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Nunca vamos a poder orar públicamente si no aprendemos a orar privadamente. Necesitamos del ejercicio personal, de la experiencia de largas oraciones elevadas en el lugar secreto, de manera que estemos ejercitados para dirigir la oración pública con inteligencia y con fervor para que los demás puedan decir amén.
Nuestras oraciones públicas nunca deberían ser prolongadas ni confusas mezclas de peticiones. Cuando oímos de la oración unánime de la iglesia, es porque todos sienten fervientemente la oración ordenada que un hermano dirige, y pueden decir amén con entendimiento. Pero a veces escuchamos oraciones que son un conglomerado de peticiones y confusiones que no responden a esta característica. De manera que la oración pública eficaz, que conduce al pueblo al trono de la gracia de Dios, es la que surge de quien en verdad ha pasado largas horas en la oración privada, y con toda inteligencia y sencillez y fervor se acerca al Padre.
“¿Qué pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento. Porque si bendices solo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿Cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho… ¿Qué hay, pues hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tienen salmo, tiene doctrina… hágase todo para la edificación…” (1 Corintios 14:15-26).