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El paso por Jericó y la entrada en Jerusalén marcan, en cada uno de los tres primeros evangelios, el principio de la última parte del peregrinaje de nuestro Salvador aquí en la tierra. El cumplimiento de la profecía de Zacarías (cap. 9:9) era para Israel la prueba de que verdaderamente su Mesías venía a visitarlo. Era imposible confundirlo con otro: “Justo y Salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno…”. Se esperaba más bien a un rey altanero y soberbio entrando en la capital sobre un caballo de guerra, a la cabeza de sus ejércitos. Pero un rey humilde y manso, aquí está un concepto ajeno a los pensamientos de los hombres.
Mas estos caracteres de gracia y bondad no impiden al Señor obrar con la máxima severidad cuando ve pisoteados los derechos de Dios, como en el caso de los vendedores en el templo (v. 12). Asimismo tienen que obrar sus discípulos. La dulzura que debe caracterizarlos no excluye la más grande firmeza (1 Corintios 15:58). La presencia de Jesús en el templo produjo varios efectos: en primer lugar, una inmediata purificación; pero al mismo tiempo la curación en gracia de los enfermos que venían a Él; luego la alabanza de los niños; por último, también hubo la indignación y la oposición por parte de los enemigos de la verdad.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"