Document ID: /fineweb-2-swissfilter-quality_10-filterrobots/filtered/05501.jsonl.gz/27

“Anciano” es una palabra que se conoce desde los tiempos de los patriarcas de Israel (Éxodo 3:16). La familia era el modelo para el gobierno, y en este círculo el padre, como anciano, tenía la autoridad. Con el tiempo, este ejemplo fue aplicado a la nación. Así las cabezas de las casas llegaron a ser los jefes del pueblo judío. La palabra “anciano” se usa frecuentemente con este sentido en los evangelios y en el libro de los Hechos (Mateo 26:3, 47; Hechos 4:5, 8). En Hechos 11:30 se encuentra la primera aplicación de este término a los conductores en la Iglesia de Dios. Después es usada de esa forma con bastante frecuencia.
La palabra “anciano” fue, como hemos visto, el título común usado para los conductores o gobernantes entre los judíos. Significa simplemente una persona de edad y con este sentido se usa –independientemente de la idea de oficio– en 1 Timoteo 5:1, 19; 1 Pedro 5:1; 2 Juan 1; 3 Juan 1. Los hombres de edad naturalmente tenían, por su experiencia, las aptitudes para la superintendencia (o sea para la acción de administrar). Por esta razón, de entre ellos los apóstoles nombraron obispos o supervisores (estas palabras tienen el mismo significado). La palabra “anciano” designa, pues, la persona, y “obispo” o “supervisor” se refiere a la obra u oficio para el cual el anciano ha sido llamado. 1 Timoteo 3:1 habla del “oficio de obispo” (V. M.) y Tito 1:5-7 muestra que los ancianos y los obispos (es decir, los supervisores) eran las mismas personas.
Los supervisores (obispos) y los diáconos ejercían su oficio en la iglesia local. Hay que distinguirlos de aquellos que tenían dones especiales como el de predicar o el de enseñar. Los ancianos y diáconos podían tener o no tales dones, pero eso era del todo independiente de su oficio particular.
Podían ser muchos (y lo eran) los ancianos y los diáconos en cualquier iglesia. Sin embargo, quedaba la más absoluta libertad para que cada uno ejerciera su don cuando toda la iglesia se reunía en un lugar. El oficio del anciano no era el de presidir (dirigir) las reuniones, sino el de supervisar y apacentar la grey de Dios (Hechos 20:28).
En Hechos 14:21-23 tenemos el primero de los dos casos bíblicos en los que se escoge a ancianos. Esto tuvo lugar en las asambleas de gentiles1 , las cuales fueron formadas por el trabajo misionero de Pablo y Bernabé. Después de predicar el Evangelio en varios lugares, ellos volvieron adonde habían trabajado antes: Listra, Iconio y Antioquía. Allí confirmaron las almas de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe y “constituyeron ancianos en cada Iglesia”. No se ordenaron ancianos en una iglesia recién formada. Era necesario dar suficiente tiempo para que se desarrollaran las capacidades espirituales y morales, y se manifestaran quienes tenían la sabiduría y la competencia para pastorear y gobernar a la Iglesia de Dios. Los requisitos que debían llenar los ancianos se presentan en 1 Timoteo 3 y en Tito 1:6-9.
Pero nótese quiénes ordenaron y nombraron a los ancianos en estas iglesias. Esto no lo hicieron las iglesias mismas, escogiendo y nombrando a sus ancianos como se hace hoy en día. Fueron el apóstol Pablo y Bernabé quienes los establecieron. Fueron escogidos por autoridad apostólica.
Solamente en un lugar más (Tito 1:5) leemos acerca del establecimiento de ancianos. Fue Tito el encargado de establecer ancianos en las asambleas de Creta, tal como Pablo se lo había ordenado. Es probable que Timoteo también haya establecido ancianos como delegado apostólico, puesto que a él le fueron dadas instrucciones en cuanto a los requisitos que deben reunir tales personas. Sin embargo, no hay evidencia de que lo haya hecho.
- 1N. del Ed.: Personas que no forman parte del pueblo judío.
Comprobamos, pues, que en toda la Biblia nadie, fuera de un apóstol o de un delegado apostólico, fue autorizado a nombrar ancianos. Además, no encontramos ni una palabra que justifique la continuación de esta autoridad apostólica para nombrar ancianos después de que los apóstoles dejaron la tierra. A Tito y a Timoteo no se les dio instrucción alguna para ello. No vemos que Tito haya tenido que continuar nombrando ancianos después de la muerte del apóstol. Tampoco recibió la autorización para nombrar personas según su propio juicio. El apóstol Pablo limitó la esfera de esta comisión específica a la isla de Creta solamente. Tito fue comisionado para establecer ancianos en Creta y pudo mostrar una carta inspirada que contenía instrucciones dirigidas a él personalmente. ¿Quién hoy en día podría presentar tales cartas credenciales?
Además, no encontramos en ninguna parte de las Escrituras una congregación escogiendo y nombrando a sus ancianos. Por eso, en vista de los hechos que acabamos de examinar, afirmamos que no hay ahora ningún hombre ni grupo de hombres en esta tierra que tengan autoridad para ordenar ancianos. Nunca fue entregado tal poder o autoridad a la Iglesia.
¿Qué, pues, hemos de hacer? ¿No han de existir ancianos o supervisores en la Iglesia de Dios hoy en día? Gracias a Dios los hay, pero no son ni pueden ser oficialmente nombrados como tales. La razón es que no hay poder o autoridad apostólica para establecerlos.
Hechos 20:28 nos ayudará a discernir la senda de Dios para nosotros a ese respecto. El apóstol Pablo, al dirigirse a los ancianos de Éfeso les dijo:
Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos (supervisores) para apacentar la Iglesia del Señor.
Solo Dios el Espíritu Santo puede suscitar y nombrar supervisores para su rebaño, y lo hace todavía hoy en día. Creemos que, cuando Pablo o Tito establecieron ancianos, lo hicieron obrando por el poder y la autoridad directos del Espíritu Santo. Por lo tanto, su nombramiento debía ser estimado por la Iglesia como hecho por Dios.
En ausencia de tal poder apostólico o autoridad delegada, todavía podemos contar con el Espíritu Santo para capacitar a hombres competentes y hábiles, dotándoles de energía para cuidar de su rebaño y para apacentar a sus corderos y ovejas. El Espíritu Santo era quien obraba en aquel entonces, y debe ser el Espíritu Santo el que obre ahora. Si Dios se provee de uno o varios ancianos en una asamblea, los cuales desempeñan la función de pastorear, ciertamente nos será de gran beneficio reconocerlos y estimarlos a causa de su obra. Esta función de pastorear, tan digna de nuestro aprecio, abarca las siguientes tareas: buscar a los extraviados, amonestar a los desordenados, consolar a los abatidos, aconsejar, prevenir y guiar a las almas. Hemos de amarlos y estimarlos como quienes están por encima de nosotros en el Señor (1 Timoteo 5:17). Ellos están haciendo la necesaria obra de supervisión y han de ser reconocidos y estimados por ello, aunque no pueden ser nombrados oficialmente, porque no hay nadie que esté autorizado para hacerlo.
Ciertamente nos conviene ahora decir que no pretendemos ejercer la función de establecer ancianos, porque no somos apóstoles. Sin embargo, reconocemos con agrado a aquellos hombres que poseen las cualidades para este oficio local y que hacen la obra de supervisión. Todo esto puede parecer muy extraño a algunos de nuestros lectores acostumbrados a ver cómo las iglesias nombran a los ancianos. A ellos les pedimos que escudriñen las Escrituras para ver si estas cosas son así o no.
Si escudriñamos la Biblia, nos damos cuenta de que las condiciones de aquel entonces eran esencialmente parecidas a las imperfectas condiciones de hoy. Por lo tanto, la descripción de aquellos tiempos es para nosotros de ayuda y provecho. El Señor, merced a su sabiduría, dejó escritas tales faltas de la Iglesia primitiva. Por eso el apóstol fue inspirado para escribir epístolas a las iglesias en las cuales no había ancianos ordenados, como, por ejemplo, las epístolas a los tesalonicenses y a los corintios. Esta última era, incontestablemente, una iglesia desordenada. Podría suponerse que la presencia de ancianos allí habría sido útil. Pero no hay mención ni alusión a ancianos en las epístolas escritas a los corintios.
La asamblea en Corinto abundaba en dones, pero no vemos ningún anciano entre ellos. No obstante, la familia de Estéfanas se había dedicado a servir a los santos; el apóstol, pues, ruega a los hermanos que se sujeten a “personas como ellos y a todos los que ayudan y trabajan” (1 Corintios 16:15-16).
Asimismo, en 1 Tesalonicenses 5:12-13, tenemos una instrucción importante dada a los santos que formaban una iglesia joven. Se les dijo que reconocieran a los que trabajaban entre ellos. (Nótese que estos obreros no fueron ordenados oficialmente.)
Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra.
La presencia de ancianos ordenados no es necesaria para tener y reconocer a aquellos que nos presiden en el Señor. Tiene mucha importancia para nosotros este pasaje de las Escrituras porque, como ellos, no tenemos ancianos revestidos de cargas oficiales.
Así Dios proveyó instrucciones para asambleas en las cuales no haya supervisión oficial. En esto se ve su sabiduría, la que, alcanzando todas las épocas, resuelve las dificultades en días como los nuestros, en los cuales desde los tiempos apostólicos no existe autoridad válida para ordenar ancianos. Vemos también, para nuestro estímulo, que en Corinto y en Tesalónica, donde no existían ancianos oficiales, obraban los que Dios había suscitado entre los santos. Estos mostraban habilidad para guiar y dirigir a otros; manifestaban también poder para enfrentarse con dificultades dentro de la Iglesia y para frustrar los ataques del enemigo. En la epístola enviada a los corintios el apóstol exhortó a sujetarse a tales personas, y en la dirigida a los tesalonicenses habló de ellos como los que “os presiden en el Señor”. Podemos contar aun hoy con esta provisión de parte del Señor, y es de gran beneficio para cada uno de los fieles de una asamblea estimar a esos hermanos y estar sujetos a ellos.
Como ya se ha mencionado, los requisitos que debían reunir los obispos (supervisores) se señalan en 1 Timoteo 3 y Tito 1:6-9. Son bastante claros y no requieren explicación aquí. Se exigen sólidas cualidades morales, así como capacidad espiritual para la obra.
Pero notemos, al concluir este tema, que el apóstol dice: “Si alguno anhela obispado (oficio de supervisor), buena obra desea” (1 Timoteo 3:1). La obra de supervisor en la asamblea es obra buena y muy necesaria. Debería ser anhelada por aquellos que están debidamente capacitados. A veces esta buena obra queda sin hacer en las asambleas; esto indica una falta de ejercicio y voluntad espirituales por parte de algunos a quienes el Espíritu Santo sin duda desearía usar. De manera que tal vez algunos necesiten ser exhortados, a fin de que deseen hacer esta obra tan buena y necesaria. Esto es lo que Pedro hace en su primera epístola, capítulo 5. Ruega a los ancianos que apacienten la grey de Dios voluntariamente, siendo ejemplos para los demás. El premio será una corona de gloria dada por el Príncipe de los pastores.
Aún nos falta considerar este ramo en cuanto al servicio en la asamblea. “Diácono” es una voz griega que siempre es traducida como “siervo” o “ministro”. La obra de un diácono es atender a las cosas temporales y materiales de la asamblea. El anciano, en cambio, se ocupa del cuidado espiritual de la iglesia.
La palabra diácono se encuentra solamente en Filipenses 1:1 y en 1 Timoteo 3:8-13. Este último pasaje presenta los requisitos para cumplir este servicio.
En Hechos 6:1-6 tenemos un ejemplo del servicio de diácono. Siete hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, fueron escogidos por la iglesia de Jerusalén y luego nombrados por los apóstoles. Su obra era cuidar de las viudas en la distribución diaria de provisiones. Aunque no sean llamados diáconos en este pasaje, es precisamente lo que eran: siervos de la iglesia para administrar las cosas materiales.
En este texto de Hechos 6:1-6, constatamos que la iglesia escoge a los diáconos y que los apóstoles hacen el nombramiento oficial. Si la iglesia da dinero y cosas materiales, es la voluntad de Dios que ella tenga el derecho de escoger a los que cree aptos para distribuir las ofrendas con buena conciencia y sabiduría. De igual modo hoy en día, una iglesia local puede escoger a los que quiera para cuidar de sus cosas materiales. Pero, en cuanto a un nombramiento formal e imposición de manos, no hay en la Biblia algo que indique la continuación de esta práctica. Esta cesó con la muerte de las personas autorizadas, los apóstoles.