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Prólogo
Este artículo trata sobre uno de los personajes más interesantes del Antiguo Testamento.
El relato bíblico de la vida de Josías y sus reformas, de su celo y humillación ante Dios, de su regreso y obediencia y, finalmente, de su desobediencia a la Palabra de Dios no deja de sorprender al lector.
Nos llama la atención, como cristianos del siglo 21, el fervor y la fidelidad de este hombre. En este artículo el autor nos presenta todo esto muy claramente. Nos asombra el hecho de que la historia de este piadoso rey, de más de 2500 años de antigüedad, sea tan actual. El autor examina su historia y traza continuamente interesantes y útiles paralelos con la vida de la fe. La historia de Josías contiene también un mensaje para los creyentes de nuestra época.
¡Que el Señor bendiga la lectura de estas páginas!
K. S.
Josías y sus reformas
Josías vivió hace más de 2500 años. Sin embargo, su historia es actual e incluso contiene un mensaje para el tiempo en que vivimos. Cuando Josías fue rey sobre Judá, Dios ya había pronunciado el juicio que iba a venir sobre su pueblo. La desobediencia y la idolatría estaban tan extendidas en Judá y en Benjamín que Dios estaba listo para ejecutar su juicio. Los predecesores de Josías —su abuelo Manasés y su padre Amón— habían sido hombres malos. Dios no halló ninguna satisfacción en ellos. Amón murió en una conspiración, de manera que Josías fue establecido rey cuando era un niño de tan solo ocho años. ¿Siguió el mismo camino que sus padres? No, Josías hizo lo que agradó a Dios. Reinó treinta y un años en Jerusalén. Su vida, en conjunto, fue una vida de obediencia y de reformas, una vida de regreso a la voluntad de Dios.
La historia de Josías —como todo el Antiguo Testamento— ha sido escrita para nuestra enseñanza. Josías vivió el fin de una época; por eso este relato es tan actual para nosotros. El fin del reino de Judá había llegado. Dios había anunciado el juicio. Sin embargo, Dios, conforme a sus propósitos para con su pueblo terrenal, al final de ese tiempo suscitó a Josías, un rey que buscó Su voluntad y que también la aplicó a su vida práctica. ¿No es actual? ¿Qué caracteriza nuestra época? No necesitamos un gran discernimiento espiritual para comprobar que nosotros también vivimos un “tiempo del fin”. Son los últimos días, que el apóstol Pablo llama, y con razón, “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). El juicio ha sido pronunciado sobre una cristiandad infiel, que solo exteriormente lleva el nombre de Cristo, y será ejecutado sin duda pronto. Después del arrebatamiento de los verdaderos creyentes al cielo, el Señor vomitará de su boca a todos estos infieles (Apocalipsis 3:10-11, 16). ¿Habremos de resignarnos ante tal porvenir? Josías no lo hizo, y nosotros tampoco debemos hacerlo. Así como entonces Dios suscitó un despertar, así también puede hacerlo ahora en la vida de los creyentes. La historia de Josías relata tal despertar, que comenzó en su vida personal y que tuvo consecuencias para el pueblo. Las similitudes entre la historia de Josías y nuestro tiempo son evidentes.
¿Cuáles fueron las características del trabajo de reforma y del despertar bajo el reinado de Josías? Josías se inclinó ante la Palabra de Dios. No solo inquirió en ella, sino que también sacó aplicaciones, las cuales afectaron tres esferas:
- En cuanto a sí mismo: Josías estuvo dispuesto primeramente a poner orden en su propia vida. Así comenzó su obra.
- En cuanto a su pueblo: Josías no se limitó a su propio entorno. Sintió también su responsabilidad para con el pueblo de Dios.
- En cuanto al servicio de la casa de Dios: Josías pensó en los derechos de Dios y también restableció el servicio divino.
¿Comprendemos cuán actuales son estos pensamientos si los trasladamos a nuestro tiempo? ¿Estamos dispuestos a ser consecuentes, según el conocimiento que tenemos de la Palabra de Dios? ¿Estamos dispuestos a cambiar nuestra vida cuando sentimos que Dios se dirige a nosotros? ¿Sentimos nuestra responsabilidad por el pueblo de Dios, especialmente en lo que concierne al culto? En caso afirmativo, la vida de Josías nos será, por una parte, de ayuda y aliento, pero, por otra, un verdadero reto.
Desgraciadamente, no solo vemos aspectos positivos en la vida de Josías. La Palabra de Dios nos da una imagen realista y objetiva de este hombre. Comenzó bien, viviendo en la obediencia, pero terminó en la desobediencia, siguiendo su propia voluntad. Allí donde se había mostrado fuerte, la prueba lo hizo caer. En su juventud, fue dependiente y obediente. Al final de su vida, creyó poder obrar sin tener en cuenta la ayuda y el consejo de Dios, y conoció un triste fin. También eso nos interpela.
En las páginas que siguen, nos proponemos considerar algo de la vida y obra de este hombre. Nos apoyaremos en el relato inspirado de 2 Crónicas 34 y 35. No haremos un análisis detallado versículo por versículo, sino que sacaremos de la historia de Josías algunos principios para nuestra vida. Adoptaremos la siguiente división:
- La ascendencia de Josías
- Los caracteres de Josías
- La reforma de Josías
- El final de Josías
- Un resumen divino
1. La ascendencia de Josías
Anunciado 300 años antes
El rey Josías forma parte de los hombres de la Biblia que Dios había anunciado mediante una palabra profética antes de su nacimiento. Ya al principio de la realeza en Israel y Judá, Dios había hablado de Josías. Jeroboam, el primer rey del reino de las diez tribus, había abandonado a Dios y había erigido becerros de oro tanto en Bet-el como en Dan. Con esto quería impedir que el pueblo fuese a Jerusalén para adorar a Dios. La primera piedra de la idolatría estaba puesta. La Palabra de Dios lo dice claramente: “Esto fue causa de pecado” (1 Reyes 12:30).
Dios no ha dejado al pueblo ni al rey sin advertencia. Un profeta vino de Judá a Bet-el por la palabra de Dios para hablar contra el altar: “Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso, y sobre ti quemarán huesos de hombres” (13:2). Tenemos, pues, declaraciones precisas en lo que concierne al rey que iba a venir:
- su nombre
- su ascendencia
- su obra
En Josías esta profecía divina se cumplió.
Podemos sacar una primera instrucción práctica para nosotros: ¡Dios cumple sus promesas! Pasaron cerca de 300 años antes de que viniera Josías, pero vino. La palabra divina se cumplió con precisión.
Hoy es exactamente igual. Dios también nos ha dado promesas y podemos descansar plenamente en ellas. Dios cumple sus promesas. Algunas de ellas incluso se cumplen hoy ante nosotros; por ejemplo, él ha prometido ayudarnos en nuestras dificultades, o estar en medio de los suyos reunidos en su nombre, y experimentamos estas realidades. El cumplimiento de otras palabras es aún futuro para nosotros. Pensemos solamente en la promesa del regreso de nuestro Señor. ¿No es mucho más que Josías? ¡Seguramente! ¿Dudaremos, pues, de que regrese? Indudablemente que no.
La Palabra de Dios predijo que habrían hombres que justamente dudarían de esta promesa, y que se burlarían (2 Pedro 3:4). Por eso nos dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros” (v. 9). Dios es paciente, pero eso no cambia nada el hecho de que, finalmente, lo que predijo se cumplirá. Podemos estar seguros de eso.
Sus padres
Cuando consideramos la historia de la reforma de Josías, y recordamos que ya estaba comprometido desde su más temprana edad con las cosas de Dios, forzosamente nos preguntamos: ¿Qué padres tuvo este joven? Comprobamos algo que es sorprendente: ni su padre ni su abuelo eran hombres temerosos de Dios, muy al contrario. Los dos hicieron lo malo ante los ojos de Dios. Manasés reinó durante cincuenta y cinco años. Fue terrible el juicio divino respecto a él: “Se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová, hasta encender su ira” (2 Crónicas 33:6). Si bien se arrepintió en el anochecer de su vida, el tiempo de su reinado fue un capítulo muy triste de la historia de los reyes de Judá. Su hijo Amón, el padre de Josías, fue aún más lejos, y se dice de él: “Pero nunca se humilló delante de Jehová… antes bien aumentó el pecado” (v. 23). Le fueron dados solo dos años de reinado. Después fue víctima de una conspiración.
Josías nació cuando Manasés era aún rey. Tenía seis años cuando su padre subió al trono. Este reinado no debió de dejar en él una huella demasiado fuerte, pero su padre difícilmente pudo tener una buena influencia en él. ¿Cómo, pues, Josías pudo hacer lo que era bueno a los ojos de Dios? La respuesta nos conduce a un importante principio: Únicamente la operación de la gracia de Dios lleva a un hombre a volverse al Señor Jesús. Esto también es válido para los hijos y los jóvenes que tienen padres creyentes. Sin la gracia de Dios, ninguno de estos hijos de creyentes podría ser llevado al Señor Jesús. La gracia salva a los hijos de padres impíos, como salva a los hijos de padres que temen a Dios. Indiscutiblemente es un gran privilegio para un niño crecer en una familia en la que se busca la voluntad de Dios, pero esto no es una garantía de salvación. La gracia de Dios debe igualmente hacer su obra completa en este corazón para que se convierta al Señor Jesús.
No podemos ni debemos hacer pronósticos sobre qué van a ser los hijos mirando a los padres. Padres impíos pueden tener un hijo piadoso (véase Amón y Josías), así como padres fieles pueden tener un hijo impío (véase Ezequías y Manasés). No se puede heredar la gracia de Dios.
Sin embargo, no saquemos falsas conclusiones de este principio. Nosotros, los padres, tenemos la plena responsabilidad de nuestros hijos. No podemos escondernos detrás de la gracia de Dios y utilizarla como pretexto para educar a nuestros hijos en la negligencia e indiferencia. El principio de la responsabilidad es tan válido como el de la gracia. Como padres, tenemos una responsabilidad. Si nuestros hijos no siguen al Señor Jesús, debemos preguntarnos en qué hemos fallado. Por otro lado, no tenemos ningún derecho a felicitarnos si nuestros hijos andan con el Señor. En este caso, podemos dar gracias a Dios de todo corazón, y magnificar su gracia. Pero guardémonos de buscar méritos en nosotros mismos.
Josías creció, pues, en un entorno que no estaba caracterizado por el temor de Dios, al menos del lado de su padre. Encontramos el nombre de su madre Jedida en 2 Reyes 22:1, y también el de su abuelo (Adaía). Esto no es seguramente una casualidad. Con razón podemos preguntarnos si esta madre no ejerció una influencia positiva en su hijo. En todo caso este pensamiento nos viene a la mente. Aun cuando la responsabilidad de la educación de los hijos es confiada primeramente al padre, no subestimemos la influencia de la madre en su desarrollo. Las madres pueden ser una bendición para sus hijos, pero también pueden perjudicarlos con su comportamiento. Hoy en día, los hijos pasan justamente los primeros años de su vida —durante los que son más receptivos— bajo la influencia particular de su madre. De ahí la importancia del comportamiento y ejemplo de esta última.