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Para enseñar a su hija que el pecado es una cosa sucia, una madre tenía la costumbre de hacerle lavar la boca cada vez que esta mentía. Al mismo tiempo le explicaba que esas cosas malas que salían de su boca venían de su corazón malo, el cual necesitaba ser limpiado.
Cierto día en que la niña había vuelto a mentir y su boca había sido lavada, la pequeña estuvo largo tiempo triste y callada. Luego, con lágrimas en los ojos, le dijo a su madre: –Mamá, me hiciste lavar la boca, pero ¿quién lavará mi corazón?
Es cierto, ella comprendía que el agua con la cual se lavaba la boca no podía alcanzar el corazón ni tampoco limpiarlo. No obstante, existe un medio por el cual podemos ser limpios: debemos acudir al Señor Jesús, contarle todo lo malo que hemos hecho y pedirle que nos perdone; pues él murió para borrar nuestros pecados con su sangre. Esto fue lo que la madre explicó a su hija; enseguida la niña se arrodilló y pidió al Señor Jesús que lavara sus pecados y limpiara su corazón. Luego se levantó segura de que el Señor Jesús la había perdonado. En su corazón fue creciendo, en vez de lo malo, el amor hacia su Salvador.
Lávame, y seré más blanco que la nieve
(Salmo 51:7).