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Nos ingresaron en un orfanato, donde nos maltrataban, pasábamos hambre y cada cuatro años cambiaban las monjas para evitar que nos encariñáramos con ellas. A los 14 años, me asignaron a una familia campesina para ocuparme de sus veinte hijos. Las condiciones eran terribles y no me pagaban. Mi ignorancia era tal que no sabía que se cobraba por un trabajo… Me fugué, me volvieron a asignar a una familia, me pusieron en la calle. He vivido todo esto.
Con 20 años, me contrataron como sirvienta y me trasladé a Lausana. Allí empezaron las verdaderas desgracias. Fui a un baile con una chica, donde nos engañaron y nos violaron. Nos quedamos embarazadas.
Mi patrona no tenía hijos, pero me puso de patitas en la calle, sin un céntimo. La noche de Navidad, estaba a punto de tirarme de un puente -ya tenía una pierna del otro lado de la balaustrada- cuando sentí una patada de mi bebé en el vientre. Le juré que me ocuparía de él.
Pero no pude evitarle el trauma de vivir cinco años en la calle. Hablaba mal el francés y la gente me odiaba por ser de la Suiza de habla alemana. Dormía en las iglesias, me lavaba en las fuentes, me pasaba el día descascarillando semillas para los pájaros e iba a lamer los platos sucios en el restaurante del Uniprix. Finalmente, me dieron una vivienda. Luego trabajé en las ferias en un puesto de tiro al blanco. Me enseñaron a vender y me convertí en demonstradora en electrodomésticos.
Traducción del francés: Belén Couceiro, swissinfo.ch