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> Siddhartha - Hermann Hesse
Capítulo IV
S.29
… pues el conocer las causas le parecía que era pensar, y solo por este medio se convertirían los sentimientos en conocimiento.
“Lo que yo quería aprender era la esencia y el sentido del yo.”
Y de ninguna cosa en el mundo sé menos de mí mismo.
Capítulo V
S.33
..., pues el ser está más allá de lo visible.
S.34
Por sus ojos pasaban luces y sombras; por su corazón, estrellas y luna.
Tanto los pensamientos como los sentidos eran cosas hermosas; tras ellas estaban oculto el último significado.
S.42
Ayer te dije que sabía pensar, esperar y ayunar; pero te pareció que esto no servía para nada. Pero sirve de mucho.
Capítulo VI
S.44
Así es como debe ser la realidad. Todos toman, todos dan; así es la vida.
Cada cual da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el comerciante da mercaderías; el maestro, enseñanzas; el labrador, arroz; el pescador, peces.
S.45
Yo sé pensar. Yo sé esperar. Yo sé ayunar. ¿Y para qué sirve? Para mucho señor. Cuando un hombre no tiene nada de comer ayunar es lo más razonable que puede hacer.. No conoce la impaciencia, no conoce la necesidad.
Escribir es cosa buena, pero mejor es pensar. La prudencia es buena, pero la paciencia es mejor.
Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas, escuchaba mucho y hablaba poco.
S.46
No se puede encontrar placer sin dar placer.
Siempre parece estar jugando con su negocio, nunca la acepta en su interior, nunca le domina, nuca teme al fracaso, nunca le preocupa la pérdida.
S.48
Fácilmente logró hablar con todos, vivir con todos, aprender de todos.
A los ricos comerciantes extranjeros no los trataba ni mejor ni peor que al criado que le afeitaba.
S.49
Como un jugador juega con su pelota, así jugaba él con sus negocios, con los hombres que le rodeaban, los contemplaba, se divertía con ellos; con el corazón, con la fuente de su ser, nunca estaba en nada de esto.
Dentro de ti hay una paz y un refugio en el que penetras a veces y puedes estar a solas contigo misma.
S.50
La mayoría de los hombres son como hojas que caen de los árboles, revolotean en el aire, vacilan y caen al suelo. Pero otros, unos pocos, son como estrellas que recorren un camino fijo, no las alcanza al viento y llevan en sí su propia ley y su propio rumbo.
Los seres de nuestra clase quizá no puedes amar. Los hombres lo pueden; este es su secreto.
Capítulo VII
S.51
Aquella flexible disposición para escuchar la voz divina en el propio corazón, se había convertido poco a poco en recuerdos, se habían hecho perecederos; lejana y mansa susurraba la fuente bendita, que antes había manada próxima, que antes había susurrado dentro de él.
S.52
Siddhartha había aprendido a llevar un negocio, a ejercer el poder sobre los hombres, a gozar con las mujeres; había aprendido a llevar hermosos vestidos, a mandar a los criados, a bañarse en aguas perfumadas. Había aprendido a comer platos cuidadosamente preparados, pescado, también carne y aves, especias y confitería, y a beber vino, que nos vuelve perezosos y nos hace olvidar. Había aprendido a jugar a los dados y al ajedrez, a contemplar a las bailarinas, a dejarse llevar en una silla, a dormir en un blando lecho. Pero siempre se había sentido diferente.
Los envidiaba por lo único que a él le faltaba y ellos poseían, por la importancia que querían dar a su vida.
Estos hombres estaban siempre enamorados de sí mismos, de sus mujeres, de sus hijos, de los honores o del dinero, de sus planes o de sus esperanzas.
S.53
Tomaba alguna de aquellas expresiones que tanto suelen verse en las caras de la gente adinerada; aquellas expresiones de descontento, de la enfermedad, del mal humor, de la indolencia, del egoísmo. Lentamente se fue apoderando de él la enfermedad del alma de los ricos.
El mundo le había atrapado; el placer, el ansia, la pereza.
El perder y el derrochar el maldito dinero le causaba una alegría colérica; de ninguna otra manera más clara y burlona podía mostrar su desprecio de la riqueza, del ídolo de los comerciantes.
S.55
Cansancio y un comenzar a marchitarse, y una inquietud secreta, no confesada quizá no pensada tampoco: temor a la vejez, temor al otoño, temor de tener que morir.
S.56
Cuán largos años sin un fin elevado, sin sed, sin exaltación, contentándose con pequeños placeres, y, sin embargo, siempre insatisfecho.
Capítulo VIII
S.59
Deseaba ardientemente no saber ya nada de sí, gozar paz, estar muerto.
¿Había alguna suciedad con la que no se hubiera emporcado, algún pecado o locura que no hubiera cometido, alguna tristeza del alma que no se hubiera echado encima?
S.61
Esta vida pesada le parecía una lejana encarnación, como un temprano nacimiento de su yo actual.
Conocía esta yo en su pecho, a este Siddhartha voluntariosa, extravagante; pero este Siddhartha había cambiado, sin embargo, estaba renovado, notablemente despierto, gozoso y lleno de curiosidad.
S.62
También a mí me ocurre lo propio, amigo. No voy a ninguna parte. Estoy de camino solamente. Peregrino.
S.63
Dices que peregrinas, y te creo. Pero perdona, ¡oh Siddhartha!, no pareces peregrino. Llevas vestidos de rico, calzas zapatos como una persona de calidad, y tu pelo, que huele a aguas perfumadas, no es cabello de un peregrino ni es cabello de un samana.
Pasajero es el mundo de las formas, pasajero, muy pasajeros, son nuestros vestidos, y lo que cubre nuestros cabellos, y hasta nuestros cabellos y cuerpo mismo.
Y ahora, Siddhartha, ¿Qué eres?
No lo sé; sé tan poco sobre esto como tú. Estoy de camino. Era un rico y ya no lo soy, y no sé lo que será mañana.
Rápidamente gira la rueda de la fortuna.
En que sentía un alegre amor por todo lo que veía. Y precisamente por esto ahora le parecía que si antes había estado tan enfermo era porque había podido amar a nada ni a nadie.
S.65
Viví en el bosque, padecí calores y fríos, aprendí a pasar hambre, aprendí a matar el cuerpo.
Sentí circular dentro de mí, como mi propia sangre, la ciencia de la unidad del mundo.
Me hubiera convertido de hombre en niño, de pensador en hombre-niño.
He tenido que pasar por un sin fin de estupideces, por multitudes de vicios, por muchísimos errores, por numerosos ascos y decepciones y penas, solamente para volver a ser niño y poder empezar de nuevo.
Este camino es extravagante, discurre en meandros, quizá se cierre en círculo. Pero vaya como vaya, quiero recorrerlo.
S.66
Hace tiempo que lo sabía, pero hasta ahora no lo he experimentado. Y ahora lo sé, lo sé no solo con el recuerdo, sino con los ojos, con el corazón, con el estómago.
S.67
Ahora era como un niño, tan lleno de confianza, tan sin temor, tan lleno de alegría.
Capítulo IX
S.69
No es hermosa toda vida, no es hermoso todo trabajo?
S.70
Esta era una de las virtudes mayores del barquero: la de saber escuchar como pocos.
Pocos son los hombres que saben escuchar, y pocos he encontrado que lo hagan como tú.
Hoy has aprendido de las aguas que es bueno tender hacía abajo, hundirse, buscar el fondo.
S.71
Unos pocos entre miles; unos pocos, cuatro o cinco, han dejado de considerar el río como un impedimento en su camino, han escuchado su voz, le han obedecido.
De él aprendió ante todo a escuchar, a escuchar con tranquilo corazón, con el alma abierta, esperanzada, sin pasión, sin deseo, sin prejuicios, sin opinión.
S.72
Nada ha sido, nada será; todo es, todo tiene ser y presente.
S.74
El que busca de verdad la verdad no puede aceptar ninguna doctrina, al menos el que quiera encontrarla de verdad.
S.76
Sintió profundamente, más profundamente que otras veces. La indestructibilidad de cada vida, la eternidad de cada instante.
S.77
¿Cómo podría estar triste? Yo, que fue rico y feliz, soy ahora más rico y venturoso. Me ha sido regalado mi hijo.
Capítulo X
S.79
No le fuerzas, no le pegas, me le ordenas, porque sabes que la blandura es más fuerte que la dureza, el agua más fuerte que la roca, el amor más fuerte que la violencia.
S.80
¿Crees tú de verdad que cometiste tantas locuras para ahorrárselas a tu hijo?
¿Qué padre o qué maestro le pudo preservar de su propia vida, de mancharse con la vida, de cargarse con sus pecados, de ahogarse con amargas bebidas, de encontrar su camino?
S.81
Empezaba a diario la muda lucha de la amabilidad, la guerra silenciosa de la paciencia.
S.82
La más odiosa astucia de este viajo socarrón era que le devolvía sonrisas por sus travesuras, amabilidades por sus insultos, bondad por maldad. El muchacho hubiera preferido que le amenazara, que le matara.
S.83
Te veo sufrir, pero sufres unas penas de las que uno se podría reír, de las que tú mismo pronto te reirás.
S.84
Esto había aprendido en el río: esperar, tener paciencia, escuchar. Y allí estaba escuchando, sentado en el polvo de la carretera escuchando su corazón cómo latía fatigado y triste, esperando una voz.