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NUEVA YORK – Predecir que Asia dominará el siglo XXI se ha vuelto una especie de cliché. Es un pronóstico seguro, dado que Asia ya alberga prácticamente al 60% de la población mundial y representa alrededor del 25% de la producción económica global. Asia también es la región donde interactúan muchos de los países más influyentes de este siglo -entre ellos China, India, Japón, Rusia, Corea del Sur, Indonesia y Estados Unidos.
Sin embargo, señalar la creciente importancia de Asia no habla en absoluto de su carácter. Puede haber dos siglos asiáticos muy diferentes y el que se imponga tendrá consecuencias profundas para los pueblos y los gobiernos de la región -y para el mundo entero.
Uno de los futuros es un continente relativamente familiar: una región cuyas economías siguen teniendo niveles robustos de crecimiento y logran evitar el conflicto entre sí.
El segundo futuro no podría ser más diferente: que en Asia aumenten las tensiones, crezcan los presupuestos militares y se desacelere el crecimiento económico. Estas tensiones podrían propagarse e impedir el comercio, el turismo y las inversiones, especialmente si ocurren incidentes entre fuerzas aéreas y navales rivales que operan en estrecha proximidad al interior o cerca de aguas y territorios en conflicto. El ciberespacio es otro terreno en el que la competencia podría irse de las manos.
El interrogante es el siguiente: ¿Asia en el siglo XXI se asemejará a Europa -la región dominante de gran parte de la historia moderna- durante la primera mitad del siglo XX, cuando experimentó dos guerras de costos y destrucción sin precedentes, o la segunda mitad, cuando las tensiones con la Unión Soviética se manejaron de manera efectiva y Europa occidental experimentó una paz y una prosperidad nunca antes vistas?
La referencia a Europa es instructiva, porque Europa no solo tuvo suerte. La historia se desarrolló como lo hizo sólo porque sus líderes políticos demostraron una gran visión y disciplina. En consecuencia, adversarios de larga data como Francia y Alemania se reconciliaron dentro de un proyecto regional -primero, una comunidad de carbón y acero, que se expandió hasta convertirse en la Comunidad Económica Europea y, finalmente, la Unión Europea- que integró al continente política y económicamente a punto tal que un conflicto violento pasó a ser impensable.
Vale la pena tener todo esto en cuenta, porque son pocos los paralelos que se pueden encontrar en el Asia contemporánea. Por el contrario, la región es conocida por su falta de acuerdos e instituciones regionales trascendentes, particularmente en la esfera político-militar y de seguridad. Es más, una marcada falta de reconciliación y acuerdo de disputas de larga data lleva fácilmente a imaginar no sólo un incidente militar que involucre a dos o más vecinos, sino también la posibilidad de que un episodio de esta naturaleza derive en algo mayor.
Muchas de estas disputas se remontan a la Segunda Guerra Mundial, o incluso antes. Corea y China albergan un fuerte sentimiento anti-japonés. No existe un tratado de paz entre Rusia y Japón, y los dos países tienen reclamos enfrentados respecto de las Islas Kuriles (conocidas como los Territorios del Norte para los japoneses). La frontera entre China e India también es una cuestión de contienda.
De hecho, el clima de seguridad regional ha empeorado en los últimos años. Una razón es la continua división de la Península de Corea y la amenaza que plantea una Corea del Norte armada nuclearmente para su propio pueblo y para sus vecinos. China ha sumado a las tensiones regionales una política exterior -que incluye la presentación de reclamos territoriales en el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional- que se podrían describir diplomáticamente como “agresivos” y más francamente como “intimidatorios”.
Mientras tanto, Japón parece decidido a liberarse de muchas de las limitaciones militares que le fueron impuestas (y que, hasta hace poco, eran aceptadas por la gran mayoría de los japoneses) como resultado de su comportamiento agresivo en los años 1930 y 1940.
Estos desenlaces reflejan y a la vez refuerzan un nacionalismo acentuado en toda la región. Lo que se necesita es más diplomacia bilateral intensa entre los gobiernos asiáticos para resolver disputas de larga data. A partir de allí, deberían negociarse pactos regionales que promuevan el libre comercio y se ocupen del cambio climático. Finalmente, debería establecerse un foro regional para regular mejor el despliegue de fuerzas militares, inclusive medidas que generen confianza destinadas a reducir el riesgo de incidentes y ayudar a resolverlos si se producen.
Parte de lo que se necesita se puede moldear en base a lo que ha logrado Europa. Pero Europa es relevante por otra razón: los europeos han logrado mantener la estabilidad y generar una gran prosperidad durante los últimos setenta años en gran medida por la presencia y el rol de Estados Unidos. A Estados Unidos, una potencia atlántica, se lo integró plenamente en los acuerdos económicos y de seguridad de la región.
Algo dentro de estos lineamientos quizá sea igualmente crítico para Asia, donde Estados Unidos, que también es una potencia del Pacífico, tiene intereses vitales y compromisos profundos. El “pivote” estratégico de Estados Unidos para Asia en consecuencia tiene que ser sustancial y duradero.
Esto requerirá que las sucesivas administraciones norteamericanas hagan hincapié en el libre comercio, aumenten la presencia aérea y naval de Estados Unidos e inviertan en diplomacia destinada a promover la integración de China en la región en términos consistentes con los intereses de Estados Unidos, sus aliados (Japón, Corea del Sur, las Filipinas y Australia) y sus muchos amigos.
La alternativa es que Asia quede librada a sus propios recursos -y un siglo asiático dominado por China o caracterizado por episodios frecuentes de tensión diplomática o hasta de conflicto-. Pocos en Asia u otras partes se beneficiarían con un futuro de estas características.
Copyright Project Syndicate
Richard N. Haass es presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores y autor, más recientemente, de Foreign Policy Begins at Home: The Case for Putting America’s House in Order.
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