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Fray Andrés de San Miguel
Contaban los Padres Carmelitas como era común entre ellos en aquel tiempo, con magníficos ingenieros y arquitectos, siendo una de las lumbreras de su tiempo Fray Andrés de San Miguel, estaba considerado como el mayor astrónomo e hidrógrafo en esos días. Era natural de Medina Cidonia, España. Vió la luz primera en el año de mil quinientos setenta y siete, pasó a la Nueva España y tomó el hábito de lego de la Orden del Carmelo en la Ciudad de Puebla de los Ángeles en el año de mil quinientos noventa y ocho.
Cuenta la tradición que viniendo de España y aún seglar estuvo a punto de naufragar, ofreciendo a la Virgen del Carmen que si le salvaba la vida, entraría de lego en algún convento de su orden; cosa que cumplió. Estudioso de las matemáticas y otras disciplinas e impulsado por sus superiores, en cuarenta años que vivió en su vida de lego, fué no solo el arquitecto que dirigió cuantas obras se hicieron en la Provincia Carmelita de San Alberto de México, sino el consultor universal de todo el reino en los ramos de arquitectura, mecánica e hidráulica.
Murió a la edad de setenta y siete años en la Ciudad de Salvatierra en 1644.
En el momento de su muerte se encontraba dirigiendo la fábrica del Convento del Carmen y los trabajos preliminares de la construcción del Puente que cruza el Río Grande-hoy Lerma-. Escribió numerosos tratados siendo los principales: el de Arquitectura; el de Hidráulica; las Obras de Desagüe de las Lagunas de Zumpango en Texcoco; un tratado sobre frutas y verduras; uno sobre cómo secar los manantiales y minas, demostrado matemáticamente; y el de sobre las verdaderas medidas del Arca de Noé.
Entre sus construcciones se encuentran: la del Convento antiguo de Celaya; el Convento de Querétaro; el Convento del Santo Desierto de Cuajimalpa; y cuando se encontraba construyendo el Convento del Carmen en Salvatierra y el Puente de Batanes repentinamente lo sorprendió la muerte.
Nuestra Iglesia del Carmen se inauguró el 5 de febrero de mil seiscientos cincuenta y cinco. Cuenta la tradición que el Puente se construyó en ochenta días, tuvo un costo de quince mil pesos; tiene catorce arcos y mide de largo ciento ochenta metros y de anchura, cinco metros.
El Callejón del Ángel
La existencia de los seres espirituales no corporales que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de las escrituras es tan claro como la unanimidad de la tradición. San Agustín dice respecto a ellos: “el nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza, te diré que es un espíritu, si me preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”.
Los ángeles son exclusivamente espirituales, no tienen cuerpo ni sensibilidad como nosotros los humanos, por eso su conocimiento de las cosas no es por raciocinio ni las sensaciones como nosotros, es intuitivo y sin error, tienen conocimiento de aquellas cosas que Dios les quiere participar. La libertad angélica y el libre albedrío les permite elegir el bien que consideren mejor.
Hay diversas categorías de ángeles que se determinan por su oficio y misión: Arcángeles, Principados, Tronos, Dominaciones, Potestades, Querubines, Serafines, etc. Entre ellos se destaca por su importancia a los ángeles custodios, o mejor conocidos como Ángeles de la Guarda; que son los espíritus bienaventurados que Dios asigna o concede a cada hombre para protegerle y conducirle en el camino de la salvación, mientras esté en este mundo.
Ya entrando en esto de las categorías, existe en Salvatierra una vieja tradición respecto a los Ángeles Custodios o de la Guarda.
En la Calle de Leandro Valle vivió y murió Don José “El sepulturero”, a quien le tocó por lo insólito de su trabajo, recoger de nuestras calles y plazas los cadáveres de cristianos fallecidos a causa de las epidemias como la del cólera morbus.
Había tantos cuerpos tirados en las calles, que únicamente los acomodaba en una carreta tirada por un par de mulas, para llevarlos de inmediato al cementerio que se había establecido provisionalmente en la prolongación de la Calle de Madero, ya que los de los templos no daban abasto.
Por estos hechos se le conoció a esta Calle como la del Sepulturero.
Mucho tiempo después, los vecinos observaron una bella tradición; a los doce del día, hora en que las campanas de los templos llamaban “El Ángelus”, oración que se reza en grupo o comunidad y que recibe el nombre de Cadena de la Oración; al estar en esta devoción, abrían las puertas y ventanas de sus casas que daban a la calle para dar hospedaje a los Ángeles de la Guarda que bajaban a orar también por la pronta redención de los cientos y cientos de almas que don José enterró sin que recibieran cristiana sepultura.
Esta fué la razón por la que la vieja Calle del Sepulturero, denominación que prevaleció toda la segunda parte del siglo XIX; cambió su nombre por el del “Callejón del Ángel”.
El Primer Milagro del Niño de Praga
Recién instituida la devoción al Santo Niño de Praga por los Padres Carmelitas, le dedicaron el Templo que hoy todos conocemos. Eran pocos los niños que asistían a esa bella tradición los días veinticinco de cada mes, hasta que un suceso sin precedentes logró el aumento significativo de sus fieles infantiles, que portando sobre su pecho la medalla, realizan su procesión mensual.
Era Catalina una niña alegre y vivaracha que vivía con su madrina en la Calle del Pinzán –hoy Ocampo- llena de las comodidades y atenciones de la época. Cuando cumplió sus diez años, su madrina le regaló un par de zapatos rojos de baile importados de Francia. Catalina muy contenta se dijo:
¡Mis zapatitos me van a traer mucha suerte!
Pero el diablo dondequiera que está, tiene una y mil formas de aparecer y una y mil formas de tentar, no importando quien sea: Adulto o niño, hombre o mujer. Los domingos en vez de calzarse las botas negras para ir a misa del Templo del Carmen, llevaba Catalina sus zapatos rojos de baile.
Unos domingos después, cuando la niña iba a misa acompañada de su madrina, se apareció en la puerta del Templo un anciano que aparentaba ganarse unos céntimos limpiando el polvo del calzado de los fieles. El viejo al ver los zapatos rojos de Catalina, los golpeó suavemente diciéndole:
¡Ojalá se te peguen a los pies cuando bailes!
Durante todo el oficio divino, Catalina no puso atención a las devociones, sólo pensaba cuán bonitos eran sus zapatos rojos de baile.
¡Sí, muy bonitos son tus zapatos!; le dijo, el viejo al salir.
Desde entonces, Catalina empezó a bailar y solamente quitándose los zapatos podía cesar en sus danzas.
Al día siguiente fué invitada a un baile; pero habiéndose enfermado su madrina, no tuvo Catalina otro remedio que quedarse en casa. –No importa, me pondré los zapatos de baile –dijo, y calzándoselos salió a calle danzando, allí vió al viejo y éste le dijo al pasar:
¡Qué bonitos son tus zapatos!.
Pero ella siguió bailando cada vez más aprisa sin poder dejar de hacerlo. Quiso Catalina quitárselos, mas no pudo; siguió danzando por nuestras calles y plazas. Quiso también la Providencia que en sus danzas se dirigiera a la Iglesia del Santo Niño de Praga en el preciso momento en que los niños formados en procesión rendían culto a la Imagen ese veinticinco de enero.
Al ver al Santo Niño, Catalina gritó con todas sus fuerzas:
¡Haz algo para que deje de bailar! ¡Perdona mi soberbia!
La Batalla del Puente de Batanes
Supo Iturbide que Liceaga estaba reuniendo todas sus fuerzas en Valle de Santiago y que Ramón Rayón estaba en Acámbaro con la fuerza que había traído de Tlalpujagua. Esta situación hizo comprender a Iturbide de limpiar los caminos de Insurgentes para permitir el paso de la Plata que procedente de Guanajuato y San Luis Potosí transportaban a la Capital del Virreinato.
Mientras tanto, Liceaga había llegado a la Hacienda de San Nicolás de los Agustinos y Ramón Rayón a Salvatierra. Iturbide, procedente de Yuriria y siguiendo el camino que entra a la ciudad por la ribera izquierda del río se fué aproximando hasta avistar la población el Viernes Santo dieciséis de abril de aquel año de 1813. Rayón tal vez pensó que el realista no lo iba a atacar, no tomando las providencias necesarias, pero ante la proximidad del ejército español se dispuso a defenderse.
Las fuerzas insurgentes que defendían el reducto o parapeto del Puente, así como las azoteas del Molino de Batanes y la fuente cerca de piedra casi paralela al Molino, que encajonaban la entrada al puente, estaba al mando del comandante insurgente Oviedo a las órdenes de Rayón. Al ver Iturbide las defensas, trató de entrar a la población por los vados del río por San Francisco y por San José del Carmen, sin lograrlo.
Entonces regresó a la Hacienda de San Buenaventura, distante unos dos kilómetros del puente sobre la misma margen izquierda del río. Simuló retirarse por el camino a Eménguaro, como si esquivara el combate. Cayó en la trampa el Comandante Oviedo, que sin órdenes de Rayón salió de su base de operaciones bien fortificadas y defendibles, con la intención de perseguir a Iturbide.
Este regresó de inmediato batiéndolo y desplazándolo fuera de sus posiciones. Lo demás fué relativamente fácil, se apoderó del puente y entró a la ciudad por la Calle del Biombo. Rayón se retiró de inmediato con el resto de sus tropas a Puerto Ferrer, pero hubo un buen rato de tiempo en que ambos estuvieron en la ciudad.
El combate no duró más de una hora, muriendo cerca de cien combatientes de ambos bandos, pues el combate fué cuerpo a cuerpo.
A las dos de la tarde descansaba Iturbide en Salvatierra y se puso a dormir, para aligerar la jaqueca que desde la mañana lo molestaba y que de tiempo atrás padecía.
El parte o informe del combate no fué hecho por Iturbide, sino por su secretario el Padre Gallegos, quien empleó una forma fanfarrona y exagerada asentando que habían muerto más de trescientos insurgentes, lo que era totalmente falso.
Después del combate, ciertamente fueron ejecutados dieciséis individuos, pero no insurrectos, sino gente de la plebe que habían iniciado un saqueo. Así lo informó Don Ramón Rayón a su hermano Don Ignacio. Al señalas este hecho, no me mueve el deseo de aligerar las culpas de Iturbide; que entre otras tiene a su cargo, sino el deseo de aclarar y depurar la verdad.
Los fusilados lo fueron contra la pared norte del Molino de Batanes, en un espacio que medía apenas ocho metros de largo, ya que allí se encontraba una tienda y un portalito. Los muertos en combate fueron enterrados en un solar conocido como Potrero de Ávila –hoy Molino de Ávila-. Lo que muchos no le han perdonado a Iturbide hasta el día de hoy; es que haya trabado combate en Viernes Santo.
Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Segunda Parte” de Miguel Alejo López