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Un pilar fundamental de la democracia se tambalea. Hoy día es fácil encontrar en cualquier lugar del mundo gobiernos que no protegen el derecho a la libertad de expresión. Las personas y los grupos se expresan con odio y de forma discriminatoria en nombre de la libertad de expresión. En Suiza, los ciudadanos tienen que tomar, en repetidas ocasiones, decisiones vinculantes sobre la libertad de expresión. Un arriesgado paseo por la cuerda floja.
- Deutsch Globaler Stresstest für die Meinungsfreiheit (original)
- Português Teste para a liberdade de expressão
- 中文 捍卫言论自由的战斗永不休止
- عربي حرية التعبير تُواجه اختبارا عسيرا على مستوى العالم
- Français Test de résistance mondial pour la liberté d'expression
- Pусский Глобальный стресс-тест для свободы слова
- English A global stress test for freedom of expression
- 日本語 世界中で試練に立たされる表現の自由
- Italiano Stress test globale per la libertà di espressione
En principio, todo parece estar muy claro. Tanto la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966 afirman en su artículo 19: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección". Por otro lado, el artículo 21 establece que "toda persona tiene derecho a participar, directa o indirectamente, en el gobierno de su país".
En Europa, el Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950 confirmó la libertad de expresión como un derecho vinculante en su artículo 10. Suiza consagra esa libertad fundamental en el artículo 16 de su Constitución de 1999 y se compromete también en el artículo 54, entre otras cosas, a "promover la democracia en todo el mundo".
En la práctica, sin embargo, muchas cosas siguen siendo oscuras. Según el informe sobre el estado de la democracia en el mundoEnlace externo presentado por IDEA Internacional a finales de 2022, el número de Estados en los que la libertad de expresión y la democracia se han debilitado se ha triplicado en los últimos diez años. Al mismo tiempo, las voces que defienden las libertades fundamentales y el fortalecimiento de la democracia son cada vez más fuertes, como muestra nuestra serie 'Libertad de expresión en el mundo'.
Las redes sociales se han convertido en un canal indispensable para el debate público. Sin embargo, eso no significa que sea un beneficio para la democracia. Las noticias falsas, las teorías conspirativas y el odio han terminado por conformar el panorama.
Para afrontar esos problemas, países de todo el mundo han intentado solventarlos con nuevas normativas y contramedidas. Alemania asumió un papel pionero a nivel mundial con su "ley de aplicación de la red".
Y en Taiwán se ha creado una infraestructura digital "pro-social". En Suiza faltan leyes que estén específicamente orientadas a las redes sociales.
Un aspecto crucial de la libertad de expresión es el reparto de poderes en una sociedad. Si muchas instituciones e intereses diferentes pueden participar en la formación de opinión y nadie tiene el monopolio sobre las decisiones que se toman, entonces la libertad de expresión puede cumplir su función: fortalecer la democracia.
En el variado y apasionante debate sobre este tema, que se desarrolla aquí en SWI swissinfo.ch en diez idiomas, se plantean muchas preguntas, por ejemplo sobre los límites de la libertad de expresión.
En Suiza, los ciudadanos participan en repetidas ocasiones en amplios debates sobre las posibilidades y los límites de la libertad de expresión en el marco de los derechos populares de la democracia directa (iniciativa popular y referéndum), y los resultados de las votaciones tienen efectos vinculantes. Este caminar por la cuerda floja con este pilar fundamental de la democracia moderna es arriesgado, pero forma parte de la cultura política del país. Todo el mundo es consciente de ello.
En 2021, varios miembros del G20, como Brasil, India y Turquía, figuran ya entre los países que han pasado de ser democracias a autocracias, según el Instituto de investigación V-DemEnlace externo, con sede en Gotemburgo. En estos países, cada vez con más frecuencia, no solo los periodistas son objeto de medidas de censura por parte de las autoridades, sino también los dibujantes que intentan poner a prueba los límites de lo permisible con sus caricaturas.
El test de estrés para la libertad de expresión también incluye el ascenso de líderes populistas antiliberales como el primer ministro húngaro, Viktor Orban. Sin embargo, él y otros gobiernos autocráticos están siendo contrarrestados ahora por fuerzas de su propio país que apuestan por un discurso democrático que conduzca a una participación ciudadana más activa y, por tanto, a más democracia.
A esto hay que añadir que en el mundo transfronterizo de Internet las empresas tecnológicas internacionales y algunos gobiernos nacionales mantienen un enfrentamiento mutuo. Ambas partes pretenden evocar al menos una apariencia de democracia: por un lado, el "Consejo de Supervisión Independiente" de Facebook, por el otro, la Autoridad Reguladora de protección de datos de la Comisión Europea.
El ritmo de las comunicaciones ha aumentado. "Por eso, la respuesta pública a la desinformación y al discurso del odio tiene que ser rápida", afirma la ministra de lo Digital de Taiwán, Audrey Tang, en una entrevista con SWI swissinfo.ch: " Al cabo de una sola noche, la gente ya ha asociado esos memes virales con la memoria a largo plazo".
Pero no sólo importa la rapidez, sino también el carácter de la respuesta: "Si en el mismo ciclo -digamos, en unas pocas horas- lanzamos una respuesta humorística que motive a la gente a compartir la alegría en lugar de odio, discriminación o venganza, la gente se siente mejor.”
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