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Cierta vez, un siervo del Señor predicaba en una ciudad de Irlanda. Allí vivía un hombre que no quería saber nada de la Palabra de Dios. Sin embargo, le gustaban los himnos y cánticos. Por eso se presentó en el lugar donde hablaba aquel siervo. Para no oírle se tapaba los oídos con las dos manos y solo se los destapaba cuando entonaban algún cántico.
Pero Dios quería que ese hombre oyera su Palabra; por lo tanto, hizo que una mosca se parara en su nariz. Le causó tanta molestia que quiso rascarse. Para hacerlo tuvo que sacar una mano de su oído, y justo en ese momento el predicador leía en la Palabra lo que dijo el Señor Jesús: “El que tiene oídos para oír, oiga”.
Fue tan grande su sorpresa que no pudo hacer otra cosa que seguir escuchando. Esas palabras no se apartaban de su mente; así, pues, continuó yendo a todas las reuniones en que habló aquel siervo, hasta que conoció bien al Señor Jesús y lo recibió como su Salvador.
¿Escuchas tú cuando se lee la Palabra de Dios? Si te distraes, es lo mismo que si te taparas los oídos. Oye con atención, escucha, y así tú también conocerás al Señor Jesús, quien te ama y quiere que seas salvo.
Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde
(Isaías 50:5).
María…, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Jesús dijo:… María ha escogido la buena parte
(Lucas 10:39 y 42).