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Poco tiempo después, la fe de mi madre fue duramente probada. Cayó gravemente enferma, y mi hermana, que fue llamada para cuidarla, leyó las cartas que yo continuaba escribiéndole y supo el cambio que se había operado en ella. Mi hermana, fuera de sí, arrojó el Nuevo Testamento al fuego, e interceptó mis cartas durante los tres meses que duró la enfermedad. Pero el Señor siempre permanece fiel. Por su poder que se manifiesta en la debilidad, mi madre fue guardada en el buen camino.
Durante ese tiempo, estando yo en Stuttgart, sentía una gran inquietud. ¿Por qué mi madre no me escribía más? ¿El enemigo habría logrado apartarla del Señor? ¿O estaría sufriendo persecución de parte de los judíos?
Decidí enviar una carta abierta con una intimación: si no obtenía respuesta, me dirigiría al alcalde de la ciudad para tener noticias. Pronto recibí una carta de mi hermana, escrita en hebreo, en la cual, con muchas imprecaciones, me acusaba de ser el homicida de mi madre, diciéndome que la había llevado a las puertas de la tumba. Me prohibía escribirle, y me advirtió que, en caso de hacerlo, mis cartas no le serían entregadas. Por tristes que fueran estas noticias, me traían el consuelo de saber que mi madre vivía y continuaba fiel a su fe. Escribí de nuevo a mi hermana suplicándole que me mantuviera informado y que entregara mis cartas a mamá, pero fue en vano. Un día recibí una carta de una señora judía que vivía cerca de la casa de mi madre. Me decía que la había visitado y que se ofrecía como intermediaria para recibir y enviar nuestra correspondencia. Era una mujer sincera, que había recibido al Señor y mantenía en secreto su fe. Ella cumplió fielmente con lo prometido.
Pero un día me escribió muy alarmada, contándome que, bajo la almohada de mi madre, habían hallado una muy extensa carta dirigida a mí, que había sido leída y que su contenido había sido comunicado al rabino quien, a pesar de la gran debilidad que sentía mi madre, se presentó para excluirla solemnemente de la sinagoga.
Después de un tiempo, tuve ocasión de conocer a esa vecina. Ella confesaba, con lágrimas, que creía en el Señor Jesús, pero que no tenía las fuerzas necesarias para reconocerlo en público. ¡Qué doloroso! En Rusia, entre los judíos piadosos hay un gran número de personas en esa situación.
Contra toda esperanza, la salud de mi madre se restableció. Mi hermana volvió a su hogar y mamá pudo volver a escribirme.
Después de la partida de mi hermana, mi madre recibió la visita de una vecina que quería saber el motivo de la gran agitación que había notado en la casa. Mi madre le contó lo que Dios había hecho por ella, y cómo había hallado redención, salvación y vida eterna por fe en el Señor Jesús. Eran palabras muy extrañas para esta mujer católica que no tenía ninguna seguridad en cuanto a su salvación, ni conocía la paz con Dios. Escuchó con atención lo que mi madre le dijo y la porción de las Escrituras que le leyó; y Dios, en su misericordia, no permitió que su Palabra volviera a Él sin producir fruto. Esta alma sedienta halló la salvación y la paz. Fueron días de gran bendición los que ambas pasaron leyendo juntas la Palabra.
¡Quiera el Señor, en su gracia, guardar a mi anciana madre y a todos aquellos que buscan su socorro! ¡Cuán felices, cuán eternamente felices son aquellos que reconocen que Jesús es el Hijo de Dios y lo reciben como su Salvador, mientras dura este tiempo de gracia! Él es la “piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa… El que creyere en él, no será avergonzado” (1 Pedro 2:4-6).