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Al principio lo calificaron de "loco". Hoy, Rolf Buser, uno de los promotores de productos Max Havelaar en Suiza, contempla con satisfacción los 25 años de un comercio más justo y solidario. Una historia que inició en Sudamérica y que hoy no está libre de críticas. Entrevista.
Garantizar que los productores de los países más pobres tengan un ingreso decente que garantice un precio mínimo, independientemente de las fluctuaciones del mercado: este es el objetivo del denominado comercio justoEnlace externo, en Suiza certificado por la Fundación Max Havelaar, creada en 1992.
Primer director de Max HavelaarEnlace externo, Rolf Buser, de 69 años, ha sido testigo de un fenómeno de crecimiento exponencial. Lo que comenzó con unos pocos granos de café es ahora un negocio de más de 600 millones de francos, lo que representa más de 2 700 productos. "Cuando trabajé en América del Sur para proyectos de ayuda al desarrollo en la década de 1980 yo mismo vi las condiciones de los pequeños productores de café y cacao. Sufrieron la oscilación de los precios en el mercado mundial y la explotación de los intermediarios ", recuerda Rolf Buser.
swissinfo.ch: Usted es pionero del comercio justo en Suiza y el primero en afrontar los retos de este nuevo nicho...
Rolf Buser: En realidad, los verdaderos pioneros había sentado las bases del comercio justo en los años 1960 y 1970. Al principio no estábamos seguros de que funcionaría. La credibilidad del sistema fue cuestionado porque no había un seguimiento sistemático para controlar la forma de trabajar de los campesinos. Controlamos personalmente que el precio mínimo fuera respetado y que los productos convencionales no fueran etiquetados con el sello de comercio justo. Una tarea que más tarde fue asignada a la FLO, la organización internacional responsable de la certificación.
¿Cuáles fueron las reacciones en Suiza?
Los dos principales minoristas, Migros y Coop, eran reacios. Las preguntas recurrentes eran: "¿Los pequeños productores son capaces de ofrecer café de alta calidad? ¿Hay socios confiables?". Para convencerlos, nos dirigimos a los consumidores y al público, con una intensa campaña mediática para ejercer presión. También presentamos las experiencias en Holanda de Max Havelaar, que introdujo por primera vez en Europa el café de comercio justo en los supermercados.
Entre los productos Max Havelaar más exitosos se encuentran los plátanos. ¿Cómo fue posible sustraer parte del mercado a los gigantes del sector como Chiquita y Del Monte?
Al principio me tildaron de loco: el plátano es un producto perecedero y toda la cadena de distribución estaba controlada por las multinacionales. Sin embargo conseguimos sentar en la misma mesa a los minoristas suizos y a los pequeños productores con el fin de resolver los problemas de logística y calidad.
La competencia entre Coop y Migros nos benefició. Ninguno quería perder clientes por no ofrecer productos del comercio justo. Se dieron cuenta de que ofrecer las bananas de Max Havelaar en lugar de las de Chiquita podría atraer a más clientes.
Empezamos con dos cooperativas en Ecuador y Costa Rica. Hoy, la cuota de mercado del banano del comercio justo supera el 50%. Tras el enorme éxito de los plátanos Max Havelaar, Chiquita comenzó a preocuparse por los aspectos sociales y medioambientales en sus plantaciones. De pronto se abrió la puerta a los sindicatos que habían luchado durante décadas, a veces hasta de modo sangriento.
Café, banano, cacao, algodón, flores, y, recientemente, también oro, por nombrar algunos productos. Hoy más de 2 700 productos llevan la etiqueta Max Havelaar. ¿Hay productos que no se prestan para el comercio justo?
Creo que hay que actuar con gran prudencia en lo que concierne a los productos compuestos, en particular los derivados de diversos procesos de producción. Pienso, por ejemplo, en un ordenador con componentes de diferentes proveedores de decenas de países. También me cuestioné sobre los textiles: ¿Podemos etiquetarlos como productos del comercio justo si solo su material, el algodón, proviene del comercio justo? ¿Es correcto de cara a los consumidores? Cuando era director, decidimos renunciar a este rubro. Hoy existen normas internacionales del comercio justo que se aplican a las distintas fases de producción de los textiles.
¿La filosofía del comercio justo es la misma que hace 25 años?
No lo creo. En mi tiempo estábamos en la fase pionera y no había ninguna organización internacional que seleccionara y apoyara a los agricultores. En cambio hubo un contacto directo con ellos, lo que contribuyó en gran medida a la credibilidad del sistema. Estuve frecuentemente en Honduras y Bolivia con los productores de café y cacao. Cuando los invitamos a Suiza, dormían en casa. Quisimos darle un rostro a cada grano de café.
Con la internacionalización, existe el riesgo de que las iniciativas nacionales de certificación del comercio justo están demasiado orientadas al mercado global. Nótese, sin embargo, que con el tiempo, los criterios de comercio justo se han vuelto más estrictos y más extensos. Un ejemplo: cuando empecé, los criterios para los productores de café ocupaban cuatro páginas. Hoy, 50. También hay criterios ambientales que al inicio figuraban solo en segundo plano.
El comercio justo ha sido el centro de diversas investigaciones e indagaciones periodísticas. No ha escapado a la crítica. Algunos argumentan que sirve principalmente para tener buena conciencia…
No estoy de acuerdo en absoluto. Muchos estudios han demostrado los efectos positivos para los productores: el aumento de sus ingresos, el reforzamiento de sus cooperativas, un incremento de sus derechos a la autodeterminación, el fortalecimiento de la capacidad de negociación y una mejor posición de las mujeres en las cooperativas. Gracias a las primas adicionales para el comercio justo, que se agregan a los precios mínimos garantizados, han podido construirse clínicas y escuelas. En 2016, más de 100 millones de primas se pagaron en el mundo. Esto no solo beneficia a los principales interesados, sino también a la población local.
Ciertos estudios como el de la Universidad de Londres concluyeron que en algunos países africanos las condiciones de vida de los productores del comercio justo no eran mejores que las de los agricultores convencionales...
Cuando existen 1 240 cooperativas de productores, como en nuestro caso, siempre se pueden encontrar defectos o debilidades susceptibles de crítica. Pero hay muchos otros estudios que demuestran lo contrario. Nadie es perfecto, ni siquiera en el comercio justo. No hay que olvidar el aspecto cualitativo: hay agricultores convencionales que obtienen un mejor precio porque ofrecen un producto de calidad superior.
Algunos fundadores del sello, como la empresa Claro, se desvincularon de Max Havelaar después de la introducción de la certificación FSP, que permite incluir esa etiqueta en los productos que contienen sólo un componente del comercio justo. ¿Esto no induce al consumidor al error?
Se trata de programas específicos para el cacao, el azúcar y el algodón. Los agricultores del comercio justo no tienen suficientes oportunidades para vender sus productos. Cuatro de cada diez cooperativas consiguen vender más del 40% de sus cultivos destinados al comercio justo. No se tiene que confundir al consumidor. Es necesario comunicar de forma transparente.
Nestlé vende barras de chocolate del comercio justo en Inglaterra. ¿Acercarse a las multinacionales no es problemático, teniendo en cuenta que se les reprocha contribuir a la caída de los precios de las materias primas?
Creo que si las multinacionales quieren hacer comercio justo, deben asegurarse de que todo el sector lo sea, no solo actuar para mejorar su imagen. Tengo algunas dificultades con Starbucks, que ofrece café del comercio justo en algunos países. Repito: si queremos actuar en ese sentido, hay que hacerlo en el mundo entero, a fin de que el mensaje sea claro.
¿Cuáles son los nuevos retos del comercio justo?
Seguramente el cambio climático y las enfermedades específicas de productos como el banano o el café. Es importante que los productores se diversifiquen, sin centrarse en un monocultivo para obtener un precio más alto. Esto es fundamental, sobre todo para los pequeños agricultores, que representan el 80% de todos los productores del mundo. Tal vez se requerirá revisar todo el sistema en su conjunto: hay demasiados sistemas de certificación, demasiadas etiquetas que causan confusión tanto a los consumidores como a los productores.
En términos relativos, las condiciones del mundo rural no solo son difíciles en los países en desarrollo. ¿Tendremos pronto un comercio justo para los productores en Suiza o Europa?
Francamente, no lo creo. El movimiento de comercio justo tiene ya bastante que hacer en los países del sur.
Max Havelaar
Creada en 1992 por seis organizaciones de ayuda al desarrollo, la Fundación Suiza Max Havelaar es parte de la organización Fairtrade International. Tomó su nombre del título de una novela publicada en los Países Bajos en 1860, en la que el autor denuncia la explotación de los campesinos en las colonias holandesas de las Indias Orientales (Indonesia).
Cifra de negocios en 2016: 628 millones de francos (+21%, en comparación con 2015).
Con 75 francos por habitante en 2016, Suiza se sitúa en el primer sitio del listado mundial de compradores del comercio justo.
2 800 productos (400 más que en 2015).
1 240 organizaciones y cooperativas de 75 países son socias de la etiqueta Fairtrade (un total de 1,7 millones de campesinos).
Fin del recuadro
(Traducción: Patricia Islas), swissinfo.ch