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Por Mary Robinson (*) – NUEVA YORK, Oct (IPS) – “Enfrentar la pobreza es un asunto complejo.” ¿Por qué he oído decir ésto tan a menudo, precisamente ahora cuando el tema de la pobreza vuelve a estar en el primer puesto de la agenda mundial? La pobreza está en la base de los mayores problemas que el planeta enfrenta actualmente, desde la degradación ambiental a la inseguridad y los conflictos armados. De modo que era justo reconocerla como prioridad de la Cumbre del G8 de julio último, de la Cumbre Mundial sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio de septiembre pasado y de la decisiva conferencia de la Organización Mundial del Comercio prevista para diciembre próximo en Hong Kong.
Pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿es tan complejo enfrentar la pobreza? Yo creo que esa afirmación es hecha por políticos y economistas que no quieren admitir el vínculo entre la extrema pobreza en países en desarrollo y las acciones emprendidas en países ricos. Si lo hicieran verían que las soluciones son obvias.
En diciembre pasado en Mali estuve en un campo algodonero, sofocándome de calor bajo el sol del mediodía. Las mujeres alrededor mío se encorvaban hasta el suelo y llenaban cestos con el algodón que recogían a mano limpia; un bebé estaba tendido en una cuneta cercana, atendido por otros niños pequeños. No ví refugio alguno, ningún servicio higiénico ni agua potable ni siquiera un lugar con una sombra decente; sólo veía a pobres y orgullosas familias que luchaban por sobrevivir en un entorno hostil.
Su problema no era tan complejo. La pobreza le estaba negando a esas mujeres sus derechos fundamentales, los de acceder a un adecuado nivel de vida. La culpa la tienen, simplemente, ciertas políticas adoptadas en Estados Unidos.
En el pasado, los africanos occidentales llamaban al algodón “oro blanco” porque suministraba los ingresos esenciales para comprar alimentos, medicamentos y enviar los niños a la escuela. Pero los precios del algodón empezaron a caer desde mediados de la década de los años 90. Uno de los principales factores de los bajos precios ha sido la política agrícola de Estados Unidos.
El gobierno de Estados Unidos gasta más de tres mil millones de dólares anuales para subsidiar su producción de algodón, que ha inundado los mercados mundiales y en consecuencia tiró abajo los precios del producto y redujo drásticamente los ingresos de 10 millones de africanos occidentales cuyos sustentos dependen del algodón. Ellos están entre los productores a más bajo costo del mundo, pero también están entre los más pobres. Mientras que en el 2002 los algodoneros estadounidenses recibieron en promedio contribuciones gubernamentales por 331.000 dólares, los algodoneros en países como Mali, Benin y Burkina Faso están dichosos si obtienen un ingreso anual de 400 dólares. Un estudio efectuado por el International Food Policy Research Institute demostró que una caída del 40% de los precios del algodón hizo caer en la pobreza a 334.000 personas en Benin. Los subsidios agrícolas de Estados Unidos están llevando a las familias de África Occidental a la miseria y son directamente responsables de una grave negación de derechos humanos básicos en materia de alimentación, agua potable, servicios de saneamiento, salud y enseñanza.
El drama que presencié en Mali se está repitiendo en diferentes formas en comunidades pobres a lo largo y ancho del mundo y no se debe culpar solamente a Estados Unidos. Los agricultores azucareros y lecheros en África, América del Sur y Asia sufren también a causa de los subsidios de la Unión Europea.
El daño provocado por estas políticas es exacerbado por los programas de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional y apoyados por el Banco Mundial, que induce a muchos gobiernos de países en desarrollo a efectuar recortes en los servicios sociales, lo que hace más difícil para los pobres educar, nutrir y dar abrigo a sus hijos. Asimismo, las normas de propiedad intelectual hacen más arduo el acceso a medicamentos contra enfermedades como el VIH/SIDA, que se lleva la vida de 6.500 africanos cada día.
Es hora de que el mundo rico acepte no sólo las ventajas sino también las responsabilidades de la era de la globalización. Debemos ayudar a afrontar sus desventajas, incluso cuando los afectados nos parecen extraños habitantes de tierras lejanas. Porque los seres que vemos sufrir en los noticieros de televisión no son extraños. Nuestros impuestos socavan sus medios de vida, las patentes y las ganancias de nuestras corporaciones son protegidas a costa de la salud de los niños de esos “extraños”. Así como la globalización ha multiplicado los vínculos entre diversas naciones también ha magnificado nuestros deberes hacia los demás.
Nuestras responsabilidades no pueden seguir siendo limitadas por las fronteras de los estados. Un mundo vinculado por el comercio, la cultura y las comunicaciones debe también unirse a través de la compasión. Para que los beneficios de la globalización sean compartidos y sus cargas soportadas equitativamente debe pasar de ser un proceso centrado meramente en lo económico a uno guiado por los valores y la ética.
Los ministros de comercio forman parte de gobiernos que han aceptado responsabilidades al firmar tratados internacionales de derechos humanos. Cuando la Organización Mundial del Comercio se reúna en Hong Kong en diciembre próximo es de esperar que Estados Unidos y la Unión Europea adopten compromisos genuinos para poner fin a las políticas comerciales injustas, a los subsidios y a las barreras arancelarias que niegan a los pobres la posibilidad de obtener justos beneficios por su trabajo, de salir de la miseria por sus propios medios. Menos palabras y más acción, esa es la manera más simple de enfrentar la pobreza. (FIN/COPYRIGHT IPS). (*) Mary Robinson, ex Presidenta de Irlanda y ex Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos es Presidente de Realizing Rigts: The Ethical Globalization Initiative.