaban diez kilómetros de camino, sobre una meseta atravesada por un sendero terriblemente polvoriento y a pleno sol; de repente aparece la colina abrupta sobre la cual cuelga la aldea blanca, a 777 metros sobre el nivel del mar, en medio de una plantación de olivos. Estos huertos se extienden sobre la ladera de la montaña en estrechas terrazas sostenidas por pequeños muros; algunos cipreses negros se levantan por encima de los techos blancos de las casas, y en los viñedos crecen higueras y almendros; de tramo en tramo, torrecillas de guardia se levantan todavía, recordando el pasaje de Isaías 5:2 y Mateo 21:33. Al este, la pendiente desciende en picada hacia un valle, pero desde el camino que va a lo largo de la meseta se puede ver un magnífico panorama sobre los campos desolados del mar muerto y sobre las montañas de Moab, a lo lejos. Cerca de la ciudad, y semejante a tantas tumbas del oriente, al borde del camino se levanta una pequeña edificación, con una cúpula blanqueada. Esta construcción lleva un nombre que despierta muchos recuerdos bíblicos: la tumba de Raquel. En Génesis capítulo 35 leemos que Raquel, esposa de Jacob, dio a luz a Benjamín, y murió, y “fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén”. No se puede decir con certeza que este sea el sitio verdadero de la sepultura de Raquel, pero es interesante ver que el recuerdo de esta muerte perdura en el lugar donde ocurrió hace unos tres mil setecientos años.
Belén está situada sobre una colina escarpada formada por piedra caliza, llena de grutas naturales, de cuevas y pasajes subterráneos. Es una localidad sencilla, tranquila y apacible, con un ambiente muy diferente al de Jerusalén, aunque muy cercana. Los huertos, los jardines que la rodean, le dan un aire un poco campesino, completamente desconocido en la gran ciudad vecina, impetuosa, agitada y llena de gente.
Como lo hemos visto, según el capítulo 35 de Génesis, Efrata es la misma Belén. Esto se confirma en Génesis 48:7 y en Miqueas 5:2, donde se anuncia: “Pero tú, Belén Efrata… de ti me saldrá el que será Señor en Israel”.
Notemos también que dos hombres son llamados padres de Belén: Hur (1 Crónicas 4:4) y Salma (1 Crónicas 2:51); en ambos versículos se debe leer “padre de la ciudad” de Belén, como dice en el versículo 12 del capítulo 4 a propósito de Tehina, padre de la ciudad de Nahas. Hur era hijo de Efrata, mujer de Caleb, y Salma era hijo de Hur. Se puede suponer que fueron fundadores de la población y le dieron el nombre de su madre y abuela.
Bet, palabra hebrea que se encuentra en varios nombres compuestos de lugares, significa: casa, morada, lugar. Así Betania es la «casa de los dátiles», Betsaida el «lugar de pesca», Betel es la «Casa de Dios», y Belén es la «casa del pan». Aquel que dijo: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35), nació en la «casa del pan». Además, Efrata significa en hebrero «abundancia» o «fructífero».
Los habitantes del pueblo, ocupados en faenas del campo y en la crianza del ganado, son muy trabajadores, como lo demuestra el país bien cultivado; el vino y la miel de Belén son riquísimos. Pero al lado de esta población agrícola está la parte religiosa de Belén. Gran cantidad de conventos, iglesias, monasterios, orfelinatos y escuelas católicas se han edificado desde hace varios siglos en el lugar que vio nacer al Salvador del mundo. Continuamente se oye el alegre repique de las campanas de una u otra iglesia. La Calle Mayor es estrecha y está rodeada de tiendas, de pequeños negocios que venden rosarios, recuerdos de Belén, como iglesias en miniatura, sea de nácar o de madera de olivo. La plaza de mercado también es pequeña y muy frecuentada por árabes de los alrededores, está llena de ovejas, corderos; por eso Belén se llama hoy Bayt Laḥm (en árabe: casa de la carne), debido a la abundancia de ganado. Numerosas beduinas recorren las calles con sus anchos trajes que flotan al caminar.
La gran atracción de Belén es la gruta llamada «de la Natividad»; desde hace varios siglos ella atrae a millones de peregrinos. En el relato de Lucas, sobre el nacimiento de Jesús, no se menciona ninguna gruta; solo sabemos que “no había lugar para ellos en el mesón”, que María envolvió al niño “en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Lucas 2:7). Siendo un pesebre el comedero del ganado, uno piensa naturalmente en un establo. Ahora bien, hemos visto que la montaña de Belén está llena de cuevas naturales; desde el camino o desde la calle es fácil entrar en esos subterráneos, en esas cuevas que todavía existen hoy y sirven para proteger el ganado. En las paredes de muchas de ellas se puede ver comederos tallados en la roca y aros de hierro empotrados en la piedra, para atar a los animales durante la noche. Hay muchas probabilidades de que en un establo primitivo, parecido a los de hoy, haya nacido Jesús. La casa –a menudo formada por una sola habitación– está directamente encima del resguardo de los animales, y se llega a ella por una escalera exterior de unos quince a veinte escalones. La gruta, llamada «Gruta de la Natividad» desde los primeros siglos del cristianismo, fue tristemente desfigurada. Las pruebas de la idolatría que allí se encuentran afligen al cristiano que recuerda las palabras de Cristo mismo: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.
En el siglo IV, encima de esta gruta, se construyó una basílica que ha sufrido muchas transformaciones, pero cuyo edificio actual es muy antiguo. Cuando los cruzados llegaron a Palestina en el año 1100, todavía se mantenía bien conservada. El techo de plomo tuvo que ser restaurado en el siglo XV; para esa obra un rey de Inglaterra donó el metal. Este fue llevado por mar desde Inglaterra hasta Jope (hoy Haifa), y luego transportado en camellos hasta Belén. En esos tiempos remotos, para los grandes del mundo era un honor poder embellecer y adornar el venerable santuario. Una puerta muy baja permite la entrada; se dice que todas las demás entradas a la iglesia fueron tapadas hace mucho tiempo, para impedir que los musulmanes entraran en gran número y cabalgando, pues algunas veces venían para matar a los fieles. Del coro se baja por una pequeña escalinata oscura que conduce hasta la cripta, la cual mide apenas doce metros de largo por tres de ancho; lámparas de plata iluminan con su tenue luz. En el suelo se fijó una gran estrella de metal dorado, que lleva la inscripción latina: «Hic de Virgine María Jesús Christus natus est», es decir: «Aquí nació Jesucristo de la Virgen María».
A menudo Belén es citada en las Escrituras. Allí se desarrolló la historia de Rut; ya en esa época sus habitantes eran agricultores, pues las cosechas ocupaban muchos jornaleros. El rico Booz poseía inmensas y fértiles tierras. Booz fue el abuelo de Isaí, padre de David (Rut 4). Después de haber rechazado a Saúl como rey, Dios envió a Samuel a Belén para ungir a David, el hijo menor de Isaí. David era pastor y apacentaba las ovejas de su padre (1 Samuel 16:11). Todos sabemos con qué arma venció a Goliat. A lo largo de los caminos y de los prados, hoy todavía se encuentran mancebos manejando la honda y levantando piedras pulidas como proyectiles. Durante siglos, los trabajos, las ocupaciones de los habitantes de Belén, fueron los mismos que los del rey pastor. Cuando Jesús nació, “había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño”. Cuando Isaí envió a David al campamento de Saúl para saber de sus hermanos mayores que se habían marchado a la guerra, le dio pan, trigo tostado, queso, productos de un país agrícola.
El rey Roboam fortaleció a Belén y otras ciudades, pero Belén solo llegó a ser famosa al principio de nuestra era.
A partir del segundo siglo, los lugares que vieron pasar al Señor Jesús aquí en la tierra han sido visitados por cristianos venidos de países muy lejanos. En el siglo cuarto un cristiano llamado Jerónimo –la iglesia católica ha hecho de él san Jerónimo– dejó Roma, donde vivía, para establecerse en Belén. Algunas personas piadosas lo siguieron, entre ellas una noble dama romana llamada Paula, y su hija. Paula era muy rica e hizo construir varios monasterios en Belén, como también una posada para albergar gratuitamente a los peregrinos. Jerónimo eligió una gruta cerca a la que se conoce como lugar del nacimiento del Señor, e hizo de ella una habitación donde trabajó y meditó tranquilamente. Sus libros, sus papeles –Jerónimo era un sabio–, pronto fueron colocados en ese retiro voluntario al cual él daba el nombre de Paraíso. Allí se dedicó a la gran obra de su vida: la traducción de las Santas Escrituras al latín, según los mejores documentos conocidos hasta entonces. Allí también murió, después de haber pasado treinta y cuatro años en Belén.
Cuando los ejércitos de los cruzados, queriendo recuperar la tierra santa de manos de los árabes musulmanes, llegaron a Jerusalén, fortificaron todas las ciudades y construyeron una fortaleza en Belén. Se supone que de aquella época data la extraña cofia que las mujeres usan aún: un gorro alto terminado en punta, cubierto con un velo blanco, el cual cae por detrás sobre las espaldas. En tiempo de las cruzadas, todas las mujeres de Francia y de Occidente generalmente se ataviaban de esta manera. Las cosas cambiaron poco en el Oriente hasta 1930 aproximadamente, pero ahora se están modificando a gran velocidad.