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No es fácil ser un siervo del Señor. No se aprende a ser siervo de Dios en la escuela de los hombres. Ninguna educación, ninguna instrucción, así sea intelectual o religiosa, no puede dar la calidad de siervo del Señor.
El llamamiento de Dios a incorporarse a su servicio (Éxodo 3 y Hechos 7:20-35)
Moisés era un hombre muy instruido. Al ser educado en la corte del Faraón de Egipto, había sido instruido en toda la sabiduría de los egipcios. Había recibido la mejor instrucción posible. Era un sabio.
Moisés, a los 40 años de edad, quiso ponerse al servicio de Dios y liberar a su pueblo —los israelitas— de la esclavitud de los egipcios. Pero Dios todavía no podía utilizarlo a pesar de toda su instrucción y todos sus conocimientos. En efecto, para servir al Señor es necesario apoyarse enteramente en el Señor y no en los propios conocimientos. Moisés tuvo que aprender, en los siguientes 40 años de su vida, a no confiar en la carne. Entonces Dios lo llamó a su servicio. En respuesta a la orden de Dios, él se dispuso a servir al Señor. Es Dios quien, merced a su soberanía, escoge, prepara, llama y envía a sus siervos. Creyentes, si el Señor les pide que se pongan a su servicio, obedezcan inmediatamente, pero permanezcan tranquilos mientras el Señor no los llame.
La piedad del servidor (Éxodo 33:11)
Durante los subsiguientes 40 años, Moisés condujo al pueblo a través del desierto. Él caminaba en comunión con Dios. Moisés llevaba una vida muy íntima con Dios, y Dios pudo decir de Moisés que a él le hablaba como a un amigo. Esta vida de proximidad con Dios hacía que Moisés fuera eficiente en su servicio. Para ser un buen siervo del Señor, es necesario caminar como haciéndolo ante Dios, en su comunión diaria.
El amor del siervo por el pueblo del Señor (Éxodo 32:32)
Moisés amaba mucho al pueblo de Dios. Un día, el pueblo pecó gravemente, a punto tal que Dios quería destruirlo por completo. ¿Qué hizo Moisés? Suplicó a Dios que perdonara al pueblo. Incluso pidió que Dios le hiciera objeto de su juicio, que fuera borrado del libro de Dios con tal que Él perdonara a su pueblo.
El amor hacia el pueblo de Dios y hacia su prójimo es una cualidad indispensable en un siervo del Señor. Moisés estaba dispuesto a dar su propia vida por el pueblo de Dios; de igual modo, el siervo del Señor debe estar dispuesto a dar su propia vida por el pueblo de Dios.
La dependencia y la obediencia (Números 9:6-8 y 20)
Durante los 40 años que pasó en el desierto, Moisés tuvo que tomar muchas decisiones. Pero, ¿qué hacía antes de tomar una decisión? Interrogaba a Dios, le pedía su pensamiento y se ajustaba a él. A fin de conocer el camino que el Señor tiene preparado para su pueblo, es necesario preguntarle a Él. Si somos sinceros y estamos dispuestos a obedecer, el Señor nos mostrará su camino.
El siervo permanece firme y medita la Palabra de Dios
Al llegar al final de su vida, Moisés tenía mucha experiencia, y, poco antes de morir, llamó a Josué, a quien Dios había designado para reemplazarlo. Moisés hizo a su sucesor esta recomendación muy importante: “Esfuérzate y anímate...” (Deuteronomio 31:7-8).
Dios añade a la exhortación de Moisés la siguiente: “Esfuérzate y sé valiente... esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley... no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra... Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito” (Josué 1:6-8).