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Esta corta sección del libro tiene lo que podríamos llamar un alcance de dispensación. Ella se aplica especialmente a Israel y trata el tema de los votos y los juramentos. El hombre y la mujer presentan aquí un notable contraste: “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca” (v. 2).
Para la mujer el caso era distinto: “Mas la mujer, cuando hiciere voto a Jehová, y se ligare con obligación en casa de su padre, en su juventud; si su padre oyere su voto, y la obligación con que ligó su alma, y su padre callare a ello, todos los votos de ella serán firmes, y toda obligación con que hubiere ligado su alma, firme será. Mas si su padre le vedare el día que oyere todos sus votos y sus obligaciones con que ella hubiere ligado su alma, no serán firmes; y Jehová la perdonará, por cuanto su padre se lo vedó” (v. 3-5). La misma restricción se aplicaba en el caso de la mujer casada. Su marido podía confirmar o anular sus votos o sus juramentos.
Esta era la ley sobre los votos. El hombre no podía dejar de cumplirlos; estaba obligado a realizar todas las cosas que había dicho. Lo que se hubiera propuesto hacer, estaba solemne e irrevocablemente obligado a cumplirlo; no había puerta de escape, como suele decirse, ni medio alguno de volverse atrás.
Sabemos quién fue el que tomó, en su perfecta gracia, esa posición y se comprometió voluntariamente a cumplir la voluntad de Dios, fuera cual fuese. Sabemos quién es el que dijo:
Ahora pagaré mis votos a Jehová delante de todo su pueblo
(Salmo 116:14).
Cristo Jesús, quien, habiendo formulado los votos, los cumplió perfectamente para la gloria de Dios y la eterna bendición de su pueblo. No podía librarse de ellos. Lo oímos exclamar en la profunda angustia de alma en el huerto de Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). Pero eso no era posible; había emprendido la obra de la salvación del hombre y debía atravesar las aguas profundas y negras de la muerte, del juicio y de la ira; debía afrontar todas las consecuencias de la condición del hombre. Debía ser bautizado con un bautismo que solo él podía sufrir, y estaba en angustia hasta que fuese cumplido (Lucas 12:50). En otras palabras, debía morir para abrir, por la muerte, los diques que darían libre paso, hasta su pueblo, a las poderosas olas de un amor eterno y divino. ¡Toda alabanza y adoración sean tributadas para siempre a su precioso nombre!
En el caso de la mujer, hija o esposa, tenemos en figura a Israel en dos condiciones: bajo el gobierno y bajo la gracia. Si consideramos a Israel desde el punto de vista del gobierno, Dios, que es a la vez el Padre y el Esposo, ha callado respecto a esto; de manera que los votos y los juramentos de Israel son válidos, por lo que hasta ahora la nación ha sufrido las consecuencias de no cumplirlos y aprende a conocer el valor de las palabras:
Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas
(Eclesiastés 5:5).
Por otra parte, cuando la nación es considerada desde el punto de vista de la gracia, el Padre y Esposo lo ha tomado todo sobre sí para que la nación sea perdonada e introducida más tarde en la plenitud de la bendición; y no sobre el principio de los votos cumplidos o de los juramentos ratificados, sino sobre el principio de la gracia y misericordia soberanas, y “por la sangre del pacto eterno” (Hebreos 13:20). ¡Qué precioso es ver a Cristo en todo! Es el centro y la base, el comienzo y el fin de todos los caminos de Dios. ¡Que nuestros corazones estén siempre llenos de él y que nuestros labios y nuestra vida canten sus alabanzas! ¡Que su amor nos constriña a vivir para su gloria durante toda nuestra vida en la tierra, hasta que lleguemos a nuestra morada celestial, para estar siempre con él y no abandonarlo nunca más!
Hemos expuesto aquí lo que creemos que es la idea principal de este capítulo, pero no dudamos que pueda aplicarse de una manera secundaria individualmente, pues este pasaje, como todas las demás partes de la Escritura, ha sido escrito para nuestra instrucción. Debe ser un placer para todos los cristianos sinceros estudiar todos los caminos de Dios, sea en gracia o como gobierno, sus caminos para con Israel como para con la Iglesia, en fin, para con todos y para con cada uno.