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En el último día de su vida, Annemarie Trechsel fue a almorzar con su marido e hijo. Tras la comida, la frágil mujer de 78 años se dirigió al piso de su hija en Berna. El acompañante de Dignitas llegó a las 13:15. Dos horas más tarde, Trechsel estaba muerta.
“Cuando volvió de la comida estaba contenta y serena. Solo quería acabar con todo eso”, recuerda hoy su hija, Bettina Kläy. “No quiso oír música, a pesar de que le encantaba. Daba la impresión de haber dado por terminada su vida”.
Al permitir a Trechsel venir a su casa para acabar con su vida en julio de 2003, Kläy cumplía con el expreso deseo de su madre, pero igualmente temía haber abierto la puerta al riesgo de un juicio penal.
“Es que el suicidio asistido es legal en Suiza siempre que la persona que ayude no tenga intereses egoístas ni se beneficie con la muerte del paciente. Pero yo, en tanto que heredera de mi madre, tuve temor de enfrentarme a problemas legales”, explicó Kläy.
En sus últimos años, Annemarie Trechsel vivió en una residencia de ancianos pero, a pesar de que el director de la institución era favorable a su decisión de poner fin a sus días, no le dio permiso para realizar el suicidio asistido dentro del establecimiento.
“Eso nos dejó con la alternativa entre el piso de Dignitas en Zúrich o mi casa. Cuando le comenté a mi madre las posibilidades, prefirió sin dudarlo morir en un entorno familiar”.
Protocolo del suicidio
Tal como se establece en el detallado protocolo de suicidio asistido, el representante de Dignitas contactó con la policía al momento de confirmarse la muerte de Trechsel por ingestión de Natrium – Pentobarbital mezclado con agua. Un policía local llegó media hora más tarde e inmediatamente llamó a un médico forense.
“Investigaron en la habitación a consciencia y nos hicieron esperar fuera. Buscaban signos de violencia, pero todo había sido hecho correctamente. Afortunadamente, nunca he vuelto a oír hablar del caso”.
Kläy tenía una relación muy cercana con su madre. “Era una persona encantadora, muy comunicativa. Tenía poemas publicados. Su independencia contaba mucho para ella”.
Trechsel sufrió un ataque a los 72 años que le dejó serios problemas del habla, estabilidad y de movilidad. “A veces cuando la visitaba, solo podía decir una frase en una hora. Esta es una de las razones por las que quiso dejar de vivir”.
Kläy y su familia intentaron permitir que su madre viviera de manera independiente tanto como fuera posible, pero tras un accidente doméstico decidieron ingresarla en una residencia. Tenía entonces 75 años y dio su consentimiento.
Deseo de morir
“Cuando por primera vez expresó sus deseos de morir, intentamos disuadirla. Lo interpreté como un síntoma de depresión y le dije que esperara a la primavera para sentirse mejor. Pero tras cierto tiempo me di cuenta que estaba herida porque sentía que no la tomaba en serio”.
Poco a poco, Kläy se hizo a la idea de cumplir con el deseo de su madre. “Y es que notaba lo infeliz que era con su cuerpo enfermo y sus problemas del habla. Es así que pude entender su punto de vista y quise ayudarla a cumplir con su voluntad”.
Trechsel conocía a Dignitas y el trabajo que realizan, pero no se veía capaz de llevar adelante el proceso sola. Es por ello que pidió a su hija que se pusiera en contacto con ellos y lo arreglara todo en su nombre.
Cuando el representante de Dignitas visitó a Trechsel, ésta podia aún comunicarse y pudo expresar sus deseos y demostrar que mantenía toda su lucidez. Firmó los documentos necesarios y, en el día de su muerte, se le pidió que pusiera su firma en una última confirmación de su voluntad de morir.
El círculo de la confianza
Un pequeño grupo de gente de confianza, compuesto por el marido de Trechsel, su hijo e hija y un viejo amigo estaban al tanto de sus planes y la apoyaban.
“Cuando se fijó la fecha con un mes de anticipación nos dimos cuenta que lo peor era la espera. Saber que mi madre iba a morir un día preciso y continuar con mis quehaceres cotidianos como si nada pasara fue muy duro”.
“Pero al final fue muy bonito: una muerte serena y digna. Por supuesto que mi corazón estaba destrozado, pero al mismo tiempo me sentía bien porque mi madre obtuvo la paz que tanto quería”.
“No hubo sorpresas ni choques. Hubiera sido más grave si de pronto hubiera cambiado de parecer una vez que habíamos recorrido tanto camino juntas”.
La familia no sabía qué explicar a la gente acerca de las circunstancias de la muerte de Trechsel. “Al principio pensamos en decir la verdad solo a los miembros de la familia, pero mi hermano consideró que deberíamos ser coherentes con la decisión de mi madre. Es así que dijimos la verdad a todo el mundo, y estuvo muy bien”.
Kläy se sorprendió al ver la reacción positiva y comprensiva de la mayoría de la gente. “Incluso hubo personas que vinieron a contarnos historias similares que ocurrieron en sus vidas. Esta experiencia me sirvió para darme cuenta que el suicidio asistido es algo más común de lo que pensamos”.
Suicidio asistido
La ley suiza tolera el suicidio asistido siempre y cuando el paciente cometa el acto por su propia mano y quienes le ayudan no tengan ningún interés egoísta en su muerte. El suicidio asistido se practica en este país desde los años 40.
La muerte es inducida, en general, a través de una dosis letal de barbitúricos recetados por un doctor. Pero la ingestión del veneno, ya sea bebido o a través de una inyección intravenosa, debe ser llevada a cabo por el paciente que desea morir, sin ninguna ayuda externa.
Una decisión del Tribunal Federal suizo de 2006 estableció que toda persona en uso de sus capacidades mentales (sin tomar en cuenta si eran o no enfermas terminales) tiene el derecho a decidir sobre su propia muerte.
En junio de 2011 el Gobierno examinó varias opciones a fin de regular la asistencia al suicidio, pero decidió abstenerse, pero en cambio potenciar la prevención del suicidio y los cuidados paliativos.
En Suiza existen dos organizaciones que proveen la asistencia al suicidio, se trata de EXIT y Dignitas.Fin del recuadro
Traducción, Rodrigo Carrizo Couto, swissinfo.ch