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En 1972, estaba previsto que la pequeña localidad de Asolo, un paraíso protegido desde el Renacimiento y ubicado a 60 km al noroeste de Venecia, quedase en manos de los promotores inmobiliarios debido a una decisión de las autoridades municipales.
En un primer momento, tenían previsto construir tres aparcamientos gigantes, de mil plazas cada uno, y un complejo hotelero de mil cien camas en las inmediaciones de la localidad. Se trataba de la clásica estrategia para atraer a visitantes a Asolo, empezando por desfigurar todo aquello que debía admirarse. Cuando la localidad solicitó su ayuda, Franz Weber alertó a la prensa europea y al gobierno italiano y obtuvo el éxito deseado. Roma intervino y la localidad de Asolo permaneció intacta.