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Estos dos capítulos deben leerse juntos. Forman una parte distinta del libro, llena de interés y de instrucción. El principio del capítulo 28 nos da un resumen del contenido de toda la sección. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel, y diles: Mi ofrenda, mi pan con mis ofrendas encendidas en olor grato a mí, guardaréis, ofreciéndomelo a su tiempo” (v. 1-2).
Estas palabras dan al lector la clave de esta parte del libro. Más claro y sencillo no podría ser. “Mi ofrenda”, “mi pan”, “mis ofrendas encendidas”, “olor grato a mí”. Todo esto está fuertemente acentuado, vemos que el gran pensamiento principal es Cristo, en relación con Dios. No es tanto Cristo supliendo nuestras necesidades, aunque ciertamente las suple de la manera más bendita, sino más bien Cristo nutriendo y regocijando el corazón de Dios. Es el “pan” de Dios, expresión verdaderamente asombrosa acerca de la cual pensamos y comprendemos poco. Estamos demasiado acostumbrados a considerar a Cristo simplemente como el autor de nuestra salvación, Aquel por quien somos perdonados y salvados del infierno, el conducto por el que fluye hasta nosotros toda bendición. Él es todo esto, bendito sea su nombre. Él es el
autor de eterna salvación para todos los que le obedecen
(Hebreos 5:9),
quien “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24); murió, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18), y nos salva de nuestros pecados, de su poder presente y de sus consecuencias futuras.
Todo esto es verdad y, por lo tanto vemos que se presenta la ofrenda por el pecado en los dos capítulos que están ante nosotros, así como en cada párrafo en particular (véase cap. 28:15, 22, 30; 29:5, 11, 16, 19, 22, 25, 28, 31, 34, 38). Más de trece veces se menciona la ofrenda de expiación por el pecado; pero a pesar de esto, es evidente que el pecado o la expiación por el pecado no es el asunto principal de estos capítulos. No se hace mención de esto en el versículo citado, aunque presenta un resumen del contenido de los dos capítulos, e incluso ni se la menciona antes del versículo 15.
Es conveniente decir que la ofrenda por el pecado es esencial, ya que se trata del hombre y este es pecador. Sería imposible tratar el tema de la aproximación del hombre a Dios, de su culto o de su comunión, sin introducir la muerte expiatoria de Cristo como fundamento indispensable. El corazón reconoce esto con extraordinario gozo. El misterio del precioso sacrificio de Cristo será, en todos los siglos venideros, una fuente de refrigerio para nuestras almas.
¿Se nos acusará de socinianismo1 si afirmamos que en Cristo y en su muerte preciosa hay algo más que el acto de llevar nuestros pecados y de suplir nuestras necesidades? Esperamos que no. ¿Es posible leer los capítulos 28 y 29 y no verlo? Considere un simple hecho que llamaría la atención hasta de un niño: hay setenta y un versículos en toda esa sección; de ellos solo trece aluden a la ofrenda por el pecado, mientras que los cincuenta y ocho restantes no se ocupan más que de los sacrificios de olor grato.
- 1N. del Ed.: Doctrina que niega la Trinidad y la divinidad de Cristo (de Sozzini o Socin 1525-1562).
En pocas palabras, el tema principal aquí es el agrado que Dios siente en Cristo. Día y noche, día tras día, semana tras semana, de una nueva luna a otra, del principio al final del año, se trata de Cristo, su olor agradable y su gran valor ante Dios. Es verdad, gracias a Dios y a Jesucristo su Hijo, nuestro pecado es expiado, juzgado y borrado para siempre; nuestras faltas son perdonadas y nuestra culpabilidad anulada. Pero, además y sobre todo esto, el corazón de Dios es nutrido, refrigerado y regocijado por Cristo. ¿Qué representaba el cordero de la mañana y el cordero de la tarde? ¿Era una ofrenda por el pecado o un holocausto? He aquí la respuesta: “Y les dirás: Esta es la ofrenda encendida que ofreceréis a Jehová: dos corderos sin tacha de un año, cada día, será el holocausto continuo. Un cordero ofrecerás por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde; y la décima parte de un efa de flor de harina, amasada con un cuarto de un hin de aceite de olivas machacadas, en ofrenda. Es holocausto continuo, que fue ordenado en el monte Sinaí para olor grato, ofrenda encendida a Jehová” (v. 3-6).
¿Qué significaban los dos corderos para el día de reposo? (v. 9-10). ¿Una ofrenda por el pecado o un holocausto? “Es el holocausto de cada día de reposo”. Debía ser doble, porque el día de reposo era un símbolo del reposo que queda para el pueblo de Dios, época en la que habrá una doble apreciación de Cristo. El carácter de esa ofrenda es, por lo tanto, muy evidente: Cristo como las delicias de Dios; ese es el principal carácter del holocausto. La ofrenda por el pecado viene a ser Cristo en relación con nosotros. En esta se trata de la naturaleza odiosa del pecado; en la otra se trata del valor inestimable y de la excelencia de Cristo, según lo aprecia Dios mismo.
Y así sucedía también en el comienzo de sus meses (v. 11), en la fiesta de la Pascua y de los panes sin levadura (v. 16-25), en la fiesta de las primicias o primeros frutos (v. 26-31), en la de las trompetas (cap. 29:1-6), en el día de la expiación (v. 7-11), y en la fiesta de los tabernáculos (v. 12-38). En toda la serie de fiestas la idea dominante es Cristo como olor agradable. La ofrenda por el pecado nunca falta; pero se puede notar fácilmente que las ofrendas de olor agradable ocupan el primer lugar. No es posible leer esa notable porción de la Escritura sin notar el contraste entre el lugar que ocupa la ofrenda por el pecado y el del holocausto. Con motivo de la primera no se habla sino de “un macho cabrío”, mientras que la segunda se nos presenta bajo la forma de “catorce corderos”, “trece becerros”1 . Ese es el notable sitio que ocupan en estas páginas las ofrendas de olor agradable.
- 1N. del Ed.: Según los capítulos 28 y 29 se calcula que, en un año entero y según las ordenanzas, se debían de ofrecer como holocaustos unos 103 becerros, 29 carneros, 1.050 corderos y 24 machos cabríos por expiación (además de los muchos sacrificios ofrecidos individualmente).
Entonces, ¿por qué nos detenemos tanto en esto? Simplemente para mostrar al lector cristiano el verdadero carácter del culto que Dios busca y en el que se goza. Dios tiene su contentamiento en Cristo, y nuestra aspiración constante debería ser presentar a Dios aquello en lo que él tiene su contentamiento. Cristo debería ser siempre el objeto de nuestro culto, y lo será en la proporción en que seamos guiados por el Espíritu de Dios. ¡Cuántas veces sucede todo lo contrario, lamentablemente! Ya sea en el culto público o en lo particular, muy a menudo el tono es débil y el espíritu triste y pesado, ya que nos ocupamos de nosotros en vez de ocuparnos de Cristo. Entonces el Espíritu Santo, en lugar de cumplir su obra comunicándonos las cosas de Cristo, se ve obligado a dirigir nuestra atención a nosotros mismos para que nos juzguemos, porque nuestra conducta no ha sido correcta.
Todo esto debe ser lamentado y reclama nuestra atención, ya sea en cuanto a nuestras reuniones públicas o en cuanto a nuestra devoción privada. ¿Por qué el tono de nuestras reuniones frecuentemente es tan lánguido y débil? ¿Por qué los himnos y las oraciones no son lo que deberían ser? ¿Por qué hay entre nosotros tan pocas cosas de las que Dios pueda decir: «Mi ofrenda, mi pan con mis ofrendas encendidas, en olor grato a mí»? Porque al estar ocupados en nosotros mismos, en nuestras necesidades, en nuestras dificultades, somos incapaces de ofrecer a Dios el pan de su sacrificio. En realidad le robamos lo que le corresponde y lo que su corazón desea (Malaquías 1:6-14).
¿Quiere decir esto que debemos ignorar nuestras pruebas, nuestras dificultades y nuestras necesidades? No, pero debemos llevarlas a él; Dios nos invita a echar sobre él todas nuestras cargas, pues él cuida de nosotros. ¿No es esto suficiente? Cuando nos reunimos en su presencia deberíamos estar plenamente liberados de nosotros mismos para así presentarle algo que no proceda de nosotros. Ciertamente no podemos suponer que nuestros pecados, nuestras penas o tristezas sean un alimento adecuado al sacrificio de Dios. Él ha hecho de todas esas cosas el objeto de su solicitud, bendito sea su nombre, pero no pueden presentársele como su pan.
Deberíamos procurar mantenernos en un estado del alma que nos hiciera capaces de ofrecer a Dios lo que a él le agradó llamar “mi pan”. Ocupémonos, pues, constantemente en Cristo como olor agradable a Dios. Esto no quiere decir que tengamos que estimar menos la ofrenda por el pecado. ¡Lejos de nosotros un pensamiento así! Acordémonos tan solo de que en Cristo, nuestro precioso Señor, hay algo más que el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestras almas. El holocausto, la ofrenda vegetal y las libaciones nos presentan a Cristo como perfume agradable, como el pan de la ofrenda de Dios, como el gozo de su corazón. ¿Será preciso que insistamos acerca de que Aquel que es un perfume agradable a Dios es el mismo que fue hecho maldición por nosotros? Ciertamente todos los cristianos reconocen esto. No obstante, estamos demasiado dispuestos a limitar nuestros pensamientos acerca de Cristo tan solo a lo que él ha hecho por nosotros, olvidando lo que él es para Dios. Quiera Dios, por su Espíritu, emplear para esto nuestro estudio de estos dos capítulos.
En nuestro «Estudio sobre el libro del Levítico» (cap. 23) presentamos al lector lo que Dios nos ha dado respecto de los sacrificios y las festividades. Por eso no estimamos necesario detenernos aquí para considerar ese tema.