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La respuesta es muy sencilla:
Hasta que él venga
(1 Corintios 11:26).
No anunciamos su regreso, pero partimos el pan con la certeza de que él vendrá pronto. Un hermano dijo que cada domingo deberíamos tomar la Cena del Señor como si fuera la primera vez que lo hacemos, y siendo conscientes de que también podría ser la última. ¿Qué frescura, pero también qué dignidad daría eso a nuestras reuniones de adoración!
Cuando el Señor Jesús haya venido y estemos con él en la gloria, no habrá más símbolos visibles. Estos símbolos nos recuerdan ahora al Señor Jesús y su obra en la cruz. Entonces ya no los necesitaremos, porque veremos a nuestro Señor y Salvador tal como él es, y estos símbolos ya no serán necesarios para recordarlo.
La Cena del Señor forma parte de nuestro camino en la tierra. Cuando Dios estableció la pascua para los hijos de Israel, les ordenó comerla con sus sandalias en los pies y sus bordones en las manos: esto es lo que caracteriza nuestra peregrinación; nuestra patria no está aquí en la tierra. Los locales donde nos reunimos no son nuestro hogar, aunque nos sintamos cómodos en ellos. Nuestro hogar es el cielo. Pero hasta que lleguemos allí, nos reunimos una y otra vez para anunciar la muerte del Señor. Se acerca el día en que nuestro Señor vendrá y nos llevará, para que estemos siempre con él. Entonces oiremos la voz que el apóstol Juan escuchó hace casi 2000 años en la isla de Patmos, donde estaba exiliado: “Sube acá” (Apocalipsis 4:1).
La escena descrita allí es muy impresionante. Juan ve un libro escrito por dentro y por fuera, con siete sellos, y un ángel pregonando: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” (Apocalipsis 5:2). Nadie, ni en el cielo ni en la tierra podía hacerlo. No se encontró nadie digno ni siquiera de mirar el libro, así que Juan lloraba mucho; entonces escuchó unas palabras sorprendentes: “He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Apocalipsis 5:5). ¿A quién vio Juan entonces? ¿A un león? No, vio un cordero como inmolado.
Esto es lo que nosotros también contemplaremos: el Cordero de Dios. Es el Hombre glorificado a la diestra de Dios, el León de la tribu de Judá, el gran Vencedor del Gólgota. Pero el recuerdo de sus sufrimientos y de su muerte en la cruz nunca se borrará: él es el Cordero de Dios. Y nosotros estaremos alrededor del trono del Cordero.
Desde ahora, y durante nuestra peregrinación terrenal, podemos alabar y adorar al Cordero de Dios. Pronto lo haremos en la gloria, por los siglos de los siglos. En la tierra todavía tenemos señales visibles que nos lo recuerdan, pero en el cielo ya no los necesitaremos.
En la tierra muchos faltan cuando nos reunimos para anunciar la muerte del Señor. De los diez leprosos a los que el Señor Jesús curó, solo uno volvió para darle las gracias. Hoy, la triste pregunta sigue siendo: “Y los nueve, ¿dónde están?”. En el cielo, esta pregunta ya no se planteará; no faltará nadie. No habrá más discordias, ni discusiones, ni separaciones. Juntos alabaremos y glorificaremos a nuestro Señor. Le agradeceremos eternamente por lo que hizo en la cruz, y le recordaremos con gratitud y admiración por sus intensos sufrimientos y su muerte en la cruz, donde glorificó a Dios y adquirió la salvación para nosotros.