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Nací en Rusia en el año 1863. Mi padre, que era un piadoso rabino de Polonia rusa, y fiel a las enseñanzas del Talmud, se esforzaba en seguir al pie de la letra los mandamientos de la Ley de la Torá. De esta manera esperaba justificarse ante Dios y recibir su bendición.
Desde el casamiento de mis padres, habían transcurrido seis años sin que pudieran engendrar hijos. Durante todo este tiempo rogaron a Dios que les concediese un niño, ya que, para los judíos, los hijos son, en primer lugar, una manifestación de la benevolencia divina y, en segundo lugar, brinden la seguridad de una unión estable, porque, según las prescripciones del Talmud, todo matrimonio que no puede procrear debe ser disuelto al cabo de diez años.
Con el nacimiento de un hijo varón, se vieron colmados sus anhelos. Desde mi nacimiento hasta los siete años, sufrí los efectos de una parálisis que me impedía caminar, pero esto no fue un inconveniente para que mi educación fuera extremamente severa. ¡Cuántas veces me castigó mi padre por haber dejado caer al suelo, inconscientemente o no, el pequeño casquete (kipá) con que los judíos siempre deben cubrir sus cabezas! También me castigaban si los cordones en las franjas de mis vestidos lucían desaliñados (véase Números 15:37-39), o si no despedía rápidamente a un niño no judío que hubiera venido a jugar conmigo.
Mi padre murió a los treinta y seis años. Su salud quebrantó prematuramente, por las duras privaciones que se había impuesto a sí mismo, tratando de alcanzar la santidad. Aunque era muy severo conmigo, fue un buen padre. Cuando él murió, mi madre se encargó de mi educación.
Mi madre era una mujer muy dulce, y tan piadosa como mi padre. Mis rápidos progresos en la escuela le daban gran satisfacción. Como tenía facilidad para el estudio, me dediqué a él con tesón; y, tanto mis maestros como mis parientes, pensaban que yo llegaría a ser una luminaria en Israel.