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El padre de Ricardo le había prometido llevarlo al jardín zoológico. Cuando llegó el día señalado, su madre lo bañó bien y le puso la mejor ropa que tenía, la de pasear. Mientras esperaba a su papá, Ricardo se entretuvo jugando en el jardín. Claro, como te podrás imaginar, al rato estaba bastante sucio. Cuando su papá llegó y lo vio, le pidió que se bañara de nuevo y cambiara su ropa. Pero Ricardo no era del parecer que tenía necesidad de volver a lavarse, tanto más que eso no le gustaba. Además, estaba muy contento con su ropa de pasear y no quería cambiarla por otra.
Su papá no discutió con él; sencillamente lo alzó en brazos y lo llevó frente a un espejo. Cuando Ricardo se vio no supo qué decir; el espejo le mostraba su suciedad. Sin embargo, no la remediaba. Era necesaria otra cosa que lo limpiara.
La Palabra de Dios, la Biblia, también nos muestra, como ese espejo, nuestra suciedad, o sea las cosas malas que hacemos; pero la Biblia hace más que el espejo. Nos enseña cómo lavarnos para quedar más blancos que la nieve. Ella dice que debemos creer que Jesús murió en la cruz para lavarnos de nuestros pecados con su sangre.
Jesús… Aquel que nos ama, y nos ha lavado de nuestros pecados en su misma sangre
(Apocalipsis 1:5, V. M.).