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Este contenido fue publicado el 12 septiembre 2014 - 11:00
“Nací en Lausana en 1943. Soy la benjamina de cinco hijos, todos adjudicados a las instituciones. A las madres solteras, a las mujeres que habían pecado, como se solía decir, se las separaba de sus hijos”.
Al cumplir los dos meses me metieron en una guardería y, a los dos años, me llevaron con las monjas. Me crie a golpe de puñetazos, nadie pagaba la pensión alimenticia y había que trabajar y rezar. Cuando hacíamos pipí en la cama, teníamos que lavar las sábanas. A los 13 años, cuando estaba menstruando una monja quiso ocuparse de mi higiene íntima.
Me escapé, pero mi madre se había vuelto a casar con un legionario que bebía y me pegaba. Me puso de patitas en la calle a los 15 años. Mi hermana mayor me ayudó, pero no terminé la escuela. Hice pequeños trabajos hasta que un conocido me ofreció un trabajo en un banco. Aproveché mi suerte y trabajé hasta el año 2000.
A mi hermano lo he visto cuatro veces. La última, en 1969 (falleció en 1970) en una cafetería. Me senté aposta a su lado, pero no me reconoció. Me casé con un hombre que me maltrataba y me encontré sola con dos hijos. Mi hijo conoce mi historia, pero a mi hija no le he contado nada.
No es una persona muy estable. Se quedó inválida tras sufrir un accidente y tengo miedo de que le quiten a su hijo de 14 años. Es como si el círculo no se rompiera jamás, como si mi historia se repitiera. “¿Qué me ayudó a salir adelante? La rabia”.
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