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Tanto en París como en Marsella, el personal doméstico de origen suizo es muy apreciado en toda Francia. El trabajo es duro, pero las condiciones de vida son mejores que en el campo. Una emigración encarnada perfectamente por el ayuda de cámara de Napoleón, Jean-Abram Noverraz.
El 5 de mayo de 1821, hace ya casi doscientos años, Napoleón Bonaparte exhalaba su último suspiro en la prisión de Longwood, en Santa Helena. Durante las semanas que duró su enfermedad, su fiel sirviente del cantón de Vaud, Jean-Abram Noverraz, no abandonó la cabecera de su cama.
El día después del fallecimiento, el gobernador inglés Hudson Lowe, que mantuvo una pésima relación con Napoleón, hizo desfilar ante el cadáver del exemperador a los habitantes de la isla para que no hubiera dudas sobre su muerte.
El historiador Thierry Lentz relata la escena en su última obra Bonaparte n’est plus! “Ali, Noverraz, Pierron y Marchand (los criados) rodean el lecho, Bertrand y Montholon (los generales) se colocan un poco más adelante. Los soldados y marineros británicos, sus familias y toda la población de la isla se acercaron para rendir un último homenaje al prisionero de Europa, un desfile que duró dos días y que se llevó a cabo en completo silencio”.
Sirviente, correo, ujier...
Sobre el trabajo de Noverraz, al servicio de Napoleón desde 1809, sabemos lo que nos cuenta en su diario del Regreso de las Cenizas de Napoleón (1840), que fue publicado en la famosa Revue des Deux Mondes (Revista de los Dos Mundos). Su actividad era muy variada, ya que hacía de lacayo (criado de librea que trabaja en una casa grande), correo, ujier, cazador e incluso de escolta: durante el viaje a la isla de Elba tuvo que utilizar el sable para defender a su señor.
Algo más de un siglo después, el escritor Albéric Cahuet, gran admirador de Napoleón, que conoció al sobrino nieto de Noverraz, describirá la vida cotidiana del ayuda de cámara en Santa Helena en un relato de ficción y al mismo tiempo bien documentado. ¿Cómo se levantaba el emperador? “Napoleón se levanta y se pone un pañuelo rojo de madrás a la cabeza. Inmediatamente después toma un baño, y luego recibe una vigorosa fricción con agua de Colonia o agua de lavanda. “Vamos, fuerte, como si fuera una mula”, ordena al recio Noverraz, al que luego se lo agradece dándole, en broma, un cachete en el cuello”.
Después, Napoleón “se afeita junto a la chimenea (...). Marchand le trae el jabón y la navaja; delante de él, un segundo ayuda de cámara sostiene un espejo de mano.”
Noverraz, de regreso a Suiza y convertido ya en un personaje famoso, alimentará la leyenda de Bonaparte legando al cantón de Vaud multitud de reliquias imperiales.
Miles de criados suizos en París
Es difícil contar la historia de esos miles de suizos y, sobre todo, suizas que llegaron a Francia para ejercer la profesión de sirviente. Un criado podía realizar una gran variedad de funciones. Y además hay falta de registros escritos dejados por esos empleados domésticos.
Las cifras son impresionantes. Los censos de París muestran que a fines del siglo XIX había más de 1 200 suizos trabajando solo en el 8º distrito, cerca de los Campos Elíseos, unos 500 en el 9º, etc.
La historiadora Anne Rothenbühler, en su libro Le baluchon et le jupon, afirma que en los barrios burgueses de París, que era donde se contrataba a la mayoría de los empleados domésticos, los suizos ocupaban el segundo puesto, inmediatamente después de los alemanes.
En Marsella, en la época de Jean-Abram Noverraz, había entre 300 y 400 suizos sirviendo en las casas ricas y en los barcos de las grandes empresas. “Una gran cantidad de criados de ambos sexos procede normalmente de Suiza”, decía entonces el vizconde y economista Alban de Villeneuve-Bargemon. “Tienen tanta fama de ser puntuales y honrados que la mayor parte de las casas de Marsella los van a buscar a su propio país y se comprometen a pagarles el viaje de regreso en caso de que no se adapten”, afirmaba el vizconde, citado por la historiadora Renée Lopez-Thery.
1 franco al día
Puntualidad y honradez. Pero, además, una de las bazas que garantizaban el éxito de los suizos era sin duda alguna su conocimiento de la lengua alemana, muy apreciado entonces en Francia. Anne RothenbühlerEnlace externo añade a estos valores “una amplia y sólida formación en el país de origen, gracias a las escuelas de economía doméstica”. Pero también hay “un sustrato mental que hace que las sirvientas suizas sean más propensas a la obediencia y la lealtad”.
En resumen, las suizas no creaban demasiados problemas. Incluso estando mal pagadas. Según la historiadora René Lopez-Thery, una criada en Marsella, alimentada y alojada en la casa, cobraba un franco al día en la década de 1890. En la misma época una obrera ganaba unos 2,5 francos diarios. Un mayordomo, puesto mucho más alto en la jerarquía doméstica, se embolsaba unos 90 francos al mes.
La Croix de GèneveEnlace externo, semanario que se publicaba en París durante esos mismos años, está repleto de anuncios en busca del mirlo blanco: “Familia acomodada busca joven suiza que no sepa francés para cuidar un bebé de 18 meses y ayudar en el hogar. De 25 a 39 francos al mes. Viaje pagado”. En otras palabras, una persona que hable alemán pero que no proceda de Alemania, un enemigo que se iba haciendo cada vez más grande en el siglo XIX. Pero principalmente, ¡que no fuera bilingüe! Una técnica bastante mezquina para aislar a la pobre joven, ya bastante perdida en el gran París, señala Anne Rothenbühler.
Mejores condiciones de vida
En su tesis, la historiadora resume la larga jornada de esta sirvienta, procedente casi siempre de la Suiza francófona, sobre todo de Ginebra. “Comienza en torno a las 6. Reaviva las brasas de la estufa y vuelve a encender el fuego. Mientras el resto de la casa duerme todavía, la criada saca tiempo para lavar la ropa”.
Será necesario vaciar las cenizas y subir el carbón una docena de veces al día. Después de servir la comida a mediodía, la criada tendrá que comer mientras lava la vajilla, “en una esquina de la mesa, unos alimentos que no tiene tiempo de recalentar”. La jornada se acaba hacia las 22:00 horas, “siempre y cuando la señora no reciba ese día”.
El trabajo es duro, pero las condiciones de vida (agua corriente, iluminación de gas) son bastante mejores que en el campo suizo. Esto es cierto hasta comienzos de siglo. Después, Suiza alcanza y supera a Francia en términos económicos y el éxodo se desacelera bruscamente. En Marsella, el número de suizos que trabaja en “servicios personales”, como se dice hoy día, pasa de 472 en 1876 a 175 en 1931.
Y en Suiza… En la era industrial el servicio doméstico se convirtió en una ocupación predominantemente femenina (91,5% según el censo federal de 1888). Es cierto que las jóvenes de las clases populares rurales y, sobre todo, urbanas preferían ser obreras de una fábrica que criadas; de hecho, ser sirviente era una profesión poco respetada en los medios obreros porque estaba mal pagada y carecía de derechos. Sin embargo, todo hogar de clase alta tenía que tener una criada como señal de riqueza y prestigio. (Diccionario histórico de SuizaEnlace externo).Fin del recuadro
Para leer:
Le baluchon et le juponEnlace externo: les Suissesses à Paris, itinéraires migratoires et professionnels (1880-1914), por Anne Rothenbühler. Ediciones Alphil-Presses universitaires suisses.
Une Immigration de longue durée : les Suisses à MarseilleEnlace externo, por Renée Lopez-Théry. (Tésis de tercer ciclo, Lille).
Bonaparte n’est plus !Enlace externo por Thierry Lentz. Ediciones Perrin.
Souvenir de l'empereur Napoléon IerEnlace externo, por Jean-Abram Noverraz. Ediciones Pocket
Traducción del francés: José M. Wolff