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La integración de la población extranjera es un tema recurrente en Suiza. Sin embargo, el papel que han tenido las asociaciones de inmigrantes en la integración sociopolítica de estos colectivos es un fenómeno poco estudiado. Un grupo de investigadores de varias universidades suizas analiza cómo las colonias extranjeras participaron activamente en la política nacional y facilitaron la integración.
“Los trabajadores e inmigrantes extranjeros son un tema constante y esencial del debate político. Sin embargo, rara vez nos preguntamos si son actores políticos en Suiza. ¿Dónde los encontramos? Desde luego no en los manuales de historia”, sostiene el historiador Sébastien FarréEnlace externo.
El director ejecutivo de la Maison de l’histoireEnlace externo en la Universidad de Ginebra critica el tratamiento insuficiente del tema por parte de la historiografía tradicional. Las asociaciones de inmigrantes participaron activamente en la construcción de la sociedad y la democracia suizas y "su papel merece ser puesto en valor”, sentencia.
Un contexto conflictivo
Con el boom económico de la posguerra, Suiza no tuvo más remedio que abrir las fronteras para satisfacer la demanda de mano de obra. Miles y miles de trabajadores extranjeros llegaron al país, principalmente del sur de Europa. Su presencia creó nuevos problemas. Y a partir de la década de 1960 se sucedieron numerosas iniciativas antiinmigración, que propiciaron un contexto conflictivo.
Según Sébastien Farré, hubo una razón política de fondo para este rechazo. En plena Guerra Fría, “los inmigrantes de la posguerra, en su mayoría italianos, españoles, portugueses y yugoslavos, eran percibidos como un peligro comunista. Por lo tanto, existe un trasfondo político esencial que contribuye de forma decisiva a la cristalización política de un rechazo y de tentativas de control frente al inmigrante.”
Iniciativas xenófobas
Una consecuencia de la inmigración masiva fue el auge de la xenofobia, destaca Claudio BolzmanEnlace externo, profesor de la Escuela Superior de Trabajo Social de Ginebra. El sociólogo y su equipo realizaron un sondeo entre españoles e italianos de la primera generación de inmigrantes para saber cuáles habían sido los acontecimientos que más habían marcado sus vidas.
"Y lo más incisivo habían sido las iniciativas xenófobas. Las consideraban incluso más importantes que, por ejemplo, el retorno de la democracia o la adhesión a la Comunidad Europea en el caso de España.”
“Como los inmigrantes no estaban destinados a formar parte del paisaje permanente de Suiza, las autoridades no veían la necesidad de que gozasen de los mismos derechos que los suizos", según Bolzman. Por lo tanto, "el desafío de las asociaciones consistía en ampliar los derechos para que los inmigrantes lograsen ocupar su propio lugar en la sociedad”, explica.
No fue una tarea fácil, recuerda el sociólogo, porque muchos "tenían unos horarios laborales muy duros" y difíciles de compaginar con el asociacionismo, y además, a los extranjeros se les prohibía hablar en público sin autorización previa.
Las tres principales reivindicaciones de las asociaciones de inmigrantes fueron la supresión del estatuto del temporero, el derecho de residencia y la reagrupación familiar.
Papel precursor de los italianos
A falta de un interlocutor suizo, para poder mejorar su situación “los italianos solo podían apoyarse en la fuerza que su país podía ejercer sobre Suiza ", explica la profesora de la Universidad de Neuchâtel, Rosita FibbiEnlace externo. "Una de sus reivindicaciones era participar al lado del Estado italiano en las conversaciones bilaterales con la Confederación para establecer un acuerdo de migración.”
La fuerte orientación del asociacionismo italiano hacia la patria comenzó a debilitarse a principios de los años setenta, cuando “las asociaciones de inmigrantes italianos entran en el debate político nacional”, gracias al Ente Confederale di Addestramento Professionale (ECAPEnlace externo). Su papel fue fundamental, según Fibbi. Fundada en 1970 por el sindicato italiano Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGILEnlace externo), esta entidad logró a partir de 1973 establecer un vínculo con los círculos sindicalistas suizos en los sectores de la metalurgia y la relojería, que permitiría mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.
Los italianos tuvieron un claro papel precursor. Las primeras colonias se habían establecido en Suiza a finales del siglo XIX. Y en el primer cuarto del siglo XX se instituyeron las primeras asociaciones, entre ellas La Seminatrice o las Colonie Libere. En la época de entreguerras y con el avance del fascismo en Italia llegaron exiliados políticos a Suiza, con un foco importante en Ginebra. Esta época fundadora explica la particular fisionomía del tejido asociativo transalpino, señala Fibbi. “Una herencia antifascista que recibieron más tarde los italianos que llegaron a Suiza después de la Segunda Guerra Mundial.”
Los cauces del asociacionismo
Los partidos políticos, los sindicados y la Iglesia constituyeron los principales cauces a través de los cuales los extranjeros fundaron sus asociaciones. Estas crearon un espacio de aprendizaje y de intercambio que permitía a los trabajadores desarrollar sus aspiraciones, especialmente a las mujeres.
Bolzman destaca la relevancia que tuvieron estos foros para aquellos que venían de países autoritarios, porque “influyeron también en la realidad de sus países de origen a través de las manifestaciones políticas, que muchas veces se realizaban conjuntamente con partidos, sindicatos u organizaciones suizas de defensa de los derechos humanos”.
Según el sociólogo, esto contribuiría a la creación de un enlace duradero con los interlocutores suizos y a la imbricación de estas estructuras asociativas en la sociedad de acogida.
Para ilustrarlo cita el ejemplo de España en la época de la transición a la democracia. “Hubo en cierta manera una sintonización entre las reivindicaciones de los españoles en Suiza y las mismas demandas sociales en España. Esto hizo que los españoles de aquí se sintieran autorizados a manifestarse y a expresar sus reivindicaciones porque veían que también España estaba a punto de transformarse”, explica.
El historiador de la Universidad de Zúrich y experto de la inmigración española y gallega Luis M. Calvo SalgadoEnlace externo recuerda que "en 1974 unos 20 000 españoles se manifestaron en Ginebra contra la represión franquista”. Entonces, dice, se produjo en Suiza una ola de huelgas salvajes, un movimiento de lucha obrera que fue especialmente activo en Ginebra y en Zúrich y que estuvo protagonizado por obreros españoles que no se sentían respaldados por las estructuras sindicales suizas.
Visibilidad a través de los medios
A finales de los años 1960, la Asociación de Trabajadores Emigrantes Españoles en Suiza (ATEES), que destacaba por su oposición a las asociaciones patrocinadas por el régimen franquista, era la organización más importante de los españoles. “Estuvo muy próxima al comunismo español, que a partir de los años cincuenta intentaba desarrollar una especie de contrapeso al franquismo, también en el exterior”, explica.
Calvo Salgado destaca también la especial relevancia de los medios creados en el seno de las asociaciones, ya que contribuyeron a incrementar la visibilidad del inmigrante. Por ejemplo, las revistas Chispa (ATEES), Búho (cristianos de izquierda) y el programa semanal de la televisión pública suiza dirigido a los españoles en Suiza Tele-revistaEnlace externo (1973-1989) que "no era un programa del Estado español para hacer propaganda", sino un "programa basado en la experiencia de los propios inmigrantes", puntualiza.
Un largo proceso de aprendizaje
En el caso de los españoles hubo un proceso de adaptación y aprendizaje político que les brindó la oportunidad de familiarizarse con los mecanismos funcionales de la democracia. Los italianos, en cambio, “ya tenían un bagaje, una manera de posicionarse en la lucha", sostiene Rosita Fibbi, aunque les faltaba "aprender cómo navegar en el sistema suizo”.
Las asociaciones italianas fueron muy clarividentes en cuanto a los objetivos, pero no acertaron con las herramientas porque no comprendían todavía cómo se articulaba el sistema político suizo. “Hubo, por tanto, un largo período de aprendizaje. Un proceso que se desarrolló en paralelo al reconocimiento por parte de las autoridades suizas", explica la politóloga.
A finales de los años 1980, cuando los colectivos extranjeros habían conseguido cumplir la mayoría de sus reivindicaciones, Suiza cambió su política migratoria y comenzó a implementar medidas de integración.
Según Fibbi, este giro en la política nacional fue el resultado del nuevo contexto. “En 1992, los suizos rechazaron la adhesión al Espacio Económico Europeo. Llegó la crisis económica. Ya no se podía expulsar del país a los inmigrantes, pues en 1985 se había aprobado el seguro de desempleo. Entonces se decidió invertir en la enseñanza de la lengua, tarea que hasta entonces no se había acometido”.
La historia se repite
Después de décadas en Suiza y pese a sentirse bien integrados, muchos inmigrantes de la primera generación, decidieron regresar a sus países de origen al alcanzar la edad de jubilación. Un retorno que en el caso español se prolongó hasta principios de los años 2000.
Sin embargo, con la crisis económica mundial de 2008 cambia el escenario y llega una nueva ola de inmigrantes del sur de Europa, jóvenes que han terminado sus estudios pero no encuentran trabajo en su país. Como señala Calvo Salgado, “la historia de la inmigración jamás se termina. Hay constantemente flujos migratorios."
swissinfo.ch