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Hay un pastor de quien no hemos hablado, porque es un hombre a quien normalmente no consideramos tanto como pastor. No obstante, leyendo su historia, vemos que lo era. Jacob tenía mucho ganado; sus hijos lo cuidaban, y José, como uno de ellos, también participaba en este servicio. Por varias razones había desavenencias entre José y sus hermanos; ellos lo aborrecían. Un día Jacob envió a José para que viera cómo se encontraban sus hermanos, quienes estaban cuidando las ovejas en Siquem, un lugar bastante lejos (aproximadamente 80 km) del valle de Hebrón, donde vivían (Génesis 37). A pesar de la distancia, y aunque sabía que sus hermanos lo aborrecían, José obedeció a su padre y fue. Quería cumplir la voluntad del que le había encargado este oficio. Su padre le había dicho: “Mira cómo están tus hermanos”, y por amor a su padre obedeció. Saliendo de Hebrón, llegó a Siquem, pero no los encontró allí. Sin embargo indagó dónde podría encontrarlos, hasta que alguien le informó que habían salido para Dotán, unos 25 km más lejos. Entonces José buscó a sus hermanos hasta encontrarlos, pues su padre se preocupaba por ellos.
Reflexionando en esta historia entendemos que es una figura del cuidado de Dios Padre por nosotros, y también del Señor Jesús, el Hijo amado de su Padre, quien vino para rescatarnos. Hay muchas cosas hermosas en esta historia de José que nos hablan del Señor Jesús: la relación entre él y su padre, su servicio, los que le aborrecieron, sus sufrimientos, pero también su gloria como gobernador y salvador del mundo, la restauración de su relación con sus hermanos, entre otras.
Qué ejemplo para todos nosotros, tanto para el que podría tener el don de pastor como para cada uno en particular. Tenemos que pensar en las necesidades de nuestros hermanos. Nuestro servicio debe ser motivado primeramente por el amor del Padre hacia nosotros, y también por nuestro amor hacia él. Él nos dice: “Mira cómo están tus hermanos”; nosotros, como José, debemos tener una actitud de disponibilidad para obedecerle, haciendo sacrificios, sin pensar en la actitud de ellos hacia nosotros o en otras cosas negativas que podrían desviarnos de este servicio. José respondió a su padre: “Heme aquí”. Y nosotros, ¿qué responderemos?
El servicio pastoral es muy importante y necesario, cada uno tiene que hacerlo.
Tal vez usted, como Caín, pregunte:
¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?
(Génesis 4:9).
Bendito sea el Señor Jesucristo. Él ha dado el don de pastor a Su Iglesia para cuidar a los suyos con el fin de que haya creyentes sanos, cuyas vidas sean agradables a él, para Su honra.
Si Jesucristo le ha dado el don de pastor, ponga en práctica este don, según la manera que él nos enseña en su Palabra.
Si Jesucristo no le ha dado el don de pastor por lo menos esfuércese en cumplir el servicio tan importante y necesario que consiste en cuidarse unos a otros.
Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros
(1 Tesalonicenses 5:11).