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¿Quiere Dios que nos reunamos un día específico de la semana para partir el pan? La Biblia no nos da instrucciones precisas sobre este tema, sino indicaciones espirituales que nos permiten discernir el pensamiento de Dios al respecto. En el Antiguo Testamento se menciona explícitamente el día en que se debía celebrar la pascua (Levítico 23:4-8). En el Nuevo Testamento no encontramos una prescripción tan clara, pero estamos seguros de que el deseo de Dios es que lo hagamos el domingo, el primer día de cada nueva semana.
Si nos fijamos en la costumbre de los primeros cristianos, vemos que al principio del testimonio cristiano en este mundo –al menos en Jerusalén– el pan se partía diariamente (Hechos 2:42, 46). Podemos entenderlo bien. El amor por Cristo era tan grande, y la expectativa de su regreso era tan real y cercana en los corazones de los creyentes, que partían el pan todos los días para recordar a Aquel que había muerto por ellos en la cruz unos meses antes. Pero pocos años después vemos una costumbre diferente. Leemos:
El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan
(Hechos 20:7).
En su viaje a Jerusalén, el apóstol Pablo parece haber llegado a Troas el lunes. Aunque tenía prisa, se quedó allí durante siete días, hasta el primer día de la semana, cuando tuvo lugar el partimiento del pan. Al parecer, estos cristianos tenían la costumbre de reunirse el domingo para partir el pan. Por lo tanto, no es un error si aún hoy lo hacemos así.
La costumbre de los primeros cristianos de partir el pan el domingo no es lo único que nos hace pensar en ese día. Las epístolas también hacen una referencia indirecta a ella. Veamos, por ejemplo, 1 Corintios 16:1-2; aquí se habla de las ofrendas de dinero en la asamblea, que no debían recogerse en cualquier momento. Pablo exhorta a los corintios a apartar una suma de dinero en casa cada primer día de la semana. Este pensamiento es complementado con Hebreos 13:15 y 16, que habla de un sacrificio de alabanza, pero también habla de hacer el bien, de la ayuda mutua, de compartir nuestros bienes. El primero es un sacrificio espiritual, el segundo es un sacrificio material, y ambos son agradables a Dios. El autor de la epístola añade: “Porque de tales sacrificios (en plural) se agrada Dios”. Existe, pues, una relación evidente entre la acción de gracias, por un lado, y la ofrenda material, por otro. Y si, según 1 Pedro 2:5, entramos en el santuario como sacerdotes para ofrecer sacrificios espirituales –una actividad estrechamente relacionada con el partimiento del pan–, sin duda abrimos la boca para adorar, pero también la cartera para ofrecer algún bien material. Son sacrificios agradables a Dios. Y la ofrenda que el apóstol Pablo recibió con gozo de parte de los filipenses, cuando estaba en la cárcel de Roma, fue considerada “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios” (Filipenses 4:18).
De lo anterior podemos concluir que, si las ofrendas materiales debían recolectarse el domingo, no nos apartamos del pensamiento de Dios al considerar que la otra parte de las ofrendas –la alabanza y la acción de gracias– también deben presentarse los domingos. Las dos cosas van juntas. Por cierto, este pensamiento también se confirma en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, Deuteronomio 26:10 muestra que el israelita, cuando llevaba las primicias de la tierra a Dios, debía postrarse ante Dios y adorarle.
Ahora surge la pregunta: ¿Por qué el domingo y no otro día de la semana? La respuesta parece evidente. Según el calendario judío, el primer día de la semana era el octavo, y este día es, en el lenguaje simbólico de la Biblia, el día de un nuevo comienzo. En Israel y bajo la ley, la vida se regía por el principio de que el hombre tenía que trabajar primero antes de entrar en el descanso del último día de la semana, el sábado. En la época cristiana sucede lo contrario. Dios ha hecho algo completamente nuevo. Él nos da la redención y la paz, en virtud de la obra del Señor Jesús en la cruz, sin que podamos aportar nada a ello. ¿No es obvio entonces partir el pan y anunciar su muerte el primer día de la semana, día de un nuevo comienzo?
Además, el primer día de la semana es el día de la resurrección y de la victoria. Los discípulos estaban reunidos el primer día de la semana cuando escucharon al Resucitado decirles: “Paz a vosotros” (Juan 20:19). La nueva creación, de la cual Cristo es el principio, comenzó el primer día de la semana. Por ello este día es muy apropiado para que nos reunamos en su memoria.
También surge otra pregunta: ¿Es correcto reunirnos el domingo por la mañana, o es más bíblico hacerlo por la tarde? Sin duda, hay varios argumentos a favor de la tarde. En el Antiguo Testamento, la pascua se celebraba por la noche. El mismo Señor Jesús instituyó la Cena al atardecer (esto probablemente dio origen al término “Cena del Señor”, utilizado comúnmente en el cristianismo). Los primeros cristianos también partían el pan por la noche (Hechos 20:7, 11).
Es importante tener en cuenta que en la época de los primeros cristianos, el domingo era un día de trabajo ordinario. Los creyentes judíos seguían vinculados al sábado como día oficial de descanso, por lo que debían trabajar el domingo. Debido a ello solo podían reunirse en las primeras horas de la noche. Solo en el año 321, el emperador romano Constantino declaró el domingo como día festivo oficial, libre de trabajo. Por eso muchos cristianos parten el pan el domingo por la mañana. Sin embargo, no hay ninguna instrucción en esta materia, así que tenemos libertad al respecto. Pero la mañana parece especialmente adecuada para que nos reunamos como asamblea local y le recordemos. En la noche, nuestros pensamientos y corazones suelen estar llenos de los asuntos del día, por ello nos resulta mucho más difícil estar concentrados y atentos. En la mañana nuestra mente está más despejada.
Otras preguntas se plantean en relación con la Cena del Señor: ¿Debemos partir el pan todos los domingos? ¿No es suficiente hacerlo una vez al mes? ¿O no podemos, como los primeros cristianos, hacerlo todos los días?
Repetimos: la Biblia no da instrucciones específicas sobre este tema; esto depende de nuestra sensibilidad espiritual. Sin embargo, consideremos lo siguiente: Hacerlo más a menudo no es contrario a la Palabra, pero, ¿correspondería realmente a nuestra devoción interior hacia Cristo y a nuestro estado espiritual? ¿No habría un gran peligro de que esto se convirtiera en una acción formal, en un rito? ¿Nos hallamos realmente en tal estado de frescura por Cristo que nuestros corazones estarían dispuestos a recordarlo cada día para partir el pan?
A la inversa, preguntémonos: ¿Podemos imaginar un domingo en el que no pensemos en los sufrimientos de nuestro Señor y en su victoria en la cruz? ¿No nos estaríamos perdiendo algo si no nos reuniéramos con nuestros hermanos para anunciar la muerte del Señor? ¿Y acaso el Señor no nos espera cada domingo para que le llevemos su ofrenda?
Aunque en la Biblia no hay una exhortación directa a partir el pan el domingo, sí encontramos una serie de indicaciones que nos permiten reconocer el domingo como el día más apropiado para ello. Los primeros cristianos también lo hacían los domingos. El domingo es el día de los nuevos comienzos, el día de la resurrección del Señor. Por lo tanto, es especialmente adecuado para anunciar su muerte, gracias a la cual fue posible este nuevo comienzo.