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Joseph Rabinovich fue uno de los personajes judeo-cristianos más importantes que han existido. Nació en Rusia en 1837 y falleció en su país de origen en el año 1899. Al cumplir seis años, ya mostraba una agilidad mental poco común. Desde muy joven había aprendido a recitar de memoria el Cantar de los Cantares de Salomón, en forma completa. En cuanto a sus estudios, realizó una brillante carrera y se graduó de abogado con las mejores notas. Prometido en casamiento desde muy joven, se casó a los diecinueve años.
Cuando cumplió dieciocho años, su futuro cuñado le prestó un ejemplar del Nuevo Testamento en hebreo, diciéndole: «¡¿Quién sabe si Jesús no fue el verdadero mesías?!». Rabinovich quedó profundamente sorprendido al oír semejante declaración, y trató de borrarla de su mente. Pero Dios no se lo permitió. En ese tiempo tomó parte activa en los asuntos de su pueblo, y escribió muchos artículos en periódicos judíos, alentando, sobre todo, a emprender estudios que se aplicaran al ámbito agrícola, con el fin de mejorar la situación del pueblo judío.
En momentos en que se intensificaba la persecución de los judíos en Rusia, Rabinovich fue a Palestina con el propósito de fundar una colonia donde ellos pudieran asentarse. Un día, hallándose cerca del monte de los Olivos, se sentó y comenzó a reflexionar, asaltado por las numerosas preguntas que se agolpaban en su mente y lo inquietaban desde hacía mucho tiempo; preguntas tales como las siguientes: «¿Por qué se encuentra en este estado de desolación la ciudad de David y la tierra que nos fue prometida mediante el pacto? ¿Por qué razón nuestro pueblo se halla disperso hasta los extremos de la tierra? ¿Por qué todas estas persecuciones se renuevan constantemente?». Y allí mismo, al pie de la colina, abrió el Nuevo Testamento que había llevado consigo, principalmente con el objetivo de usarlo como una ayuda para reconocer los sitios históricos, y sus ojos se fijaron en el capítulo 15 del evangelio de Juan, donde leyó: “Separados de mí nada podéis hacer” (v. 5). Estas palabras penetraron como un relámpago en su espíritu, e inmediatamente tuvo la convicción de haber hallado por fin el remedio para todos los males de su pueblo, y de que la clave para descifrar el misterio de tierra santa estaba en las manos de Jesús. Su conversión fue tan repentina como la de Saulo de Tarso. Más tarde diría: «En un abrir y cerrar de ojos vi el panorama completo: Nuestros millonarios banqueros judíos, con todo su oro, no pueden hacer nada por nosotros. Nuestros eruditos y políticos, con toda su sabiduría, tampoco. Nuestras sociedades de colonización, con toda su influencia y sus grandes capitales, tampoco pueden ayudarnos. Nuestra única esperanza es Jesús, nuestro hermano, a quien hemos crucificado, pero al cual Dios ha resucitado de entre los muertos y se encuentra sentado a su diestra. Sin Él nada podemos hacer».
Al regresar a Rusia, predicó con un celo semejante al del apóstol Pablo, e hizo un llamamiento a su pueblo para proclamar que Jesús era su única esperanza. Formuló trece tesis y escribió la obra: «Símbolo de los Israelitas del Nuevo Pacto». Muy pronto fue objeto de serias persecuciones; sin embargo, permaneció fiel a lo que había recibido del Señor. Gracias a la influencia del evangelista escocés Sommerville, se construyó una sinagoga en la ciudad donde vivía Rabinovich, y el gobierno ruso, en un gesto condescendiente, le otorgó el permiso necesario para predicar, reconociendo oficialmente la existencia del “Movimiento Rabinovich”. Durante muchos años permaneció en esa ciudad predicando a Cristo, y distribuyendo por toda Rusia tratados que contenían el texto de sus predicaciones. El último tratado que escribió se titulaba: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos».
El evangelista D. L. Moody invitó a este gran misionero a visitar la Feria Mundial de Chicago con el fin de alcanzar con su prédica a millares de personas que concurrían a la exposición y, especialmente, a los judíos. Entre otros predicadores muy conocidos que visitaron Chicago en esa oportunidad, se hallaba el evangelista A. J. Gordon, proveniente de Boston. A Gordon le agradaba decir que, de todos los maestros y predicadores que conoció y que habían llegado desde todos los países del globo, el que mayor interés le había hecho sentir era Joseph Rabinovich. En el libro «Adoniram Judson Gordon, Su vida y su obra», escrito por su hijo, Ernest B. Gordon, se puede leer el siguiente comentario:
«En el pasado mes de julio, fuimos a Chicago para tomar parte en la campaña de evangelización organizada por D. L. Moody en la Feria Mundial de esa ciudad, y nos alojaron en una habitación contigua a la de un invitado ruso, cuyo nombre aún no se había dado a conocer. Una noche, oímos fervientes cánticos en hebreo, que provenían de esta habitación. Cuando inquirimos quien era, se nos dijo que se trataba de un señor llamado Joseph Rabinovich, que había llegado de Rusia. Con gran sorpresa, descubrimos que nos encontrábamos al lado de este hombre que deseábamos conocer, para lo cual no habríamos dudado en cruzar el océano. Fuimos presentados enseguida y, desde ese día, pasamos juntos tres semanas inolvidables, disfrutando de la comunión fraternal, dedicados al estudio de las cosas concerniente al Reino. Nos quedan recuerdos imborrables de esos días de comunión.
A medida que transcurría el tiempo, conversando con este israelita en quien no había engaño, y oyéndolo expresar oraciones en las que su corazón desbordaba, nos parecía que nunca habíamos sido testigos de un amor tan profundo por Jesús, ni de una consagración tan grande a Su persona y Su gloria. Jamás olvidaremos su rostro radiante de felicidad, cuando comentaba los Salmos mesiánicos en nuestro culto de la mañana o en el de la tarde. Tampoco olvidaremos cómo, por momentos, en medio de la lectura, levantaba de pronto los brazos y los ojos al cielo, extasiado de admiración al contemplar a Cristo, ya sea en sus sufrimientos o glorificado. Entonces decía, como Tomás al ver la marca de los clavos: “¡Señor mío y Dios mío!”. Tan compenetrado estaba de la letra y del espíritu de las Escrituras judías que, al oírlo hablar, creíamos ver al mismísimo Isaías o a algún otro profeta del antiguo pacto.
Un día, no sin cierta curiosidad, porque esa cuestión era muy debatida en esa época, le preguntamos: «¿Qué piensa usted de la inspiración de las Escrituras?». Levantando su Biblia, respondió: «Creo que esta es la Palabra de Dios; el Espíritu de Dios mora en ella. Cuando la leo, digo al pueblo: ¡Guardad silencio, y oíd lo que Jehová os quiere decir! En cuanto a la comparación que se quiere hacer entre la inspiración divina de las Escrituras y la de Homero o la de Shakespeare para escribir, no es cuestión de establecer grados mayores o menores de inspiración entre la primera y las últimas, sino de comprender que son de diferente especie. La electricidad puede correr por una barra de hierro, pero nunca podrá ser conducida por una barra de vidrio, cualquiera que sea la pureza o la transparencia de este, pues la electricidad no tiene ninguna afinidad con el vidrio. Del mismo modo, el Espíritu de Dios mora en la Santa Escritura porque ella constituye Su medio de comunicación, pero no se encuentra ni en los escritos de Homero ni en los de Shakespeare, porque no tiene ninguna afinidad con ellos».
Otro día, fue él mismo quien se dirigió a nosotros diciendo: «¿Saben ustedes cuántas preguntas y controversias han levantado los judíos respecto al pasaje de Zacarías que dice: “… Mirarán a mí, a quien traspasaron” (cap. 12:10)? Los judíos no quieren admitir que es a Jehová a quien traspasaron. De allí proviene la discusión concerniente a la Palabra traducida con la expresión “a quien”. ¿Saben ustedes que esta palabra está constituida por la primera y la última letra del alfabeto hebreo, o sea Alef y Tau? ¿No creen que es muy natural que me haya sentido maravillado cuando leí en Apocalipsis 1:7-8, las mismas palabras de Zacarías citadas por Juan: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron”; y luego las palabras del Señor glorificado: “Yo soy el Alfa y la Omega”? (Apocalipsis 1:7-8). Nos parece oír a Jesús, preguntando: «¿Queda todavía alguna duda en cuanto a Aquel “a quien” habéis traspasado? Yo soy el Alef y la Tau, el Alfa y la Omega, Jehová el Todopoderoso».
Nada era más conmovedor y patético que escuchar a este profeta del Israel de estos últimos días, hablando de la bendición y de la gloria de su nación cuando esta haya sido conducida nuevamente a disfrutar la comunión y el favor de Dios. «Las naciones (los gentiles) –decía– no pueden alcanzar la bendición que les está reservada, antes de que esto ocurra. El Mesías rechazado y, crucificado no podrá ver el fruto del trabajo de su alma, ni quedar satisfecho, antes de que sus hermanos según la carne lo hayan reconocido y aceptado». Finalmente, con un fervor imposible de describir, pronunció estas emocionantes y bellas palabras: «Ahora, Jesús, la cabeza, el jefe glorificado de la Iglesia, está edificando su cuerpo. ¿Creen ustedes, por un instante siquiera, que mi nación no tendrá ninguna parte en este cuerpo? Ciertamente tendrá el último lugar, y el más sagrado, pues cuando millones de seres de la India o de la China, y multitudes del África y de las islas del mar, cuando el último de los gentiles haya sido traído desde el seno de estas tierras para completar el cuerpo de Cristo, entonces quedará aún un pequeño lugar para Israel, un lugar que será como la abertura en el costado del Señor, la herida que no cerrará hasta que, finalmente, la nación que la ha provocado sea salva».
Rabinovich volvió a Rusia para continuar su ministerio, enseñando, predicando y publicando millares de tratados, cuyo texto se sigue empleando hasta hoy.
Franz Delitzsch, el gran teólogo alemán, consideraba que la conversión de Rabinovich fue la más notable después de la del apóstol Pablo.
Jacob Gartenhaus, (B. N. 1895)