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Amados hermanos: Conocéis ya las circunstancias exteriores que dieron lugar a esta carta. El apóstol había escrito desde Éfeso una primera carta a los corintios, después del desorden que reinaba entre ellos, al cual su corazón era más sensible por tratarse de sus hijos en la fe. El Espíritu de Dios se ha servido de estas circunstancias para instruir a todos los cristianos sobre el orden que conviene a la casa de Dios. En efecto, para conocer la organización de la Asamblea, y vivir conforme a ella, basta leer la primera epístola a los Corintios. Después de haberles dirigido la primera carta, el apóstol les envía a Tito para informarse de su estado. Una puerta grande le había sido abierta en Troas, pero, en su inquietud, había abandonado esta obra para dirigirse a Macedonia, al encuentro de Tito. Como este último le había traído buenas noticias acerca de los corintios, el apóstol les dirige esta segunda carta. Había ido en persona la primera vez; después, por medio de su primera epístola, una segunda vez; y estaba dispuesto a ir a Corinto por tercera vez, pero, entretanto, les escribía esta segunda carta (cap. 12:14; 13:1). Su segunda visita personal a Corinto está relatada, sin duda alguna, en los versículos 2 y 3 del capítulo 20 de los Hechos, pero ésta es la única mención que hallamos de ella.
Doy estos detalles para que nos demos cuenta de las circunstancias que rodeaban a Pablo cuando escribía esta última carta, pero, para nosotros, es mucho más importante buscar lo que el Señor quiere enseñarnos mediante ella. He dicho una vez que esta epístola podría intitularse «El ministerio cristiano». Aunque ello es exacto, tal definición está lejos de abarcar el conjunto de las verdades que el Espíritu Santo nos presenta; de ahí que en el capítulo que tenemos ante nosotros hallemos en primer lugar las condiciones en las cuales un creyente debe hallarse para ejercer un ministerio que pueda ser bendecido o fructífero. Ahora bien, al hablar de las condiciones del ministerio hablo de cada uno de nosotros, pues se requiere cierto estado moral para llevar a cabo cualquier servicio que el Señor nos confíe.
Os haré notar, al principio de este capítulo, un párrafo particularmente edificante. Es el siguiente: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (v. 3-4). En las epístolas hallamos tres veces esta frase: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. En la primera epístola de Pedro (cap. 1:3), el apóstol bendice a Dios por haber sido reengendrado, es decir, por haber recibido personalmente el nuevo nacimiento que nos caracteriza a cada uno de nosotros al principio de la carrera cristiana. Ahora bien, en esta epístola de Pedro el creyente no tiene en el mundo ninguna otra cosa más que ésta. Tiene una esperanza y camina hacia ella sin poseerla aún; su salvación le será manifiesta recién al fin del tiempo. No es, como en otras epístolas, una salvación actual, sino una liberación futura y final. El apóstol, pues, bendice a Dios por haber recibido una vida nueva, con la cual puede atravesar el mundo sin poseer nada en él y, más aun, sin haber obtenido ninguna de las cosas futuras, todas las cuales le quedan aún por lograr. Pero, por la fe en Cristo, posee la vida divina; está perfectamente gozoso de no tener otra cosa y se regocija con “gozo inefable y glorioso”, recibiendo la “salvación del alma”, en la cual no entra sino como “fin de su fe” (1 Pedro 1:8). Amados hermanos, ¿estamos plenamente satisfechos de ser hijos de Dios y de no tener parte alguna en este mundo; de tener todos nuestros tesoros ante nosotros sin haberlos alcanzado ni poseído todavía; nada en el presente, todo en el porvenir? Ello era suficiente para estos primeros creyentes; les infundía tal gozo que en ninguna otra parte de la Palabra se presenta la expresión de una manera más elevada: ¡“un gozo inefable y glorioso”!
En la epístola a los Efesios (cap. 1:3) hallamos exactamente lo opuesto a lo que nos dice la epístola de Pedro. En ésta el creyente no tiene nada; en Efesios lo tiene todo. Es introducido en el cielo, bendecido con toda bendición espiritual en lugares celestiales; alcanzó su fin; los deseos de su alma están satisfechos, pues su posición es celestial en Cristo; para él, el mundo ha desaparecido, salvo para darle testimonio y para combatir en él; desde su posición supereminente, el creyente lo ve a sus pies. Así podremos comprender muy bien esta frase:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
De todas formas, cualquiera de estas posiciones es muy real para el creyente. En la una está el mundo, en la otra está el cielo. Todo lo posee a la vez; como Israel cuando comía el maná en el desierto y se nutría del “trigo del país”.
La segunda epístola a los Corintios nos presenta, tal vez, el más sorprendente de los tres pasajes: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación; el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (v. 3-4). Vemos aquí un hombre rodeado de aflicciones, de pruebas, de dolores, de grandes sufrimientos, de tal manera que desespera por su vida, como si estuviera ya en el polvo de la muerte. ¿Cuál es, pues, el motivo por el cual puede dar gracias? Que Dios se sirva de las circunstancias más dolorosas de su vida para glorificarse y hacer de él un conducto de nuevas bendiciones para los demás. Pablo estaba satisfecho de sufrir, porque el Dios de toda consolación le consolaba o animaba (doble significación de tal término) en toda su aflicción, no para su alma o en respuesta a sus propias necesidades, sino para que fuera capaz de animar a los que se hallasen en cualquier aflicción. Pablo había sufrido y atravesado estas pruebas y sus provisiones de consuelo por parte de Dios eran inagotables para él, a fin de que lo fueran también para los demás.
Hallaréis el mismo pensamiento en el transcurso de esta epístola cuando se compara a una vasija de barro en la cual Dios puso su tesoro. La vasija está quebrantada, rota; la muerte obraba en el apóstol, pero lo hacía a fin de que la luz pudiera proyectarse hacia afuera y llevar la vida al corazón de los corintios.
Volvamos ahora al primer capítulo de nuestra epístola a los Corintios. Hallamos finalmente un último carácter de la liberación que va más allá de aquellos que hemos considerado. Dios hacía pasar al apóstol por circunstancias tales que tenía dentro de sí la sentencia de muerte para que no confiara en sí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos (v. 9). Podría no haber tenido confianza en la carne, en el hombre, en el mundo y, sin embargo, tener confianza en sí mismo, pero, cuando la sentencia de muerte es pronunciada, no sobre él desde fuera, sino realizada en sí mismo, no puede tener confianza sino en Aquel que resucita a los muertos. Al final de esta epístola nos enteramos de que, catorce años antes –es decir, al principio de su carrera– el apóstol había hecho una experiencia que tendía al mismo fin. Dios lo había transportado al tercer cielo, donde había oído cosas maravillosas que ningún lenguaje humano podría reproducir; pero, al descender de estas alturas, el peligro había comenzado. Habría podido enorgullecerse y tener confianza en sí mismo. Por eso Dios le había enviado un mensajero de Satanás para abofetearle, y después le dice: “Bástate mi gracia”. Mucho tiempo después de tal experiencia memorable, ésta se renueva, pues nada es más sutil que el yo, el cual debe ser tenido continuamente como fracasado. Aquí no es el mensajero de Satanás, sino la sentencia de muerte la que sale al encuentro del apóstol, quien la experimenta de tal manera que al final de esta epístola dice: “Nada soy” (cap. 12:11). ¿Dónde está la confianza en uno mismo cuando se es abofeteado por Satanás o se ejecuta la sentencia de muerte? ¡ya no se es nada! Pienso que la práctica de la liberación no puede ir más allá de esta experiencia.
La consecuencia es que, si el apóstol no es nada, Cristo lo es todo para él. Puede decir:
Para mí el vivir es Cristo (Filipenses 1:21).
Y, con relación a su ministerio, Cristo es su único objeto. Él solo ha ocupado el lugar de toda otra cosa en el corazón, en los pensamientos y en la actividad de Pablo. ¿Se trata de sus circunstancias? entonces dice: “Abundan en nosotros las aflicciones de Cristo” (v. 5). Estos sufrimientos no son los de Pablo; en su carrera de amor, él cumple las aflicciones de Cristo a fin de poder aportar a los demás todo el aliento que las acompañan. Por la gracia de Dios, puede hablar de sí como de un “hombre en Cristo” (cap. 12:2). Tal es, en el apóstol, la realización práctica de la liberación.
El resultado de esta liberación en su ministerio se reflejaba en su predicación, la que tenía por motivo a Cristo únicamente. Podréis haber pensado –dice a los corintios– que yo daba prueba de incertidumbre en mis deseos, pero en Él no hay incertidumbre, “porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (v. 20). Sí, todas las promesas se resumen en Él. En Gálatas 3:14, el Espíritu Santo es una de estas promesas. En virtud de la aceptación de Cristo y de su exaltación a la diestra de Dios, la promesa del Espíritu ha venido a ser nuestra parte. En Tito 1:2 se trata de lo mismo, por lo que atañe a la vida eterna, pero hay aun otras promesas: la gloria, la justicia, el perdón, la herencia. El apóstol añade: “por medio de nosotros, para la gloria de Dios”. ¿Por qué este “por medio de nosotros”? Porque –cosa maravillosa– Dios nos ha unido a Cristo de una manera tan indisoluble que todo lo que le pertenece nos corresponde a nosotros también. La gloria de Dios proviene de Cristo, pero, como la gloria de Cristo es nuestra, también la gloria de Dios proviene de nosotros.
El apóstol añade: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones” (v. 21-22). Es lo que caracteriza al cristiano: está ligado firmemente a Cristo, es una sola cosa con él. Está ungido con el Espíritu, como Jesús lo fue, pero el Señor en virtud de su perfección como hombre, mientras que nosotros en virtud de la obra que Él cumplió a nuestro favor. El creyente está sellado con el Espíritu Santo, el que le aporta la conciencia y el entero conocimiento de su relación con Dios, relación de la cual el mismo Señor gozaba como hombre cuando estaba en la tierra. En fin, el Espíritu es “las arras de nuestra herencia”. Vamos a entrar en nuestra heredad celestial, de la que, por el Espíritu, tenemos ya el anticipo y la certidumbre. El Señor entró antes que nosotros, mientras que nosotros sólo tenemos las arras; pero Él espera aún entrar en su herencia terrenal, en la que nosotros entraremos también con Él.
Tales eran las cosas que Pablo anunciaba. Predicaba al Hijo de Dios, Jesucristo. Mostraba el valor de su persona y de su obra, y lo que Él era para Dios y para nosotros. Afirmaba que, a excepción de Cristo, los creyentes no tenían nada y que él no quería otro lugar. Sólo le animaba un pensamiento: ser hallado en Él, sin otra justicia que la de Dios; sólo tenía un deseo: conocerle al atravesar el mundo y reproducir su marcha; no tenía más que una ambición: esperar su regreso desde la gloria.
Roguemos que Dios nos conceda poder decir las mismas cosas y practicar nuestra liberación de tal manera que seamos testigos de Cristo en este mundo.