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Este es el capítulo más extenso del libro de los Números. Contiene una detallada exposición sobre los doce príncipes de la congregación y sus respectivas ofrendas para la construcción del tabernáculo. “Aconteció que cuando Moisés hubo acabado de levantar el tabernáculo, y lo hubo ungido y santificado, con todos sus utensilios, y asimismo ungido y santificado el altar y todos sus utensilios, entonces los príncipes de Israel, los jefes de las casas de sus padres, los cuales eran los príncipes de las tribus, que estaban sobre los contados, ofrecieron; y trajeron sus ofrendas delante de Jehová, seis carros cubiertos y doce bueyes; por cada dos príncipes un carro, y cada uno un buey, y los ofrecieron delante del tabernáculo. Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Tómalos de ellos, y serán para el servicio del tabernáculo de reunión; y lo darás a los levitas, a cada uno conforme a su ministerio. Entonces Moisés recibió los carros y los bueyes, y los dio a los levitas. Dos carros y cuatro bueyes dio a los hijos de Gersón, conforme a su ministerio, y a los hijos de Merari dio cuatro carros y ocho bueyes, conforme a su ministerio bajo la mano de Itamar hijo del sacerdote Aarón. Pero a los hijos de Coat no les dio, porque llevaban sobre sí en los hombros el servicio del santuario” (v. 1-9).
Ya vimos, en los capítulos 3 y 4, que los hijos de Coat tenían el privilegio de llevar todo lo que era más precioso entre los instrumentos y los muebles del santuario. Por eso no recibieron ninguna ofrenda de los príncipes. Su elevado y santo servicio era llevar los objetos sobre sus hombros y no emplear carros ni bueyes. Cuanto más atentamente estudiemos los objetos que eran confiados a los coatitas, tanto más notaremos que ofrecen en figura las revelaciones más profundas y completas de Dios en Cristo. Los gersonitas y los meraritas, al contrario, tenían a su cargo las cosas más exteriores. Su trabajo era más penoso y arriesgado, por consiguiente, estaban provistos de los recursos necesarios que la generosidad de los príncipes ponía a su disposición. El coatita no tenía necesidad de la ayuda de un carro o de un buey en su servicio superior. Debía transportar a hombros su preciosa carga.
“Y los príncipes trajeron ofrendas para la dedicación del altar el día en que fue ungido, ofreciendo los príncipes su ofrenda delante del altar. Y Jehová dijo a Moisés: Ofrecerán su ofrenda, un príncipe un día, y otro príncipe otro día, para la dedicación del altar” (v. 10-11).
Un lector poco espiritual, al ojear este capítulo tan largo, tal vez estaría dispuesto a preguntar por qué, en un libro inspirado, lo que podría decirse en doce líneas ocupa tanto espacio. Si un hombre hubiese narrado los hechos de esos doce días, muy probablemente los habría resumido en una sola declaración, diciéndonos que los doce príncipes ofrecieron cada uno tales o cuales cosas.
Pero esto no hubiera estado de acuerdo con el pensamiento divino. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y sus caminos no son nuestros caminos. Él quiso darnos una lista completa y muy detallada de los príncipes, dando el nombre de cada uno de ellos, diciendo qué tribu representaba e indicando las ofrendas que había traído para el santuario de Dios; de ahí este largo capítulo de ochenta y nueve versículos. Cada nombre brilla allí con su carácter distintivo. Cada ofrenda está minuciosamente descrita y debidamente apreciada. Los nombres y las ofrendas no están mezclados. Ello no correspondería al carácter de nuestro Dios, pues, “Dios no es Dios de confusión, sino de paz (orden)”; en todo cuanto hace o dice él obra según su esencia. El hombre enumera rápidamente y con descuido los dones y las ofrendas, mas Dios no lo hace así. Él se complace en recordar cada servicio, cada don afectuoso; jamás olvida las cosas por pequeñas que sean, y no solo no las olvida sino que pone especial cuidado para que un infinito número de individuos pueda conocerlas. ¡Qué lejos estarían esos doce príncipes de imaginar que sus ofrendas y sus nombres serían transmitidos de siglo en siglo para ser leídos por innumerables generaciones! Sin embargo sucedió, porque Dios lo quiso así. Él acude a lo que podría parecernos un detalle molesto, incluso hasta lo que el hombre podría llamar tautología (repetición de una misma idea de formas distintas, como si fueran ideas diferentes), antes que omitir el nombre de uno de sus siervos o una particularidad de la obra de ellos.
Así es que, en el capítulo que estamos examinando, cada uno de los príncipes tenía un día señalado para presentar su ofrenda, y también su sitio señalado en la eterna página inspirada, en la que la lista más completa de la ofrenda de sus dones a Dios fue inscrita por el Espíritu Santo.
Esto es verdaderamente divino. ¿Y no podríamos decir que el capítulo 7 de Números es una página modelo o ejemplar del libro de la eternidad, en el cual el dedo de Dios grabó los nombres de sus siervos y la lista de sus obras? Así lo creemos, y si el lector quiere leer el capítulo 23 del segundo libro de Samuel y el 16 de la carta a los Romanos, encontrará dos páginas análogas. En la primera hallamos los nombres y los hechos de los ilustres hombres de David; en la segunda los nombres y hechos de los amigos de Pablo en Roma. En ambos capítulos tenemos una ilustración acerca de los santos de Dios y de los siervos de Cristo, del primero al último. Cada uno tiene su sitio especial en el catálogo y ocupa su lugar en el corazón del Señor, y todos serán manifestados muy pronto. Entre los valientes de David tenemos “los tres primeros”, “los tres” y “los treinta”. Ninguno de “los treinta” obtuvo jamás un puesto entre “los tres”, y ninguno de “los tres” llegó a los “tres primeros”.
No solamente cada nombre, sino también cada hecho está fielmente inscrito; y la forma como se realizó está narrada de la manera más precisa. Tenemos el nombre del hombre, lo que hizo y cómo lo hizo. Todo está registrado con una exactitud y cuidado particulares por la pluma imparcial e infalible del Espíritu Santo.
Lo mismo sucede cuando nos detenemos ante la notable página del capítulo 16 de la epístola a los Romanos. Allí encontramos todo lo que atañe a Febe, lo que ella había sido, lo que había hecho y cuál era el fundamento sólido en el que descansaban sus derechos a la simpatía y a la asistencia de la asamblea de Roma. Después siguen Priscila y Aquila. La mujer es citada en primer lugar; allí vemos cómo arriesgaron sus vidas por el apóstol, mereciendo su agradecimiento y el de las asambleas de los gentiles. Inmediatamente después tenemos a “Epeneto, amado mío” y “María”, la cual no solo “ha trabajado”, sino que, se dice, “ha trabajado mucho” en favor del apóstol. No habría sido hablar según el pensamiento del Espíritu o del corazón de Cristo decir simplemente de Epeneto el “amado”, o que María había “trabajado”. No, las palabras “mío” y “mucho” eran necesarias para expresar el estado exacto de cada uno.
Pero no debemos extendernos más sobre esto, y solamente llamaremos la atención del lector sobre el versículo 12. ¿Por qué el inspirado escritor no coloca a “Trifena”, “Trifosa” y la amada “Pérsida” bajo el mismo rango? ¿Por qué no les asigna una sola y misma posición? La razón es en extremo bella: porque de las dos primeras solo podía decir que “trabajan en el Señor”, mientras que de la última era justo agregar que “ha trabajado mucho en el Señor”. ¿Hay dato más distintivo? Una vez más encontramos “los tres”, “los tres primeros” y “los treinta”. No hay una mezcla confusa de nombres y de servicios; ninguna precipitación, ninguna inexactitud. Se nos dice lo que era y había hecho cada persona. Cada cual ocupa su sitio y recibe su propia recompensa en alabanzas.
Y esto, nótese bien, es una página ejemplar del libro de la eternidad. ¡Qué solemne es esto! Y con todo, ¡cuán alentador! No hay un solo acto de servicio que hagamos para nuestro Señor que no se registre por escrito en su libro; y no solamente la sustancia del acto, sino también la manera como se cumplió, pues Dios aprecia la manera tanto como nosotros. Él ama al dador alegre y al que trabaja con buen ánimo, porque precisamente así es como él mismo obra. Era agradable a su corazón ver el impulso de generosidad de los representantes de las doce tribus en conexión con su santuario. Se regocijaba señalando los actos de los valientes de David el día en que este era rechazado, y destacando la abnegación de Priscila, Aquila y Febe en época más reciente. Podemos añadir que complace a su corazón, en estos días de tibieza y de mera profesión, ver aquí o allí un corazón que ama verdaderamente a Cristo y un obrero abnegado en su viña.
¡Que el Espíritu de Dios excite nuestros corazones a una dedicación más completa! ¡Que el amor de Cristo nos constriña más y más, de tal forma que vivamos, no para nosotros mismos, sino para Aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su preciosa sangre, nos hizo cuanto somos y nos dio la esperanza de lo que seremos dentro de poco!