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Esta porción del libro que estudiamos contiene las listas de las generaciones de los tres hijos de Noé, en las que se menciona especialmente a Nimrod, fundador del reino de Babel, o Babilonia, un nombre que ocupa una posición prominente en las páginas de la historia sagrada. Babilonia es un nombre muy conocido y de una influencia notoria. Desde este capítulo 10 del Génesis hasta el capítulo 18 del Apocalipsis, este nombre aparece una y otra vez, y siempre se identifica con las fuerzas que hostilizan y se oponen al testimonio de los siervos de Dios. No debemos identificar la Babilonia del Antiguo Testamento con la Babilonia del Apocalipsis. De ninguna manera. Una es una ciudad histórica, mientras que la otra es un sistema; pero tanto la ciudad como el sistema ejercen siempre una influencia poderosa que es hostil al pueblo de Dios. Apenas había entrado Israel en su campaña de conquista de la tierra de Canaán cuando un vestido babilónico (Josué 7:21) trae la derrota y el anatema sobre la hueste invasora. Esta es la primera mención de tal malévola influencia de Babilonia en su contacto con el pueblo de Dios, pero todo estudiante de las Escrituras está al tanto del lugar que Babilonia ocupa a través de toda la historia de Israel.
Este no es lugar para hacer un detallado resumen de todos esos pasajes, pero baste decir que, cada vez que Dios se vale de un testigo en la tierra en la forma de un pueblo o de un testimonio colectivo, Satanás tiene una Babilonia para dañar y corromper ese testimonio. Cuando Dios relaciona su nombre con una ciudad, entonces Babilonia toma la forma de una ciudad; y cuando Dios se identifica con una Iglesia, entonces Babilonia es el sinónimo de una religión corrompida, y merece los asquerosos títulos de “la gran ramera” o “la madre… de las abominaciones” (Apocalipsis 17:1-7). En una palabra, la Babilonia de Satanás es siempre un instrumento que él maneja bien a fin de frustrar las operaciones divinas, sea por su conflicto con Israel como pueblo o con los cristianos como Iglesia. En el Antiguo Testamento, Israel y Babilonia ocupan los opuestos platillos de la balanza, y, cuando sube Israel, baja Babilonia, y viceversa. Leemos que, cuando Israel es rechazado como indigno testigo de Jehová, “Nabucodonosor rey de Babilonia lo deshuesó después” (Jeremías 50:17). Las vasijas de la casa de Dios que debían haber quedado en la ciudad de Jerusalén, fueron llevadas a la ciudad de Babilonia. Pero Isaías, en su sublime profecía, nos enseña otro cuadro en el que se ven las cosas enteramente cambiadas. Nos presenta una visión en la cual la estrella de Israel está en ascenso, mientras que la de Babilonia ha entrado ya en su ocaso. “Y en el día que Jehová te dé reposo de tu trabajo y de tu temor, y de la dura servidumbre en que te hicieron servir, pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia, y dirás: ¡Cómo paró el opresor, cómo acabó la ciudad codiciosa de oro! … Desde que tú pereciste, no ha subido cortador contra nosotros” (Isaías 14:3-8).
No quiero decir más por ahora en lo tocante a la Babilonia del Antiguo Testamento. Si el lector quiere estudiar los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis, sabrá cuál es el carácter y el fin de la otra Babilonia. Se nos presenta como marcado contraste con la esposa del Cordero, y su fin es el de una gran piedra de molino arrojada en medio del mar. Después de su destrucción, la historia termina en las bodas del Cordero, con todo su acompañamiento de felicidad y de gloria.
Me es imposible seguir con el desarrollo de estas comparaciones interesantísimas, las que he mencionado simplemente para llamar la atención sobre ese hombre que fundó la ciudad. Pero dejo a mi lector en libertad para proseguir el estudio hasta donde guste, pues hallará algo tipificado cada vez que se menciona ese nombre. Volvamos, pues, a nuestro capítulo.
“Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová. Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar” (v. 8-10). Esta es la descripción que tenemos de este hombre que fundó la ciudad de Babilonia. Era uno de los “poderosos en la tierra” y un gran “cazador delante de Jehová”. Tal como fue el origen de la ciudad, así se reveló también su carácter a lo largo de todo este libro de Dios. Ha sido siempre una positiva influencia abiertamente antagónica contra todo aquello que debe su origen al cielo, de modo que, cuando esta Babilonia es totalmente destruida, se oye el grito de júbilo entre las huestes celestiales, diciendo: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!” (Apocalipsis 19:6). Ah, sí, llegará el día en que el arco del cazador será quebrado, y este dejará de perseguir la presa, sean bestias del campo o almas humanas. Todo su poder y gloria, su pompa y soberbia, su riqueza y lujo, su luz y goce, su deslumbrante oropel y viso, sus grandes atracciones mundanas y su corruptora e insidiosa influencia habrán pasado para siempre. Ha de ser barrido de sobre la faz de la tierra como anatema y arrojado a la obscuridad y horror de las tinieblas de fuera, a las sombras de una noche eterna. “¿Hasta cuándo, Señor?”.