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Aun antes de convertirme al Señor, me interesaban los tratados, y desde que me convertí, me encantan. Es mi creencia que cualquier creyente puede propagar el Evangelio de Cristo por medio de tratados.
Un creyente que no usa regularmente tratados que son bíblicamente sanos, pierde gloriosas oportunidades de aumentar su utilidad hacia el hombre y de producir fruto para Dios. Se puede ofrecer tratados a los compañeros de trabajo o de viaje; uno puede meterlos en cartas, leerlos a los ciegos, enfermos o moribundos. Pueden ser reproducidos en periódicos, revistas o libros, y sus mensajes repetidos en conversaciones, en pláticas y en sermones.
¿Conoce usted un medio menos costoso de difundir el Evangelio de Cristo que el de repartir tratados? ¿Conoce usted un modo más seguro de “sembrar generosamente” y de “segar generosamente”?
En Su gracia el Señor me salvó cuando aún era niño. Repartía tratados al estilo de niño, pero anhelaba y oraba por el privilegio de repartir un millón de tratados durante mi vida.
Otro deseo de mi corazón era el de tener el privilegio de escribir tratados, y aún otro, de proveer obreros con tratados gratis. Estos deseos han sido cumplidos de acuerdo con Efesios 3:20, porque he podido escribir tratados por veintenas, y mandarlos por millones a los obreros cristianos a través del mundo. ¡Alabado sea Su Nombre!
Hay quienes pongan en tela de juicio esta obra porque han visto tratados tirados en las acercas. Es verdad que algunos tratados repartidos pueden ser malgastados, pero aun con esto la obra vale la pena (véase Lucas 8:5-8).
Alguien puede decir: «He visto un tratado sacado de un sobre y tirado al cesto para desechos». Convenido. Pero aun con esto uno no puede asegurar que haya sido malgastado. Una celadora en la ciudad de Nueva York escribió que había encontrado un tratado en un cesto para desechos, que le agradó tanto que mandó dinero para que le enviara otros para repartir.
Otro pudiera decir: «Yo he visto tratados rotos y esparcidos a los cuatro vientos». Puede ser, pero si pensaba que era material y esfuerzo malgastados de parte del repartidor, puede ser que se haya equivocado. Una persona que escribió desde lejos contó que había encontrado un pedacito de papel, el título del cual desconocía. «Pero», decía él, «había suficiente para mostrarme mi condición como pecador, como también que Cristo era el Salvador, e indicarme dónde podía conseguir más de tal literatura. Haga el favor de mandarme un paquete muestra de toda su literatura, porque desearía leer la parte que faltaba del tratado».
Si usted pregunta: «¿Quién usa tratados, y cómo?», haga el favor de notar lo siguiente:
Un vendedor de periódicos escribió pidiendo una cantidad para poner uno en cada periódico que entregaba.
Un hombre y su esposa que tienen un negocio de venta por correo, mandaron a pedir una cantidad de tratados, pues deseaban mandar el Evangelio por escrito a todos los clientes en su lista.
Un optometrista pedía mil ejemplares del tratado intitulado «Mis Ojos» para poder dar un ejemplar a cada uno de sus clientes.
Una mujer cristiana, dueña de venta de aves, pedía una cantidad del tratado «¿Dejaría usted su canario al cuidado de su gato?» para dar a sus clientes.
Obreros en cárceles, hospitales, misiones y predicadores al aire libre usan tratados en su importante trabajo.
Vendedores de casa en casa dejan tratados en las casas donde venden.
Predicadores, maestros y pastores los usan en su obra personal.
Un modo adecuado de alcanzar a su comerciante es de darle un tratado cuando le paga.
Se pudiera contar muchos casos donde tratados han sido bendecidos para la salvación de las almas.
Permítame una pregunta: ¿Le interesa usar tratados?