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El sacrificio de la vaca alazana ocupa un sitio aparte en medio del libro del desierto, porque precisamente solo está previsto en figura para las necesidades del mismo. Como los otros sacrificios, este representa en ciertos aspectos la persona y la obra de Cristo. Esta vaca alazana, perfecta, sin ningún defecto, y que nunca había llevado yugo, evoca a Aquel que fue la víctima sin mancha y no conoció, como nosotros, el terrible yugo del pecado. Cuando la víctima había sido degollada fuera del campamento, se hacía aspersión de su sangre delante del tabernáculo de reunión (v. 4). Luego era quemada totalmente. La grosura no se ofrecía a Jehová y el sacerdote no comía porción alguna. Por el contrario, las cenizas se recogían y proporcionaban una abundante provisión de agua de purificación, suficiente para lavar todos los pecados de todos los israelitas durante toda la estancia en el desierto. Este sacrificio no corresponde, como los de Levítico 4, a las necesidades de los inconversos, sino a las de los creyentes cuando estos hayan fallado. La obra de Jesús, cumplida una sola vez, es suficiente para purificar de sus pecados y mantener en la comunión a sus redimidos expuestos a la contaminación. El Espíritu Santo aplica por la Palabra (el agua) el recuerdo de los sufrimientos de Cristo (las cenizas) a la conciencia y al corazón del creyente caído.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"