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Diez años después de la crisis, el profesor de Finanzas de la Universidad de Zúrich, Marc Chesney, critica “un sistema de finanzas de casino en el que las deudas, las apuestas y el cinismo tienen prioridad sobre el ahorro, la inversión y la confianza”.
El 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers Holdings Inc. se acogió al capítulo 11 del Código Federal de Quiebras de los Estados Unidos. Ese fue el inicio de una larga y compleja dinámica seguida de varios procedimientos por un monto de cerca de 1,2 billones de dólares a favor de sus acreedores.
Cuando el vuelo LB2008 colapsó, después de desaparecer súbitamente del radar dedicado a los bancos llamados sistémicos, se trataba aparentemente de un relámpago en un día soleado, una catástrofe imprevisible.
Sin embargo, algunos elementos de la caja negra permitieron, a pesar de su complejidad, determinar mejor las razones de este fatal percance y sacar a la luz las falsedades que hicieron posible camuflar la catastrófica situación de este banco, ya desde mucho antes de su desaparición.
En 2007 se jactaba de su clasificación
En este sentido, el último informe anual de Lehman Brothers ofrece abundantes enseñanzas. Es ditirámbico. Es complaciente con autoelogios frecuentes. Palabras como "rendimiento récord", "resultados fantásticos", "talentosos esfuerzos de gestión", "excelencia" y "enfoque en la gestión de riesgos" siguen uno tras otro. En 2007, el banco se jactaba de haber estado clasificado como “número uno” en términos de "trading algorítmico" y de haber recibido 42 premios como la mejor institución en numerosos dominios bancarios y financieros.
La cereza del pastel es que este banco al borde de la bancarrota asoció su nombre con los conceptos de sostenibilidad y responsabilidad. Mitigar el impacto ambiental de sus actividades también fue presentado como uno de sus objetivos. ¡Bromas de mal gusto! ¡Incluso se presentó como filántropo! En retrospectiva, este informe anual aparece como lo que es: ¡un monumento de propaganda!
Las principales agencias calificadoras: Moody's, Standard & Poor's y Fitch Ratings no se quedaron atrás, ya que atribuyeron a este banco, incluso días antes de su quiebra, buenas calificaciones de al menos “A”. Incidentalmente, Richard Fuld, exdirector ejecutivo de Lehman Brothers, recibió entre 2000 y 2007 alrededor de 500 millones de dólares, y esto a pesar de su responsabilidad en la estrategia que llevó a este banco a la quiebra.
La fiesta sigue para la oligarquía financiera
La ceguera voluntaria parecía total. En ese momento, los analistas obviamente no leyeron este informe anual con la mente crítica necesaria. Claramente, no se han tomado el tiempo para analizar los conflictos de interés de las agencias de calificación frente a los grandes bancos, quienes son sus clientes. Deberían haber dado la alarma frente a un desequilibrio plagado de montajes cuestionables de productos derivados complejos y de un tamaño completamente desproporcionado: con 35 billones de dólares, el valor nominal de estos productos representaba 50 veces el total de su balance y 1 500 veces el capital propio! El hecho de que este último fuera ridículamente bajo, en este caso el 3,25% del balance, no parecía importante.
Además, en proporción a todos los compromisos de este banco, tanto los que figuran en el balance como en la gran cantidad fuera de balance, estos valores eran microscópicos, no se consideraba de interés. En suma, los analistas financieros, autoproclamados o no, estimaron de facto que la enorme deuda y la gigantesca cantidad de fuera de balance eran irrelevantes. No destaparon el velo de mentiras.
¿Y hoy, qué? El capital de los grandes bancos como proporción de su balance general es ligeramente más alto, pero sigue siendo demasiado bajo. A pesar de los informes anuales y declaraciones tranquilizadoras de muchos expertos en el campo. Y a pesar de las buenas calificaciones otorgadas por las agencias de calificación y miles de páginas de regulaciones. Las deudas son desproporcionadas, el desequilibrio sigue siendo gigantesco y las remuneraciones de los directivos son escandalosamente altas y económicamente injustificables. La fiesta sigue para la oligarquía financiera.
¿La situación está bajo control?
En 2017, el valor nominal de los derivados negociados por HSBC alcanzó 10,7 veces sus activos totales, 143 veces el capital, 11 veces el PIB británico y el 33% del PIB mundial. En el caso de Goldman Sachs con alrededor de $ 48,9 billones, este valor representa 53 veces el total de activos, 568 veces el capital y 2,5 veces el PIB de los Estados Unidos. Para Citigroup, con $ 45,7 billones, representó casi 25 veces el total de activos, 227,5 veces el capital y 2,3 veces el PIB de los Estados Unidos.
Para Santander, los productos derivados representaban en 2017, 4, billones de euros, es decir 3,6 veces el total de su balance, o 40,5 veces sus capitales propios, que alcanzaban los 116 26 miles de millones de euros, esto es también unas 4 veces el PIB español y casi 7% del PIB mundial. Para BBVA, los resultados son similares. Para el Deutsche Bank, en 2017, representaban unos 48,26 billones de euros, o sea 15 veces el PIB alemán o aproximadamente dos tercios del PIB mundial. Este monto corresponde también a 33 veces el total del balance y a 708 veces de sus capitales propios. ¿Quién puede pensar a esas alturas que la situación está bajo control?
Entre 2008 y 2018, el "shadow banking", o las operaciones bancarias “en la sombra”, se ha desarrollado a la imagen de BlackRock, que es de facto "demasiado grande para quebrar", que gestiona más de 6 billones de dólares en activos. Este sector es particularmente opaco y tiene un poder inquietante.
De hecho, más allá de la bancarrota de Lehman Brothers, se trata de un sistema de finanzas de casino en el que las deudas, las apuestas y el cinismo tienen prioridad sobre el ahorro, la inversión y la confianza. Este proceso sumerge a la sociedad en una crisis permanente. Los grandes bancos, por su característica de ser "demasiado grandes para quebrar", se benefician de ventajas de todo tipo y de numerosas garantías absolutamente contrarias a los principios del liberalismo en que están envueltas. Esta situación crea un riesgo sistémico para la economía. Cerrar los ojos y negar las evidencias, es la receta perfecta para futuros desastres.
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