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Una reciente producción de la Sociedad Suiza de Radio y Televisión, realizada con ocasión del centenario de la huelga general nacional de 1918, reconstruye uno de los episodios más dramáticos de la historia suiza del siglo XX. Una oportunidad para reflexionar sobre la relación entre la sociedad helvética y la cultura de la huelga.
Los hechos se dan, exactamente, hacia el fin de la Primera Guerra Mundial: el movimiento obrero suizo se encuentra al borde de sus fuerzas dada la estagnación de los salarios, la inflación creciente y la penuria alimenticia. El descontento de las clases populares crece día a día, exacerbado por la disparidad siempre mayor entre la clase obrera y el pequeño grupo de industriales que obtienen enormes beneficios de la situación bélica.
Se multiplican las huelgas, el cierre patronal y las acciones de protesta, interrumpiendo la tregua político-social instaurada al inicio de la guerra. El Comité de Olten, organismo no oficial creado por el socialista Robert Grimm para reunir a los más altos dirigentes de los sindicatos y de los partidos de la nueva generación, asume la dirección del movimiento. Anuncia sus reivindicaciones en favor de los trabajadores y amenaza al Consejo Federal (Gobierno suizo), con una huelga general.
Entre reconstrucción histórica y espectáculo
En ese marco histórico, reconstruido a través de materiales cinematográficos y fotográficos de archivos -así como de intervenciones puntuales de historiadores-, se desarrolla la nueva producción de la Sociedad Suiza de Radio y Televisión (SSR, de la cual forma parte swissinfo.ch).
En la ficción cinematográfica escrita por Hansjürg Zumstein y producida por Daniel von Aarburg , los actores principales del conflicto y los problemas planteados sufren una reducción inevitable. Además de Robert Grimm (interpretado por Ralph Gassmann), líder carismático de la huelga general, encontramos también a Felix-Louis Calonder (Peter Jecklin), en ese entonces presidente de la Confederación y a Emil Sonderegger (Fabian Krüger), jefe del Ejército suizo y responsable del orden público durante la huelga.
La dramaturgia se desarrolla, sobre todo, en torno a estos tres personajes, de los cuales el perdedor será Robert Grimm, en todo caso en un primer momento. Por temor a que el movimiento de huelga conduzca a un baño de sangre, decretará la suspensión de la misma sin haber obtenido concesiones significativas.
En apariencia, la suspensión de la huelga general que se realizó entre el 12 y el 14 de noviembre de 1918, significó una victoria para los defensores de la línea dura en el seno de la clase burguesa. Robert Grimm y otros líderes fueron condenados por la justicia militar y numerosos trabajadores ferroviarios, que habían sido la columna vertebral del conflicto, fueron despedidos.
Sin embargo, algunas reivindicaciones del Comité de Olten se harán realidad en el transcurso de los años siguientes: la reducción masiva de los horarios de trabajo, aumentos salariales, la jubilación (AVS) , el impuesto a la fortuna, el sufragio universal femenino . De manera general, la huelga de 1918 conduce a una mejora gradual de las relaciones entre los trabajadores y los empleadores y a la firma de acuerdos importantes como las convenciones colectivas de trabajo.
A través de esos contratos, firmados desde finales de los años treinta en la industria de la relojería y de la metalurgia, se logra -como se denomina en Suiza- la paz del trabajo, una situación en la que los conflictos entre empleadores y trabajadores se resuelven evitando medidas de lucha como las huelgas y los cierres patronales.
La paz del trabajo logra una amplia aprobación, en particular durante la Segunda Guerra Mundial, época marcada por un clima de consenso general interno. A posteriori, se convierte en una característica inmutable de la identidad helvética, así como en el secreto del éxito económico de la Confederación durante la segunda mitad del siglo XX.
¿Suiza, un país sin huelgas?
El concepto de paz del trabajo , en efecto, está muy presente en la mentalidad helvética y en la percepción que los extranjeros tienen de Suiza. No es raro encontrar gente que piensa que en Suiza está prohibido hacer la huelga. No es, sin embargo, así.
Suiza es, sin duda alguna, uno de los países europeos donde hay menos huelgas. Pero el derecho a la huelga nunca ha sido suprimido, salvo para cierta categoría de trabajadores, y siempre ha sido garantizado por normas como la libertad de asociación. El derecho a la huelga, por otra parte, fue consagrado en la revisión de la Constitución Federal de 1999.
Contrariamente a lo que se piensa, la cultura de la huelga en Suiza estuvo muy presente en el pasado: la cantidad de huelgas en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX puede compararse a la de otros países europeos caracterizados por una alta tasa de conflictos sociales. Incluso durante el periodo de la paz social, luego de la Segunda Guerra Mundial, se dieron importantes hechos de interrupción del trabajo.
Actualmente, algunos estiman que el partenariado social, es decir la colaboración constructiva entre trabajadores y patronal, se confronta siempre a mayores crisis, en todo caso en ciertos sectores económicos. En efecto, hacia el inicio del tercer milenio, se dio un aumento de acciones de huelga que, como en el caso de los talleres del Ferrocarril Nacional (CFF) de Bellinzona, involucró a centenas de trabajadores y contó con la participación activa de una parte de la población.
Tal vez sería apresurado hablar del fin de la paz del trabajo, pero podría darse que un nuevo cambio estuviera en marcha.
Traducido del francés por Sergio Ferrari