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Al anochecer, al volver a su casa, se quedó muy sorprendido cuando vio sobre la mesita ubicada junto a la ventana, un libro que reconoció inmediatamente por su cubierta negra.
–¡Oh! –exclamó–. ¡Pero si es la Biblia de mi padre! ¡Deben de haber pasado más de diez años desde la última vez que la vi!
–Como me hablaste tanto de ella, la busqué –dijo su esposa–. Pensé que tanto tú como Guillermo estarían contentos de verla.
La señora tomó el extremo de su delantal para quitar la última partícula de polvo de la cubierta del valioso libro. Si en ese preciso momento el señor Peña se hubiera fijado en su esposa, se habría dado cuenta de que tenía los ojos enrojecidos. ¿Habría llorado?
De repente, desde la planta alta, se oyó la voz de Guillermo, que se iba a acostar.
–¡Mamá, mamá! ¡Quiero decirte algo! La madre, sobresaltada, preguntó:
–¿Qué sucede ahora, Guillermo?
–Mamá, me había olvidado de decirte que me despiertes cuando él venga.
–Sí, hijo, te lo prometo, pero ahora sé obediente y vete a la cama.
–Estarán atentos, ¿verdad? Papá, también quería pedirte que no cierres con el pasador la parte alta de la puerta. Nos llevaría demasiado tiempo abrir los dos pasadores y lo haríamos esperar mucho.
–Vale, hijo –dijo el padre–; esta noche no cerraré con ninguno de los pasadores.
–Gracias, papá. Buenas noches, mamá –dijo Guillermo. Luego cerró la puerta de su habitación y se acostó.
Los padres volvieron a la cocina, y después de un momento de silencio, el señor Peña miró a su esposa y, mientras sacaba del bolsillo de su chaleco un papelito doblado y se lo entregaba, le dijo:
–Dame ese libro, por favor, y dime qué escribió la profesora en este trocito de papel que le dio a Guillermo.
La señora Peña leyó: «Apocalipsis 3, versículo 20», y su marido comenzó a buscar desde la primera página de la Biblia, pues la conocía muy poco, por no decir en absoluto. Lógicamente la búsqueda le llevó un buen rato, pero al fin encontró el libro y el capítulo indicados. ¡Y qué sorpresa se llevó cuando vio que ese versículo estaba subrayado con tinta roja!
–Tuvo que ser mi padre quien lo subrayó… Eso quiere decir que conocía muy bien este versículo y le parecía que era muy importante.
Con voz temblorosa se puso a leer: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. El señor y la señora Peña no daban crédito a lo que acababan de ver y oír. Guillermo tenía razón; era tal como les había dicho. Y las preguntas que se habían hecho, es decir, si Guillermo habría recordado bien el texto que citaba, y si éste se hallaba en la Biblia del abuelo, ahora quedaban contestadas por medio de esta lectura.
En la habitación reinó un solemne silencio.
¿Qué es lo que impulsó a la señorita Linares, la profesora de la escuela dominical, a pasar por la casa de la familia Peña justamente esa noche, mientras volvía a su hogar, para entregarle a Guillermo el Nuevo Testamento que le había prometido para el próximo domingo? Ni ella misma podía explicar por qué había cambiado sus planes. Estaba claro que era Dios quien había guiado sus pasos hacia la casa de los padres de su pequeño alumno. Como ya era tarde, ella sólo quería entregar el libro y continuar su camino. Pero cuando llamó dos veces con la pesada aldaba de la puerta, oyó un grito de alegría en el interior de la casa y luego unos pasos que se dirigieron precipitadamente hacia la puerta. Ésta se abrió inmediatamente y la profesora se encontró frente al señor Peña totalmente sorprendido, quien tenía en sus brazos a Guillermo en pijama, y a la esposa, que miraba por encima del hombro de su marido un tanto asustada.
–¡Es la profesora Linares, papá! –exclamó Guillermo muy contento–. Profesora, ¿cree que vendrá esta noche? ¡Oh, qué feliz me sentiría si él viniera mientras todos estamos despiertos!
La profesora Linares cambió repentinamente de planes, no se fue enseguida. Era absolutamente necesario que entrara en aquella casa y se sentase en la pequeña cocina. Allí, sobre la mesa que estaba frente a ella, se hallaba la Biblia, y los tres la miraban como si estuvieran esperando algo de ella. Para los padres de Guillermo, el llamado a la puerta en el preciso momento en que acababan de leer el texto de Apocalipsis, fue como un llamado en sus corazones. El Señor le dio la responsabilidad a nuestra amiga, la profesora Linares, de remover los oxidados pasadores que, desde hacía mucho tiempo, habían mantenido cerrados los corazones de esta pareja.
Durante un largo rato todos permanecieron sentados juntos, con el santo Libro abierto ante ellos, mientras escuchaban atentamente a la profesora Linares, que estuvo muy ocupada contestando a las preguntas de Guillermo y a las de sus padres. A ellos les parecía que por fin el día comenzaba a brillar en sus vidas, como después de una larga y oscura noche. De pronto, todo su pasado les pareció muy diferente a lo que habían creído hasta entonces, pues hasta ahí se creían personas muy honestas. Ahora comprendían que eran unos pobres pecadores perdidos, que tenían necesidad de un Salvador. Los misericordiosos caminos del Señor, quien llamaba hoy a la puerta de sus corazones de manera tan conmovedora, los llenaba de temor y admiración a la vez.
Esa noche hubo un gran cambio en la vida de la familia Peña. Al padre le parecía que se le caía la venda de los ojos que hasta entonces no le había permitido ver. Ahora veía. Numerosos pasajes que había oído mencionar a su padre, «que conocía su Biblia hoja por hoja», volvían con fuerza a su memoria bajo un nuevo sentido y una nueva dimensión. No podía comprender cómo había vivido tan ciega e insensiblemente durante tantos años. Desde aquel día, cada noche se dedicó a leer y a releer su vieja Biblia.
Un día en que la profesora Linares se encontraba de nuevo en casa de sus amigos, donde era siempre muy bien recibida, Guillermo, como de costumbre, estaba sentado junto a su padre, mientras que la madre estaba ocupada en las tareas domésticas. Después de haber conversado un tiempo del tema que ahora les era tan precioso, Guillermo tomó repentinamente la mano de su padre y le dijo:
–¿No es cierto que ahora todos nosotros, tú, mamá y yo, nos iremos al cielo juntos?
–Sí, hijo mío –respondió su padre, muy conmovido–. Sí, allí estaremos juntos, pues el Señor nos dio a conocer su gracia.
Luego pidió a la profesora que les leyera el capítulo 3 de Apocalipsis. Este capítulo se había convertido en su porción bíblica favorita, porque el Señor, que no deja de llamar a la puerta del corazón de los pobres pecadores tan insensibles y sordos a su voz, se había servido de esas Escrituras para hablarles la primera vez, para despertarlos de su sueño espiritual y para entrar a morar con ellos.
La profesora Linares tomó la vieja Biblia y leyó el capítulo entero. Los tres escucharon con profunda devoción, y sintieron que ellos también habían recibido el “oro refinado en fuego”, las “vestiduras blancas” y el “nombre nuevo”. Ellos sabían que habían oído la voz del Buen Pastor y que los ojos de su alma habían visto a Aquel cuyo nombre es “Admirable”, pues los había atraído de manera maravillosa hacia Él y, en su infinita misericordia, se había acordado de ellos. El Señor había entrado en la humilde morada de la familia Peña, como un huésped bienvenido, para no abandonarlos jamás. Desde entonces, en ese hogar, su preciosa Palabra siempre fue leída, escuchada y apreciada.
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Apocalipsis 3:20
¿Ya ha entrado en tu corazón querido amigo? Seguramente que el Señor ya ha llamado más de una vez a la puerta de tu corazón. ¿Le has abierto? Hoy, en este momento, te sigue llamando. ¡Ábrele si no lo has hecho aún; no sea que Él pase y no vuelva más!