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“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino
que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha
es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”
(Mateo 7:13-14)
La alternativa
La imagen es fácil de comprender: para cada uno no hay más que dos puertas, dos caminos y dos metas. No hay más que dos categorías de hombres. El significado de las dos puertas y de los dos caminos no está dada directamente, pero sus respectivos resultados —la perdición o la vida— no pueden precisarse con más claridad.
Una sola dirección debe ser tomada desde el principio. El Señor nos invita a entrar por la puerta estrecha y a marchar en el camino angosto de la obediencia que conduce a la vida. ¿Qué hacemos de su invitación? Es más fácil, pero infinitamente peligroso, seguir a la gran multitud por la puerta ancha y el camino espacioso de la desobediencia, ¡el cual lleva a la perdición! La palabra aquí empleada por “perdición” significa condenación eterna.
El camino del discípulo de Jesús
El llamamiento del Señor es claro: “Entrad por la puerta estrecha”. Y después de haber advertido del peligro que implica seguir el camino espacioso, declara: “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.
Cada uno, pues, es llamado a entrar por puerta estrecha. El camino del discípulo es sin duda “angosto”, pues es un camino de abnegación y de sacrificios, pero también de adversidad, y hasta de persecución. Sin embargo, lleva a la vida. El Señor ya dijo en el capítulo 5: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (v. 20). Igualmente, Pablo y Bernabé advertirán más tarde a los creyentes de Asia Menor que “es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos 14:22).
En Lucas 13:24, el Señor dice simplemente: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”. La advertencia contra el camino espacioso no aparece. En el pasaje de Mateo, el llamamiento del Señor es particularmente solemne.
No perdamos de vista que, en el Sermón del monte, todavía no se trata de recibir el Evangelio de la gracia, sino de seguir al Señor como fiel discípulo. Aquí Jesús no presenta la gracia de Dios ni el medio de la salvación, sino la responsabilidad del hombre y el camino para seguir a Cristo. La gracia de Dios y la responsabilidad del hombre son como los dos raíles de esta vía, y fuera de ella no queda más que el camino que lleva a la perdición. La responsabilidad del discípulo del Señor no podría subrayarse de manera más solemne.
La declaración: “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”, sin duda es dura para la carne. Sin embargo, atrae la atención sobre una cuestión esencial y vital: la de un camino cuyo fin tiene consecuencias eternas. No hay que intentar poner estas palabras de Jesús en contradicción con aquellas que pronunciará en Mateo 11:30: “Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Según Romanos 5:6-10, el hombre natural, no regenerado, es débil, impío, pecador y enemigo de Dios. Para tal hombre, la decisión de seguir a Cristo tiene consecuencias difíciles de soportar. Por eso, necesita ser atraído por el amor, la gracia y la misericordia de Dios. En cambio, para aquel que es nacido de nuevo, resulta fácil seguir al Señor. Efectivamente, éste ha recibido de Dios una nueva naturaleza, cuyo único deseo es hacer la voluntad divina, aunque la carne, la vieja naturaleza del hombre, está aún presente y se opone siempre.
El camino espacioso
Para el hombre no regenerado, sin relación con Dios, seguir el camino espacioso es cosa natural. Ahí no hay ninguna limitación; se hace lo que se quiere. Pero ese camino desemboca en la perdición eterna; y lo que el Señor describía en otro tiempo se ve todavía hoy: muchos se dejan deslumbrar y seducir por la entrada espaciosa y atractiva de ese camino, y pierden de vista su fin.
Normalmente, no subimos a un tren o a un avión sin saber cuál es su destino. Pero cuando se trata del más importante de los viajes, del camino de la vida en la tierra, muchos no se preocupan de su duración ni de su fin o, por el contrario, buscan una falsa seguridad.
Una vez más, no olvidemos que aquí no se trata de la salvación gratuita, sino de la responsabilidad del discípulo de Cristo. Éste también está en peligro de dejarse seducir por los atractivos engañosos del camino espacioso. Que aquel que confiesa pertenecer a Cristo no se equivoque pensando que su andar no tiene mucha importancia, que lo esencial es tener fe. En toda la Escritura, no existe ningún pasaje que sostenga la idea de que una vida de pecado, es decir una marcha en el camino espacioso, llegue a la gloria. Al contrario, la Palabra de Dios declara claramente que una marcha en el mal conduce a la perdición eterna (1 Corintios 6:9-10; Gálatas 5:19-21; Efesios 5:5; Filipenses 3:18-19).
No vayamos a concluir que verdaderos cristianos, quienes son nacidos de nuevo, puedan perder su salvación. Cuando el Señor habla de personas salvadas por la gracia de Dios, dice: “Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:29). Y cuando se trata de nuestro testimonio cristiano, la Biblia muestra que lo que decimos ser debe estar confirmado por nuestra marcha en el camino que el Señor nos ha mostrado. He aquí los dos lados de nuestra relación con Dios. Juntos constituyen el sello divino de 2 Timoteo 2:19: “Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”.
La declaración del Señor Jesús en estos versículos es, pues, muy seria. Concierne a todos los que confiesan a Jesús como Señor.