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El apóstol Pablo no escribió su primera carta a los corintios como un censor o juez severo. Él mismo había sido humillado y turbado por las noticias recibidas de esa iglesia, tanto más cuanto que le habían llegado en un momento en que pasaba por una aflicción extrema en aquella ciudad de Éfeso, en donde tenía muchos adversarios (v. 8; 1 Corintios 16:9).
Pero aun semejante cúmulo de sufrimientos puede ser un motivo de gratitud, pues trae una doble y preciosa consecuencia. Primeramente, hace perder al creyente toda confianza en sí mismo (v. 9). En segundo lugar, le hace profundizar en las simpatías del Señor para con los suyos. La abundancia de los sufrimientos reveló al apóstol la abundancia de la consolación (v. 5). Una consolación siempre es personal, pero, al que la experimenta le permite entrar a su vez en las penas de los demás y expresarles una verdadera simpatía. El hecho de haber pasado por las pruebas con el sostén del Señor capacita a un creyente para dirigirse a los afligidos y orientar sus miradas hacia “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (v. 3).
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"