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Dos niñas jugaban con una pelota de plástico. Pero el viento no las dejaba divertirse a gusto porque les desviaba el balón. Entonces Nelly, enojada, dijo:
–Si Dios no enviara el viento podríamos jugar tranquilas.
–No, Nelly– le hizo ver su hermana Susy. Dios envía el viento para que seque la ropa que mamá lavó y que tanto necesitamos.
Ese día la mamá había lavado un montón de ropa, la que estaba casi seca gracias al viento. Por eso Susy había pensado que el viento era útil.
A veces Dios permite que te pasen cosas que te molestan: perdiste algo que querías mucho; te mudaste de barrio y ya no ves a quienes eran tus amigos; estuviste muy enfermo. Todo eso se parece al viento de nuestra historia. Pero ¿pensaste que Dios permitió que te ocurriera todo eso porque te ama y quiere algo mejor para ti? Tal vez lo que perdiste podría haberte causado algún daño; los amigos que tenías quizá no te convenían; cuando te curaste de tu grave enfermedad a lo mejor te diste cuenta de que el Señor Jesús siempre te cuida.
Ten confianza en él, aunque te parezca que el viento sopla en contra tuya.
Dad gracias a Dios en todo
(1 Tesalonicenses 5:18).