Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05274.jsonl.gz/15

Suiza pasa por un proceso de expiación de los históricos errores cometidos contra los niños bajo tutelaje. Con frecuencia, los autores son reducidos a simples estereotipos: autoridades crueles y explosivos padres adoptivos, y poco se menciona un factor fundamental: la pobreza.
No hay duda de que en un sistema social con una gran demanda y sin fondos suficientes hasta la década de los años 70, los niños estuvieron entre los ciudadanos más vulnerables. Se prestó poca atención a sus necesidades emocionales o de desarrollo y no existió un mecanismo adecuado para protegerlos de la negligencia y el abuso.
Sin embargo, con todo lo viciado que el sistema pudo haber sido, no todos actuaron con indiferencia respecto al bienestar de los menores, un concepto que surgió luego de manera muy diferente. También hubo problemas sociales y prejuicios, en particular contra la ilegitimidad y la pobreza, que se extendieron a la sociedad en su conjunto.
¿Cuáles eran la realidad económica y el clima moral a mediados del siglo XX, en Suiza, que sirvieron de caldo de cultivo para un enfoque tan severo respecto al cuidado de los niños?
La mayoría de los adultos influyentes de la época -padres, maestros, abogados, funcionarios, miembros de órdenes religiosas- han muerto. Las investigaciones sobre el tema, la mayoría de las cuales fueron emprendidas hace apenas unos 10 años, carecen de sus testimonios, y se basan únicamente en las palabras de las víctimas y en evidencias documentales.
La historiadora Loretta Seglias ha investigado la manera en que las comunas intervinieron para ayudar a las familias pobres y/o monoparentales, con o sin su consentimiento. Señala que a mediados del siglo pasado, “una gran proporción de la población suiza vivía aún en la pobreza existencial”.
El apoyo a las familias fue un enorme reto financiero y organizativo. En lugar de hacer pagos para la asistencia social, la respuesta estándar era retirar a uno o más hijos de la casa familiar para ubicarlos en una institución o con una familia de agricultores.
“La sociedad suiza estaba convencida de que esos niños tenían que aprender a trabajar. Así que por razones educativas, eran colocados donde podrían aprender a trabajar, para que ya como adultos fueran capaces de mantenerse a sí mismos y no tuvieran que recurrir a la ayuda de la comunidad”.
Un duro comienzo
Roland Begert es un profesor retirado de Economía que vive en la tranquila calle de un barrio residencial de Berna. Elegantemente vestido y bien educado, no muestra ninguna señal exterior de la lucha que tuvo que superar. En 1937, siendo un bebé, fue entregado por su madre para que otros se ocuparan de él. La misión de su vida ha sido tratar de entender lo que salió mal en su infancia.
Su padre era un vagabundo alcohólico que abandonó a Begert antes de que él naciera. La madre, una joven gitana de origen Jenish, grupo étnico considerado como un problema social por las autoridades. Separada ella misma de su progenitora cuando era niña, la mujer había crecido en una institución y como sirvienta en una granja, por lo que carecía de recursos para atender a sus hijos.
Así pues, tres semanas después de su nacimiento Roland, y su hermano de dos años, fueron entregados por su madre para que fueron cuidados por otros.
“Ella no tenía absolutamente ninguna opción. En primer lugar, no tenía dinero y tampoco contaba con preparación. Más tarde advertí también que mi madre tenía un carácter muy débil, era muy pasiva, con lo que no nos habría procurado una crianza feliz”.
Begert fue enviado a un hogar de niños católicos en el cantón de Solothurn, donde pasó los primeros 12 años de su vida, sin costo para el Estado. Fue uno de 280 niños al cuidado de cerca de 25 monjas, sin retribución ni tiempo libre. La casa, como muchas otras de su tipo, era financiada con donativos y tenía un presupuesto ajustado.
La propiedad de Solothurn todavía es usada como hogar para niños. En la actualidad, 80 menores viven allí bajo el cuidado de 170 personas.
El abuso sexual
Con tantos niños, y una disciplina rigurosa, no hubo calidez ni afecto que Begert pueda recordar. Sufrió abusos sexuales por parte de internos de más edad, lo que consideró una parte normal del crecimiento.
“Algunos chicos mayores que volvían a la institución entre sus diferentes hogares de adopción nos introducían en el mundo de la sexualidad y no de una manera agradable o placentera. Y las hermanas, hasta cierto punto, eran conscientes de la situación, pero no tenían idea de cómo lidiar con ella”.
A los 12 años, sin ninguna advertencia o preparación, Begert fue enviado a vivir con una familia de agricultores. Describe la relación con su familia de acogida como neutral.
“No hubo afecto, pero hubo respeto. Yo los respetaba, no por miedo, sino porque advertí rápidamente que eran gente trabajadora que también tenía que luchar para sobrevivir. Esa familia de agricultores obtenía 30 francos al mes por mí, y al mismo tiempo tuvo mano de obra barata. Así era entonces”.
Los niños menores de 14 años tenían prohibido trabajar en las fábricas desde 1877, pero en general era aceptado que los niños campesinos trabajaran y trabajaban duro. “Esta fue una realidad para muchos niños en Suiza”, dice Seglias.
Colocaciones no oficiales
Los niños colocados por las autoridades no fueron los únicos que dejaron su casa. Paralelamente a las asignaciones oficiales, las familias de la lista de asistencia social de todas partes de Suiza hicieron sus propios arreglos para salir adelante. En 1952, Christine, de 10 años, vivió durante dos con un vecino, cuya esposa estaba enferma, en un pequeño poblado de Friburgo.
“El hombre vino con mis padres y les preguntó si tendrían una chica que pudiera ayudar a su esposa, acompañarla porque tenía problemas psiquiátricos y a veces estaba ausente durante dos o tres días”, recuerda en su pequeño apartamento, en el mismo pueblo, más de 60 años después.
“Mi hermana mayor tenía entonces 15 años y ya se había ido de casa para trabajar, por lo que me enviaron a mí”.
Cuando las autoridades ubicaban a los niños en otros lugares, desaconsejaban el contacto con los padres. A menudo, era prácticamente imposible para ellos visitar a sus hijos y controlar su bienestar.
“Esos niños eran situados con gente a la que por lo general no conocían, y en la década de 1950, la supervisión no era tan buena como la ley quería”, explica Seglias.
“Eso significaba la posibilidad de recargar a los niños con trabajo peligroso o más duro de lo que podían soportar, o que sufrieran abusos físicos, sexuales o psicológicos. Todo ello era posible porque nadie realmente cuidaba de ellos”, agrega.
Estigma
Había diferentes nombres para los niños que trabajan en las granjas, en alemán, el más conocido es ‘Verdingkind’ que los medios de prensa en inglés traducen frecuentemente como “hijo de esclavos”. La historiadora Gianna Virginia Weber, que escribió un artículo sobre la definición de ‘Verdingkind’ favorece la traducción en inglés ‘indentured child servan’, servitud y esclavitud infantil.
A finales de la Segunda Guerra Mundial, la ley había cambiado al definir a los niños colocados en hogares ajenos como niños adoptivos. Las familias de acogida recibían un pago para su mantenimiento. Legalmente y en el papel, no había un tal ‘Verdingkind’. En realidad, se necesitaron décadas para poner fin a la explotación y la estigmatización.
“Eso obedeció a la manera en que la sociedad miraba a esos niños”. Por lo general tenían el estigma de ser pobres, de haber nacido fuera del matrimonio, de que sus padres no podían atenderlos porque eran alcohólicos o tenían problemas psiquiátricos. Esos estigmas de los padres fueron trasladados a los niños”, anota Seglias.
Begert pasó cuatro años con una familia de agricultores durante los cuales asumió una enorme carga de trabajo fuera del horario escolar. En la comunidad se referían a él como un ‘Verdingkind’ y es lo que pensaba él de sí mismo. Le resultaba normal que lo llamaran “perezoso” y “bueno para nada”.
“Yo no me sentía en absoluto parte de la sociedad. Nadie me abrió camino a la sociedad. El camino estaba cortado”, comenta Begert.
A pesar de que era un buen estudiante, y del deseo de su maestro de enviarlo a la escuela secundaria, no había esperanza de que tuviera una educación superior. El inspector local encargado de las personas en situación de pobreza descartó la posibilidad. Begert fue inscrito en un aprendizaje para fundidor a los 16 años. Recuerda que fueron tiempos infernales, de trabajo muy duro, hasta los 22 años cuando con sus ganancias pudo pagar la pensión, según lo dispuesto por su tutor.
Tras una crisis de salud, Begert logró hacerse de los recursos necesarios para romper con una vida de servidumbre. Cambió de trabajo, comenzó la escuela nocturna y dio un vuelco a su vida. Con el tiempo se convirtió en profesor de Economía y en 2008 publicó sus memorias, ‘Lange Jahre fremd’ (Muchos años un extraño).
Tomó mucho tiempo lograr que el Gobierno aceptara el principio de que los sobrevivientes del abuso histórico y la negligencia del sistema de atención debían recibir una indemnización del Estado. Los votantes pueden expresar su opinión sobre la magnitud de la compensación si la futura legislación sobre el tema no satisface a los promotores de la reparación. (Ver video)
Begert precisa que no la solicitará, ya que para él no cambiaría nada. Sin embargo, reconoce que el dinero será útil e importante para muchas víctimas, incluido su hermano. Lo que le importa es la conciencia pública y la garantía de que la protección infantil nunca será nuevamente soslayada.
Traducido del inglés por Marcela Águila Rubín , swissinfo.ch