Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05067.jsonl.gz/38

El conocido evangelista inglés Mac Neil contó su conversión en los términos siguientes: “Tenía alrededor de dieciocho años, conocía bien la Biblia y podía como quien dice recitar el catecismo de memoria, pero no tenía ninguna luz ni paz. Cada año me ponía más indiferente y sombrío, sin embargo, era bastante honesto como para reconocer que no era salvo.
Pero entonces se despertó en mi alma una verdadera necesidad de paz. Escribí una noche lo que sigue a un cristiano que era servidor de Dios: “No puedo decir que estoy en una gran aflicción del alma, pero siento que tengo que tomar una decisión. Si no me dedico ahora por Cristo, el mundo no me permitirá más tiempo de ir con él solo a medias. La Biblia dice: Cree en el Señor Jesús; yo no soy ni un ateo ni un denigrador de la salvación, sí creo todo lo que las Sagradas Escrituras dicen acerca de Cristo, pero no me encuentro mejor por eso. ¿Qué debo hacer?”.
Dos días pasaron. La contestación vino en la mañana como a las diez y media. Abrí la carta con precipitación y leí: “Querido joven amigo, me dices que crees todo lo que las Escrituras dicen acerca de Cristo, pero que, sin embargo, no te sientes mejor. ¿Dé donde viene esto, pues? ¿De lo que Dios dice o de lo que tu sientes? ¿A quién debo dar razón? ¿A ti, quien escudriñas tus sentimientos y pretendes entonces que no estás salvo, o debo creer a Dios quien declara en su Palabra que, si realmente crees en el Señor Jesús, serás salvo y eternamente feliz?
Esta explicación fue para mí una revelación. Fue exactamente como si hubieran quitado una cortina que me escondía la luz. Vi de golpe que de ninguna manera dependía de mis sentimientos, sino de la fe, o mejor dicho, de la declaración de Dios. Vi entonces claramente que hasta entonces no me había confiado en Cristo enteramente, sino en mi propio corazón. Mas las Escrituras dicen: El que confía en su propio corazón es necio. Desde entonces confié en Cristo. No sentí nada particular, pero entendí lo que es creer en Cristo, confiar en él y ser salvo.
Sin embargo, me faltaba todavía sostener una lucha. Al día siguiente, al despertarme, no estaba feliz; dudaba todavía de mi salvación, mas en mi aflicción me vinieron estos buenos pensamientos: “¿Acaso al Palabra de Dios ha cambiado durante la noche? ¿El versículo 31 del capítulo 16 del libro de los Hechos habría cambiado, por ejemplo, o también la palabra de salvación en el evangelio de Juan 5:24? ¿El valor de la obra de Cristo y el precio de su sangre habrían disminuido delante de Dios?” estaba obligado a decirme: “No, no, por consecuencia, el fundamento sobre el cual descansa tu salvación eterna tampoco ha cambiado. Solo mis sentimientos habían cambiado desde ayer, y cambiaran posiblemente todavía más de una vez, pero no pueden ni salvarme ni perderme. Solo la fe en el Señor Jesús me ha salvado”. Así fue deshecho el ataque y vencido el poder del enemigo. Estuve de nuevo plenamente en paz y ya no surgió jamás en mí la menor duda respecto a mi salvación.
“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).