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Un simple grano de arena que penetra en una madreperla causa una lesión en ella; la madreperla trata entonces de expulsarlo. Si no lo consigue, lo envuelve pacientemente con su sustancia perlera. De ello resulta, pues, algo particularmente hermoso: una perla.
En el transcurso de nuestros días hay también a menudo granos de arena que penetran en nuestra vida: ira que se manifiesta en la familia, preocupaciones del trabajo, problemas en las relaciones con nuestros semejantes… ¿Por qué no podríamos hacer de ellos, cada vez, una perla? Una persona me dice una palabra desagradable, sin que yo la haya merecido: ¡es el grano de arena que me hiere!… Pero la suavidad con la cual reacciono es la perla, la cual es muy preciosa ante los ojos de Dios. Soy objeto de una injusticia: ¡otro grano de arena!… Si lo acepto con espíritu de humildad, será una perla de gran valor. Las circunstancias adversas en mi propia vida o en la de mi familia impiden la realización de mis más queridos proyectos. Mediante la paciente labor del Espíritu Santo, puedo tranquilizarme delante de Dios y aceptarlo de su mano, lo que será una perla estimada por el Señor.
Estas perlas, ¿no están finalmente destinadas a adornar la corona de nuestro Señor? Se forman lentamente y en lo secreto, pero llega el instante en que estarán todas admiradas para honor de Cristo, por su gracia y para su gloria.
“Cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron” (2 Tesalonicenses 1:10).