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A principios del siglo XVI la Reforma dividió a la cristiandad occidental en dos campos. El movimiento reformado iniciado por Martín Lutero no consideraba a la Iglesia y a su máximo jefe, el papa, como mediadores determinantes para alcanzar la salvación, ni las buenas obras de los hombres como condición previa para ello, sino tan solo la gracia divina transmitida por Cristo. El hombre solo podía salvar su alma con su fe incondicional, y este camino no lo señalaba el clero u otros hombres, sino únicamente la Sagrada Escritura.
El mensaje de la Reforma se divulgó rápidamente, sobre todo en las ciudades. Se dirigía en primer lugar a los que sabían escribir y leer y fue apadrinado y moldeado por los humanistas. La nueva tecnología de la imprenta fue decisiva para su éxito; Basilea y más tarde también Ginebra se convirtieron en dos importantes centros europeos de la imprenta.