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Es muy instructivo comparar la enseñanza respecto a las obras en las epístolas de Pablo y de Santiago, tanto el uno como el otro divinamente inspirados. Pablo desecha completamente las obras de la ley; Santiago insiste con celo sobre las obras de la fe. Cuando este hecho se ha comprendido bien, toda la dificultad desaparece y vemos brillar la divina perfección de las Sagradas Escrituras. Algunos que no lo habían entendido han encontrado mucha dificultad en la diferencia aparente entre Romanos 4:5: “Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, y Santiago 2:24: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”. Sin embargo, hay aquí la más hermosa y perfecta armonía: Pablo se refiere a las obras de la ley y Santiago a las obras de la fe. Los dos ejemplos que da Santiago para apoyar lo que dice: El de Abraham ofreciendo a su hijo y el Rahab escondiendo a los espías, lo confirman ampliamente. Si usted hace caso omiso a la fe en ambos casos, son obras malas. Considerándolas, en cambio, como frutos de la fe, manifiestan la vida.
¡Cómo brilla la sabiduría infinita del Espíritu Santo en estos pasajes! El proveía el uso que se les haría. Entonces, en vez de escoger obras buenas en sí, escoge sobre un periodo de cuatro mil años dos obras que hubieran sido malas si no hubieran sido el fruto de la fe.