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Preguntemos al Señor cuándo, a quién y cuánto debemos dar. ¿Consideramos como un privilegio el compartir con otros las riquezas que el Señor nos ha prestado?
En la Biblia vemos que en los primeros tiempos de la Iglesia, los creyentes daban a los siervos del Señor, a los necesitados, a las viudas, y para otros aspectos de la obra del Señor, según las necesidades.
Los obreros: “¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas? ¿O solo yo y Bernabé no tenemos derecho de no trabajar? ¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño?… Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto. Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?” (1 Corintios 9:5-7, 9-11).
Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario
(1 Timoteo 5:17-18).
Las viudas: “Si algún creyente o alguna creyente tiene viudas, que las mantenga, y no sea gravada la Iglesia; a fin de que haya lo suficiente para las que en verdad son viudas” (1 Timoteo 5:16).
Los necesitados: “Para que… con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos” (2 Corintios 8:14-15).
Aquellos que estaban involucrados en el servicio del Señor necesitaban ser provistos para su sustento. Pablo viajaba muchísimo e inclusive a veces iba acompañado por hermanos. Entonces, se les ayudaba a pagar los billetes de barco, entre otras cosas.
Hoy en día resulta igual. Hay siervos del Señor que laboran a tiempo completo, hay pobres, viudas y necesitados. Es necesario comprar Biblias y literatura, como tratados y calendarios para evangelización, hay que pagar para difundir programas de radio. Se puede sostener varias obras sociales, como escuelas, orfanatos, clínicas médicas, que tienen como objetivo el Evangelio. Es necesario pagar por las salas de reunión y muchas otras cosas más. ¿Cómo costear todo esto? Por medio de las ofrendas y donativos del pueblo de Dios.
¡Qué maravilloso es que otras personas puedan ser bendecidas por medio de nuestras ofrendas! Ellas a su vez agradecerán y bendecirán al Señor y nuestro donativo subirá a Dios en olor fragante, lo cual agradará Su corazón. Leemos en Filipenses capítulo 4 que el donativo que ellos habían enviado a Pablo cuando él estaba encarcelado suplió sus necesidades. Fue considerado como un sacrificio acepto de olor fragante, como algunas de las ofrendas del Antiguo Testamento.
Estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios
(Filipenses 4:18).
Además, cuando otros recibieron un donativo, tuvieron motivos para dar alabanzas y acciones de gracias a Dios. “Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios; pues por la experiencia de esta ministración glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por la liberalidad de vuestra contribución para ellos y para todos; asimismo en la oración de ellos por vosotros, a quienes aman a causa de la superabundante gracia de Dios en vosotros” (2 Corintios 9:12-14). Ellos, por medio de tal acción, trajeron gozo al corazón de Dios. ¡Cuán maravilloso es que nosotros, sus criaturas, podamos alegrar el corazón de Dios con algo tan básico como el dinero!
Nos anima pensar que por medio de nuestras ofrendas el Evangelio es divulgado y almas son rescatadas de la condenación eterna. A través de nuestras donaciones financieras se distribuyen Biblias para el crecimiento espiritual de muchas personas. Por medio de nuestras ofrendas muchos hambrientos o enfermos pueden ser aliviados. Gracias a nuestros donativos, hermanos y hermanas pueden dedicarse al servicio del Señor y llevar a cabo Su obra.
Pablo dijo a los Corintios que apartaran sus ofrendas al comienzo de cada semana, según hubieran prosperado durante la semana pasada (1 Corintios 16:1-2). Así, con base a esto, un domingo podían apartar un poco más, otro domingo, quizás algo menos.
Puede haber momentos en los cuales nuestra ofrenda sea muy limitada a causa de las circunstancias fuera de nuestro control, como bajos ingresos o gastos elevados. El Señor lo sabe y lo comprende. De la misma manera puede haber ocasiones en las cuales tengamos más de lo que realmente necesitamos; por lo tanto, podemos dar una porción adicional, más generosa, dando gracias al Señor por su abundancia para con nosotros y por la oportunidad de compartirla con otros que se encuentran en mayor necesidad. Sea lo que sea, la ofrenda debe ser entregada voluntaria y alegremente, de corazón, con motivo de amor a Dios; por amor, compasión, gracia, y misericordia hacia los hermanos en Cristo, como también hacia otras personas que se presenten. Pero, no debo dar una ofrenda por el motivo de que Dios me recompensará económicamente.
¿Alguna vez hemos reflexionado por qué Dios nos enseña a poner aparte algo cada primer día de la semana? Creo que lo hace con un propósito, pues el primer día de la semana es el día en que debemos estar juntos, alrededor del Señor, para recordarlo en su muerte y alabarle. Cuando pensamos en su gran abnegación y su gran sacrificio por nosotros, ¿no está conmovido nuestro corazón? Meditando en Él y su obra y la riqueza de su bondad hacia nosotros, igualmente en la de nuestro Padre quien dio el don inefable, deberíamos abrir nuestros corazones para dar con más generosidad.
Aunque apartemos nuestra ofrenda cada primer día de la semana, cuando estamos reunidos, la Biblia también nos exhorta a ayudar personalmente a un hermano necesitado, como vimos en 1 Juan 3:16-17. Es una cosa privada entre el necesitado y yo, delante del Señor.
Además, el Señor puede poner en nuestro corazón, de forma particular, ayudar económicamente en obras del Señor o a siervos del Señor. Vemos que hubo algunas mujeres que daban de sus bienes para el sustento físico del Señor, durante Su servicio aquí en la tierra.
Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes
(Lucas 8:3).
Que sea el amor, la gratitud y la obediencia, lo que nos mueva a seguir sus pisadas.
“Gracias a Dios por su don inefable” (2 Corintios 9:15), y gracias a “Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:13-14).
Pablo escribió a los creyentes de Corinto como iglesia, lo que él había enseñado en todas las iglesias, que pusieran aparte un donativo, una ofrenda, cada primer día de la semana, según habían prosperado durante la semana. Este dinero debía ser guardado hasta que se presentara una necesidad, por ejemplo, para ayudar a los pobres en Judea. Con lo que fuera puesto a un lado cada domingo, no habría necesidad de recaudar dinero o hacer una colecta especial a la llegada de Pablo o de otros hermanos que pudieran llevar este donativo a los necesitados (1 Corintios 16:1-2).
La responsabilidad de la administración de las ofrendas fue dada a la iglesia local, por medio de hermanos piadosos (plural, siempre más de un solo hermano). Vemos que cuando la iglesia tuvo algunas dificultades en la administración de ayudas para las viudas, buscaron siete hermanos de alto nivel espiritual para llevar a cabo este servicio (Hechos 6:1-6). Vemos también cuáles eran los requisitos de los diáconos (los que tenían la responsabilidad de administrar las ofrendas):
Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Y estos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles
(1 Timoteo 3:8-10).
Con esto entendemos que nunca debe ser responsabilidad de una sola persona.
En su carta a los Corintios el apóstol Pablo dijo: “Cuando haya llegado, a quienes hubiereis designado por carta, a estos enviaré para que lleven vuestro donativo a Jerusalén. Y si fuere propio que yo también vaya, irán conmigo” (1 Corintios 16:3-4). Aquí vemos que eran más de uno para llevar el donativo y que no era necesario que Pablo mismo lo llevase. Más tarde, en su segunda carta a los Corintios, Pablo explica cómo podrían mandar la ofrenda de Corinto a Judea. Él dijo: “Enviamos juntamente con él (es decir con Tito) al hermano cuya alabanza en el evangelio se oye por todas las iglesias; y no solo esto, sino que también fue designado por las iglesias como compañero de nuestra peregrinación para llevar este donativo, que es administrado por nosotros para gloria del Señor mismo, y para demostrar vuestra buena voluntad; evitando que nadie nos censure en cuanto a esta ofrenda abundante que administramos, procurando hacer las cosas honradamente, no solo delante del Señor sino también delante de los hombres. Enviamos también con ellos a nuestro hermano, cuya diligencia hemos comprobado repetidas veces en muchas cosas, y ahora mucho más diligente por la mucha confianza que tiene en vosotros” (2 Corintios 8:18-22).
Aquí notamos que dos o tres hermanos estuvieron encargados con esta responsabilidad. Una de las razones era para que las cosas fuesen hechas honradamente delante de Dios y de los hombres. Dios sabe que el ser humano tiene un corazón que codicia. Entonces Pablo quería prevenir cualquier tentación y también cualquier crítica o sospecha.
Escribiendo a la iglesia en Corinto, Pablo dijo que ella era la responsable de la administración de la colecta. Pablo les había informado acerca de las necesidades de los hermanos en Judea, quienes estaban sufriendo persecución. Ahora animó a los creyentes en Corinto para que cumplieran lo que tenían en su corazón desde hacía un año, que era de enviarles una ofrenda o donativo. Pero estaba a cargo de la iglesia tomar la decisión de hacer un donativo o no, y elegir a quién lo llevaría a los necesitados. Todo esto nos sirve como ejemplo y enseñanza hoy en día.
La administración de la ofrenda de la iglesia es la responsabilidad de la iglesia. Ella es la que debe decidir cómo emplear este dinero dado al Señor. La iglesia encarga a varios hermanos, quienes cumplen con los requisitos espirituales y escriturales, para transmitir ofrendas, y estos hermanos obran conforme a la decisión de la iglesia.