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BEIJING – Después de tres décadas de crecimiento del PIB a un ritmo anual promedio del 9,8%, la expansión económica de China lleva trece trimestres consecutivos de desaceleración. Es la primera vez que se observa un período de desaceleración tan prolongado desde que en 1979 se lanzó la política de “reforma y apertura”. En el segundo trimestre de este año, el PIB real creció a un ritmo anual de solamente el 7,5% (igual a la meta fijada por el gobierno chino al comenzar el año). Muchos indicadores señalan que esta desaceleración económica continuará, y los inversores son cada vez más pesimistas respecto del futuro de China. ¿Puede China experimentar un colapso?
De hecho, muchas otras economías emergentes de crecimiento rápido han sufrido (incluso más que China) la caída de la demanda global derivada del continuo recorte de gastos en las economías de altos ingresos desde la crisis financiera de 2008. Por ejemplo, el crecimiento del PIB brasileño se desaceleró abruptamente, de 7,5% en 2010 a 2,7% en 2011 y apenas 0,9% en 2012, mientras que en el mismo período, la tasa de crecimiento de India se redujo de 10,5% a 3,2%.
Además, muchas nuevas economías industriales (NEI) de altos ingresos con pocos problemas estructurales tampoco se libraron de los efectos de la crisis de 2008. El crecimiento del PIB de Corea del Sur se redujo de 6,3% en 2010 a 3,7% en 2011 y 2% en 2012; el de Taiwán cayó de 10,7% a 1,3% en el mismo período; y el de Singapur se hundió desde 14,8% hasta 1,3%.
Esto da motivos para pensar que la desaceleración de China después del primer trimestre de 2010 se debe ante todo a una combinación de factores externos y cíclicos. Puesto frente a una perturbación procedente del exterior, el gobierno chino debe y puede mantener una tasa de crecimiento del 7,5%, apelando para ello a medidas de política fiscal anticíclicas y proactivas, sin dejar de mantener al mismo tiempo una política monetaria prudente. Después de todo, China cuenta con un nivel elevado de ahorro público y privado, reservas externas que superan los 3,3 billones de dólares y amplio margen para la modernización industrial y la mejora de infraestructuras.
De hecho, China puede mantener un 8% de crecimiento anual del PIB durante muchos años, porque en la actualidad, el crecimiento económico es un proceso continuo de innovación tecnológica y modernización industrial. Por supuesto, esto vale tanto para países desarrollados como en vías de desarrollo. Pero entre unos y otros hay una diferencia importante. Desde la Revolución Industrial, los países desarrollados siempre han estado a la vanguardia mundial del avance tecnológico e industrial, lo que los obligó a invertir en actividades locales de investigación y desarrollo, con los costos y riesgos que ello supone.
En cambio, las tecnologías e industrias existentes en los países en desarrollo suelen ir por detrás de la vanguardia, de modo que estos países disfrutan de la “ventaja del recién llegado”: pueden lograr innovación tecnológica y modernización industrial por medio de la imitación, la importación y la integración de tecnologías e industrias existentes, todo lo cual implica costos de I+D mucho menores.
En teoría, cualquier país en desarrollo que pueda aprovechar la ventaja del recién llegado para lograr la modernización tecnológica e industrial podrá crecer más rápido que los países desarrollados; cuánto más rápido, eso es una cuestión empírica. Según la Comisión sobre Crecimiento dirigida por el Premio Nobel Michael Spence, después de la Segunda Guerra Mundial trece economías aprovecharon su condición de “recién llegadas” para sostener tasas de crecimiento anual del PIB del orden del 7% o superiores (al menos el doble del ritmo de crecimiento de los países desarrollados) durante 25 años o más.
China se integró a este grupo de trece economías después de 1979. Puesto que sus 33 años de crecimiento económico acelerado se explican en virtud de su condición de recién llegada, la clave para comprender su capacidad de mantener un crecimiento veloz en el futuro radica en estimar cuánto queda todavía de esa ventaja.
Para dicho cálculo, resulta útil tomar como indicador aproximado el PIB per cápita, que refleja la productividad media de la mano de obra de un país y su grado general de avance tecnológico e industrial. Es decir: la diferencia entre el PIB per cápita de China y el de los países desarrollados representará, en esencia, la diferencia de los respectivos grados de avance tecnológico e industrial en términos generales.
Según las estimaciones más actualizadas efectuadas por el difunto historiador de la economía Angus Maddison, el PIB per cápita de China en 2008 fue 6.725 medido en dólares de 1990, igual en ese momento al 21% del PIB per cápita de Estados Unidos. Esta diferencia es aproximadamente la misma que Estados Unidos tenía con Japón en 1951, con Singapur en 1967, con Taiwán en 1975 y con Corea del Sur en 1977; cuatro economías que también forman parte del grupo de trece economías exitosas estudiadas por la Comisión sobre Crecimiento. Japón aprovechó la ventaja del recién llegado para impulsar su tasa de crecimiento anual hasta el 9,2% a lo largo de los 20 años que siguieron, mientras que Singapur logró un 8,6%, Taiwán un 8,3% y Corea del Sur un 7,6%.
Si la ventaja del recién llegado implícita en la diferencia de ingresos entre las cuatro NEI y Estados Unidos permitió a aquellas sostener tasas de crecimiento anual promedio del PIB de entre 7,6% y 9,2% durante 20 años, China también debería poder crecer a un ritmo del 8% anual durante el período que va de 2008 a 2028. Para hacer realidad este potencial de crecimiento derivado de su condición de recién llegada, China necesita, sobre todo, profundizar sus reformas de mercado, encarar diversos problemas estructurales y desarrollar su economía de acuerdo con sus ventajas comparativas.
Traducción: Esteban Flamini
Justin Yifu Lin, ex economista principal y vicepresidente sénior en el Banco Mundial, es profesor y decano honorario de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín y director fundador del Centro de Investigación Económica de China.
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