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Iba a empezar la clase de lectura para los chicos de tercer grado, cuando la maestra notó cierta agitación en las últimas filas.
–¿Qué pasa, Pedro? –preguntó ella–. El niño se levantó muy nervioso y respondió:
–Alguien tomó mi lápiz nuevo.
Esa misma mañana todos los chicos habían admirado el lápiz que Pedro había recibido de su tía. Era el lápiz más lindo que ellos conocían. Por fuera era plateado, en lo más alto tenía una bola con un trozo de vidrio dentro. Ese pedacito de vidrio era lo más hermoso. Si uno cerraba un ojo y miraba de muy cerca con el otro, podía ver fotografías muy pequeñas pero claras. Pedro había guardado el lápiz en su estuche verde y lo había puesto sobre sus libros. Y ahora… ¡no estaba!
La maestra preguntó a cada uno de sus alumnos si habían tomado el lápiz. Todos dijeron que no. Pero era necesario aclarar el asunto, así que volverían a hablar de eso antes de la salida.
Durante el recreo, la maestra contó lo sucedido al director. Por eso, después de terminadas las clases del día, el director reunió a los alumnos del tercer grado y les dijo:
–Pedro no encuentra su lápiz nuevo. Es necesario que aparezca. Si alguno de ustedes lo tomó, sé que ya debe estar arrepentido, pero no se atreve a confesarlo. Seguramente no encuentra ningún gusto en tenerlo porque parece que le quemara los dedos. Debe de tener vergüenza y voy a ayudarlo. El que tomó el lápiz puede entregármelo hoy o mañana, y le prometo que no se lo diré a nadie.
Los niños salieron de la escuela bastante tristes, pero al día siguiente casi todos habían olvidado lo ocurrido. Cuando las clases empezaron, el director vio, detrás de la puerta de entrada, un pequeño bulto verde. Lo levantó… ¡era el lápiz! Les contó ese descubrimiento a los chicos del tercer grado:
–Creo que quien tomó el lápiz lo ha lamentado mucho. Quería devolverlo, pero no se animaba. Entonces lo puso detrás de la puerta de entrada, con la esperanza de que alguien lo encontrara, y así el asunto fuera pronto olvidado. Pero ustedes comprenderán que eso no debe ser así. Espero una confesión valiente y verdadera.
La noche de ese mismo día, los hermanos Francisco y Emanuel no podían dormir. Emanuel no hacía más que llorar, mientras Francisco daba vueltas y vueltas en su cama.
–Deja de llorar, Emanuel –dijo Francisco–. Pedro ya tiene su lápiz nuevo. ¿Por qué tendría que decirle al director que yo lo tomé para mirarlo? Yo no quería quedarme con él. ¡Y ahora deja de llorar de una buena vez!
–Es que a mí me gustaría que lo dijeras al director. Estoy seguro de que sería mejor. Si mamá lo supiera, también te diría que lo confesaras sin miedo.
Francisco pensó mucho en eso, hasta que al fin se durmió. A la mañana siguiente ya estaba decidido lo que haría:
–Quédate tranquilo, Emanuel, hoy lo diré todo.
Durante el recreo, Francisco se quedó en el salón de clases, tomó una tiza y escribió en el pizarrón, con letras grandes y claras:
YO LO HICE. FRANCISCO
Así quería confesarlo todo. No solamente al director, sino también a sus compañeros, pues, solo de esta manera se sentiría tranquilo. Cuando todos volvieron al salón, sus miradas se fijaron en lo escrito. Los alumnos sintieron curiosidad por lo que iría a pasar. El director también vio el pizarrón. Entonces miró a Francisco. No estaba enojado; al contrario, en su cara se veía bondad.
–Niños, seguramente todos ustedes han visto lo que está escrito en el pizarrón. Muy bien; ahora cierren los ojos y no los abran hasta que yo haya contado tres. Tengo confianza en que no los abrirán.
El director borró del pizarrón YO LO HICE y dejó solamente FRANCISCO, pero a continuación de este nombre escribió: ES UN BUEN CHICO. Luego contó: Uno, dos, tres. Todos los ojos se abrieron. Cuando leyeron lo escrito, rieron felices.
Enseguida el director dijo: –Quienes estén de acuerdo con lo escrito, levanten su mano. Todos la levantaron… menos uno. Pero este había aprendido una lección que nunca olvidaría en su vida.
La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación
(2 Corintios 7:10).