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Así terminan estos dos libros de los Reyes (que forman uno solo en el original hebreo). Comienzan con la gloria del rey de Israel y acaban con la del rey de Babilonia. Empiezan con la edificación del templo y concluyen con el cuadro de su destrucción. En el principio, el primer sucesor de David había subido al trono en Jerusalén (1 Reyes 1). Al final, su último descendiente fue encerrado en una prisión de Babilonia. Entre este comienzo y este fin, asistimos a la lamentable decadencia. Sí, ¡así ocurre con lo que se confía al hombre! Su corazón en verdad es engañoso y perverso. Y Ezequiel, cuya voz se hace oír durante el tiempo del cautiverio, lo confirma en esta dolorosa exclamación:
¡Cuán inconstante es tu corazón, dice Jehová el Señor, habiendo hecho todas estas cosas!
(Ezequiel 16:30).
En los últimos versículos es consolador ver asomar un muy pequeño comienzo de restauración. Dios nos muestra que su trabajo no ha terminado. A él le pertenecerá la última palabra cuando, después del desastre de todos esos reyes, aparezca Cristo, el Hijo de David, el verdadero Rey de Israel.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"