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El milenio es caracterizado especialmente por el hecho de que Cristo como Rey y Mesías morará sobre esta tierra, en medio del renovado pueblo de Israel y en medio de la creación renovada.
El pueblo habrá regresado de la dispersión, y el gemir de la creación habrá terminado. Jerusalén, la ciudad de Dios en la tierra, alumbrada desde el cielo, será –como residencia del Rey– el centro de toda la gloria terrenal. Saldrán del trono la paz y la justicia, un espectáculo desconocido en la tierra hasta aquel momento.
Satanás y sus ejércitos serán atados en el abismo, de modo que ya no podrá seducir y tentar a nadie. Entonces se habrá cumplido la palabra que está escrita en el Salmo 8, versículo 1 “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuan glorioso es tu nombre en toda la tierra!”