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Volvamos atrás para comprender un poco cuáles fueron las causas que motivaron la respuesta a las oraciones de Star.
En la mal ventilada trastienda de un bazar hindú, al caer la tarde, un muchacho de unos catorce años trata de verificar unas cuentas que no alcanza a hacer bien. Hace una pila de monedas de plata, otra de monedas de cobre, las cuenta y recuenta, comprendiendo que hay un error, aunque no sabe dónde; el pobre está muy desconcertado.
–¡Cabeza de mula! –le dice su padre.
Es demasiado para el chico.
–¿Es justo que me llame usted «cabeza de mula»? –vociferó–. ¿Es mi culpa si no logro hacerlo bien? ¿Por qué no me mandó nunca a la escuela? ¡Déjeme ir a Dohnavur para instruirme!
Si al final de un día de fiesta hubiese explotado un petardo a sus pies, el padre no hubiese sentido más estupor que al oír esas palabras. Como atontado, miró fijamente a su hijo sin responder palabra.
A partir de ese día, esta idea se apoderó de Kinglet y no la abandonó más. Habló con su madre quien vio en esto una respuesta al suspiro de su corazón, ignorando aún la preocupación de Star.
Este deseo de Kinglet fue el motivo por el cual Mimosa dictó la carta a su primo. Decía a Star que desde hacía tres meses su hijo le suplicaba que lo dejase ir a Dohnavur. ¿Podría llevarlo a él y también a su segundo hijo? Quería consagrarlos a Dios. Su esposo consentía en dejarlos ir. ¿Cuándo podría recibirlos?
«Desde hacía tres meses»… No podía ser una mera coincidencia. Pero Star sabía también que «consagro mi hijo a Dios» podía significar poco o mucho. Ignoraba completamente lo que sabemos de la vida de Mimosa durante estos últimos años y no se figuraba que adoraba al verdadero Dios.
Lo que sí sabía, era que ese padre hindú no se daba cuenta de que sus hijos podrían volverse verdaderos discípulos de Cristo. Él había visto a muchos jóvenes, incluso a sus propios sobrinos, volver a casa durante las vacaciones, someterse a todos los ritos de la religión hindú, ¿para ser qué, finalmente? cristianos de nombre, quizás. Como antes, mantenían el distanciamiento entre las castas, que era lo primordial. Seguían viviendo como hindúes, sin preocuparse por los principios cristianos cuando éstos los molestaban. En suma, eran iguales a sus antepasados, excepto con alguna educación más. ¿A quién le molesta un poco de barniz? No al padre hindú que conoce la calidad de la madera que recubre. Es cierto que existen algunas excepciones, pero son tan pocas que no hay de qué preocuparse.
Star escribió claramente que no se iba a la misión sólo para recibir una buena educación. Dijo que la meta era la conversión de los niños, su liberación de las castas y su consagración al servicio de Cristo; explicó además, qué medios se empleaban para alcanzar esta meta.
Fue una carta muy penosa de escribir; parecía que cerrara la puerta con llave. Y más penoso aún habría sido si hubiese sabido lo que sufrió Mimosa antes de escribir, si hubiese visto las lágrimas sobre el papel. Pero ignoraba todo esto. Aunque le habría sido mucho más agradable escribir a sus sobrinos que vinieran, debía ser honrada. La carta de su hermana decía tan poco; no obstante, Mimosa hacía alusión a su deseo de haberse quedado en la misión y deseaba que sus hijos lo pudiesen hacer también.
No es necesario tener mucha imaginación para representarse la impresión que recibió Mimosa al oír la respuesta de Star. Si ésta necesitó mucho valor para escribirla, no menos necesitó Mimosa para escucharla. Cada palabra caía como plomo sobre su corazón. Era imposible que su marido estuviera de acuerdo en dejarla partir.
Pero el Padre oiría la oración de su hija. ¡La había oído tantas veces ya! La paz reinó de nuevo en su corazón; oró nuevamente y lo que parecía imposible sucedió.
Sabemos lo que representa la puerta de una prisión. También sabemos lo que es un hindú; no el hindú influenciado por la civilización, sino el que ha quedado imbuido de todo el orgullo de su casta. Pues bien, la mente del hindú es todavía más tenaz que las barras de hierro de esa puerta. Hasta entonces, el padre había llevado una vida insignificante e inútil, no por eso era menos hindú. Todos los de su casta habrían estado a su favor si él se hubiese negado a que su mujer y sus hijos se fueran. No obstante, dio su consentimiento. Mimosa pudo escribir a la misión para anunciar su próxima llegada. Ese día su corazón cantaba con los pájaros.