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El 3 de marzo de 2002, el pueblo suizo aprueba por poco la adhesión a las Naciones Unidas.
Una decisión histórica que sucede tras medio siglo de temores debidos esencialmente a la voluntad de salvaguardar una neutralidad mitificada hasta hace pocos años.
“Han llegado los suizos. La espera fue muy larga”, declaró el entonces secretario general de la ONU Kofi Annan durante la bienvenida a la delegación helvética en el organismo mundial.
Fue una larga espera, bastante prolongada por los temores y recelos que predominaron en Suiza con respecto a Naciones Unidas, desde el nacimiento de ese organismo en 1945, hasta la adhesión a este en el año 2002.
La actitud suiza en aquel medio siglo provocó bastante incomprensión en el extranjero. ¿Cómo era posible que siendo un país que había participado activamente en la Sociedad de las Naciones antes de la Segunda Guerra Mundial; que hospeda a la sede de ella y a las de numerosos organismos internacionales desde la posguerra, se obstinara en no ingresar en las Naciones Unidas?
Para comprender la “paradoja suiza” es necesario remontarse al 26 de junio de 1945, cuando 51 países firman la Carta de la ONU en San Francisco.
Suiza decide quedar al margen por diversas razones. Ante todo, el fracaso de la Sociedad de las Naciones había generado una gran desilusión y a la naciente ONU se la veía como una especie de club de las potencias vencedoras. Dejemos hacer a los grandes y luego veremos, era entonces la opinión difundida en Suiza.
Neutralidad absoluta
La razón principal está unida, sin embargo, al concepto de neutralidad que alimentaron las autoridades en esos años.
Al ingresar en la Sociedad de las Naciones, en 1920, el gobierno suizo había optado por una neutralidad diferenciada, es decir que la Confederación Helvética era políticamente neutral, aunque tomaba parte en las sanciones económicas.
Ante la amenaza bélica en 1938, el Consejo Federal retoma su neutralidad total.
“La visión de una neutralidad total o absoluta fue mitificada durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se creyó o se hizo pensar que la neutralidad sería ante todo la que salve a Suiza del conflicto. Ese era el perfil de propaganda en el país, pero también defendía a Suiza de los ataques provenientes del extranjero”, explica el historiador Carlo Moos.
“De hecho, en el exterior se veían los negocios de Suiza con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Para Estados Unidos como para Gran Bretaña y la Unión Soviética el prestigio de Suiza había decaído mucho por esa neutralidad falsa”.
Instituciones comunistas
La neutralidad helvética fue relanzada poco después del comienzo de la Guerra Fría. “También en esos años es una neutralidad disimulada, porque Suiza era parte estable del bloque occidental. Para las superpotencias, especialmente para Estados Unidos, la neutralidad helvética era conveniente y de algún modo, valorada”, remarca Carlo Moos.
Mientras los otros países neutrales se adherían uno tras otro a la ONU, Suiza siguió cultivando por décadas la idea de una neutralidad absoluta, inconciliable con una participación plena en las Naciones Unidas. La primera propuesta de adhesión llevada a las urnas en 1986 y fue rechazada por el 75% de los electores.
“Uno de los grandes problemas para la adhesión es que en los círculos burgueses y de derecha se veía a la ONU como una institución controlada por países comunistas, especialmente en el caso de la Asamblea General. La descolonización hizo ciertamente que muchos Estados nuevos se colocaran con el bloque del Este”, añade el historiador.
Nueva controversia
La caída del Muro de Berlín, en 1989, resta importancia a la neutralidad suiza en la escena internacional y cede, por ende, el último escollo dentro del país. Una nueva polémica empieza a dominar el debate en Suiza: la de quienes propugnan la apertura al mundo -a la ONU y a la UE-, frente a la de los opositores de la derecha nacionalista.
A juicio de los primeros, Suiza debe dejar de esconderse en su neutralidad y abandonar la política del erizo por solidaridad con el resto del mundo y para defender mejor sus propios intereses. En cambio los segundos creen que tal apertura amenaza no sólo a la neutralidad, sino también a la soberanía nacional y la cohesión del país.
Esta visión, la última, es a menudo mayoritaria en Suiza, pero también cada vez menos comprensible en el exterior. “Es una paradoja. Nadie viaja tanto al extranjero como los suizos; ninguna economía exporta en términos porcentuales tanto como Suiza; ningún país tiene tan alto índice de extranjeros y acoge per-cápita a tantas multinacionales”, señalaba con asombro el diario alemán ‘Die Zeit’, refiriéndose en el 2002 a la razón de que Suiza era todavía uno de los poquísimos países fuera de la ONU.
Posición inalterada
Aún haría falta esperar hasta finales de aquel año para dar el paso histórico. El 3 de marzo, una iniciativa de adhesión a la ONU era aprobada por el pueblo por apenas 54% de votos.
Pocos años antes, el Informe Bergier –comisionado por el Gobierno para esclarecer la controversia de los fondos judíos guardados en bancos suizos-, desmitificaba la neutralidad helvética en la Segunda Guerra Mundial y revelaba las relaciones tenidas con el Tercer Reich.
Diez años después de la adhesión no ha colapsado el cielo sobre los irreductibles suizos. Y las posiciones no han cambiado.
“El balance es más bien decepcionante. Por un lado, nuestra neutralidad es vaciada de año en año y por otro, la participación en las Naciones Unidas no ha permitido mejorar los contactos y la posición de Suiza en el mundo. Lo vemos, por ejemplo, en los ataques de Estados Unidos y de la Unión Europea contra nuestra plaza financiera y el secreto bancario”, declara Werner Gartenmanmn, director de la Asociación por una Suiza Neutral e Independiente, movimiento de derecha surgido con la votación sobre la ONU en 1986.
“Las preocupaciones son infundadas porque se logran muchas expectativas”, sostiene, en cambio, el Secretario de Estado Peter Maurer al trazar un balance positivo de estos diez años.
“En el 2002 adoptamos la decisión justa en un momento crítico de la historia, cuando disminuía peligrosamente la aceptación de los otros países ante la actitud indiferente de Suiza”.
SUIZA-ONU
Ginebra es la sede principal de las Naciones Unidas, después de la de Nueva York. Alberga a 7 agencias especializadas de la ONU y 242 misiones y representaciones permanentes.
1.500 suizos trabajan en Naciones Unidas, unos setenta de los cuales ocupan cargos directivos.
En tanto país miembro, Suiza aporta a la ONU entre 130 y 140 millones por año y figura, por tanto, en el 16° lugar entre los contribuyentes del organismo internacional.
Ya antes de su adhesión a la ONU, Suiza contribuía con cerca de 500 millones de francos por año a las agencias especializadas de Naciones Unidas a las que pertenecía.Fin del recuadro
Cronología
1920: se crea en Ginebra la Sociedad de las Naciones, a la que ingresan 58 países. El 56,3% de los electores hombres de Suiza aprueban en una votación federal la propuesta de adhesión presentada por la Confederación.
1945: 51 países firman la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco.
1946: En Londres se celebra la primera reunión de la Asamblea General de la ONU. La Sociedad de las Naciones es disuelta oficialmente.
1948: Suiza obtiene un puesto de observador en las Naciones Unidas.
1986: El 75,7% de los suizos dice no a la propuesta de adhesión a la ONU planteada por el Gobierno.
1994: la propuesta de crear una tropa de cascos azules al servicio de Naciones Unidas es denegada por el 57,2% de los suizos.
1996: tras los ataques de la comunidad hebrea estadounidense, el Gobierno y el Parlamento instituyen una comisión de expertos independientes para esclarecer el comportamiento de Suiza en la Segunda Guerra Mundial.
1998-2001: el Informe Bergier de la comisión de expertos desmitifica la neutralidad suiza: había colaborado con la Alemania nazi como también con los Aliados.
2002: el 54,67% del electorado helvético aprueba la iniciativa popular favorable a la adhesión de Suiza a la ONU. El 10 de septiembre de ese año, Suiza se convierte en el 190° miembro pleno de las Naciones Unidas.Fin del recuadro
Traducción: Juan Espinoza, swissinfo.ch