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En la guerra reinan el miedo y la incertidumbre. En ese contexto, la cultura puede ser un vehículo para olvidar la realidad y recobrar la esperanza, pero también una forma de protesta. Así ocurrió en Bosnia, un conflicto que estallaba hace 20 años.
“En la primavera de 1992, nadie pensaba en una guerra. Cuando se dispararon los primeros tiros, todos creímos que a lo sumo durarían diez días", afirma Almir Šurković. Al estallar el conflicto, tenía 25 años y era alumno de la Academia de Bellas Artes de Sarajevo, su ciudad natal.
En la fase inicial de la guerra, muchos artistas, no solo de Bosnia-Herzegovina, sino también del extranjero, se trasladaron a esta ciudad multiétnica para denunciar con sus versos, su música y sus imágenes las atrocidades de la violencia. “Rebosaban de esperanza y entusiasmo. Fue lo que yo describiría como la fase del romanticismo”.
El conflicto, sin embargo, no duró unos días, sino cuatro años. Y el balance fue dramático: más de 100.000 muertos y dos millones de refugiados. Solamente en Sarajevo 11.500 personas perdieron la vida durante los 44 meses de cerco.
“En los primeros meses albergábamos la esperanza de un pronto final, pero con el tiempo todo se desvaneció en la oscuridad. Lo que se desencadenó en aquel invierno fue una auténtica guerra, una inmensa tragedia”, comenta Almir Šurković. Corría el año 1993. Un día, Almir se dispuso a contar las luces que había encendidas en la ciudad. “Eran seis. ¿Te lo puedes imaginar? Toda la ciudad sumida en la más absoluta penumbra”.
¿Qué sentido tiene?
El barrio de Sarajevo donde Almir Šurković vivía con sus padres y hermanos era “una amasijo cultural del proletariado”. Recorrer la calle que conducía a la Academia, donde esporádicamente se impartía alguna clase, era extremadamente peligroso. Había francotiradores a diestra y siniestra. Los tranvías y autobuses circulaban rara vez.
“Allí nos reuníamos los artistas. Mientras pintaba, muchas veces me preguntaba: ¿Qué sentido tiene? Estás arriesgando tu vida por dibujar y pintar”.
El día a día de Almir Šurković en la Sarajevo asediada constituía una pesadilla, un horror. “A veces permanecíamos doce horas en la cola para conseguir diez litros de agua. Mucha gente murió mientras aguardaba su turno”.
Y luego comenzó a resquebrajarse la confianza entre los amigos, recuerda el artista. “Crecí en una sociedad multireligiosa y multiétnica. Una realidad a la que nunca presté atención, porque para mí no era importante. Y, de repente, estaba dividida en serbios, croatas y bosnios”.
Mientras proseguía la ofensiva contra Sarajevo, se desvanecían las esperanzas entre los artistas. “Lo importante era sobrevivir. No había nada constructivo, toda civilidad se había perdido”.
A priori el arte no era una necesidad inmediata por carecer de un sentido práctico. Para los artistas, sin embargo, constituía una razón de ser. “Nos permitía distanciarnos de la guerra, sumergirnos en otro mundo y olvidarnos de la realidad”.
Arte como mensaje
Incluso en los peores momentos se organizaban conciertos y exposiciones de arte en Sarajevo. Como el teatro, que no cesó las representaciones durante la guerra, y todo tipo de arte reciclado: esculturas hechas con vigas quemadas o pedazos de vidrio, reliquias de los bombardeos recogidas en las calles de la ciudad.
“Personalmente, me resultaba deprimente esa conexión tan próxima con la guerra”, confiesa Almir Šurković, que en aquella época prefería reproducir cuadros de grandes artistas como Salvador Dalí o Rubens.
Apoyo de Suiza
En la Bosnia de la postguerra, los proyectos culturales constituyeron una parte importante de la ayuda helvética a la reconstrucción del país. Wolfgang Amadeus Brülhart, consejero de Cultura de la embajada suiza en Sarajevo entre 1996 y 1998, recuerda que “muchos pintores, escritores y cineastas estaban sedientos de arte al concluir el conflicto. La cultura fue una fuente de esperanza durante y después de la guerra”.
El actual responsable de la sección Oriente Medio y Norte de África del Ministerio suizo de Asuntos Exteriores en Berna y ex embajador en Abu Dabi está convencido de que tras una experiencia bélica, la gente añora la normalidad. Y dentro de la normalidad están el teatro, el cine, las exposiciones. “La cultura ayuda a recuperar la cotidianidad”.
Así, Wolfgang Amadeus Brühlhart puso a disposición de los artistas bosnios, que habían perdido sus talleres, una pequeña galería en su residencia donde pudieran trabajar en tranquilidad. Organizó muestras, conciertos y representaciones de teatro. De ahí que pronto los artistas lo apodaran el Amadeus de Sarajevo.
Suiza se convirtió además en el principal socio del Festival de Cine de Sarajevo, que se lanzó durante la última fase del conflicto. Con donativos de la población helvética se compraron las sillas para el cine al aire libre. Hoy, el festival se ha consolidado como una cita ineludible y de alcance internacional.
Una sociedad dividida
Dentro de los proyectos suizos se dedicó un amplio espacio al intercambio de artistas. En 1998, tres años después del fin de la guerra, Almir Šurković tuvo la oportunidad de exponer, junto con otros artistas, sus obras en Suiza y pasar seis semanas en este país. Durante su estancia se enamoró de una suiza y desde 1999 reside en Berna.
En 1998, la entonces ministra helvética de Cultura, Ruth Dreifuss, tras ser invitada a la inauguración de la nueva Galería Nacional, restaurada con apoyo de Suiza, destacaba cuán trascendentales son la cultura y la educación: “Una sociedad se construye con el alma”.
La construcción de una sociedad bosnia resultó, sin embargo, una tarea difícil en un país dividido en dos entidades tras los acuerdos de Dayton:la Federación Croata Musulmana, con capital Sarajevo, y la República Serbiobosnia (Sprska), con Banja Luka como capital administrativa. Una división que se refleja en la falta de una visión cultural unitaria y la ausencia de un ministerio que se ocupe de promocionar el arte.
La cultura puede contribuir a superar el odio, sostiene Wolfgang Amadeus Brühlhart. “Pero su instrumentalización antes y durante la guerra terminó por separar a los artistas. Una vez concluido el conflicto, no fue fácil volver a concebir la cultura como un fundamento común”.
Lo esperanzador es que la Academia de Bellas Artes siguió formando a jóvenes talentos. “Sarajevo volvió a ser la ciudad de la cultura, como en sus orígenes. Me percato de ello cada año que vuelvo al festival de cine”.
Almir Šurković también evoca la capital de la cultura, aunque la escena artística ha perdido brío respecto a la Sarajevo anterior a la guerra. La política es una condición imprescindible para resolver problemas graves. “El arte tiene una misión crucial, puede ayudar a cicatrizar las heridas. Contra el nacionalismo, por el contrario, no sirve de nada. Y esto es una tremenda frustración para los artistas.
Intercambio cultural
Entre Suiza y Bosnia-Herzegovina existe un importante intercambio en los ámbitos de la cultura y la formación.
En 2008, la Fundación Suiza para la Cultura –Pro Helvetia- abrió una oficina regional en Sarajevo.
Suiza participó en la renovación de la Galería Nacional, reinaugurada en 1998, así como en la fundación del Festival de Cine de Sarajevo, cuyo premio a los derechos humanos financia.
Suiza promueve además la cumbre de la francofonía, la jornada de la lengua alemana y la semana de la lengua italiana en el mundo.Fin del recuadro
Guerra de Bosnia
El conflicto, que estalló en 1992 en Bosnia-Herzegovina, duró cuatro años y dejó más de 100.000 muertos y dos millones de refugiados.
La ciudad de Sarajevo permaneció cercada durante 44 meses. Más de 11.500 personas perdieron la vida durante este periodo, entre ellas al menos 1.600 niños.
Tras la firma de los acuerdos de Dayton en 1995, Bosnia quedó dividida en dos entidades: la República Serbiobosnia y la Federación Croata Musulmana, con el 49% y el 51%,
respectivamente, del territorio.
Hoy el país sigue profundamente fragmentado. Las dos repúblicas que lo conforman gozan de una amplia autonomía, pero el gobierno central es extremadamente débil.
La situación política y los continuos conflictos étnicos han convertido a Bosnia en uno de los países más pobres de Europa.Fin del recuadro
(Traducción: Belén Couceiro), swissinfo.ch