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En 1969, y en el marco de un tenso clima político que venía arrastrándose desde comienzos de la década, El Salvador y Honduras se disputaban una plaza para el campeonato del mundo de 1970 en la zona Concacaf. Este organismo agrupa, bajo el paraguas de la FIFA, a las federaciones de fútbol de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe. Tras el suicidio de una seguidora salvadoreña y la muerte de varios aficionados hondureños se produjeron numerosos disturbios, incendios, algunos incidentes fronterizos...y la victoria final de El Salvador, el 26 de junio, en el partido jugado en México sobre terreno neutral.
El 14 de julio comenzaba la guerra. Tegucigalpa, capital de Honduras, fue bombardeada y el ejército de tierra salvadoreño progresó rápidamente. Cuatro días después se firmaba un alto el fuego y el conflicto finalizaba con un acuerdo...y 2.000 muertos. ¿Guerra del fútbol? Los historiadores prefieren denominarla 'guerra de las cien horas', porque si bien es cierto que el fútbol tuvo un papel detonante, conviene situar el conflicto en un contexto político, social y económico bastante más complejo.
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