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Crecí cerca de Chicago, una ciudad grande y moderna. Pero decidí establecer mi hogar en Berna, la centenaria capital suiza, y adaptarme a una cultura y unas costumbres nuevas. Tras un aprendizaje de 20 años, estoy por convertirme en suiza.
Cuando llegué, en septiembre de 1992, estaba recién casada. Invertí el primer mes en explorar la ciudad. Paseaba por las empedradas calles del casco viejo, me asomaba a la fosa de los osos o me sumergía en las gélidas aguas de la muy popular piscina al aire libre, mientras atisbaba la maciza construcción del Parlamento que, desde su asiento en la colina, domina Berna.
Senderismo, esquí y escalada son los pasatiempos comunes en Suiza. Pero yo prefiero las montañas a lo lejos. Hay momentos en los que son completamente invisibles, ocultas por la niebla o las nubes. Pero otros días, detrás de los tejados rojos de la ciudad y las colinas verdes, los Alpes se extienden por el cielo como telón de fondo para una ópera. Al cruzar el puente del Kornhaus a bordo de un tranvía, suelo observar a muchos pasajeros voltear también para admirar la vista.
Hablar el idioma
Recuerdo que desde el principio me impresionó el multilingüismo del país. Una noche escuché un programa de radio en el que dos hombres debatían sobre la justa presidencial de EE.UU. entre Bill Clinton y George Bush padre. Nunca había oído algo igual: ¡Una persona hablaba en alemán y la otra en francés!
Logré salir adelante en los dos idiomas. Pero tuvieron que pasar unos ocho años más antes de que entendiera el dialecto suizo alemán. Me introduje en el Bärndütsch, cuando laboraba como entrenadora voluntaria de gimnasia para niñas.
Mis alumnas de seis y siete años decidieron ayudarme a mejorar mi expresión oral. Al hacer ejercicios sobre el tapete, me ordenaban: “Di 'Chuchichästli' (armario de cocina)”. Reproducía sin problemas ese término utilizado para probar la capacidad de los extranjeros para hablar el dialecto. Mi problema fue reunir todas las otras palabras necesarias para formar una oración.
Hoy, me alienta el hecho de que los suizos no pueden reconocer mi acento cuando hablo alemán. Me miran con curiosidad. “¿Es usted de Holanda?”
Tiempo para encajar
Desde el principio advertí que no quería ser etiquetada como extranjera. Sin embargo, no siempre fueron exitosos mis intentos por encajar. Un febrero me reuní con un grupo de familias estadounidenses que participaban en el desfile anual de carnaval (Fasnacht). En vez de mirar desde la barrera, nos pusimos cuernos, colas, y las batas blancas pintadas con grandes manchas negras, y marchamos con orgullo por las calles de Berna tirando de un carro con el rótulo The Happy Holstein.
Poco después un parroquiano vio mis fotos y dijo: “Ahora ya sabes que las Holstein provienen de Friburgo, ¿verdad? Las vacas bernesas son cafés”.
Ser extranjero en Suiza no siempre es fácil. Ha habido diversas iniciativas destinadas a controlar la población extranjera - que van desde la instalación de cuotas hasta la deportación de extranjeros que incurran en delitos. Detrás de muchas de las iniciativas está el deseo de preservar el alto nivel de vida en Suiza, para los que ya viven aquí.
A menudo he oído a mis amigos suizos discutir sobre el “problema de los extranjeros”. Siempre se vuelven hacia mí, como con una idea de último momento y dicen: “Pero, por supuesto, no nos referimos a ti”.
Pero algunas personas se refirieron a mí.
Un día ayudaba a unos amigos a mudarse a un nuevo apartamento. En el vestíbulo del edificio, un hombre de edad, descontento, se quejó de que monopolizáramos los dos ascensores del inmueble. Preguntó si un grupo de estudiantes se instalaba en el piso de arriba.
“No”, le contesté en alemán, “una familia con cuatro hijos”.
Arrugó la nariz por mi acento, y luego lanzó una sola palabra con la fuerza de un misil:
“¿Extranjeros?”
Entramos juntos en el ascensor y me miró con sorna.
“¿Hay algún problema?”, le pregunté.
“Yo no tengo que responderle”, dijo. “De todas formas no me entendería”.
Pero yo entendí: en Suiza, encajar puede tomar un buen tiempo.
Identidad nacional
Me gustan muchas cosas que se consideran típicamente suizas. Por ejemplo, la precisión de los pilotos de la Patrulla Suiza o el hecho de poder viajar en tren por todo el país y las disculpas que transmite el megáfono cuando el tren llega con cuatro minutos de retraso.
También las tradiciones, desde el yodel, hasta el trabajo manual para la elaboración de los pisos de parqué de mi apartamento o el escudo del vitral que cuelga de mi puerta.
Como estadounidense, sin embargo, lo que más admiro de Suiza es la accesibilidad de los políticos, incluso los de alto rango.
En 2011, en la fiesta nacional suiza, me senté a unos pasos de la futura presidenta, Eveline Widmer-Schlumpf, mientras pronunciaba el discurso del 1º de Agosto en cuatro idiomas. No tuve que hacer reservaciones ni mostrar una identificación o ser un contribuyente de campaña. Simplemente me presenté, me senté y escuché sus palabras acerca de lo que significa ser suizo.
En casa
¿Qué es lo que más valoro de mi vida en Suiza? Además del paisaje y las lenguas, las costumbres y el sistema político, la gente que conozco. Mis estudiantes, maestros y condiscípulos, los compañeros del club al que pertenezco, los miembros de la junta, y los colegas de trabajo, los vecinos, familiares y amigos. Donde quiera que vaya en Berna, me encuentro con alguien de mi presente o mi pasado.
Geografía, lenguaje, raza, religión, edad y educación son todos parámetros importantes que definen quiénes somos. Yo soy, de hecho, una estadounidense, fui formada por el lugar, la manera y la forma en que crecí. Pero he vivido en Suiza durante 20 años – más que en mi ciudad natal - y ahora Berna es mi casa.
En enero de 2011 pedí el formulario para solicitar la ciudadanía suiza. Pero el proceso en realidad comenzó hace 20 años, cuando llegué a Berna.
Pronto, si todo va bien, voy a ser portadora de un pasaporte suizo, podré votar en las elecciones suizas.
Espero con impaciencia celebrar el 1º de Agosto - la fundación de la Confederación Suiza - como ciudadana suiza.
Himno Nacional
Creado en 1841, combina la melodía del conservadora monje Alberich Zwyssig con el texto del poeta radical Leonhard Widmer. Fue interpretado por primera vez en la década de 1840, pero solamente fue adoptado como himno oficial de Suiza 140 años después, en 1981. La canción contiene cuatro estrofas y el texto está disponible en las cuatro lenguas nacionales: alemán, francés, italiano y romanche.Fin del recuadro
Traducción, Marcela Águila Rubín , swissinfo.ch