Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05258.jsonl.gz/24

Fui bautizado en B. y, aun sabiendo que esto ocasionaría una nueva amargura a mi madre, consideré que mi deber era comunicárselo. Según la creencia de los judíos, cuando uno se convierte al cristianismo, pero no llega a bautizarse, los suyos aun guardan esperanzas de que sea restituido al judaísmo. Pero si se bautiza, ya no tiene posibilidad de salvación y queda definitivamente excluido de su pueblo. Por eso, cuando partí para Alemania, mi madre me había conjurado para que no me hiciera bautizar, lo que la obligaría a maldecirme. Me expresó que tenía la esperanza de que yo sería guardado de dar ese paso decisivo, por respeto a la piedad de mis padres y de mis ancestros.
Cuando, con una vacilante pero feliz confesión, le comuniqué mi decisión de bautizarme, recibí la más despiadada respuesta que mi madre pudo haber escrito en su vida. Al leerla quedé abatido y tuvieron que llevarme a mi habitación, donde permanecí completamente anonadado durante tres días. Mi madre me había escrito: «Recibí la noticia de tu muerte. Rasgué mis vestidos y eché ceniza sobre mi cabeza. Mi duelo por ti ha comenzado». A continuación, citaba todas las maldiciones enunciadas en el capítulo 26 del Levítico y en el capítulo 28 del Deuteronomio. La carta terminaba con este versículo: “Toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido” (Deuteronomio 28:61).