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TOKIO – El cohete Unha-3 lanzado desde Sohae en Corea del Norte la mañana del 12 de diciembre atravesó el espacio aéreo japonés sobre la isla de Okinawa 12 minutos más tarde, y se estrelló en el Océano Pacífico aproximadamente 300 kilómetros al este de las Filipinas. Podría decirse que el lanzamiento fue una pequeña sorpresa, ya que las fuentes de inteligencia surcoreanas habían sugerido que había sido cancelado.
Más sorprendente fue el éxito del lanzamiento, que convierte a Corea del Norte en el décimo miembro del “Club del Espacio” del mundo (el noveno miembro fue Irán, que lanzó exitosamente su cohete Safir en 2008). El Unha-3, un cohete de tres etapas que pesa 92 toneladas, es la secuela del Unha-2, que falló de manera espectacular en 2009, de modo que el evidente progreso que Corea del Norte ha hecho en su tecnología de misiles en un período tan corto sorprendió a los gobiernos de todo el mundo.
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas respondió mediante el debate de una resolución sobre el fortalecimiento de las sanciones contra Corea del Norte. Sólo China -para sorpresa de nadie- se opuso a nuevas sanciones, destacando que “no debería llevarse a cabo ninguna acción que agrave la tensión en la Península Coreana”. China aceptó las resoluciones del Consejo de Seguridad contra Irán en varias ocasiones, pero sólo respaldó sanciones contra Corea del Norte en dos oportunidades, las dos veces después de que el Norte llevara a cabo pruebas nucleares (en 2006 y 2009).
Los líderes de China se oponen a sanciones más duras contra Corea del Norte por una simple razón: le temen a la fragilidad del régimen de Kim Jong-un más que a las consecuencias en materia de seguridad internacional del lanzamiento de misiles. Por sobre todas las cosas, China quiere impedir el colapso del régimen que, teme, puede resultar de la aplicación de sanciones más estrictas.
Si el régimen de Kim cronometró el lanzamiento del misil para que tuviera un impacto directo en las elecciones de los vecinos Japón y Corea del Sur, tal vez le haya salido bien en el sentido de que hizo aumentar el respaldo por los partidos conservadores orientados a la defensa. De hecho, si bien cuesta determinar qué impacto tuvo el lanzamiento en el resultado en Japón, el Partido Demócrata Liberal (del que soy miembro y donde me desempeñé como vicepresidenta de la campaña electoral) obtuvo una victoria arrolladora. Y aunque la victoria de Park Geun-hye en Corea del Sur, donde se convirtió en la primera presidente mujer de la historia del país, fue la consecuencia de una campaña principalmente centrada en cuestiones económicas internas, la política amenazadora de Corea del Norte con sus misiles probablemente hizo que muchos votantes indecisos se inclinaran por Park, siempre preocupada por la seguridad.
Así las cosas, dado el impacto aparentemente negativo del lanzamiento en los vecinos Corea del Sur y Japón, ¿por qué el Norte no esperó antes de disparar? Algunos sugieren que los líderes norcoreanos estaban decididos a montar el lanzamiento antes del primer aniversario del ascenso de Kim Jong-un al poder el 17 de diciembre. Otros sugieren que los norcoreanos prefieren que haya conservadores en el poder en Seúl y Tokio, porque una visión más robusta de la defensa nacional en Japón y Corea del Sur enfurecería a China que, aislada en el este de Asia, muy probablemente quiera seguir respaldando al régimen de Kim. Después de todo, la pequeña lista de amigos de China en Asia se achicó aún más en 2012, dada la transición democrática de Myanmar.
De manera que, según la lógica perversa de Kim, una acción digna de recibir sanciones de la ONU, y flamantes gobiernos conscientes de la seguridad en Japón y Corea del Sur, fortalecerán la incidencia de Corea del Norte en la política exterior china. En consecuencia, el lanzamiento del misil puede ser visto como un indicio de cuán amenazada se siente la dinastía Kim: el régimen pareciera creer que debe chantajear a su aliado más cercano para conservar su respaldo.
La principal causa de los temores del régimen es la creciente incertidumbre política, que es el resultado directo de la salud deteriorada de Kim Kyong-hui, la tía de Kim Jong-un y el poder detrás del trono. De hecho, los observadores especializados en Corea del Norte sugieren que Kim Jong-un ordenó el lanzamiento del misil como una manera de fortalecer su poder mientras aún cuenta con el respaldo de la experimentada e implacable Kim Kyong-hui. Sin eso, la influencia de la dinastía Kim en el poder casi con certeza se debilitaría, dada la juventud y falta de experiencia de Kim Jong-un, hundiendo al país en el caos.
Una medida política aparentemente oscura el mes pasado -la designación de Jang Sung-taek (el marido de Kim Kyong-hui) como presidente de la Comisión Estatal de Guía de la Cultura Física y el Deporte- sugiere que la mala salud de Kim Kyong-hui ya está teniendo un impacto en el régimen. Si bien esto no sucedería en ningún estado moderno, la Comisión de Guía del Deporte incluye a los miembros más poderosos del régimen. El nombramiento de Jang para ese puesto sugiere marcadamente que la lucha interna por el poder ya se está calentando.
El lanzamiento del misil de Corea del Norte, un hecho que se produce en medio de la incertidumbre interna producto de la salud deteriorada de Kim Kyong-hui, crea una situación extremadamente peligrosa para la comunidad internacional. Sólo si se recrudecen las sanciones de las Naciones Unidas hasta el punto en que Corea del Norte se vea obligada a abandonar sus misiles y sus armas nucleares -y China, a reconsiderar su respaldo automático- se podrá disuadir al régimen de nuevas maniobras, más amenazadoras.
Sin embargo, dada la continua oposición de China a más sanciones, las esperanzas de que esto suceda son muy pocas. Mientras China no coloque sus responsabilidades como potencia global moderna por encima de sus estrechos intereses nacionales, el peligro de Corea del Norte crecerá de la mano de un régimen de Kim que se vuelve cada vez más inestable.