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En Rusia, después de la muerte del zar Alejandro, estalló una persecución contra los judíos, cuyas consecuencias se sintieron hasta en la región de Besarabia. Muchos de nuestros connacionales emigraron a Palestina con la idea de fundar allí una colonia. La misión de hallar en Palestina un rincón de tierra favorable para la realización de este proyecto, fue confiada al abogado Joseph Rabinovich, un hombre que se contaba entre los más eminentes.
Rabinovich era un sabio que conocía también la historia de los Evangelios, pero, aunque fue hijo de una judía creyente, era un librepensador. Cuando fue a Jerusalén y visitó los lugares sagrados, entre otros, la iglesia del Santo Sepulcro que, según se dice, fue construida sobre la tumba de Cristo, se detuvo a contemplar durante mucho tiempo este memorable lugar. Súbitamente, una pregunta comenzó a inquietar su alma: Aquel que fue puesto en ese sepulcro, ¿no habría sido el Mesías de su pueblo? ¿Por qué Israel lo crucificó? ¿En qué situación se encuentra mi pueblo ahora? ¿Por qué, desde entonces, fue abatido por tantas desgracias? Estas preguntas, que sucedían una tras otras con la rapidez de un relámpago y que se habían apoderado de su mente, sirvieron para alumbrar su corazón y conducirlo a la luz plena. El jurista judío incrédulo fue divina y cabalmente convencido de que ese Jesús, crucificado por su pueblo, había resucitado y era el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Rabinovich salió de la iglesia del Santo sepulcro, sintiendo que un cambio radical se había operado en él. Ahora era una “nueva criatura”.
Esta misma noche, desde su hotel, el flamante convertido a Cristo escribió a Kischineff: “He hallado la llave del problema judío”. Es de imaginar la alegría y agitación que este anuncio provocó en su ciudad natal. La noticia apareció en los diarios, y todos los habitantes esperaron con impaciencia el retorno de su conciudadano.
Rabinovich llegó al cabo de cinco días y, enseguida, organizó una reunión a la que asistieron cuantos pudieron llegar. En presencia de los judíos más honorables de la ciudad, dio una conferencia a la que prestaron la mayor atención. Como lo hizo Esteban, según leemos en el capítulo 7 del libro de los Hechos, el orador demostró a los oyentes que Dios había conducido misericordiosamente a su pueblo, enviándole muchos testigos que fueron temerariamente rechazados unos tras otros. Relató toda la historia del pueblo judío hasta llegar a Jesús de Nazaret, y terminó con estas palabras: “Y este Jesús es el Cristo, nuestro Mesías prometido. Esta es la única solución para el problema judío”. Como resultado de estas palabras se manifestaron el estupor y la indignación. En menos de dos minutos la sala quedó vacía. El auditorio huyó llorando y sacudiendo la cabeza.
Desde este día Rabinovich anunció diariamente a Cristo. Muchos judíos iban a verlo; unos blasfemando, otros para polemizar, y algunos, no pocos, aceptaron sus palabras y se convirtieron al Señor.
Rabinovich celebraba reuniones en su casa con regularidad. Leía dos capítulos de las Escrituras: uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento. Con la lectura del primero exponía las profecías, y con la del segundo el cumplimiento de ellas; con uno la sombra y con el otro la realidad: Cristo. En la entrada de la casa había un cartel escrito en ruso y en hebreo, donde se leían las palabras pronunciadas por el apóstol Pedro: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quién vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).