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La casa, toda cubierta de oro, habla de la justicia divina, perfecta y pura. Por eso, el adorador no podía acercarse a ella sin haber pasado antes por el altar de bronce de los sacrificios. Este altar es cuadrado y sus dimensiones, veinte codos de longitud y veinte de anchura, son idénticas a las del “oráculo”. Dicho de otro modo, las glorias de ese lugar santísimo corresponden a la grandeza y a la perfección del sacrificio representado por el altar.
Luego se menciona el “mar”, cuyos doce bueyes recuerdan el trabajo paciente y perseverante de Cristo según Efesios 5:26, así como la firmeza que hay que desplegar en todas las direcciones para resistir a influencias exteriores y preservar la pureza. Solo después se enumeran las fuentes, las mesas, el altar de oro y los diversos accesorios de los sacerdotes, como para recordarnos que solo podemos gozar de las verdades representadas por estos objetos después de habernos purificado moralmente en el “mar de bronce” (Salmo 26:6; 2 Corintios 7:1).
Con excepción de la copa y del pan de la Cena, el adorador del Nuevo Testamento ya no tiene ante él objetos visibles, ni sacramentos, ni ceremonias. Es invitado con toda simplicidad a participar de la cena del Señor. Rinde su culto en espíritu y en verdad (Juan 4:24).
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"