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Érase una vez un pobre vaquero de Emmental que se había enamorado de la hija de un labrador rico. La muchacha también estaba enamorada del joven pastor. Pero el padre quería que su hija se casara con un hombre de mayor categoría social. El joven no había logrado nada en su vida y no era una persona digna para su hija.
Aquí se hubiera terminado la historia, si no hubiera sucedido lo siguiente:
El mal enamorado pastor se retiró a su refugio en las montañas donde se ocupó de las vacas. Allí pensó una y otra vez cómo podía hacer para recuperar a la muchacha de sus sueños. Día tras día pensaba cómo podía convencer al padre de su añorada de que él era digno de su hija; pero todos sus pensamientos no valieron de nada.
Un día se produjo un temporal desastroso en las montañas. El joven había terminado de preparar la cena cuando oyó como alguien daba golpes fuertes a su puerta. En aquel momento el joven pastor se acordó que todavía no había pronunciado su oración, y por eso pensó que iba a ocurrir algo muy grave. Muy asustado abrió la puerta. Ahí estaba el demonio de la montaña alumbrado por un rayo. La persona más fea que se podía imaginar. En un abrir y cerrar de ojos, entró, devoró la cena que estaba encima de la mesa y se dispuso a marchar de nuevo. Pero antes de abandonar el refugio le dejó una nota al joven.
Era un papel muy extraño que tenía en sus manos el joven pastor, muy aliviado de haber salido tan bien parado del asunto. Cuando lo examinó vio que era una receta para algo que necesitaba mucha lecha y otros ingredientes más. El vaquero alpino no sabía para qué servía la receta. Pero como tenía todos los ingredientes requeridos y tenía curiosidad por saber cómo terminaría la cosa, se atrevió a hacer el experimento.
El joven empezó ya el día siguiente a tratar la leche según la receta. Vertió la leche en una olla grande, la calentó en el fuego y la removió, añadiendo los ingredientes restantes. Siguió estrictamente y con gran paciencia la receta, y vio como la masa se hacía dura poquito a poco. El resultado era una barra grande y redonda. No sabía para qué servía esta masa dura. Pero lo más importante era que se trataba de algo extraordinario que él había hecho solito.
Llevó la barra de queso al hombro y se acercó a la casa del labrador rico. Éste se quedó muy impresionado de esta cosa extraña. No había nunca visto algo parecido en su vida. Después de haber comido un trocito de la barra, se dio cuenta que el joven podía ser de gran utilidad para la entera familia. Y así los dos enamorados pudieron casarse y vivieron feliz hasta el fin de sus días; y de su amor se benefician hasta hoy muchos aficionados del queso en todo el mundo.