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En una región marítima había un evangelista que anunciaba las buenas nuevas de salvación con gran bendición. Por aquellos días, un comerciante se hallaba en la región, en casa de unos amigos. Hacía frecuentes preguntas al evangelista acerca de cosas serias, pues ya no tenía la falsa paz que le había bastado en su juventud. Anteriormente, fieles siervos de Dios le habían advertido del peligro que se corre cuando uno funda su salvación en cualquiera otra cosa que no sea la preciosa sangre de Cristo. Hasta entonces había confiado en su sobriedad, su honradez, su ejemplar forma de vida. Ciertamente se reconocía pecador; a veces se lo reprochaba su conciencia, pero se tranquilizaba diciéndose que sus posibilidades de salvación eran iguales a las de la mayoría de la gente. Pero cuando esos razonamientos erróneos empezaron a derrumbarse, vio el peligro que corría, y desde entonces le perseguía una pregunta inquietante: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30).
Una noche, una vez que el evangelista hubo acabado de predicar, se fueron juntos a la playa, la que se hallaba desierta. La marea estaba baja; paseaban por la arena hablando de la salvación gratuita que acababa de ser anunciada. Hasta aquí, la persona atormentada por su conciencia buscaba en sí misma algo bueno para traer a Dios; procuraba hacer algún mérito para redimir su vida egoísta, malgastada, llena de pecado. Aún no sabía que la salvación no es para el que busca merecerla por sus obras, y que está escrito: “Por gracia sois salvos... no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Ya volvían al hotel cuando el predicador le dijo a su compañero:
— Mi querido amigo, le es a usted tan imposible borrar sus pecados mediante obras —pasadas, presentes o futuras— como borrar sus huellas en la arena de la playa.
— ¡Oh! Eso es fácil.
— Pruebe a hacerlo.
El hombre se inclinó primero y luego se arrodilló para hacer desaparecer sus huellas; pero pronto se dio cuenta de que, mientras borraba unas, dejaba otras semejantes.
— Tiene razón —dijo— no puedo hacerlo.
— ¡Pero quiere borrar sus pecados con sus buenas obras! Tampoco eso puede hacerlo. Pero espere un par de horas; subirá la marea y cubrirá la arena. Cuando aquélla retroceda de nuevo, examine la playa: no quedará ni una de las huellas que dejó. De este modo tan sobreabundante cubre la gracia de Dios el pecado del hombre. El hombre, débil pecador, nada en absoluto puede hacer para borrar sus faltas y transgresiones. En su amor, Dios envió a su Hijo, su único Hijo, el cual se ofreció a sí mismo en perfecto sacrificio y respondió plenamente a las exigencias de la justicia divina; más aun, la glorificó en lo que al pecado concierne. Jesús, el Hijo de Dios, salió victorioso de la tumba y se sentó a la diestra de Dios en el cielo. “Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que... la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:20-21).
Al oír estas palabras, de repente brilló la luz en ese corazón hasta entonces en tinieblas. Comprendió que únicamente salva la gracia de Dios mediante la sangre de Jesucristo, su Hijo, cuya sangre nos purifica de todo pecado. Al creer en él, vio que todo rastro de pecado era borrado. Por la fe halló la paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo. Desde ese momento lo confesó ante los demás y se dedicó a dar a conocer a otros las grandes cosas que el Señor había hecho por él.
“Dios... nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:4-5).