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Hace algunos años, un japonés fue condenado por haber cometido muchos crímenes. Una niña de once años de edad, hija de creyentes, deseaba hacer algo para su Salvador. Cuando oyó hablar de la condena del criminal, empezó a orar por él; luego pidió a sus padres que le dieran un tratado cristiano para mandarlo al hombre castigado. Este, al recibirlo, se sintió muy conmovido por la preocupación de la niña y decidió leer el tratado. Esa lectura hizo mucho bien a su alma. El hombre reconoció que era culpable, se arrepintió de lo malo que había hecho y recibió a Cristo como su Salvador. Supo que la sangre derramada por Jesús en la cruz le lavaba de todos sus pecados. También se sintió muy feliz al saber que pronto iría al cielo para estar siempre con el Señor Jesús. Después escribió a la niña una carta en la que le decía: «Viven millones de personas en el Japón, pero fuiste la única que pensó en mi alma, y ahora soy salvo».
¿No fue este un hermoso trabajo por medio del cual el Señor ganó un alma?
Vuestro trabajo en el Señor no es en vano
(1 Corintios 15:58).
Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará
( Juan 12:26).