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Igor Magala todavía recuerda el gusto metálico que sintió en la boca a medida que se acercaba a la planta nuclear de Chernóbil en la mañana del 26 de abril de 1986, pero ese día no logró vislumbrar la magnitud de la catástrofe a la cual se enfrentaba.
Magala, subdirector de construcciones en la planta, recibió una llamada por la noche para informarlede que se acababa de producir un accidente en el reactor. "No había información, todo estaba clasificado. Yo pensaba que podía ir por una semana y al final me quedé un año", contó a la AFP.
A medida que se acercaba a la planta, se encontró con que en las instalaciones estaban desplegados una gran cantidad de soldados. Entonces, ignoraba que el reactor número cuatro de la planta en la que trabajaba desde 1980, y que había ayudado a construir, había explotado a las 01H23 de la madrugada.
El accidente, que se debió a un error humano y a un defecto en el diseño de la planta del reactor soviético, provocó la mayor catástrofe nuclear civil de la historia. El balance de víctimas sigue siendo objeto de controversia, pero algunos estiman que miles o decenas de miles de personas murieron.
"El panorama era deprimente", contó el constructor, de 78 años, que ahora vive en Vychgorod, a unos 100 kilómetros al sur de Chernóbil.
En la primera noche después del accidente, notó un extraño resplandor, que se elevaba al cielo encima del reactor. "Era un destello rojo, que sobre todo era visible de noche. Esta columna roja siguió brillando durante varios días", recordó.
El combustible nuclear ardió durante más de diez días, liberando al aire elementos radioactivos con una intensidad equivalentes a 200 bombas de Hiroshima.
- La amenaza de otra explosión -
Igor formó parte del equipo que se conoce como los "liquidadores", principalmente trabajadores ucranianos, rusos y bielorrusos, que participaron con trajes de protección deficientes e inadecuados en la construcción del sarcófago del reactor accidentado.
En cuatro años, un total de 600.000 soviéticos, entre soldados, policías, bomberos y funcionarios, fueron desplegados en la zona. "No teníamos ninguna protección. Todo eso apareció después", cuenta. "Teníamos el sentido del deber", dijo para explicar el valor que tenían estos hombres.
Para Igor, los que se llevaron la peor parte fueron los bomberos, pero también quienes subieron al techo del reactor accidentado para barrer con palas los bloques de grafito radioactivos que quedaron dispersados por la explosión. En el suelo, los bloques de grafito eran recuperados por un equipo de 'bulldózer' controlados por radio. "La maquinaria se averiaba, pero los hombres resistían", recordó.
"A los chicos movilizados les decíamos los partisanos. Les daban un casco y un delantal de plomo", dijo Igor.
Hasta hoy, guarda el mayor de los respetos por quienes se movilizaron e hicieron frente a los mayores riesgos para limpiar la zona. "Cinco años después, los soldados comenzaron a caer como moscas", se lamentó. "Cada uno cumplió con su destino. Muchos ya no están. Muchos murieron", dijo.
Igor, por su parte, tuvo suerte. Nunca tuvo ningún problema de salud ligado a la radiación, pese a que, junto a otros diez voluntarios, entró a verificar en mayo de 1986 que ni el agua ni el magma formado por el combustible radioactivo hubieran penetrado en la piscina del reactor accidentado. "Existía este riesgo de que si entraba agua en la piscina, podría haber una explosión termonuclear, que transformaría Pripyat (la pequeña localidad situada a tres kilómetros de la central) en un gran cráter y que terminaría con una evacuación urgente de todo Kiev", explicó.
Después de trabajar durante cuatro días, el equipo constató con alivio que sus peores miedos eran infundados. "No era necesario evacuar Kiev", dijo.
A finales de 1986, después de que se completara la construcción de un sarcófago gigante sobre el reactor, Igor volvió a Kiev y siguió trabajando en el sector energético. Nunca más volvió a trabajar en Chernóbil.