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Pedro, un niño de ocho años de edad, había ido a visitar a su tío, un creyente que siempre daba gracias a Dios antes de comer y acostumbraba leer la Biblia y arrodillarse con su familia para orar antes de acostarse. Todo esto le causó gran impresión a Pedro, quien se preguntó por qué su padre no hacía lo mismo. Cuando volvió a casa, durante el desayuno dijo:
–Papá, el tío siempre ora antes de comer. Dice que quiere agradecer a Dios lo que recibe de él. Yo le dije que tú trabajas para darnos los alimentos y que mamá los prepara. ¿No es cierto, papá, que no es Dios quien nos da la comida?
El padre, dudando, le contestó: –Pienso también que Dios nos da lo que necesitamos.
Sorprendido, el niño dijo: –Papá, me alegro de que Dios no sea como tú; de otra manera no recibiríamos la comida y moriríamos de hambre.
–¿Por qué dices eso, Pedro?
–Ayer no le quisiste dar una manzana a mi hermanita porque ella no te decía «por favor». Si Dios fuera así, no recibiríamos nada, pues nunca se lo pedimos ni le damos gracias.
–Cállate –contestó el padre muy molesto.
El hombre se fue al trabajo, pero durante el día no pudo olvidar la conversación. Para sorpresa de toda la familia, esa noche, antes de la cena, dio gracias a Dios por los alimentos y le pidió que los bendijera. Pero sucedió algo más maravilloso todavía: pidió a Dios que le perdonara sus pecados. Después también le dio gracias por haber empleado a Pedro para mostrarle el buen camino.
Si el Señor Jesús –creador del cielo y de la tierra– dio gracias a Dios por el pan y los peces, ¡cuánto más debemos hacerlo nosotros!
¡Gracias a Dios por su don inefable!
(2 Corintios 9:15).