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Esta última porción de nuestro libro se refiere al “voto”, o acto voluntario por el cual una persona se consagraba, ella misma o lo que le pertenecía, a Jehová. “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno hiciere especial voto a Jehová, según la estimación de las personas que se hayan de redimir, lo estimarás así… según el siclo del santuario” (v. 1-3).1
Cuando una persona se ofrecía a sí misma, u ofrecía su bestia, casa, o campo a Jehová, era una cuestión de capacidad o valor de lo consagrado; por eso había cierta escala de estimación, según la edad. Moisés, como representante de los derechos de Dios, era llamado a estimar, en cada caso, según la regla del santuario. Si un hombre hace un voto, es preciso que sea probado por la medida de la justicia. Además, en todos los casos debemos tener presente la diferencia entre la capacidad y el derecho.
- 1N. del E.: Cuando los israelitas dirigían a Jehová una súplica, la acompañaban a veces con la promesa de consagrarle alguna de sus pertenencias. Las ofrendas, destinadas al mantenimiento del santuario y del culto, podían ser personas (v. 2-8), animales (v. 9-13), casas (v. 14-15) o terrenos (v. 16-25). Este capítulo determina el equivalente en dinero que estaba permitido pagar en lugar del objeto prometido.
En Éxodo 30:15 leemos, en cuanto al dinero del santuario: “Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá del medio siclo, cuando dieren la ofrenda a Jehová para hacer expiación por vuestras personas”. El precio del rescate era idéntico para todos. Siempre debe ser así. Nobles y villanos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, viejos y jóvenes, todos tienen un título común: “No hay diferencia” (Romanos 3:23). Todos subsisten sobre el mismo principio del infinito valor de la sangre de Cristo. Puede haber una inmensa diferencia en cuanto a la capacidad, en cuanto al conocimiento, a los dones y los frutos; sin embargo, en cuanto al título, no hay ninguna. El retoño y el árbol, el hijo y el padre, el convertido de ayer y el creyente maduro están sobre el mismo terreno. “Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá”. No se podía dar nada de más ni se podía admitir menos. Tenemos
Libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo
(Hebreos 10:19).
He aquí nuestro título para entrar.
Una vez dentro, nuestra capacidad de rendir culto dependerá de nuestra energía espiritual. Cristo es nuestro título, el Espíritu Santo nuestra capacidad. El «yo» no interviene ni en uno ni en otro. ¡Qué gracia más perfecta! Entramos por la sangre de Jesús; gozamos por el Espíritu Santo de lo que allí encontramos. La sangre de Jesús abre la puerta; el Espíritu Santo nos guía por la casa. La sangre de Jesucristo abre el estuche; el Espíritu Santo despliega el precioso contenido. La sangre de Jesucristo nos da el joyero; el Espíritu Santo nos hace capaces de apreciar las joyas preciosas que contiene.
En el presente capítulo, al contrario, se trata únicamente de la capacidad o el valor. Moisés tenía cierta medida que no podía rebajar; tenía cierta regla de la que no se debía apartar. Si uno podía alcanzarla, bien; si no, tenía que ocupar el lugar correspondiente.
¿Qué era necesario hacer, pues, con quien no alcanzaba la altura de las exigencias pedidas por Moisés, el representante de la justicia divina? He aquí la consoladora respuesta: “Pero si fuere muy pobre para pagar tu estimación, entonces será llevado ante el sacerdote, quien fijará el precio; conforme a la posibilidad del que hizo el voto, le fijará precio el sacerdote” (v. 8). En otros términos, si un hombre se esfuerza por satisfacer las exigencias de la justicia, entonces es necesario que las satisfaga por completo. Pero si se siente totalmente incapaz de cumplir esas exigencias, no le resta más que recurrir a la gracia, la cual lo recibirá tal como es. Moisés es el representante de las demandas de la justicia divina, mientras que el sacerdote es el representante de los recursos de la gracia divina. El pobre que era incapaz de presentarse ante Moisés caía en los brazos del sacerdote. Siempre es así. Si no podemos “cavar” la tierra, podemos “mendigar” (Lucas 16:3) y, cuando nos ponemos en el lugar de mendigos, ya no se trata de lo que somos capaces de ganar, sino de lo que Dios nos quiere dar. La gracia coronará la obra de Cristo durante la eternidad. ¡Cuán dichoso es ser deudor de la gracia! ¡Qué dicha recibir puesto que Dios es glorificado al dar! Tratándose del hombre, vale infinitamente más cavar la tierra que mendigar; pero, cuando se trata de Dios, es precisamente lo contrario.
Según parece, todo este capítulo se refiere de modo especial a la nación de Israel. Está íntimamente ligado a los dos capítulos precedentes. Los israelitas habían hecho un “voto” al pie del monte Horeb, pero fueron completamente incapaces de responder a las exigencias de la ley; eran demasiado pobres para la estimación de Moisés. Pero, participarán de las ricas provisiones de la gracia divina. Habiendo reconocido su absoluta incapacidad para “cavar” la tierra, no tendrán vergüenza de mendigar. Entonces experimentarán la inmensa dicha de depender de la gracia soberana de Jehová, la cual se extiende, como una cadena de oro,
De eternidad a eternidad
(1.Crónicas 16:36).
Es bueno ser pobre cuando el conocimiento de esta pobreza sirve para desplegar ante nuestra vista las riquezas inagotables de la gracia divina. Esta gracia no deja que nadie se vaya vacío. Nunca le dice a alguien que es demasiado pobre. Puede satisfacer las mayores necesidades del hombre y, al mismo tiempo, se glorifica al hacerlo. Esto es verdad para todo pecador individualmente como para Israel, el cual, habiendo sido estimado por el legislador, ha sido encontrado más pobre que su estimación. La gracia es el grande y único recurso para todos. Es la base de nuestra salvación, la base de una vida de piedad práctica y la base de las esperanzas imperecederas que nos animan en medio de las pruebas y luchas de este mundo de pecado. ¡Que podamos tener un sentimiento más profundo de la gracia y un deseo más ardiente de la gloria!
Terminamos aquí nuestras meditaciones sobre este libro tan importante y precioso. Si Dios se sirve de estas páginas para despertar en algún lector el interés por dicha porción de la Escritura, en todo tiempo demasiado descuidada por la Iglesia, no habrán sido escritas en vano.