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Ya hemos indicado que este capítulo se vincula directamente con el capítulo 7. El altar, los cimientos, el templo y la muralla habían sido reconstruidos, pero “la ciudad era espaciosa y grande, pero poco pueblo dentro de ella, y no había casas reedificadas” (cap. 7:4). La pregunta que se hace ahora es: ¿la ciudad había sido reconstruida para estar desierta y vacía? ¿Para qué defenderla si nadie venía a vivir en ella? Ahora bien, Dios había preparado a su pueblo para esta reunión, primero mediante su Palabra (cap. 8) y luego separándolo de los gentiles (cap. 9). Ahora los fieles comprenden que es necesario realizar esta reunión y no solamente proclamarla como principio. Jerusalén debía ser repoblada, al menos por uno de cada diez de los judíos (v. 1). El regreso a la ciudad santa exigía mucha abnegación y olvido de sí mismo. El israelita piadoso debía abandonar su herencia, la cual era muy importante para él; también debía dejar sus parientes, su viña y su higuera; privarse voluntariamente de las cosas que tenía razón de querer conservar, porque eran don de Dios, y esto sin otro propósito que repoblar Jerusalén. Pero estaba animado por el elevadísimo motivo de este renunciamiento. Había comprendido que Sion era “la ciudad santa” (v. 1, 18), la ciudad de la libre elección de Dios, ciudad que él amaba más que todas las mansiones de Jacob, y este motivo bastaba para quererla más que a su propia morada.
Sin embargo, Jerusalén estaba reducida, abatida, sin casas edificadas, y su mismo estado demostraba que no era lo que Dios deseaba que fuese (véase Salmo 27:13; 87:5-7; Isaías 33:20; cap. 60). Pero en ese tiempo de ruinas, aun antes de que la muralla fuese reconstruida, Zacarías había profetizado al respecto: “Sin muros será habitada Jerusalén, a causa de la multitud de hombres y de ganado en medio de ella” (Zacarías 2:4). Debido a su ruina actual, Jerusalén no tenía atractivo para el pueblo de Dios, excepto que fuera considerada con los ojos de la fe, desde el punto de vista de su gloria futura. Para abandonar todo lo demás por ella, se requería una decisión que solo la fe puede dar y solo la esperanza puede sostener. Esto no podía ser sino un acto de amor y de abnegación voluntarios hacia la ciudad del gran Rey; abnegación que no era la idea de todos y que Dios tampoco exigía de ellos. Sin embargo, el pueblo moralmente restaurado, como lo hemos visto, estaba en plena comunión con aquellos que tomaban esta responsabilidad:
Bendijo el pueblo a todos los varones que voluntariamente se ofrecieron para morar en Jerusalén (v. 2).
Sentimientos como estos tenían la aprobación de Dios.
Estos hechos, ¿no nos hablan del deber y de la misión de los redimidos en el día de hoy? Como la Jerusalén de Nehemías, el testimonio de la Iglesia actual está en ruinas. No obstante, los principios sobre los cuales está edificada: el altar –la cruz de Cristo; el fundamento –un Cristo resucitado; el templo –la habitación de Cristo en medio de los suyos; el muro –la santidad que conviene a tal morada, todo esto ha sido puesto en evidencia por la Palabra. Para los fieles se trataba de abandonar sus moradas a fin de venir a ocupar esta ciudad desolada, con un corazón amante que compartiera los sentimientos del corazón de Dios por ella. Solo la fe puede producir esta abnegación.
¿Podría decirse que el pueblo de Dios bendice hoy a los que se ofrecen voluntariamente para esta labor? ¿No es cierto que más bien los combate y desprecia? Pero a ellos solo les debe bastar la aprobación del Señor. Son inscritos como los que subieron al comienzo con Zorobabel (v. 3-19); y tenemos motivos para suponer que sus nombres fueron añadidos a los de la lista primitiva. Notemos que a pesar de la devastación de Jerusalén, cada uno de los que fueron para habitarla encontró allí un lugar disponible. Aquí tenemos a los que “hacían la obra de la casa” (v. 12), los “capataces de la obra exterior de la casa de Dios” (v. 16), el que entonaba o “empezaba las alabanzas y acción de gracias al tiempo de la oración” (v. 17), los “guardas en las puertas” (v. 19), los cantores (v. 22). En otras palabras, cada uno de ellos cumplía su trabajo como si todo estuviera en orden; y por su parte Dios lo tenía en cuenta. Sin duda todo esto tuvo lugar en un tiempo de miseria y ruina, pero, ¿es poca cosa a los ojos de Dios que se reconozca el orden por él instituido, y que a pesar de la ruina se practique este orden, en vista de un tiempo de perfección futura? ¡Este pobre remanente de Jerusalén tuvo la noble y preciosa misión de unir, en los días de humillación y oprobio, los tiempos de la gloria pasada de Salomón con los de la gloria futura del Mesías!
Los versículos 25 a 36 enumeran las ciudades de Judá y Benjamín habitadas por los que vinieron de Babilonia. Allí el orden tampoco es perfecto; Judá se salió un poco de sus límites, hacia Beerseba. Pero estas imperfecciones estaban acompañadas por el verdadero deseo que cada uno tenía de ocupar el lugar que Dios le había asignado. Así, los sirvientes vivían en Ofel, en una parte de la ciudad de David que se encontraba fuera del muro nuevo, pero cerca del templo, al que entraban por la puerta de las Aguas.