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Una pionera de la labor humanitaria
Marguerite Frick-Cramer (1887-1963) fue la primera mujer en convertirse en delegada del Comité Internacional de la Cruz Roja, si bien obtuvo repetidos fracasos en el servicio humanitario.
En 1946 Marguerite Frick-Cramer renunció a su alto cargo en el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)Enlace externo, que había ocupado durante casi 30 años. Cuando abandonó la institución, Europa se hallaba devastada por la guerra y desbordada por cientos de miles de refugiados que necesitaban urgentemente ayuda humanitaria.
Lo dejó en un momento en que el propio CICR se enfrentaba a enormes desafíos y dificultades debido a su (in)actuación durante el conflicto mundial y a la aparición de poderosas organizaciones competidoras internacionales.
Sin embargo, esta "pequeña gran señora", como la llamaban cariñosamente, era consciente de esta situación: con gran agudeza, en su carta de dimisión mencionaba estos problemas e incluso auguraba otros más que vendrían después.
Por otra parte, esta misiva -que no se encuentra en los archivos del Comité- no contiene las razones precisas de su dimisión. Cómo una mujer tan comprometida y con tanta dedicación pudo dejar el CICR en un momento tan crucial sigue siendo un misterio que podemos intentar disipar planteando algunas hipótesis.
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Una posible razón es que se sintiera cansada y se planteara jubilarse y retirarse a un lugar que le traía recuerdos, una finca que había heredado. Tenía entonces casi sesenta años. Es cierto que descendía de una familia de la (muy) alta burguesía de Ginebra: su padre procedía de una larga tradición de reconocidos magistrados y su madre era "una Micheli".
Marguerite pertenecía a ese pequeño grupo de privilegiados que han tenido en sus manos las riendas de la República durante varios siglos. Gracias a ese entorno social pudo estudiar derecho e historia y, sobre todo, ingresar en el CICR, que durante mucho tiempo fue bastión exclusivo de una aristocracia local deseosa de hacer brillar el nombre de su ciudad en la escena internacional.
En cualquier caso, Marguerite nunca se sintió tan mal como para renunciar a un puesto de prestigio. Gracias a su titulación fue la primera mujer en ocupar el puesto de profesora adjunta de Historia de Suiza, al que no dudó en renunciar para incorporarse al CICR al comienzo de la Gran GuerraEnlace externo.
Allí organizó la sección de archivo correspondiente a la Entente, que tenía registrados a millones de soldados prisioneros capturados durante el conflicto. Esta actividad le llevó a oponerse con vehemencia a las autoridades estadounidenses, que querían establecer una estructura similar pero solo para sus soldados. Fue precisamente en este ambiente tenso donde manifestó por primera vez su intención de dimitir.
Gustave Ador [político suizo], que deseaba conservar a un miembro tan valioso de su personal, le ofreció entonces un puesto directivo en el CICR. Así, en noviembre de 1918, volvió a ser la primera mujer en ocupar un cargo tan alto en la organización, lo que no le impidió que dimitiera cuatro años después. Marguerite Cramer fue nombrada miembro honorario, y así siguió pensando y actuando en nombre de la Cruz Roja.
Sin embargo, y esta es probablemente otra razón de su sorprendente retirada en 1946, sus esfuerzos no siempre tuvieron éxito. Fue una de los principales autores del Convenio de 1929Enlace externo sobre el trato a los prisioneros de guerra. Pero este documento, algunos de cuyos principios ya se habían aplicado en parte durante la guerra de 1870-1871, fue lo que podríamos llamar un éxito relativo, ya que su aplicación dependía de la buena fe de los beligerantes.
Más decepcionantes aún fueron los resultados del "proyecto Tokio", que Marguerite Cramer presentó en Japón en 1934. Este "Convenio Internacional para la protección de civiles de nacionalidad enemiga en el territorio de un beligerante o en el territorio ocupado por él" nunca fue ratificado: la Segunda Guerra Mundial estalló antes de que pudiera aplicarse y, por tanto, de que se pudieran salvar legalmente muchas vidas.
Pero su fracaso más amargo llegó en otoño de 1942. Junto con otros miembros del Comité, apoyó la idea de que el CICR lanzara un llamamiento oficial denunciando las atrocidades cometidas por la Alemania nazi contra la población civil. Sabía que el peso de esta declaración sería simbólico pero serviría para demostrar el valor de la institución a las generaciones futuras.
Sin embargo, esta propuesta contó con la oposición de una facción mayoritaria del Comité. Por temor a provocar la ira de Hitler y/o a embarcarse en una medida posiblemente ineficaz, el CICR se mantuvo en una actitud de espera que todavía se le reprocha.
En una cruel ironía de la historia, cuando, tras el fin de las hostilidades, el Comité se vio obligado a inventar una estrategia para explicar su actitud ante la masacre de judíos y exonerarse, recurrió a Marguerite Cramer. Leal como era, no tuvo más remedio que aceptar, y defendió jurídicamente que la protección de las víctimas civiles -¡por la que tanto había trabajado! - no formaba parte del mandato de la organización.
¿Fue esta humillación la gota que colmó el vaso? Los acontecimientos parecen sugerir que sí. En estas circunstancias, la dimisión de Marguerite Cramer adquiere una dimensión distinta. Sin duda, tenía una larga experiencia en renuncias, pero su salida también tuvo que ver con repetidas decepciones y una oposición rotunda a su opinión personal. Pero es también seguro que a Marguerite Cramer le sedujo la idea de una perspectiva de vida más tranquila y cómoda.
Pero más allá del caso individual, el ejemplo de esta pionera excepcional revela una importante contradicción inherente a la labor humanitaria: quienes la practican deben estar impulsados por ideales que su actividad contradice constantemente. Querer servir a la humanidad es luchar contra su inhumanidad en medio de la mezquindad humana, demasiado humana.
Traducción del alemán: Carla Wolff
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