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Una vez el Señor Jesús dio a sus oyentes el siguiente consejo: “Vended lo que poseéis, y dad limosna” (Lucas 12:33). Y en seguida hizo una increíble «promesa de rendimiento»: “Haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote”. Si un asesor financiero hiciera tal promesa a sus clientes, pondría en riesgo su trabajo. En ese contexto, ya he escuchado la frase: «Dar es la mejor inversión».
¿Qué quiso decir el Señor Jesús con esto? Él dijo a sus discípulos, y a nosotros también, que debemos compartir con otros los bienes que nos han sido confiados. Esto significa dar con gozo sabiendo que en el futuro recibiremos la recompensa en el cielo; no se trata de una inversión que en el tiempo fijado se devuelve con los intereses. No, lo que recibiremos en el cielo es un tesoro imperecedero, una recompensa que disfrutaremos eternamente.
¡Mujeres dieron sus bienes!
En la Biblia hay algunos ejemplos de personas que dieron sus bienes al Señor Jesús. “Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes” (Lucas 8:1-3).
Otros dos ejemplos del Nuevo Testamento llaman particularmente la atención. Había dos mujeres muy diferentes: una era una viuda pobre, la otra no; una probablemente no conocía mucho al Señor Jesús, la otra lo conocía mejor que todos los demás.
La primera ofrendó a Dios en secreto (pero el Señor Jesús lo vio y lo registró). La segunda lo hizo frente a los discípulos de Jesús; de ellos tuvo que soportar duras críticas; en cambio, obtuvo el pleno reconocimiento del Señor Jesús. A través de su comportamiento, ambas mostraron cuánto amaban al Señor Jesús.
¡La viuda dio todo!
En Marcos 12:41-44 leemos la historia de esta viuda pobre; ella puso todo el dinero que tenía en el arca de la ofrenda del templo. No fue la única que echó dinero allí, y probablemente fue la que puso la menor cantidad. Sin embargo, el Señor Jesús valoró su acción, pues dijo: “Esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca” (v. 43). ¿Por qué? “Porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (v. 44). ¡Qué fe y qué corazón para Dios! Esta mujer estaba pasando por momentos muy difíciles, era viuda y no tenía sostén económico; dio a Dios todo lo que le quedaba para vivir, y que necesitaba urgentemente. Esto nos interpela: ¿Cómo y qué damos al Señor?
María de Betania hizo un gran sacrificio
En Juan 12:1-8 leemos la conmovedora historia de María. Ella tomó un perfume de nardo puro de gran precio y ungió los pies del Señor Jesús. Aunque no sabemos en qué situación económica se encontraba María y su familia, podemos suponer que hizo un gran sacrificio para honrar al Señor Jesús. El nardo tenía un gran valor, pues si consideramos que el salario diario de un jornalero era un denario, y que el nardo tenía un valor de 300 denarios, entonces su valor equivalía más o menos al trabajo de un año.
Para el corazón del Señor Jesús, la actitud de María era aún más valiosa que el nardo. Ella no solo conocía al Señor Jesús, sino que este conocimiento tuvo una influencia en su vida. Ella le manifestó su aprecio. No sabemos durante cuánto tiempo trabajó o ahorró María para adquirir el nardo, y tampoco sabemos con qué propósito lo tenía en la casa; pero usó este precioso y valioso perfume exclusivamente para el Señor Jesús.
Podemos preguntarnos cuán grande es nuestro aprecio por el Señor Jesús. El amor no solo se muestra dando dinero. ¿Estamos realmente preparados para hacer verdaderos sacrificios por el Señor Jesús?
El contraste: un joven se aferró a su riqueza
En marcado contraste con estas mujeres se halla el joven cuyo relato leemos en Marcos 10:17-22. Respondiendo a la invitación del Señor Jesús: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres” (v. 21), el joven reaccionó alejándose: “Afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (v. 22).
Había ido al Señor Jesús con la intención de «pagar» algo para obtener la vida eterna. Para él, hacer algo era bueno, ¡pero no darlo todo de una vez! Y aunque el Señor Jesús le presentó la enorme «posibilidad de rendimiento»: “Tendrás tesoro en el cielo”, el sacrificio era demasiado grande para él.
Consecuencias prácticas
Hemos visto a dos personas que dieron sus bienes o parte de ellos al Señor Jesús, y otra que estaba tan apegada a sus bienes que prefirió dar la espalda al Señor Jesús antes que renunciar a la supuesta seguridad que le daba el dinero.
Tanto la viuda pobre como María recibirán su recompensa (su rendimiento) del Señor Jesús. Para el joven deseamos que, después de todo, haya encontrado el camino hacia el Salvador, pasando sobre el gran obstáculo de su riqueza.
¡Honremos al Señor Jesús a través de la fe y la confianza (como la viuda pobre), y mostrémosle nuestro aprecio (como María)! Entre otras cosas, podemos poner parte de nuestros bienes a disposición del Señor Jesús, por ejemplo para la difusión del Evangelio, o hacer bien “a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10). Con esto no adquirimos o heredamos el cielo, pero mostramos que amamos a nuestro Salvador más que a nuestros bienes. Así el tesoro en el cielo ya estará asegurado para nosotros.
K. Brinkmann