Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05415.jsonl.gz/18

Cristina Anliker-Mansour llegó a Suiza hace casi 30 años. Nacida en Brasil y criada en Perú, esta política que defiende los derechos de la mujer, la familia y los extranjeros se confiesa una enamorada de los idiomas.
El Consejo Municipal de Berna (Legislativo) lleva hora y media reunido, cuando Anliker-Mansour -vestida con un impermeable rojo, zapatos de tacón rojos y una enorme mochila negra- entra a la sala comunal de 600 años de historia y toma asiento en su curul, justo frente a una hilera de vitrales. Desempaca sus objetos y escucha la presentación en curso, en dialecto local.
Como la mayoría de los miembros del Consejo Municipal, Cristina no es una política profesional. Llega directamente de su trabajo en la ciudad de Biel (a 40 kilómetros de Berna), donde dirige la sección local de un instituto de entrenamiento vocacional, formación continua y clases de idiomas para extranjeros.
Influencias tempranas
Anliker-Mansour ha conocido diversas culturas durante su vida. Es la tercera de cuatro hijos, nació en Brasil en 1964 de madre peruana y padre libanés. Su progenitor era hombre de negocios y su madre, abogada, política y empleada en un sindicato.
En Perú, sus padres se separaron cuando ella tenía cuatro años. Su padre regresó a Brasil y Cristina, junto con sus hermanos, se quedaron al cargo de su madre y sus abuelos en Lima. En su memoria no hay evocaciones de la figura masculina: “Recuerdo ese lugar como una casa de mujeres”.
En las décadas de 1960 y 1970, era común que las peruanas tuvieran un trabajo remunerado. “Las hermanas de mi abuela eran maestras. En la ciudad, las mujeres gozaban de una buena instrucción.”
Atracción por los idiomas
La joven terminó la escuela secundaria en Perú en 1981. Después tomó clases de inglés.
“Estaba fascinada. Amaba los idiomas. Era mi pasión. Recuerdo que a la edad de seis años, una amiga cuyo padre era francés, me decía ciertas palabras en francés. Me encantaba. A los siete, intenté comunicarme con unos turistas estadounidenses, pero me pude. Desde entonces soñaba con otros países, y en mis sueños hablaba otros idiomas”.
En 1985 y 20 años de vida como equipaje, parte hacia Alemania donde trabaja durante una semana con un inglés que exportaba muebles hacia Estados Unidos. Pero a la chica no le gustó el país: “No me sentía a gusto, me sentía sola, y decidí entonces venir a Suiza”.
Nueva vida
La vida en Suiza era muy distinta a la de Perú. “Suiza es un país organizado, y Perú es desordenado. Somos mucha gente, casi 20 millones, y Suiza tenía entonces 5,5 millones de habitantes. Crecí en Lima, una ciudad inmensa. Estaba acostumbrada al ruido, al tráfico y a la polución. Cuando aquí la gente hablaba sobre la ciudad, yo no comprendía cómo podía tener una ciudad de menos de un millón de habitantes.
En Berna, la acogió un suizo al que había conocido en Perú. Fue difícil al principio, porque permaneció en Suiza sin permiso de residencia. “No soy una persona de mente estrecha, sino abierta y curiosa. Quería quedarme aquí. Pero encontrar amigos no era lo mismo acá. Soy muy extrovertida y en Suiza se requiere tiempo, mucho tiempo para hacer amigos”.
Entre tanto, estudiaba alemán y, en 1987, se casó con un suizo, lo que, en ese tiempo, le permitió recibir automáticamente la nacionalidad helvética. “No fue un matrimonio arreglado, o solo para obtener el permiso. Sin embargo, creo que si hubiera tenido la oportunidad de elegir, no me hubiera casado, porque no soy partidaria del matrimonio. Pero sin contraer nupcias no podía obtener un permiso de residencia”.
Dos pequeños nacieron de esta unión en la década de 1990. Para la joven madre de familia, la traducción fue la opción para poder trabajar desde casa y cuidar a sus hijos.
Comprometida con la comunidad
En el transcurso de estos años de vida en Berna, Cristina asistió a cursos diversos, de francés y alemán, mercadotecnia, computación, tutoría y educación para adultos y se inmiscuyó en varios proyectos sociales locales.
Uno de ellos fue Wisniñas, un proyecto dirigido a jóvenes mujeres inmigrantes para obtener una plaza de aprendizaje de un oficio. “Estas chicas tienen muchos problemas para encontrar un aprendizaje por ser discriminadas. Visitamos las escuelas y hablamos con ellas para contribuir a que se armen de valor”. Un modo de impulsarlas a seguir adelante con su instrucción profesional.
De 2001 a 2007, Anliker-Mansour también estuvo involucrada en la promoción de la integración de extranjeros de la capital. “También fue una contribución mía como ciudadana, pues tienes derechos y responsabilidades, y no puedo esperar exigir mis derechos cuando no estoy dispuesta a dar también algo a cambio”.
Presencia política
Con su desempeño comunitario llamó la atención de la otrora parlamentaria local, Barbara Gurtner, quien le sugirió candidatearse para obtener un curul en el Parlamento de Berna. En 2007, la inmigrante se convirtió en uno de los 80 miembros del Legislativo local , como militante de uno de los cuatro partidos ecológicos allí presentes.
La diputada describe a la Alianza Verde -Grünes Bündnis-su partido, como“más de izquierda, que de centro”.
“Buscamos igualdad de derechos para los extranjeros, sin discriminación ni racismo”, subraya. Un buen número de sus colegas de partido electos conoce la inmigración en sus historias personales.
La suiza de adopción lamenta que iniciativas locales para otorgar el derecho de voto de los extranjeros no hayan aún sido aceptadas por el electorado bernés. “No nos damos por vencidos”.
Y aunque en la mayoría de las comunas helvéticas los extranjeros no tienen derecho a voto ni a ser votados, Cristina invita a todos aquellos que no tienen la nacionalidad suiza a ser partícipes activos de lo que ocurre en su entorno.
“Yo les diría que se involucren en su comuna, no importa cómo, en una organización, en la escuela… participen donde les sea posible. Infórmense de los temas políticos y no dejen que otros decidan por ustedes”.
Traducción del inglés: Patricia Islas, swissinfo.ch