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Musharaff Khan cuenta de Hazrat Inayat Khan
un episodio de su infancia en Baroda – Gujarat - India
Ya como chiquillo yo deseaba, de libre albedrío, participar en el mes de Ramadán y ayunar como todos los demás lo hicieron. Mi padre me dijo que yo no debería sentirme obligado a hacerlo, todavía muy joven como era yo, pero yo lo deseaba lo mismo. Recuerdo que era más difícil no beber, y yo solía ir a la plaza donde las jarras frescas estaban, llenas de agua; y cuando se hizo casi insoportable, toqué las jarras con mis dedos, pero dije a mí mismo, al mismo tiempo, que no debería beber de ellas, sólo sentir su superficie fresca.
Mi hermano mayor, Inayat Khan, viajaba incansablemente. Esto de niño me dio tanto dolor. Cuando llegó a casa, le seguía a todas partes, y donde se sentó, yo estaba también. Cuando fui creciendo, y él regresaba de su exitosa gira musical, lo escuchaba todas las mañanas, cuando cantaba sus oraciones matutinas. A menudo, lo encontré con su Vina, conmovido hasta las lágrimas por su propia música. Yo estaba con él en sus meditaciones matutinas y le rogué de ablandar su estricta disciplina que su Murshid exigió de él.
Yo deseaba tanto aprender de él, y me enseñó la oración matutina, y desde ese día la canté con él. Desde entonces se ha convertido en mi oración de todos los días hasta hoy mismo. Llegó el día cuando dijo a su padre: 'Padre, ahora tengo que irme.’ Sus discípulos le estaban esperando. Mi padre no trató de detenerlo, pero Inayat Khan debía haber sentido lo difícil que era para nuestro padre de separarse de él; por esta razón, pospuso su salida una vez más. Fue un gran dolor también para mi segundo hermano, Maheboob Khan, que él nos dejaría. Siempre ha habido un vínculo muy profundo y gran amistad entre ellos.
Finalmente, llegó el día en que todos caminamos hasta la estación del tren, llevábamos guirnaldas de flores para su despedida. Yo estaba tan infeliz que sólo podía mirarle a la cara. Me compró un silbato. Entonces Inayat Khan se dio cuenta de que uno de mis compañeros de clase había venido conmigo; nos dejó por un momento para comprar otro silbato para él. Pero yo no quería mi silbato, sólo podía mirarle a la cara. Él trató de consolarme con promesas, pero cuando el tren comenzó a moverse, yo lloré desconsoladamente. Para días enteros nada me traería alegría, ni la vida me parecía tener sentido. Mi padre hizo esto o el otro para animarme, pero yo estaba demasiado triste para buscar una distracción.
Y me maravillé tanto de él. ¿Se convertiría en un faqir, un asceta? Sería un ermitaño y viviría lejos del mundo? Cuando pensé en lo que habíamos aprendido de nuestro padre, me daba miedo por él. Una vida normal como hombre en el mundo era el concepto de nuestro padre en relación con el deber. Era tan honesto y sincero, que sus conceptos se habían profundamente grabados en nosotros. Aparecían a nosotros como los únicos justos.'
Con profunda gratitud, querido Musharaff, para tu trabajo y testimonio.
Abu Huraira cuenta que el Profeta (S) dijo: ‘Cuando empieza el mes de Ramadan, los portales del Cielo se abren, y las puertas del infierno están cerrados; y los diablos son arrestados y puestos en cadenas.’
Ya Shakur
Puran