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Hace 40 años se produjeron en Zúrich disturbios protagonizados por jóvenes. Los manifestantes reivindicaban mayor espacio para la cultura. ¿De qué modo afectó a la ciudad aquella revuelta? Entrevista al sociólogo y urbanista Christian Schmid sobre los disturbios de 1980, su legado y lo que ha pervivido.Este contenido fue publicado el 15 junio 2020 - 11:00
- Deutsch Opernhaus-Krawall: "Da war plötzlich ein Damm gebrochen" (original)
- Italiano "Una città è esigente, altrimenti non è una città"
- 中文 歌剧院骚乱：“大坝突然决堤”
- Français Christian Schmid: «Une ville est exigeante, sinon ce n’est pas une ville»
- Pусский Как ровно 40 лет назад швейцарская молодежь подняла восстание!
swissinfo.ch: A finales de mayo de 1980 se produjeron en Zúrich una serie de disturbios. ¿Contra qué se dirigían?
Christian Schmid: La razón concreta fue que en la década de 1970 la ciudad de Zúrich había suprimido, literalmente, la cultura juvenil y los espacios alternativos. La policía había cerrado una serie de restaurantes y lugares de encuentro con la excusa de que allí se consumían drogas ilegales, lo que también era cierto. Y prácticamente, no quedaban lugares de actuación, que no fueran comerciales, para todas las bandas de música que ensayaban en las tabernas.
En 1977 los vecinos de Zúrich decidieron en las urnas convertir el área de una antigua fábrica de ladrillo -la “Rote Fabrik” (la fábrica roja)- en un centro de cultura alternativa. Sin embargo, el gobierno municipal no implementó la decisión popular. En cambio, en 1980 llevó a las urnas un préstamo de 60 millones de francos para la renovación del Opernhaus, el Teatro de la Ópera de Zúrich. Fue un doble revés. No había dinero para la cultura alternativa pero además ¡la fábrica roja iba a servir de almacén para los fondos de la Ópera durante los siguientes años!
El 30 de mayo de 1980 cerca de 300 personas se reunieron frente a la Ópera para protestar contra ese proyecto. De repente, la policía salió del Teatro de la Ópera con material antidisturbios y la situación se agravó notablemente. En un instante acudieron centenares de personas de un concierto de Bob Marley y la canción Get up, stand up for your rights (Levántate, defiende tus derechos) se hizo realidad. Y tuvo lugar la mayor batalla callejera desde 1968. Este incidente fue el inicio de dos años de disturbios en Zúrich y caracterizaría toda la década.
¿Por qué ese estallido?
Tuvo mucho que ver con la estrechez de miras del gobierno municipal, más propio de una ciudad pequeña. Zúrich era una de las ciudades más aburridas que se pueda imaginar.
Al mismo tiempo, la revuelta fue también un efecto de la globalización, que había comenzado en la década de 1970 en el sector de la banca, con el surgimiento de la plaza financiera. El contraste entre la estrechez provinciana de la ciudad y la aparición de redes mundiales, que empezaba también a surgir en el mundo de la cultura, se hizo insoportable. Enseguida hubo también revueltas en Berna, Lausana y Winterthur.
¿Y fuera de Suiza?
Se puede hablar, ciertamente, de un movimiento de los años 80, como se habla del movimiento del 68. En torno a 1980 hubo una amplia oleada de movilizaciones, algunas de la cuales acabaron convirtiéndose en revueltas: en 1977, el movimiento Autonomía de los Centros Sociales, en Italia; a partir de 1979 el movimiento de okupas en Berlín y de los “kraakers” en Ámsterdam. Desde 1981 se produjeron también disturbios en Inglaterra, en particular en Brixton, un barrio londinense habitado mayoritariamente por negros.
¿Qué caracteriza una revuelta?
Detrás de la mayor parte de los movimientos -como el movimiento a favor del clima- se encuentran generalmente organizaciones que informan, movilizan y convocan manifestaciones. Las revueltas en cambio son desorganizadas, espontáneas e impredecibles.
¿Totalmente desorganizadas?
Bueno, simplemente se organizan de manera diferente. El comienzo de la década de 1970 estuvo marcado por la actividad de grupos comunistas disidentes, maoístas, leninistas, trotskistas, anarquistas y otros muchos más. A finales de esa década el campo político empezó a verse más influenciado por la cultura, había hecho su aparición el punk y los apartamentos compartidos jugaban un papel cada vez más importante. A raíz de la crisis económica de 1973 unos 300 000 trabajadores extranjeros fueron enviados de regreso a sus países de origen en unos pocos años. Muchos de ellos habían vivido en casas mal mantenidas en el centro de la ciudad. Allí se metieron, y esos apartamentos se convirtieron en importantes lugares de reunión. En una ciudad en la que cada vez había menos locales, la gente se organizó a nivel informal.
¿Cuál es el legado de los años 80 en la ciudad?
El teórico del urbanismo Henri Lefevre solía decir que los auténticos cambios sociales se manifestaban siempre en la vida cotidiana. Si tomamos esto como criterio de valoración, entonces ¡hubo casi una revolución!
Las instalaciones del puerto lacustre de Zúrich son un excelente ejemplo de esto: su reglamentación era muy estricta. Estaba prohibido pisar el césped y tumbarse en el parque en traje de baño era inapropiado -para eso estaban las piscinas al aire libre. En 1980, los jóvenes, sencillamente, tomaron posesión del lugar. Debido a las manifestaciones, la policía ya no podía vigilarlo. De repente, se había roto una barrera. En algún momento las señales de prohibición desaparecieron y de repente junto a las ancianas que daban sus paseos y a las madres con cochecitos de niños había yonquis y bañistas desnudos.
Pero a partir de los años 90 comenzó a invertirse esta apertura de la ciudad.
¿Qué quiere decir con eso?
Muchas cosas cambiaron después de la clausura en 1992 del escenario abierto de la droga en la Platzspitz de Zúrich, que también fue resultado de aquella apertura. Los políticos de la derecha nacional descubrieron un nuevo campo de acción en la política urbana de la droga. Pero cuando ese mercado abierto de las drogas quedó disuelto como resultado del control policial y de la distribución controlada de heroína por parte del cantón, las cosas no quedaron ahí y el problema continuó con los alcohólicos y el comercio sexual. Comenzó entonces una ola de “limpieza social”.
¿De dónde vino esa necesidad de limpiar de nuevo la ciudad? ¿Y de ir más allá de la droga y la criminalidad?
Paradójicamente, eso tuvo que ver con la creciente apreciación de la urbanidad, que también comenzó con las revueltas de la década de 1980. Floreció la cultura alternativa, los cafés callejeros, que estaban prohibidos en Zúrich desde hacía mucho tiempo, se extendieron y se organizaron cada vez más festivales y eventos. Esta “oferta urbana” hizo atractiva a la ciudad para capas cada vez más amplias. En el transcurso de los años 80 los gobiernos municipales de todo el mundo, incluyendo los conservadores, enarbolaron la bandera de la urbanidad, con el argumento de que las empresas internacionales y las ciudades orientadas al futuro necesitaban cultura e innovación.
¿La revuelta se convirtió entonces en un factor de atractivo local?
No la revuelta en sí misma, sino sus ramificaciones y consecuencias. Los valores urbanos se convirtieron en tema predominante. Vivir en una ciudad animada, pasear por ella y disfrutarla daba un toque de distinción. Al mismo tiempo, lógicamente, nadie quiere que alguien vomite a la entrada de su casa. Hoy en día, nadie desea tener a su alrededor a gente que siempre ha formado parte de la vida urbana, como los inadaptados y los alborotadores.
¿Se prefiere entonces una ciudad algo falseada, sin parásitos sociales?
Sí, una gran parte de la clase media urbana de hoy día prefiere consumir vida urbana. Predomina una especie de visión desde lo alto: se quiere disfrutar del brillo de la gran ciudad, pero sin sumergirse realmente en ella, disfrutar de un ambiente animado, pero, por favor, sin molestar. Nadie quiere enfrentarse a ciertos abismos. Los drogadictos, los alcohólicos, los punks, los refugiados, la gente a la que le va mal, cualquiera de esos puede arruinarte la noche.
¿Estamos ante el fin de la ciudad como el lugar en que puede ocurrir lo imprevisto?
La ciudad está atrapada por dos partes. En primer lugar, a través de la comercialización, las boutiques, tiendas y restaurantes caros, así como las viviendas de lujo. Sin embargo, la gentrificación va más allá de eso. La segunda parte de la tenaza es la política urbana: en las instalaciones del lago de Zúrich volvieron enseguida a aparecer carteles, en el mismo color amarillo con que los barcos solían advertir, antiguamente, de una epidemia a bordo, y con la leyenda “Está permitido lo que no moleste”. Las autoridades municipales promueven activamente esta limpieza de la ciudad. Se “actualiza”, es decir, se imponen normas para definir lo que es hermoso, agradable y decente; y también lo que molesta, y esta última lista es cada vez más larga. Ahora, un grupo de jóvenes en el parque o en un local de conciertos molesta porque alguien quiere dormir con las ventanas abiertas.
Pero es como una excursión a la montaña: el viento y la nieve forman parte de ella. Una ciudad es una reivindicación permanente; de lo contrario, no es una ciudad.
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