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El contenido de este capítulo tiene suma importancia para el hombre espiritual. Se refiere a dos grandes hechos, a saber: la construcción de Babel y el llamamiento de Abraham; o, en otras palabras, el esfuerzo del hombre para bastarse a sí mismo y la revelación –hecha a la fe– de lo que Dios tiene en reserva para la misma; o el intento del hombre de establecerse en la tierra, y el llamamiento que Dios dirige a un hombre para hacerle salir de ella, haciéndole hallar su parte y su morada en el cielo. “Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí… Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (v.1-4). El corazón humano procura siempre hacerse un nombre, una porción y un centro en la tierra. Sus aspiraciones no se dirigen hacia el cielo, hacia el Dios del cielo, hacia la gloria del cielo, sino siempre hacia algún objeto de aquí abajo. Librado a sí mismo, el hombre «edifica siempre más abajo que el cielo»; se requiere el llamamiento de Dios, la revelación de Dios y la potencia de Dios para elevarle el corazón por encima del mundo presente, porque el hombre es una criatura servil, ajena al cielo y aliada a la tierra.
En la escena que tenemos a la vista ni se conoce a Dios ni se le busca; el corazón del hombre no se preocupa de preparar puesto alguno donde Dios pueda hacerse morada, ni de juntar material para construirle una habitación. Lejos de ello; ni siquiera se menciona el nombre de Dios. El hombre de la llanura de Sinar tenía en perspectiva y procuraba adquirirse una reputación, y desde entonces ha hecho siempre lo mismo. Ya sea en la llanura de Sinar, ya sea en las orillas del Tíber1 , le vemos siempre exaltarse a sí mismo, excluyendo a Dios de todas partes y de todas las cosas; y entre sus propósitos, sus principios y sus caminos hay un acuerdo penoso. Él siempre procura excluir a Dios y ensalzarse a sí mismo.
De modo que, bajo cualquier punto de vista que consideremos esta confederación babilónica, es muy instructivo ver desplegarse en ella el genio precoz y las facultades de la mente humana, independientemente de Dios. Al seguir el curso de la historia del mundo, encontramos entre los hombres, en todas partes, una muy marcada tendencia a formar asociaciones y confederaciones. Especialmente por este camino procura llevar a cabo sus designios. Trátese de filantropía, de religión o de política, nada se alcanza sin una asociación de hombres organizada en toda la regla. Es bueno tener presente este principio y verle en sus primeros comienzos, como así también la primera aplicación de la llanura de Sinar. La Escritura nos enseña de una vez tanto el plan, el objeto, el mismo intento, como la destrucción de esta asociación. Si en la actualidad miramos a nuestro alrededor ¿no vemos también en todas partes asociaciones, y tantas que sería inútil procurar enumerarlas? Son tan numerosas como los proyectos del corazón humano. Pero es importante notar que la primera de todas fue la de Sinar, organizada con el objeto –que nuestro siglo esclarecido y civilizado no negará– de promover los intereses de la humanidad y ensalzar el nombre del hombre. Pero la fe descubre una gran falta en todas esas asociaciones, pues excluyen a Dios. Luego, emprender la elevación del hombre sin Dios tiende a elevarle a una altura vertiginosa, donde resbalará su pie, haciéndole caer en una confusión desesperada y en una ruina sin remedio. El cristiano no debería conocer otra asociación que la de la Iglesia del Dios viviente, constituida en un cuerpo por el Espíritu Santo que ha descendido del cielo cual testigo de la glorificación de Cristo, para bautizar en un solo cuerpo a todos los creyentes, y hacer de ellos la morada de Dios. Babilonia es en todo sentido lo contrario de lo que es la Iglesia. Y finalmente llega Babilonia a ser “habitación de demonios”, según nos lo asegura el capítulo 18 del Apocalipsis.
- 1N. del E.: El Tíber, río italiano que cruza Roma y desagua en el Mediterráneo.
“Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad” (v. 6-8). Tal fue la suerte de la primera asociación de los hombres, y así será hasta el fin. “Reuníos, pueblos, y seréis quebrantados… disponeos, y seréis quebrantados” (Isaías 8:9).
Pero ¡cuán diferente resulta todo cuando Dios asocia a los hombres entre sí! En los Hechos, capítulo 2, vemos al Bendito descender en su gracia infinita hasta el hombre, aun en medio de las circunstancias en las cuales el pecado ha colocado a este. El Espíritu Santo reviste a los mensajeros de la gracia de poder para anunciar la buena nueva en los distintos idiomas de aquellos que les escuchan, pues Dios deseaba llegar al corazón del hombre mediante el glorioso mensaje de la gracia. No fue proclamada así la ley en el Sinaí que ardía en fuego. Al declarar Dios lo que debía ser el hombre, se expresó en un solo idioma; pero, al revelar lo que es él mismo, se expresa en diversos idiomas. La gracia irrumpe a través de las barreras levantadas a causa del orgullo y de la locura del hombre, para que todo hombre pueda oír y entender la buena nueva de salvación,
Las maravillas de Dios
(Hechos 2:11).
¿Por qué ocurre esto? Con el objeto de asociar a los hombres, conforme a los principios de Dios, alrededor de sí mismo cual centro; con el objeto de darles en realidad una misma lengua, un mismo centro, un mismo propósito, una misma esperanza, una misma vida; con el objeto de juntarlos de tal manera que nunca jamás fuesen dispersos y confundidos; con el objeto de darles un nombre y una habitación eternamente perdurables; de elevarlos a una ciudad y una torre cuya cúspide no solo llegara hasta el cielo sino que tuviera fundamento imperecedero, colocado en el cielo por la poderosa mano de Dios mismo, con el objeto de juntarlos alrededor de la gloriosa persona del Cristo resucitado y glorificado, para que todos en conjunto le ensalzaran y le adoraran.
Si el lector quiere tener la bondad de leer el versículo 9 del capítulo 7 del Apocalipsis, verá una gran multitud de toda nación, de toda tribu, de todo pueblo y de toda lengua, en pie delante del Cordero y todos dándole gloria a una voz. Entre los tres pasajes de la Escritura que acabamos de considerar, hay una relación instructiva e interesante. En el capítulo 11 del Génesis la diversidad de lenguas es la expresión del juicio de Dios, en el capítulo 2 de los Hechos las lenguas son la dádiva de su gracia, y en el capítulo 7 del Apocalipsis todas estas lenguas están reunidas alrededor del Cordero rindiéndole tributo de gloria. La asociación de Dios culmina en gloria; la del hombre en confusión. La primera es introducida por el Espíritu Santo, y tiene por objeto el ensalzamiento de Cristo; la segunda es instituida por la profana energía del hombre caído, y tiene por objeto el ensalzamiento del hombre.
Finalmente, yo diría que todos los que sinceramente desean conocer el verdadero carácter, objeto y resultado de las asociaciones humanas deben leer los primeros versículos del Génesis 11; y, por otra parte, todo el que desea conocer la excelencia, la belleza, el poder y carácter perdurable de la asociación divina, debe mirar a esa santa, viva y celestial corporación que en el Nuevo Testamento es llamada la Iglesia del Dios vivo, el cuerpo de Cristo, la esposa del Cordero.
Quiera Dios hacernos considerar y comprender todas estas cosas con fe poderosa, pues solo así nuestras almas podrán sacar provecho de ellas. Las doctrinas más interesantes, como asimismo el conocimiento más profundo de las Escrituras, pueden dejar el corazón frío y estéril; es necesario buscar y hallar a Cristo en la Escritura y, habiéndole hallado, es preciso que nos alimentemos de él mediante la fe, para que recibamos la renovación, la unción y la potencia de vida que tanta falta nos hace en estos días de frío formalismo. ¿Qué provecho puede depararnos una ortodoxia fría, desprovista de la experiencia que nos haga poseer a un Cristo vivo, conocido en toda su potencia y toda la excelencia de su persona? La doctrina sana tiene, sin contradicción, importancia inmensa, y todo fiel siervo del Señor se sentirá imperiosamente llamado a retener “la forma de las sanas palabras”, tal como Pablo lo recomienda a Timoteo (2 Timoteo 1:13). Pero, después de todo, es en el Cristo vivo en quien está el alma y la vida, la esencia y sustancia de la sana doctrina. Quiera Dios que, por el poder del Espíritu Santo, veamos más hermosura y excelente gloria en Cristo, para que seamos completamente librados del espíritu y de los principios de Babel.