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La historia de Mariam
Mi marido ya vivía en Suiza cuando lo conocí. Su familia vivía a unas pocas calles de mi familia, en nuestro país. Él era el hijo mayor que había tenido éxito en el extranjero. Hace algunos años, él visitó a su familia durante las vacaciones de verano, nos encontramos por casualidad y yo me enamoré.
Al principio, él me trataba bien. Era cariñoso, me regalaba joyas, me escribía cartas de amor. Mi familia se alegró por mí, ya que había encontrado al hombre perfecto. Después de unos meses nos casamos de forma tradicional y él me trajo a Suiza.
Aquí, todo era nuevo. La lengua, la cultura, el clima, la gente. Yo no hablaba alemán ni francés. Y de repente, cuando vine aquí, mi marido me mostró una parte suya muy diferente. No me permitía salir de casa ni juntarme con otra gente. No me daba dinero. En casa, no tenía permiso de estar en el sofá y mirar la tele – tenía que estar ocupada. Limpiando, cocinando, arreglando la casa. Cuando una vez no obedecí, me golpeó. Yo me quedé paralizada y no entendía por qué él me hacía esto. Primero yo pensé: Fue solo una vez. Dos veces. Y así, cada mañana siguiente me dijo: "Lo siento tanto. Estaba borracho, perdí la paciencia. Jamás volverá a ocurrir de nuevo."
Hablando por teléfono con la familia de mi marido y contándoles la situación, me dijeron: Si fueses una mejor esposa él te trataría mejor. Yo no tenía permiso para hablar con mi propia familia, mi marido nunca me dio un teléfono. Mi mayor miedo era; perder a nuestra hija. Él me amenazaba una y otra vez: "Si le dices esto a cualquier persona, yo me quedo con nuestra hija y Suiza te expulsará."
Yo no conocía la ley de aquí. Yo no sabía que existían casas para mujeres maltratadas y centros de consultas para víctimas. Tampoco sabía que hubiese podido hablar con mi médica familiar o una asistente social. Tiempo después, ambas me dijeron que, si les hubiese contado de la violencia que viví, me hubieran ayudado. Pero en mi país, los hombres pueden tratar a las mujeres como quieran. Busqué información en Google -en mi lengua materna- pero no encontré nada. Y por esto, seguí casada.
Pero una noche, una gota rebalsó el vaso. Me golpeó otra vez y en ese momento me dije: Ya no puedo más, tengo que salvar a mi hija y también salvarme a mí misma. Tomé a mi hija y me fui de la casa. Durante horas caminé por las calles, solo en calcetines, buscando a la policía para que me ayudara. Cuando encontré un coche patrulla les conté en alemán fragmentado lo que había ocurrido. La policía me trató muy bien, primero me llevaron a la guardia y luego a una casa para mujeres maltratadas.
Esto lo agradecí inmensamente. Las trabajadoras sociales de allí me salvaron. Al día siguiente, la policía fue a casa de mi marido y trajeron consigo mi ropa, mi pasaporte y mis documentos. En la casa para mujeres maltratadas aprendí las leyes suizas. Aprendí que podía divorciarme, que la violencia es ilegal y que como mujer tengo derechos. Lamentablemente, aprendí demasiado tarde que hubiese sido una buena idea documentar la violencia – por razones jurídicas.
Durante el tiempo que estuve en la casa para mujeres maltratadas, las otras mujeres se convirtieron en mis amigas y lentamente me recuperé del agobio. Mi alemán mejoró, encontré un apartamento y un trabajo. Actualmente estoy divorciada y vivo libre. Soy feliz y mi hija también. La educo de una forma para que sepa, que ningún hombre tiene el derecho de tratarla mal.