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SINGAPUR – Cuando la ciudad de Detroit se declaró en quiebra la semana pasada, ésta fue la mayor de la historia de los Estados Unidos. La población de Detroit se había reducido de 1,8 millones en 1950, cuando era la quinta ciudad de los Estados Unidos en población, a menos de 700.000 en la actualidad. Su base industrial está destrozada.
Y, sin embargo, vivimos en un mundo en el que las ciudades nunca han estado mejor. Más de la mitad de la población mundial es urbana por primera vez en la Historia y a los centros urbanos corresponde el 80 por ciento, más o menos, del PIB mundial. Esas proporciones aumentarán aún más cuando los países con mercados en ascenso se urbanicen rápidamente. Así, pues, ¿qué puede aprender el mundo de la difícil situación de Detroit?
En época tan reciente como el decenio de 1990, muchos expertos afirmaban que la tecnología volvería irrelevantes las ciudades. Se creía que la red Internet y las comunicaciones portátiles, tecnologías entonces incipientes, dejarían de obligar a las personas a vivir en centros urbanos atestados y caros. En cambio, ciudades como Nueva York y Londres han experimentado grandes aumentos de población desde 1990, después de decenios de decadencia.
Un factor que ha ayudado a las ciudades es la naturaleza de la vida en el siglo XXI. Anteriormente, la vida en las ciudades desarrolladas se basaba en hábitos cotidianos: las personas iban al trabajo en oficinas y fábricas, volvían a su casa a cenar con su familia, miraban sus programas favoritos de televisión, se iban a dormir y, cuando se despertaban, repetían ese ciclo.
Semejantes ciclos regulares ya no son aplicables a la vida de la mayoría de las personas. Durante la jornada laboral, las personas mezclan y combinan muchas actividades: pueden trabajar en un escritorio, pero pueden también reunirse con un amigo para almorzar, ir a un gimnasio, hacer las tareas domésticas, hacer viajes profesionales, hacer compras en línea y demás.
De forma semejante, el tiempo en el hogar ya no está claramente delimitado y las personas trabajan en línea o participan en multiconferencias, mientras se ocupan de su vida familiar. Hemos descubierto que esa vida con múltiples tareas se hace mejor en las ciudades, que concentran una multiplicidad de servicios fundamentales –aeropuertos, tiendas, escuelas, parques e instalaciones deportivas–, además de servicios accesorios, como clubes, bares y restaurantes.
Otro factor es el de que la importancia de las ciudades ha aumentado al ser centros de innovación y creatividad. Hasta el siglo XIX, la mayor parte de la innovación corría a cargo de generalistas y aficionados, por lo que la acumulación de conocimientos nuevos era lenta, pero su difusión entre las diferentes esferas era rápida. En el siglo XX, la creación de conocimientos pasó a ser una tarea de especialistas, lo que la aceleró, pero retrasó su aplicación interdisciplinaria.
Pero estudios recientes han mostrado que esa fuente de innovación está desacelerándose rápidamente (la productividad de un investigador americano puede ser ahora inferior al 15 por ciento de uno similar en 1950). En cambio, la innovación se basa cada vez más en la mezcla y combinación de conocimientos de diferentes especializaciones. Ciertas ciudades son ideales para ello, porque concentran diversas clases de capital humano y fomentan las relaciones aleatorias entre personas con conocimientos y aptitudes distintas.
El problema de ese modelo urbano postindustrial es el de que favorece en gran medida a las ciudades generalistas que pueden agrupar diferentes clases de servicios, fundamentales y accesorios, y capital humano. De hecho, la dinámica del crecimiento puede ser tan intensa en el caso de algunas ciudades, que llegue a vaciar rivales más pequeñas (por ejemplo, Londres respecto de las ciudades del norte de Inglaterra).
Algunas ciudades especialistas pueden obtener también buenos resultados en este mundo, pero, como demuestra Detroit con su larga dependencia de la industria del automóvil, a las ciudades que dependen de una sola industria o de una ventaja geográfica temporal puede irles muy mal.
Todo ello tiene consecuencias importantes para las economías en ascenso. Al transformarse China en la “fábrica del mundo”, la proporción de su población urbana aumentó del 26,4 por ciento en 1990 al 53 por ciento, aproximadamente, en la actualidad. Las grandes ciudades cosmopolitas de Beijing y Shanghái han crecido espectacularmente, pero la mayor parte de la migración urbana se ha dirigido a unas ciudades industriales pequeñas y medianas cortadas por el mismo patrón y que se han multiplicado en el último decenio. Al agrupar las infraestructuras industriales y utilizar el sistema hukou de permisos de residencia específicos para una ciudad, las autoridades han podido controlar ese proceso sorprendentemente bien.
Sin embargo, ese proceso de crecimiento urbano está a punto de decaer. A medida que China cambie su modelo económico, al ir abandonando la inversión intensa en infraestructuras y la manufactura al por mayor, muchas de esas pequeñas ciudades industriales perderán su industria básica, cosa que se producirá en un momento en el que la distorsionada demografía del país hace que se reduzca la fuerza laboral y se aminore la corriente de migración de las zonas rurales a las ciudades (la población rural está ahora desproporcionadamente compuesta por las personas de edad avanzada).
Entretanto, los atractivos postindustriales de ciudades como Shanghái y Beijing atraerán a los hijos más talentudos y mejor instruidos de los trabajadores industriales actuales. A diferencia de los migrantes rurales que se inclinan por los empleos industriales, será mucho más difícil guiar a los profesionales creativos e instruidos mediante el sistema hukou. Así, pues, el auge en las ciudades victoriosas vaciará el capital humano de los centros industriales menos atractivos, que entonces caerán en un círculo vicioso de decadencia y productividad menguante.
Historias como la de Detroit se han producido varias veces en los países desarrollados durante el último medio siglo y, como indica la suerte de las ciudades del norte de México, las economías en ascenso no son inmunes a ese proceso.
Ésa es la razón por la que China debe prepararse para ese momento. En lugar de construir cada vez más ciudades industriales cortadas por el mismo patrón, China debe reparar y mejorar sus ciudades actuales. Cuando su población empieza a reducirse, puede valer la pena incluso cerrar las ciudades inviables y consolidar las demás. La suerte de Detroit debe servir de advertencia no sólo para China, sino también para la próxima generación de países en proceso de urbanización (por ejemplo, la India).
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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