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Alice Henkes. 2012
Supongamos que usted pudiera ser el fiel de la balanza cuando el señor X y la señora Y pidieran la nacionalidad en su país de origen. ¿Preferiría dar la bienvenida a un señor deportivo o a una señora interesada en la cultura? ¿Le caería más simpático un no fumador adicto al cine que una dama melancólica amante de la naturaleza? Quizás piensa que ni los músculos bien entrenados ni una preferencia hacia un determinado compositor tendrían que influir en cuestiones de pertenencia a una nación. ¿Está seguro de que esto es así?
“Todo pordiosero que no tiene nada en el mundo que le enorgullezca, se vuelca en lo último que le queda: la nación a la que pertenece, para sentirse orgulloso” apuntaba Arthur Schopenhauer. No solamente en este asunto discrepaba claramente el filósofo alemán de la opinión de sus contemporáneos y de la mayoría de las generaciones que le siguieron. La propia nacionalidad sigue siendo para muchas personas un elemento determinante para definir su identidad. No se trata tanto de la comunidad política que representa el estado, sino de unas ideas más sutiles sobre una cultura común, acerca de una mentalidad unificadora. Para proteger estos valores, muchos estados intentaban y siguen intentando reglamentar la inmigración procedente de otras regiones y culturas del planeta, para proteger la propia nación y tradición. Suiza, que fue durante mucho tiempo un país de emigrantes debido a la gran pobreza de su población rural, se transformó en el curso del siglo veinte en un estado rico, en una isla separada del resto de Europa, aplicando una política de naturalización rígida y marcada por un miedo acentuado a una extranjerización. Temor surgido como reacción a las migraciones en la población europea, provocadas por las dos guerras mundiales.
Con su proyecto “Pass auf!”, instalado en 2005 en el centro cultural “Progr” en Berna y presentado de nuevo en 2012 en el Centro de Arte Contemporáneo de Ginebra, Adela Picón cuestiona e ironiza los rituales severos del proceso de naturalización y la idea de una unidad nacional anclada profundamente en lo personal. Los visitantes pueden solicitar un pasaporte virtual a través de un ordenador integrado en una cabina que recuerda un fotomatón. Lo pueden hacer de forma anónima, pero entregando datos sobre sus preferencias y aversiones, sus pensamientos y su estado de ánimo. “Me gusta bailar” se puede marcar, o “ A menudo estoy triste”. Uno se puede presentar como un fumador comilón que disfruta mirando la tele en su sofá, o marcar las crucecitas de modo que uno se transforma en un vegetariano aficionado a la bici y con un gusto musical muy cool. Quien lo prefiera también puede diseñar su foto de pasaporte de forma adecuada. Todos estos datos aparecen al final, en unos perfiles personales anónimos de todos los candidatos inscritos. Lo que no consta son el nombre, la dirección y la nacionalidad actuales. En una segunda fase, los visitantes pueden votar sobre quién recibirá el pasaporte o quién no.
Sustituyendo datos objetivos como edad, nombre o profesión por criterios aparentemente irrelevantes, Adela Picón señala que detrás de una decisión de adhesión nacional supuestamente racional se esconde otra dimensión, que en cada acto administrativo subyace un elemento de dinámica de grupo en el cual se hacen efectivos mecanismos de demarcación emocionales e irracionales. En este contexto, el rechazo al otro contribuye al fortalecimiento del propio grupo. Si un grupo de buenos vecinos saludan a sus nuevos habitantes siempre de manera distante y con un cierto rechazo, o un equipo de trabajo majo incordia sistemáticamente a un determinado colega, no suelen encontrarse normalmente razones concretas sino un sentimiento difuso de sentirse diferente.
Generalmente, ni los que se desmarcan de otros ni los que se ven marginados son conscientes de los mecanismos en juego. Los sociólogos Norbert Elias y John L. Scotson analizaron este proceso en su famoso estudio “Establecidos y marginados” a finales de los años 50, tomando como ejemplo una pequeña urbanización en los Midlands de Inglaterra. A un lado de la vía del tren, los habitantes de “toda la vida” intentan preservar su mundo de “siempre lo hicimos de esta manera”. Y al otro lado, viven los recién llegados, sin poder establecer buenos contactos con la comunidad ya residente porque ignoran las maneras y comportamientos del lugar. Las viejas familias se sienten de una manera inconsciente amenazadas en su tradicional modo de vivir y empiezan a sentirse inseguras. Pero no se puede hablar de esta inseguridad, por lo tanto son cosas insignificantes que llegan a ser estigmas de la diferencia. Un peinado determinado o una afición particular se convierten en los “Midlands”, como en el resto del mundo, en oportunidades para hablar mal de los demás.
Solamente un “outsider” de la disciplina pudo realizar tal estudio, apuntaba un colega de Norbert Elias. Personas de fuera que se acercan a un grupo, a una sociedad, y se percatan de detalles que para aquellos socializados en el grupo se diluyen en una cotidianeidad demasiado familiar. Este también es el caso de Adela Picón. Un trabajo tan irónico, inteligente y crítico como es el “Pass auf!” necesitaba de esta mirada externa al sistema de naturalización tan severo de Suiza. Hace veinte años que la artista española vive en Berna y conjuga la mirada libre de los extraños con un conocimiento preciso de la situación local. Esta mezcla particular, la experiencia de sentirse extranjera y el imperativo de tener que resituarse, llevaron a la artista de formación pictórica hacia un arte cada vez más instalativo y procesual.
Adela Picón percibe su traslado desde España a Suiza como una ruptura y reacciona con una mirada hacia atrás, con una búsqueda de la orientación. Una parte importante de su trabajo constituye lo que ella llama documentos, que son objetos que le han quedado de su infancia y de su familia. Las fotografías o fotocopias para proyectarlas sobre un lienzo y transformarlos en pintura. Trabajando paso a paso, la artista digiere la distancia creciente hacia su origen.
En otros trabajos, Adela Picón reconstruye desde la memoria los ornamentos enredados de tejidos y papeles pintados de su casa materna. A veces integra partes de estas telas y papeles en sus cuadros. Lo mismo hace con una muñeca que habla, rescatada de su infancia. Los miembros de la muñeca se enredan con ornamentos de papeles pintados en un entramado de tiempos pasados, de imágenes y vivencias irrecuperables. En trabajos posteriores aparecen órganos enfermos de un libro de medicina. A nivel de contenido, la artista acentúa su mirada hacia el interior donde descubre cambios. Estos trabajos realizados a mediados de los años noventa todavía se inspiran fuertemente en su propia biografía.
Pero en estos cuadros con elementos de collage inicia un cambio en el proceso de trabaj0, un acercamiento a medios de expresión más allá de la pintura. Es una reorientación artística que, en el caso de Adela Picón, se realiza de manera extraordinariamente consciente y ante los ojos del espectador. La artista no sorprende al público simplemente con una obra en una técnica no utilizada anteriormente, sino que ella lo implica en su búsqueda del nuevo material. En un video-performance, presentado 1998 durante el Festival de Cine de Mujeres en Berna, Adela Picón se presenta vestida de negro y repartiendo pintura liquida de color naranja intenso en su cuerpo, haciéndose de alguna manera lienzo a si misma.
Pero Adela Picón se aleja aún más del rol del artista trabajando delante de un lienzo, acercándose a la vida de los demás. El arte deviene para ella paulatinamente un medio no solamente para hablar de su propia vida, sino para investigar la sociedad y sus mecanismos ocultos. Su experiencia entre dos culturas, viviendo con dos lenguas, le hace desarrollar una sensibilidad especial para las fisuras de la vida. Adela Picón observa y analiza la sociedad que le rodea con la mirada despierta y concentrada, de alguien que llegó de fuera. Su trabajo habla de un profundo interés por los seres humanos que encuentra y de la convicción que en este mundo nos organizamos siempre de una manera provisional. La artista llegada del extranjero, se interesa a menudo por personas que se sienten algo extrañas en su propio mundo, como por ejemplo mujeres ancianas que se han hecho mayores y que su propio mundo se les ha vuelto extraño, ajeno.
Para su instalación “Vis-à-vis” en el “Quiosco”, un espacio de arte alternativo en el barrio de la Lorraine de Berna, Adela Picón toma contacto con las habitantes de una residencia de ancianos, que se encuentra justo en frente de este espacio. Les pide a cinco residentes que le presten los cuadros que tienen colgados en las paredes de sus habitaciones para su exposición. La artista desplaza estos cuadros, desde el último espacio privado de estas personas, al espacio público del arte. Se trata mayoritariamente de gente humilde: una de las señoras tiene, como única decoración, un diploma de agradecimiento a su fidelidad por sus 40 años trabajados en una lavandería. A cambio, Adela Picón instala unos objetos monocromos en la residencia de ancianos. La artista no busca mostrar las conocidas diferencias estéticas entre clases sociales, sino crear un puente entre el espacio de arte y su vecindad. Ella aplica literalmente la habitual y proclamada intención de los espacios de arte no comerciales, de querer acercar el arte a la población, tejiendo un lazo entre un joven arte contemporáneo y habitantes ancianos del barrio. Dos mundos muy alejados a pesar de su proximidad geográfica.
Con sus trabajos, Adela Picón investiga objetos y lugares poco espectaculares. Con una mirada fresca explora lo aparentemente cercano, lo familiar. A veces actúa como la heroína de una novela picaresca que pone en evidencia las malicias del mundo por su propia ingenuidad. En el proyecto “La Venta”, el espectador ingenuo peligra caer en la trampa del bufón. La artista actúa en un video como una experta de arte elegante, ofreciendo al público las obras de 36 artistas de Berna. Los artistas y las obras, descritas por Adela Picón en castellano, son todos reales, pero en la instalación las imágenes y el texto generalmente no se corresponden. Unos breves subtitulos dan algo de información en alemán, e incluso los que no entienden el castellano se dan cuenta en seguida que aquí uno no recibe toda la información. Quien no conoce el mundo del arte en Berna tardará en descubrir que la imagen y el texto no coinciden. El espectador se encuentra fácilmente en una posición parecida a la del forastero que intenta orientarse en un nuevo entorno complejo, donde encuentra mucha información que contribuye más bien a la confusión que al esclarecimiento.
Información codificada y signos enigmáticos se encuentran a menudo en la obra de Adela Picón. Ella analiza intensamente las reglas y las convenciones como lenguaje social. Un lenguaje de gestos y comportamientos cotidianos que transmiten nuestras ideas e interpretaciones del mundo, de la misma manera que nuestro propio posicionamiento en él. Para ello, Adela Picón no utiliza siempre motivos claramente políticos o provocadores. Su obra trata igualmente temas inofensivos a primera vista. En su proyecto de larga duración denominado en español “Still Life – Puesto a la día”, iniciado en 2003, dos motivos clásicos de la pintura se solapan: el retrato y la flor. Las personas posan delante de una superficie, sobre la cual se proyectan con diapositivas imágenes de flores, donde humanos y naturaleza se unifican. En la serie “Flower Power”, ella proyecta las diapositivas directamente sobre los cuerpos de mujeres jóvenes. Las imágenes llevan nombres de países y recuerdan representaciones alegóricas de países o estaciones del año, imágenes muy populares en siglos anteriores. Los iniciados en la historia del arte buscan automáticamente en este mar de flores símbolos que se podrían relacionar con ideas preconcebidas sobre las naciones citadas. Pero el título “Flower Power” recuerda también a los hippies, los hijos de las flores, y sus propuestas de una vida alternativa al capitalismo.
En la video-instalación “Locutorio”, encontramos una fila de cabinas de teléfono. En ellas se ven sentadas personas que hablan, gesticulan y escuchan, sobre todo inmigrantes, refugiados y gente procedente visiblemente de otro lugar del mundo, que sólo pueden comunicarse por teléfono con sus amigos y parientes en tierras lejanas. Podemos únicamente suponer de qué estarán hablando, y pensaremos probablemente que se trata de preocupaciones personales, problemas de dinero o de la añoranza, todo temas que parecen corresponder al estatus de forastero. Pero quien mira con detención puede reconocer entre los que están hablando artistas que llegaron a Suiza desde un país extranjero, como lo hizo Adela Picón. En realidad no se trata de extranjeros “comunes” y ellos no hablan de preocupaciones y problemas comunes, sino sobre cuestiones de arte y del rol de los artistas. Algunos diálogos en inglés, francés o castellano nos lo confirman. Con este trabajo audiovisual, basado en una escena de sencilla cotidianeidad, Adela Picón nos remite no solamente a nuestros propios prejuicios y a la costumbre de juzgar en base a muy poca información. Mostrando una situación cotidiana que creemos reconocer y entender inmediatamente, pero contrastada fuertemente por su sonido, este trabajo desmonta también la idea muy generalizada de que la realidad se pueda documentar de una manera muy simple con medios fotográficos o audiovisuales.
No es casualidad que el espectador del “Locutorio” se encuentre de nuevo en el rol del forastero que, aún llegando a comprender algunas frases, tiene generalmente bastantes dificultades para orientarse en este mundo de cabinas telefónicas. Como si de repente se encontrara en el extranjero, tiene que intentar orientarse por pequeños signos. Signos que pueden ser engañosos. Pero el forastero ve más, como demuestra muchas veces el trabajo de Adela Picón. El poeta y director de teatro hungaro-alemán George Tabori estaba convencido de que “cada artista tiene que ser un forastero para describir el mundo”. El artista era para él una especie de brujo que enseña a la gente lo que no quiere saber. Y solamente eso es lo que cuenta, “mostrar lo que la gente no sabe o no quiere saber.”