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6. La persona según los teólogos R. Guardini, J. Mouroux y J. Ratzinger
No sólo los filósofos del siglo XX, sino también los teólogos de esa centuria han ofrecido aportes a la filosofía, en especial antropológicos. De entre ellos cabe citar a Soloviev, aunque éste murió justo al inicio de dicho siglo. Asimismo los alemanes, Barth, Bultmann, Bonhöffer, Cullmann, Rahner, Pannenberg; el suizo von Balthasar; los franceses Teillard de Chardin, Daniélou, Henri de Lubac; los españoles S. Ramírez, Victorino Rodríguez, etc. Aunque muchos de ellos son relevantes e intuitivos para la antropología, vamos a centrarnos solo en tres: Guardini, Mouroux y Ratzinger.
6.1. R. Guardini. a) Vida y obras. Nació en Verona (Italia) en 1885. Su familia se trasladó a Maguncia (Alemania) en 1986. Tras los estudios primarios en esa ciudad, estudió química en Tubinga y economía política en Múnich y Berlín. A sus 21 años empezó los estudios de teología en Friburgo, lo cuales siguió en Tubinga. En 1908 ingresó en el seminario de Maguncia donde 2 años después fue ordenado sacerdote. Defendió su tesis doctoral de teología en Friburgo a sus 30 años. Siete años después consiguió la habilitación como profesor de teología en Bonn, y posteriormente, a sus 38 años, la cátedra en Berlín. Fue apartado de la docencia por los nazis. Luego, tras la IIª Guerra Mundial, desempeñó su magisterio en Tubinga y Múnich. Murió en 1968 en Múnich. Entre sus obras cabe destacar: Mundo y persona, La aceptación de sí mismo, Cartas sobre la formación de sí mismo, Ética, y otro breve pero muy intuitivo: Quien sabe de Dios conoce al hombre. En su Diario escribió: “Lo que desde un principio pretendía, primero por instinto y luego cada vez más conscientemente, era hacer resplandecer la verdad”.
b) Filosofía. En antropología concibe al hombre como ‘relación’ a Dios y esa impronta arranca en él de Agustín de Hipona. La respectividad a Dios no es un añadido ‘accidental’ al ser humano, sino su propia índole. Con esto no se quiere decir que la relación sea ‘sustancial’, porque tanto la sustancia como los accidentes son de orden ‘predicamental’ o físico, mientras que lo radical humano no es de esa índole sino espiritual. Por eso añade que “la relación de la que estamos hablando es, por el contrario, de otro orden (quiere decir que es trascendental); en esta relación yo-tú consiste su ser… El ‘¡Oh Dios! Nos has creado para ti’ no ha de entenderse de forma entusiasta o edificante, sino correctamente. Dios ha establecido con el hombre una relación, sin la que éste no puede ni existir ni ser entendido… Se puede entender al hombre no como algo cerrado que vive y se apoya en sí mismo, sino como alguien cuya existencia consiste en una relación: de Dios, hacia Dios. Esta relación no es algo secundario sobreañadido a su ser, de forma que también sin ella pueda seguir existiendo, sino que en ella se apoya su ser”. Tal vínculo estriba en que Dios llama al hombre y éste ni es ni se entiende al margen del sentido divino otorgado en tal llamada: “precisamente porque Dios lo llama, sienta Él las bases de su ser, y por eso mismo se constituye en persona. El hombre consiste en ser-llamado por Dios, y sólo en eso. Fuera de ahí no le queda nada. Si se pudiera desligar el hombre de este ser-llamado, se convertiría en un fantasma, más aún, en nada… Sólo a partir de aquí puede el hombre ser entendido, y si se le quiere entender desde otra parte, se comete un grave error con él”. Esto indica que el ser personal humano no es un invento propio, sino que Dios otorga a cada quien un sentido personal distinto. Por tanto, cada hombre sólo se puede entender en correlación con Dios. “El hombre sabe quién es en la medida en que se comprende a partir de Dios. Para ello debe saber quién es Dios… Si se enfrenta a Dios, si lo concibe de forma errónea, pierde todo conocimiento acerca de su propio ser. Ésta es la ley fundamental de todo conocimiento del hombre… Quién soy yo lo comprendo sólo en Aquel que está sobre mí… El hombre no puede comprenderse partiendo de sí mismo”. En la medida en que el hombre pierde de vista a Dios queda sin sentido para sí: “al abandonar a Dios, se vuelve incomprensible para sí mismo. Sus innumerables intentos de autointerpretarse terminan siempre en estos dos extremos: en absolutizarse o en inmolarse, esto es, en reclamar la existencia absoluta de dignidad y responsabilidad, o en entregarse a una ignominia tan profunda como nunca más volverá a experimentar”. ‘Absolutizarse’ es la actitud de quien alberga en su interior la pretensión de sí hasta intentar comprenderse enteramente por sus propias fuerzas, pero como con ese intento se pierde de vista el vínculo que uno es, olvida a la par su ser personal y se atiene a lo que desea ser; olvida su ‘persona’ y se atiene a su ‘yo’. ‘Inmolarse’ es la actitud de quien prescinde de conocerse, porque considera que no es nadie. Esta consideración engendra la desesperación. En definitiva: “si (el hombre) se rebela contra Dios, si piensa mal de Él, entonces pierde el conocimiento sobre su propio ser”. Se trata, pues, de una pérdida por partida doble, en la que las realidades perdidas son las más valiosas, pues se pierde el ser personal divino y el propio ser personal humano. Nadie quiere perderse, pero la propia pérdida es la consecuencia indirecta de la libre desvinculación con Dios. Tras la doble pérdida, el ser divino deviene incognoscible, e incluso se estima inexistente, a la par que el propio ser se considera, más que un enigma irresoluble, un sin sentido. En tesituras graves también se acaba por negar su existencia. En suma, para Guardini, el hombre sin Dios no sabe quién es. “Si se repasan las respuestas que el hombre da a la pregunta sobre el sentido de su vida –no solamente algunas, sino todas, no sólo las valientes, sino las desesperadas; no sólo las nobles, sino también las villanas– hay que concluir que el hombre no sabe quien es. Sólo que se ha acostumbrado tanto a este no-saber, que lo encuentra correcto”. Con el mal radical, el pecado, el hombre “perdió su referencia a Dios y se entendió a sí mismo como un ser naturalmente autosuficiente, y a su obra como una creación autónoma. Con ello desapareció de su vista su auténtico ser y también el verdadero sentido de su obrar”. Cada hombre es una referencia distinta a Dios, cada quién tiene un sentido distinto, al cual en lenguaje bíblico se denomina ‘nombre personal’. Por tanto, la ruptura de la ligazón constitutiva u originaria “es como alguien que ha olvidado su nombre, porque éste va incluido en el nombre de Dios. No se puede olvidar el nombre del Dios viviente y seguir manteniendo el propio nombre, el propio sentido de la vida y la propia trayectoria vital”. El conocimiento propio en esta vida, merced a la iluminación divina, es progresivo, pues “algunas zonas de mi interioridad me resultan patentes, pero otras me están escondidas”. Pero el sentido completo sólo se dará al final, lo cual también es sabido por revelación: se trata del nombre que Dios otorgará al que venciere y que se simboliza inscrito en la pequeña piedra de que habla el Apocalipsis II, 17. Que el verdadero nombre no se logre alcanzar por las propias fuerzas indica que el hombre no está hecho para sí, sino para Dios y, por tanto, que sólo en él puede culminar. En suma: el ser humano se desborda a sí mismo, y ese incesante in crescendo remite a Dios. Ese sentido que Dios otorga a cada hombre no es ajeno al amor divino a él. “Sólo en Dios radica cada ser humano. Sólo en el encuentro con él aprende quién es, pues sólo Dios puede decírselo. Sólo el amor de Dios lo constituye definitivamente en su propio sí mismo. Y, por tanto, Dios es también el único que le dice auténticamente ‘tú’. Su verdadero nombre es la expresión de este conocimiento que Dios tiene de él y que él ha aprendido de Dios sobre sí mismo… Dios le da a conocer quién debe ser eternamente; lo asume amorosamente en su vida eterna… Este nombre está protegido. ‘Nadie lo conoce’; sólo Dios y él, él en Dios”.
6.2. J. Mouroux. a) Vida y obras. Nació en Dijon en 1901. Estudió y trabajó en el seminario de su diócesis. Estudió también en la Universidad de Lyon. Estuvo notablemente enfermo desde sus 55 años. Leyó a De Lubac, Danielou, Chenu, Congar, etc. Murió en su ciudad natal en 1973. Entre sus obras se cuentan: Sentido cristiano del hombre, La experiencia cristiana, El misterio del tiempo, La libertad cristiana y A través del mundo de la fe.
b) Filosofía. Es antropológica. Considera que la persona humana es un ser sagrado, misterioso, cuya nota distintiva es la vocación: cada persona, una llamada distinta de Dios hacia la intimidad divina; llamada a la que responde con su libertad y amor personales. Dios llama porque el hombre es imagen de Dios, imagen que es la vocación primera del hombre; la segunda es la vocación sobrenatural. Por ende, el hombre solo puede ser comprendido si se tiene en cuenta su relación a Dios, pues es él quien le revela su ser. Pero la presente vida humana se dan dos carencias: una de vinculación entre el espíritu y el cuerpo, la cual no fue originaria sino acaecida; otra de suficiente vinculación entre el espíritu y Dios, porque la libertad personal humana puede unirse más o menos a él mediante el amor o rechazarle. Remediar las carencias de este ‘espíritu encarnado’ requiere esfuerzo, sacrificio. De ahí la semejanza del hombre con la vida de Cristo. Como ‘espíritu’, la persona es la forma más alta de existencia y mira a Dios. Como ‘encarnado’ su situación es espacio-temporal, y manifiesta (es epifanía) su ser espiritual al mundo, trabajándolo, a través de la corporeidad. Mouroux llama a la persona, a la libertad y al amor ‘valores espirituales’. El núcleo de la persona es la libertad y el núcleo de ésta, el amor, que es previo al querer de la voluntad. Con ese centro se vincula a Dios, si libremente desea, y desde él conoce su sentido personal. Consecuentemente, la historia de la persona es la historia de su libertad, la cual es ayudada por la gracia divina; libertad que es perfeccionada en la medida en que se entrega al ser divino. Describe al amor como deseo de posesión y don de sí.
6.3. J. Ratzinger. a) Vida y obras. Nació en Marktl am Inn (Alemania) en 1927. Tras su ordenación sacerdotal se dedicó a la pastoral y posteriormente fue profesor del seminario. Se doctoró en teología a sus 26 años. Defendió su tesis de habilitación a los 32. Tras ella fue profesor en la Universidad de Múnich y después ocupó la cátedra de Bonn. Más tarde participó como perito en el Concilio Vaticano II. Luego enseñó en Tubinga y ocupó una cátedra de teología en Ratisbona. Posteriormente fue llamado a formar parte de la Pontificia Comisión Teológica Internacional. Fundó con otros la revista teológica Communio. Fue nombrado arzobispo de Múnich, para cuyo cargo escogió como lema el de ‘colaborador de la verdad’, porque “si no existe la verdad todo se hunde”. Trabajó en la romana ‘Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe’. Fue ascendido al papado, cargo que ocupó durante 8 años hasta el momento de su libre renuncia. Leyó a San Buenaventura, Guardini, Pieper, Häecker, Wust, Läpple, Steinbüchelen, Jaspers, Heidegger, Nietzsche, Bergson, Ebner, Buber, Schmaus, Pascher, Söhngen, Maier, de Lubac y a la patrística, en especial, a Agustín de Hipona. Entre sus obras cabe destacar: Introducción al cristianismo, Creación y pecado, Dios y el mundo, Fe, verdad y tolerancia, Dios es amor, Fe, esperanza, amor, etc.
b) Filosofía. Su tema antropológico central es la persona. Considera que ‘persona’ denota apertura personal; implica, por tanto –en el ser divino y en el hombre–, la existencia de pluralidad de personas. Lo que añade el cristianismo sobre la filosofía griega es que, por encima del pensamiento –tanto en el ser divino como en el humano– subyace una realidad constitutivamente coexistente. La mentalidad de describir al hombre como un compuesto de sustancia y accidentes es antigua, y es secundada en nuestra época. Pero a Ratzinger no le parece adecuada porque, de afirmar que la relación humana es accidental, cabría pensar que, o bien es un accidente nativo o bien es adquirido. De considerarlo adquirido, se estaría afirmando implícitamente que el nombre no está nativamente abierto a Dios y que, por tanto, el ateísmo es el estado natural y propio del hombre, lo cual es erróneo. De considerarlo innato, la apertura del hombre a Dios sería natural, pero en cualquier caso poco relevante, es decir, accidental, lo cual también es erróneo. “La persona es la pura relación de lo que es referido, nada más. La relación no es algo que se añade a la persona, sino que la persona consiste en la referibilidad”, lo cual implica que “la relación se concibe como una forma primigenia de lo real”. Lo que precede implica que ‘el hombre es totalmente él cuando deja de estar en sí, cuando deja de encerrarse en sí mismo y de afirmarse, cuando es pura apertura a Dios. Con otras palabras, el hombre llega a sí mismo cuando se supera’. En suma, a diferencia de una sustancia, que se separa de las demás sustancias para subsistir y ser distinta de ellas, a la persona la describe la apertura íntima. “La apertura a lo infinito es lo que constituye al hombre. El hombre se hace hombre cuando se supera infinitamente; por tanto, es más hombre cuando menos cerrado está en sí mismo, cuanto menos ‘limitado’ está. Lo cual comporta que ‘no puede llegarse a lo propio del amor si el hombre no se comprende como relación”.
Ratzinger indica que se alcanzar a conocer el ser de la persona como relación abandonando el ‘conocimiento objetivo’, porque en este tipo de conocer las ideas que se piensan están separadas o aisladas unas de otras, pues ahí vale lo que decía Aristóteles de este nivel cognoscitivo: ‘solo se piensa lo uno’. “Es posible la superación de lo que hoy llamamos ‘pensar objetivado’; con esto se nos revela un nuevo plano del ser… Sin poder encontrar un concepto que los abarque, ambas cosas –por ejemplo, la estructura de los corpúsculos y las ondas– debemos considerarlas como anticipación del todo en su unidad al que no tenemos acceso, dada la limitación de nuestro campo visual. Lo que sucede en el campo de la física como consecuencia de nuestra limitación, vale también y con mucha más razón para las realidades espirituales y para Dios”.