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Tras la década de 1990, las diferencias salariales se han profundizado en Suiza. Ante la indignación de gran parte de la opinión pública, surgen dos iniciativas populares para poner remedio a la desigualdad salarial entre los gerentes y sus subalternos.
Un empleado con salario medio en Novartis necesitaría de 266 años de trabajo para ganar tanto como Joseph Jiménez, el director de esta farmacéutica. Basta decir que en 2011, recibió 15.722 millones de francos por su desempeño en la transnacional helvética.
Esta diferencia salarial es la más notable de las incluidas en el informe anual del sindicato Travail. Suisse, dedicado a las enormes disparidades de los salarios en Suiza entre los ejecutivos de alto rango y sus empleados.
La sociedad helvética lanzó el debate al calificar de “indecente y excesivo” el salario de Daniel Vasella, presidente del consejo de administración de Novartis de 2005 a 2009. Su remuneración anual ascendían a 40 millones de francos.
Pero en 2010, en plena tempestad financiera, el señor Vasela fue destronado de su primer sitio en la lista de los más pagados, por Brandy Dougan del banco Credit Suisse, con sus 90 millones de francos de ganancias anuales. Beneficios 1812 veces mayores a los de su subalterno con el salario más bajo.
Pese a las críticas, la amplitud de estas disparidades ha disminuido muy poco en esta década. El sindicato UNIA calculó que en 2011 un gerente ganó alrededor de 39 veces más que su empleado de base. En 2010, la multiplicación fue por 43.
Si bien se observa una disminución mínima, esta no tiene nada que ver con la reducción de 35% de los beneficios de la cuarentena de empresas más destacadas que cotizan en la bolsa suiza (84 mil millones en 2010 y 56 mil millones en 2011).
Más millonarios
La Unión Sindical Suiza (USS) calculó que entre 1997 y 2008, el número de personas que ganaron más de un millón de francos anuales pasó de 510 a 2824.
“No existe justificación económica alguna a los salarios exorbitantes a nivel gerencial”, Ciertos limites saltaron en el viraje liberal de la década de 1990. La barrera moral, religiosa y cultural de esencia protestante, que frenaba el enriquecimiento en el capitalismo de tipo familiar, se rompió”, afirma Jean-Jacques Friboulet, profesor de Ética Económica en la Universidad de Friburgo.
La economía mostró que no era capaz de regularse sola, considera Friboulet. Por ese motivo se convirtió en uno de los precursores de la iniciativa popular ‘Contra remuneraciones abusivas’ en Suiza, que se someterá al voto ciudadano en marzo próximo.
En concreto, el texto de la iniciativa solicita someter a voto de la asamblea general de una empresa las prestaciones en dinero recibidas por los miembros de la dirección y del consejo de administración de una sociedad anónima.
Fracasos históricos
“En una democracia semidirecta, el pueblo tiene, evidentemente, el derecho de expresarse sobre estas cuestiones”, comenta Cristina Gaggini, de la organización patronal economiesuisse y opositora de la iniciativa.
“Fuera de Europa, este debate se ha comprendido. En los EE.UU., en China o en India, uno muestra con orgullo su salario, símbolo de ascenso social”, arremete.
Las disparidades salariales, a juicio de esta defensora de los derechos de la iniciativa privada, no causan el menor problema: “El fenómeno es antiguo. Las tentativas para regular estas disparidades concluyeron en fracasos bochornosos”.
El sociólogo Alessandro Pelizzari solo coincide con Gaggini en un punto: no existe una remuneración que pueda calificarse de indecente o abusiva, tal y como no se puede hablar de un salario equilibrado. “Todo se centra en una relación de fuerza que determina la repartición de los ingresos entre el capital y el trabajo; y en los últimos 20 años la balanza se inclinó en favor del capital”, explica.
“Al término del gran crecimiento económico de 1945 a 1973, los salarios representaban alrededor del 70% del PIB, contra 60% de lo que actualmente significan. A partir de ese momento, los directivos comenzaron a apropiarse una parte sustancial de los beneficios”, subraya Jean-Jacques Friboulet.
Por reducir de uno a doce la disparidad
Antes de ese movimiento económico liberal, la diferencia salarial en las grandes empresas podía multiplicarse, como máximo, de uno a 40.
“La opinión pública estimaba que el nivel de responsabilidad y de los riesgos asumidos por los dirigentes valían estas remuneraciones”, recuerda Friboulet.
Pero la situación cambió con la instauración de bonos cuantiosos y ventajas de todo género, recibidos por los grandes directivos incluso en años de malos resultados productivos.
Estas transformaciones provocaron que los jóvenes socialistas suizos se convirtieran en promotores de otra iniciativa popular intitulada ‘1:12- En favor de salarios equilibrados’.
Esta propuesta, que podría ser sometida a las urnas este año, solicita que el salario máximo en una empresa pueda ser solo doce veces mayor con relación al salario más bajo en la compañía.
“Fue necesario fijar un monto y alcanzar un compromiso que pueda tener la oportunidad de ser aceptado en votación popular”, señala Pelizzari.
Jean-Jacques Friboulet estima que una escala de 1 a 12 puede ser aceptable en el sector público, pero no se adapta al sector privado, “puesto que una economía de mercado funciona solo si los gerentes se interesan por los beneficios de la empresa”.
Cristina Gaggini, por su parte, se muestra incrédula. “Ningún Estado ha fijado un tal plafón. El salario es fuente de motivación. Si un patrón gana mucho dinero, paga también muchos impuestos: en Suiza la redistribución está asegurada desde hace mucho tiempo”.
Traducción: Patricia Islas, swissinfo.ch