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La cena: Su institución
“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado”
(1 Corintios 11:23-26)
La hora es la más solemne de todas. Esta misma noche Jesús va a ser entregado. Por última vez reúne a sus discípulos; desea tomar con ellos una última comida e instituir otra que no será como las demás: pan y vino.
Son símbolos. No se trata simplemente de comer y de beber. “¿No tenéis casas en que comáis y bebáis?” (1 Corintios 11:22), escribirá Pablo más tarde a los corintios. El pan recuerda el cuerpo dado; el vino, la sangre vertida. Son figuras de la muerte que Él va a padecer en Jerusalén. Así lo relata el evangelio de Lucas: “Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera… tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (22:19-20). La sombra de la cruz se proyecta sobre esta escena en la que los discípulos que rodean al Señor toman de Su mano el pan y la copa. Jesús no participa de la cena: Él les recuerda que su cuerpo va a ser dado por ellos y su sangre vertida por ellos; el pan y el vino, pues, son también para ellos.
Cuando haya pasado la hora del sacrificio, los beneficiarios de la obra redentora deberán reunirse para partir el pan y beber la copa en memoria de Aquel que se ha dado por ellos en la cruz.
La cena y los primeros cristianos
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42).
Cuando el Señor Jesús instituyó la cena, la noche que fue entregado, deseó que se perpetuara bajo esta misma forma después de su muerte: “Haced esto en memoria de mí”. Por esto no nos sorprendemos al leer que los primeros cristianos perseveraban “en el partimiento del pan”, aún en sus casas, y que se reunían el primer día de la semana para partir el pan. Sin duda en esos momentos, hacían subir a Dios sus alabanzas y acciones de gracias por medio de cánticos y oraciones y leían en las Escrituras para escuchar la voz de Dios hablando de su Amado. Pero el blanco de su reunión era esencialmente el de tomar juntos la cena dominical (1 Corintios 11:20). Jesús mismo había prometido su presencia a los suyos reunidos en su nombre.
Seguramente era con mucho fervor y gran simplicidad que los primeros cristianos se reunían para tomar la cena. En Hechos 20, los vemos reunidos “en el aposento alto” (v. 8). Poco importaba el lugar; el motivo que los reunía llenaba sus corazones de un fervor que no necesitaban buscar apoyo en signos exteriores: Jesús había muerto por ellos; Él deseaba que los suyos se acordaran de Él al tomar esa cena en comunión fraternal, respondiendo a su deseo.
La cena: Hoy
“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que Él venga” (1 Corintios 11:26).
Cuando los creyentes quieren honrar a Dios por su fidelidad, el enemigo acrecienta su actividad para desviarlos de un modo u otro. Pronto la cena dominical no fue más tomada por los fieles con la santidad, la seriedad, el temor y el fervor que convenían. Por esta razón el apóstol Pablo dirige a los corintios severas advertencias que debemos meditar con provecho. Al tomar la cena, el creyente debe saber y sentir que anuncia la muerte de Cristo; el mundo puede olvidarlo, pero los redimidos proclaman que Jesús ha dado su cuerpo y vertido su sangre por ellos. Al participar de la cena, no sólo hablan de la muerte del Señor, sino que le anuncian del modo que Él quiso.
El apóstol emplea una expresión que queremos subrayar: “Hasta que Él venga”. Hasta entonces los creyentes que quieran permanecerle fieles celebrarán la cena. Se podría preguntar: ¿Existen aún creyentes que se reúnen para partir el pan y beber la copa, gozando de la presencia del Señor en medio de ellos? Ciertamente, y es para ellos un gran gozo poder tomar la cena en comunión fraternal, bajo su mirada, acordándose de Él como Él lo deseó. Nada puede elevar a un más alto nivel la alabanza y la adoración como ese bendito momento del partimiento del pan.