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Al igual que la parábola de las dos grandes águilas (cap. 17), la de la leona y los leoncillos pone en escena a los últimos reyes de Judá y su trágica historia, tal como nos la cuenta el final de los libros de los Reyes y las Crónicas. Joacaz y Joacim, como hijos del fiel Josías confirmaban por completo lo que Jehová había declarado en el capítulo precedente. Esos malos príncipes sufrían el castigo correspondiente a sus propios pecados, y la justicia de su padre no tenía el poder de liberarlos (véase el cap. 18:5-13).
El profeta se refiere de nuevo al cautiverio del último rey de Judá y de la destrucción de la vid de Israel por medio del fuego. Quizás algunos se pregunten por qué esos acontecimientos ocupan semejante lugar en el Libro divino, mientras que prácticamente no tienen ninguno en los manuales de Historia. Pero a los ojos de Dios se trata de uno de los momentos cruciales de la Historia de la humanidad. La sede de Su gobierno abandonaba a Israel por largos siglos. Jerusalén dejaba de ser el lugar en que Jehová había puesto su morada en la tierra. Empezaba el tiempo de las naciones. Este todavía dura y solo llegará a su fin con el reinado de Cristo y la restauración de Israel.
Forma parte del comentario bíblico "Cada Día las Escrituras"