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Era incrédulo y tenía mucho éxito en su pueblo; parecía sentir un gozo particular en blasfemar el nombre de Dios. Un día, en el colmo de su locura, provocó a Dios y le invitó a luchar con él en cierto bosque. Cuando llegó el día previsto, se fue al lugar que él mismo había fijado, donde permaneció unas horas. Después volvió a su casa, aparentemente gozando de buena salud y envalentonado, sin duda, por el éxito que le parecía haber obtenido.
Pero, durante su permanencia en el bosque, un mosquito se había posado sobre su ojo; sin darle al hecho mayor importancia, había espantado al insecto con su mano. Sin embargo, esa noche se le produjo una gran inflamación, de la que resultó un envenenamiento de la sangre que poco después le causaba la muerte.
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Dios había enviado un diminuto insecto para que diese cuenta del fanfarrón.
Como dice la Palabra: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado” (Gálatas 6:7).