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En el Sermón del monte, el Señor concluye sus enseñanzas con la bien conocida figura de la casa edificada sobre la roca o sobre la arena (véase el pasaje paralelo en Lucas 6:47-49). En ella pone en contraste a un hombre insensato con uno prudente. Más tarde, en la parábola de las diez vírgenes volvemos a encontrar ese mismo contraste: cinco prudentes y cinco insensatas (Mateo 25:1-13). Pablo exhorta a los Efesios: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (5:17). El que conoce y hace la voluntad del Señor es prudente; por el contrario, quien oye las palabras del Señor y no las hace es un insensato.
La casa edificada sobre la roca
“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7:24).
El párrafo precedente nos muestra que no es suficiente confesar al Señor de labios para ser aceptado por él. Aquí, el Señor indica cuál es el punto verdaderamente importante para el discípulo: no solamente oír sus palabras, sino hacerlas. Santiago, cuyas enseñanzas a menudo nos recuerdan las del Señor, escribe: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos...” (Santiago 1:22-27).
El Señor Jesús utiliza aquí una casa como imagen de la vida humana. Así como la casa debe tener un fundamento sólido para mantenerse en pie, el hombre también necesita de un fundamento seguro para su vida. El terreno ideal para edificar una casa es la roca.
El terreno adecuado sobre el que el hombre prudente edifica la casa de su vida, es Cristo. Él es la “roca” que acompañó al pueblo de Israel durante su viaje a través del desierto (1 Corintios 10:4); él es igualmente la “roca” sobre la cual está edificada su Iglesia (Mateo 16:18), y la “piedra viva” para todo aquel que en él cree (1 Pedro 2:4). Aquí, al final del Sermón del monte, y donde empieza la vida práctica, el Señor se presenta también como el firme fundamento de la vida de fe. El hombre prudente edifica la casa de su vida sobre Jesucristo: la roca que le da una estabilidad eterna. Él acude al Señor y a su palabra en todas las dudas y problemas de su vida. Por otra parte, es la única manera en que podemos mostrar nuestro amor por él: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama... El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:21, 23).
“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mateo 7:25).
Una casa puede dar la impresión de haber sido edificada de forma sólida y segura, pero solo las pruebas podrán mostrar si ha sido verdaderamente edificada sobre terreno firme y resistente.
En ciertos países del sur, especialmente en Israel, no es raro encontrarse con que violentos chaparrones de agua cambien ríos secos en torrentes impetuosos. Cuando las lluvias caen, y las crecidas bañan por todas partes la casa (hasta los cimientos) y la tempestad arrecia contra ella; entonces, ¿hay algo que sea más esencial que los fundamentos? Si la casa ha sido fundada sobre la roca, la tormenta podrá causarle ciertos daños, pero no destruirla.
“Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse” (Proverbios 24:16). Un discípulo que desea ser fiel al Señor y obedecer su Palabra, igualmente puede fallar. No está excluido de las pruebas. Hay pruebas y circunstancias que pueden sacudir a fondo la vida del creyente más vigoroso. Pero, por encima de todo, él tiene la seguridad de que su casa está edificada sobre fundamentos sólidos. Nunca se desplomará. Y con la mirada puesta en la eternidad, tiene la inquebrantable y plena certeza de su salvación.
La casa sobre la arena
“Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:26-27).
El hombre insensato no piensa mucho, construye su casa como quiere, sin tener en cuenta el estado del subsuelo. ¡Ay! cuando uno edifica su vida, la tentación de dar importancia a lo exterior es grande, y fácilmente se descuida el fundamento que es indispensable en una vida para Dios. Esto es lo que hace quien, aún conociendo los mandamientos del Señor, no los obedece.
La lluvia cae fuertemente sobre el techo, los torrentes crecidos destruyen las bases y los vientos soplan contra los muros de la casa, que, no pudiendo soportar más, se desploma: “...y fue grande su ruina”.
Aquí podemos ver con toda claridad, que no se trata de simples defectos en la vida cotidiana, sino de cosas sumamente esenciales. La roca sobre la cual el hombre prudente edificó su casa, no es cualquier cosa temporal, sino el Hijo eterno de Dios y sus palabras eternas. Por esta razón la casa puede soportar los azotes de la intemperie y permanecer de pie. Pero la del insensato, se derrumbará por completo, y su ruina será grande. Los dos oyeron las palabras del Señor, pero sólo uno obedeció.
Esta parábola no nos enseña que el hombre puede salvarse por sus propias obras. Uno no puede permanecer ante Dios en virtud de sus propias obras, sino únicamente por una fe viva, que después produce las obras de la fe. Esta es una de las enseñanzas del Sermón del monte. Una confesión sin fe no tiene valor, como tampoco hay verdadera fe sin obras.
El hecho de que el Señor Jesús termine este largo discurso, indicando la triste suerte del hombre insensato, hace resaltar el peso eterno de sus palabras. La responsabilidad que antes fue puesta con tanta insistencia y seriedad en el corazón del auditorio es puesta de la misma manera en los corazones de los lectores hoy en día.