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La democracia directa inventada en la antigua Grecia no existe en ningún país del mundo, ni siquiera en Suiza. Es sencillamente inaplicable en las sociedades modernas, sostiene el investigador y analista político chino, Liu Yunning.
Suiza, pese a ser elogiada como un modelo de democracia directa en las sociedades modernas, en realidad aplica una democracia indirecta. Aun así, en su sistema político hay espacio para elecciones directas y votaciones populares.
¿Por qué la democracia directa no es factible en las sociedades modernas? Hay varias razones. La democracia directa conlleva costes y riesgos elevados, puede provocar conflictos y sucumbir a la instrumentalización de las emociones.
La democracia directa requiere votaciones y asambleas nacionales frecuentes, por lo que los costes económicos, sociales y políticos son considerables. Esto puede conducir a una politización excesiva de la sociedad, con el consiguiente predominio de la política sobre todo lo demás.
La democracia directa es, en efecto, un juego de suma cero, un instrumento que agrava los conflictos sociales, que divide una sociedad en mayorías y minorías, y en la que quedan reprimidas las posiciones, los intereses y los derechos de las minorías. Por tanto, la democracia directa tiende a generar agitación, intolerancia e injusticia.
Historia
Si lo analizamos desde una perspectiva histórica, vemos que allí donde se pusieron en práctica, tales democracias se vieron estranguladas por una agresión extranjera y conflictos civiles, aplastadas por la mano de un tirano, o se desmoronaron al convertirse en vasallos de una superpotencia.
En tal sistema de ecclesía, la asamblea de ciudadanos de la antigua Atenas no sería más que una muchedumbre de ignorantes e incompetentes, incluso si todos los ciudadanos fueran Sócrates.
La democracia directa carece de procedimiento, promueve una uniformidad rígida. Frena a la sociedad y provoca despotismo.
Tal democracia exige que todos los ciudadanos tengan una opinión inequívoca–sí o no– sobre cualquier cuestión que a veces puede ser muy radical. No tiene en cuenta la complejidad ni la ambigüedad de los temas. Esta manera de adoptar decisiones lleva a las personas a seguir sus emociones primarias, en lugar de tomar una decisión juiciosa.
Los procesos de decisión de esta índole conducen a una uniformidad rígida, que conoce muy bien la población china, sin tener en cuenta que hay múltiples cuestiones sobre las cuales los ciudadanos no tienen una posición clara.
Respuestas claras
La frecuente convocatoria a elecciones y votaciones requiere respuestas precisas y una definición clara de los temas sobre los que se decide. Pero no hay una respuesta inequívoca a todas las cuestiones.
La democracia directa exige participación y dedicación absoluta de los ciudadanos al Estado. Y así, priva –sin aparentar hacerlo– a los individuos del derecho de ocuparse de sus asuntos personales.
La democracia directa no consiente la distinción entre lo público y lo privado; los ciudadanos tienen el deber de participar en los asuntos públicos. De manera que pasa por alto los intereses de la sociedad civil y de las instituciones intermediarias, atomiza la sociedad y pide a los ciudadanos que se enfrenten directamente al Estado.
Con el proceso decisional directo quedan excluidos los procedimientos y los niveles de mediación. La falta de un mecanismo que filtre los mensajes y las opiniones deja así espacio a la manipulación y la ‘emocionalización’. Al carecer de mecanismos de corrección, una vez que la impulsividad de la voluntad pública arrolle el bienestar público, la democracia directa terminará por excavar la fosa de este último.
Republicanismo
La democracia directa está en contradicción con el republicanismo. En la democracia directa, ‘el pueblo’ suele ser un concepto de exclusividad, siempre hay ciudadanos que se quedan al margen. En la antigua Grecia, las mujeres y los esclavos estaban excluidos.
La democracia directa promete autonomía para todos los ciudadanos, pero en la práctica, es el principio de la mayoría. Después de una votación, siempre hay una minoría cuyo parecer ha sido rechazado.
Voluntad y gobierno popular no son sinónimo de voluntad y gobierno de todos: mientras sea la voluntad de una mayoría, no puede ser la de todos.
Mientras domine la decisión de la mayoría, habrá una minoría cuya voluntad queda suprimida, una minoría perdedora. Por tanto, la llamada democracia directa no es el gobierno de un pueblo, sino, como mucho, un gobierno de la mayoría.
Sócrates
La democracia directa presupone que todo puede y debe ser sometido a una decisión popular. No obstante, la verdad es que el pueblo no puede ni debe decidir sobre todo.
La ecclesía de la antigua Grecia demuestra que este sistema no tolera singularidades, hasta llegar al extremo de que un filósofo como Sócrates fue procesado, declarado culpable de corromper la mente de los jóvenes y condenado a muerte.
Incluso si muchos ciudadanos participaban en los procesos legislativo y judicial, la repartición de los cargos oficiales se decidía por sorteo, y no por votación.
Las diferentes capacidades y competencias de los individuos quedaban anuladas. Esto conduce a un igualitarismo político y de poder que no ha conseguido mejores resultados que el igualitarismo económico.
Impracticable
La democracia directa es impracticable, sobre todo, por un problema de dimensión, pero también debido a la estructura biológica humana; es decir, el ser humano no está en condiciones de prestar plena atención a más de un orador a la vez.
Cuanto más grande la asamblea, más privilegios tiene el organizador, más débiles son las voces de los participantes comunes y más limitadas sus probabilidades de tener un papel activo en la política. Una comunicación eficaz y la discusión serían incluso más difíciles.
Si el organizador o los organizadores poderosos logran influir en el resultado, la democracia directa está muerta.
Manipulación
Aunque la democracia directa requiere la participación del mayor número posible de personas, cuantas más participan, menos eficaces son.
Además, es más fácil manipular a una mayoría que a una minoría. Así, la democracia directa se convierte a menudo en un “paraíso” de intrigantes ambiciosos.
Punto de vista
swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.
La mejor manera de manipular un órgano decisional sería aumentar su tamaño. Una asamblea de miles de personas podría sencillamente ser un foro en el que un(os) organizador(es) presenta(n) informes, pero no un parlamento en el que todos expresan su opinión.
La democracia directa en sentido estricto existe solamente en la imaginación de un utopista. La de la antigua Atenas no era una democracia directa absoluta, ya que aquellas asambleas no estaban abiertas a todos los ciudadanos, y la administración estaba en manos de representantes elegidos según criterios tribales.
Incluso si copiáramos el modelo ateniense, dividiéramos un Estado en entidades políticas más pequeñas, con 50 000 personas cada una, y aplicáramos la democracia directa en estas entidades, el régimen de Estado no sería nunca directamente democrático.
Hasta que cada entidad eligiera a algunas personas para formar el Parlamento nacional, sería una democracia representativa indirecta, no una democracia directa. Por tanto, en las sociedades modernas, la democracia directa es sencillamente irrealizable.
Las opiniones vertidas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente las de swissinfo.ch
Traducción del chino al inglés: Yu Le y del inglés: Belén Couceiro