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La elección del próximo presidente de EEUU podría depender del 'rust belt', esa vasta región del noreste del país devastada por la desindustrialización donde la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump disputan palmo a palmo el voto de las clases populares blancas.
El 'cinturón del óxido' (traducción literal de 'rust belt') se extiende en forma de arco en torno a los Grandes Lagos, sobre todo en Pensilvania y Ohio. Si estos dos estados, en los que el actual presidente Barack Obama triunfó en las dos últimas elecciones, se volcaran hacia los republicanos en noviembre, Donald Trump tendría muchas posibilidades de acceder a la Casa Blanca.
Grandes ciudades como Filadelfia, Pittsburgh y Cleveland, en las que la población negra es particularmente numerosa, constituyen grandes baluartes de los demócratas.
Pero las zonas rurales y las pequeñas ciudades están pobladas por descendientes de los obreros de las fábricas de vidrio, de las minas de carbón y de los altos hornos que forjaron la riqueza de la región, desde el siglo XIX hasta el fin de la década de 1970.
A estos trabajadores y empleados no cualificados, en su mayoría blancos, se ha dirigido en las últimas semanas Donald Trump con la promesa de reindustrializar la región y dar prioridad a los estadounidenses de pura cepa en el acceso al empleo.
Johnstown es una ciudad emblemática de la nueva animadversión de las clases populares de esta zona por los demócratas. A orillas del río Conemaugh y a lo largo de las vías del tren, que en el pasado eran fabricadas en esa zona, grandes siderúrgicas cerradas hace un cuarto de siglo siguen erguidas, convertidas en monumentos históricos.
A falta de trabajo, la ciudad se va vaciando. Las 20.000 personas que hoy la pueblan son bastante más conservadoras de lo que fueron sus mayores en la época de oro.
"Están cambiando de bando porque Trump les habla de la manera que ellos aprecian", dice el presidente del Partido Demócrata del condado de Cambria, Frank Fantauzzo, un exobrero y dirigente sindical.
En 1992, el demócrata Bill Clinton ganó en este condado, pero dos décadas después, en 2012, fue el republicano Mitt Romney quien se alzó con la victoria.
Sin embargo, los demócratas no arrojan la toalla y recorren casa por casa esta zona clave para la elección del 8 de noviembre. Apenas logró la investidura como candidata de su partido, Hillary Clinton realizó una visita a Johnstown para presentar su plan de relanzamiento industrial.
- Pancartas de Trump -
Pero Donald Trump está al acecho. En junio, estuvo en el sur de Pittsburgh y en agosto, en la zona más conservadora de Pensilvania, siempre con sus promesas de recuperar la tradición manufacturera de este antiguo cinturón industrial.
En la zona rural, en la feria anual de Ebensburg (3.000 habitantes), por ejemplo, encontrar a un potencial votante de Hillary Clinton parece una tarea imposible. Varios militares retirados manifiestan allí su confianza en Trump, a quien le atribuyen la fuerza suficiente como para sacar adelante al país.
Scott, un mecánico de 44 años, cree también que el magnate republicano es capaz de "dirigir el país como un hombre de negocios y no como un político". "Soy partidario de Trump porque él adora el carbón", señala por su lado Ryan Weakland, un joven de 22 años que hoy es obrero y antes fue minero.
Cuanto más se aleja uno de las grandes ciudades como Pittsburgh, más aumenta el desempleo y más crece el respaldo a Trump. En las colinas de Altoona, en la sede del Partido Republicano, un periodista de la AFP vio a un nutrido grupo de personas solicitar pancartas de propaganda y marcharse decepcionados porque se habían agotado.
"Este año ha sido una locura", cuenta Lois Kaneshiki, presidente local del partido. "La diferencia entre 2012 y este año con Trump ha sido exponencial", precisó.
¿Por qué ha calado tanto la prédica del magnate en esta región? El discurso anti-inmigrante del republicano es una explicación de su éxito, que a los demócratas de la zona les cuesta admitir ante un periodista, pero que citan en privado.
Allen Kukovich, un exlegislador demócrata local que vive en una residencia construida en un terreno que su familia ocupa desde hace cinco generaciones, encuentra una correlación entre la intolerancia y el alejamiento de los grandes centros económicos. La gente de las zonas rurales y de las pequeñas ciudades "tiene tendencia a acusar a los demás y a apoyar a los políticos que explotan su temor", dice.
Harriet Ellenberger, hija de un ferroviario, todavía no puede creer que su vecino exhiba sin tapujos su respaldo a Trump con un cartel que ha plantado en su jardín. "Tal vez yo esté simplemente enfurecida, pero creo que son racistas, homófobos y misóginos. Nada tiene que ver con la economía", comentó.
Por el momento, Hillary Clinton conserva de todas maneras el apoyo del electorado blanco y encabeza las encuestas en Ohio y, sobre todo, en Pensilvania. Pero ello podría cambiar si Trump logra convencer a un número mayor de obreros que la exsecretaria de Estado.
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