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“¡Un terremoto!” Fue lo primero que pensó uno de los pasajeros de tercera clase, Anton Kink, residente de Zúrich, cuando el Titanic chocó contra un iceberg en la fatídica noche del 14 de abril de 1912.
El impacto lo arrebató de su sueño justo antes de la medianoche. Cuando salió de su cabina para averiguar lo que pasaba, vio a unos hombres jugando fútbol con los trozos de hielo que habían caído sobre la cubierta.
“Dijeron que el Titanic había chocado contra un iceberg, pero que no había ningún peligro, así que me relajé y volví a mi camarote”.
Varias personas le habían asegurado que el Titanic no podía hundirse.
Kink, su esposa y su hija de cuatro años sobrevivieron al desastre. Su historia acaba de conocerse a pesar de que la había escrito, en una carta de 20 páginas que envió dos semanas después del naufragio, desde Milwaukee, a la agencia de viajes en Basilea que le había vendido los boletos para la travesía.
La carta fue descubierta recientemente por el experto suizo sobre el Titanic, Gunter Babler, y algunos extractos fueron publicados por el periódico Sonntagszeitung.
La finalidad de Kink – mencionada al final de la carta - era lograr una indemnización. Pedía al agente de viajes: “por favor me informe si puedo obtener algo de la White Star Line (compañía naviera), y cómo están las cosas con el seguro del equipaje y respecto al legado de mi hermano y hermana”.
El periódico no precisa si obtuvo satisfacción.
Asombro
Nieta de Kink, Joan Randall, quien ahora vive en California, comentó a swissinfo.ch que se quedó “totalmente sorprendida” al escuchar sobre la existencia de la carta.
Ella conoció a su abuela, pero los Kink se habían separado y su abuelo regresó a Austria, su país de origen, cuando su madre tenía 11 años. Se volvió a casar y emigró a Brasil con su nueva familia.
Se mantuvo en contacto por carta con su hija - la madre de Randall - hasta 1930, y luego cesó la correspondencia. Pero ella sabe que murió en 1959, de vuelta en Austria.
Randall no está segura del empleo que tenía su abuelo, pero parece que se desplazaba. A mediados de los años 20 estuvo en Zúrich, donde trabajó como almacenista.
Su abuela, Luise, continuó su vida de manera menos agitada. Nacida cerca de Stuttgart, en Alemania, se había trasladado a Suiza, no por razones económicas, como le dijo a Randall, sino porque “no quería saber nada de la guerra del Kaiser”.
“Cuando los Kink se encontraban ya como familia en Zúrich, decidieron mudarse a Estados Unidos. Fue una historia típica de emigración: mi abuelo tenía un tío en Milwaukee, Wisconsin, y hacia allá se dirigieron”, explica Randall.
Los Kinks no viajaron solos: Los acompañaban el hermano de Anton, Vinzenz, y su hermana, María.
Los hombres y las mujeres tenían cuartos separados, pero los cinco lograron reunirse en cubierta. Sin embargo, el hermano y la hermana se separaron y nunca los volvieron a ver.
Un amigo que viajaba con ellos, Albert Wirz, un agricultor de Uster, cerca de Zúrich, también murió: su cuerpo fue recuperado del mar.
“Te hubiera agradecido mil veces si hubieras podido decirme que mi hermano y mi hermana se habían salvado ... Es triste morir de manera tan trágica”, escribió Kink al comienzo de su carta al agente de Basilea.
Buena suerte y pesadillas
Los Kink y su hija fueron los únicos que lograron sobrevivir, como pequeño núcleo familiar, entre los pasajeros de la tercera clase. La mujer y la niña abordaron el penúltimo bote salvavidas y Anton se les unió de un salto, cuando ya la embarcación se alejaba.
“Un marinero me había puesto un puño en el pecho y me había ordenado quedarme atrás. Yo no lo desafié, sino que me colé cuando se distrajo”, explicó Kink.
“Pudieron haber salvado a mucha más gente”, escribió. Aseguró que el bote en el que se mantuvo a flote junto con su familia estaba medio lleno, que había espacio para 40 personas, pero solamente 17 se hallaban a bordo.
Desde el bote salvavidas podía escuchar “los gritos de 2.000 personas y el bramido del aire procedente del interior de la nave que se hundía en el océano con un espantoso ruido como un trueno que cubrió poco a poco los clamores”.
Difícilmente podría haberse dado un mayor contraste con la escena posterior.
“Era una noche hermosa, sin niebla, las estrellas brillaban, el mar estaba tranquilo . Pensé que era como estar en el Lago de Zúrich”
Los Kinks estuvieron entre los náufragos que recuperó el Carpathia, el único barco que cambió de rumbo al recibir las señales de socorro del Titanic. La carta precisa sin embargo, que las condiciones a bordo de la nave no eran ideales.
“Nos sirvieron de una manera tan bestial que sentimos asco al ver la comida, y contamos las horas hasta nuestra llegada a Nueva York. En la última noche, los camareros empezaron a pelear y tuvimos que huir para evitar ser golpeados”, escribió.
The Kinks tuvieron mucha suerte - pero la aventura no los dejó indemnes. Randall habló a swissinfo.ch del impacto que sufrió su madre.
“Perdió la memoria. Sus primeros recuerdos fueron de la escuela. Ya no tenía recuerdos de Zúrich, de la nave, de la catástrofe, de nada. Sin embargo, sufría horribles pesadillas”.
La familia Kink
Había 27 personas con conexiones suizas a bordo del Titanic, 12 sobrevivieron.
Siete de los suizos eran empleados en uno de los restaurantes de lujo, uno más era encargado.
Anton Kink, de 29 años, originario de Austria, había trabajado como almacenista en Zúrich y emigraba a EE.UU. en busca de una vida mejor.
Viajaba con su esposa e hija – ambas llamadas Luise -, su hermano Vinzenz y su hermana María. Con ellos iba un amigo, Alberto Wirz, un agricultor de Uster, cerca de Zúrich.
Habían comprado sus boletos para la travesía a la empresa Kaiser & Co de Basilea, por 340 francos por adulto y 100 por la niña.
Vinzenz y María se hundieron con el barco, el cuerpo de Wirz fue recuperado del mar.
Los Kinks fueron recogidos por el Carpathia, y viajaron, como tenían previsto, a Millwaukee.
Anton y Luise se divorciaron en 1919. El hombre regresó a Austria, se volvió a casar y tuvo un hijo.
Con su nueva familia emigró a Brasil.
Murió en 1959 en su ciudad natal de Graz, en Austria.
Su hija Luise - o Louise, como deletreaba su nombre en EE UU- murió en 1992.
La familia guarda como recuerdos los zapatos que llevaba y la manta utilizada para cubrirla.
Su hija, Joan Randall vive en California y es uno de los pasajeros del crucero organizado en memoria, en el centenario del naufragio. El barco salió de Nueva York el 10 de abril para visitar el cementerio del Titanic.Fin del recuadro
Primera y última travesía
El Titanic, de la empresa White Star Line, atravesaba el Atlántico cuando chocó contra un iceberg, justo antes de la medianoche del 14 de abril de 1912.
Había salido de Southampton rumbo a Nueva York el 10 de abril, y había hecho escalas en Cherburgo, Francia y Queenstown (ahora Cobh), Irlanda.
La colisión se produjo a unas 375 millas al sur este de Terranova y originó severos daños al casco de la nave. Inundado, el barco permaneció a flote durante más de horas y media, y luego se hundió a una profundidad de casi 4.000 metros.
A bordo había unos 2.200 pasajeros, mucho menos de su capacidad.
De éstos, unos 885 eran miembros de la tripulación.
Alrededor de 320 pasajeros iban en 1ª clase, 280 en segunda y 700 en tercera. Había algo más de 100 niños a bordo, la mayoría en tercera categoría.
El barco solamente tenía botes salvavidas para la mitad de las personas a bordo. Sin embargo, muchas de esas embarcaciones no fueron utilizadas a toda su capacidad.
De los pasajeros, apenas sobrevivió un poco menos de la tercera parte.
Bajo la consigna: “las mujeres y los niños primero”, solamente sobrevivió el 20% de los hombres contra el 75% de las mujeres.
Únicamente la mitad de los niños fueron rescatados.
El 61% de los pasajeros de primera clase sobrevivió y solamente el 24% de aquellos de tercera clase.
Muchos de los que escaparon de la nave antes de su hundimiento murieron de hipotermia.
Los sobrevivientes fueron rescatados por el Carpathia, que se encontraba a cuatro horas de distancia cuando se hundió el Titanic.
Los restos del trasatlántico fueron localizados en 1985 y desde entonces numerosos artefactos han sido llevados a la superficie.Fin del recuadro
Traducción, Marcela Águila Rubín , swissinfo.ch