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La promesa del Señora a sus discípulos reunidos, en Hechos 1:4-5, tuvo su cumplimiento diez días después de su ascensión al cielo. El cumplimiento de dicha promesa se registra en el capítulo 2 del libro de los Hechos, cuando los discípulos fueron bautizados con el Espíritu Santo, en el día de Pentecostés.
El Señor habló, mientras estaba aquí en la tierra, de la fundación de su Iglesia como cosa futura (Mateo 16:18). Cristo no podía tener una iglesia, sino por su muerte, resurrección y ascensión al cielo. La Iglesia, como el cuerpo de Cristo, no existía hasta el día de Pentecostés, cuando quedó formado por el bautismo con el Espíritu Santo. Los discípulos sabían que el Señor les había prometido bautizarlos con el Espíritu Santo y que aquello que ellos habían recibido era el cumplimiento de esa promesa (Hechos 2:33), pero la enseñanza doctrinal derivada de ese hecho la encontramos en la epístola primera a los Corintios, y esta doctrina nos es dada por medio del apóstol Pablo, el ministro de la Iglesia (Colosenses 1:24-25). El día de Pentecostés, pues, tenemos el hecho: el bautismo con el Espíritu Santo. En las Epístolas tenemos la doctrina que se deriva de ese hecho. El día de Pentecostés el Espíritu Santo fue derramado colectivamente sobre todos los creyentes reunidos y el apóstol Pablo nos dice en 1 Corintios 12:13 que el bautismo del Espíritu Santo fue la formación del Cuerpo.
Si la Iglesia es un cuerpo o un organismo —y la Escritura nos enseña con toda claridad que cada creyente es un miembro individual de ese organismo o de ese cuerpo— es lógico concluir que el bautismo con el Espíritu es una acción colectiva y no individual. Por tanto, no es correcto hablar de un bautismo individual con el Espíritu Santo.
El bautismo con el Espíritu Santo es un hecho histórico que no puede verificarse repetidamente. Este bautismo, el día de Pentecostés, realizó la unión vital de todos los creyentes en un cuerpo y todos fueron unidos a la cabeza, que es Cristo en el cielo, por el mismo Espíritu. Un pecador convertido recibe personalmente el Espíritu Santo y es unido por el Espíritu al Cuerpo que ya existe desde hace 20 siglos. En ese momento, él participa del bautismo histórico y colectivo de la Iglesia. No es correcto, por lo tanto, estar esperando y hablando de un bautismo personal del Espíritu Santo semanas, meses y hasta años después de la conversión como lo hacen algunos.
Un cuerpo militar, digamos, un batallón se organiza. Desde el acto de su organización en adelante se reconoce y pasa a ser un organismo militar histórico. Por accidentes de guerra o por la muerte natural de sus miembros individuales ocurren vacantes en el cuerpo. Se reclutan entonces nuevos miembros que vienen a llenar esas vacantes y ser parte del mismo organismo militar que ya existía. Este símil militar tomado de la Escritura que enmarca el ejemplo dado más arriba de la organización del cuerpo militar ilustra maravillosamente la idea del cuerpo formado por miembros vivos por el derramamiento o bautismo del Espíritu Santo el día de Pentecostés.