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“Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Filipenses 3:7). ¡Qué cambio maravilloso! Saulo había tenido varias fuentes de ganancia. Había ganado fama, distinción y muchos honores alrededor de su nombre. Había aventajado “en el judaísmo... a muchos de sus contemporáneos” (Gálatas 1:14). Había logrado una justicia según la ley respecto de la cual nadie podía hacerle ningún reproche. Su celo, su sabiduría, su moralidad, eran del orden más elevado. Pero, a partir del momento en que Cristo le fue revelado, se produjo en él un cambio radical. Todo cambió. Su justicia, su erudición, su moral, todo aquello que, para Pablo, podía en algún sentido ser considerado ganancia, ahora pasó a ser basura. No se trata de pecados manifiestos, sino de aquellas cosas que él podía estimar con razón como ganancia. La revelación de la gloria de Cristo había cambiado tan sustancialmente la corriente de los pensamientos de Pablo que las mismas cosas que antes consideraba como una positiva ganancia, ahora las estimaba como una auténtica pérdida.
¿Por qué? Simplemente porque había encontrado en Cristo su todo. Esta bendita Persona suplantó todo en su corazón. Todo lo que pertenecía a Pablo fue remplazado por Cristo. Por eso, habría significado una verdadera pérdida poseer algún grado de justicia, de sabiduría, de santidad o de moralidad propia, ahora que había hallado todas estas cosas en divina perfección en Cristo. Si Cristo me fue hecho justicia de parte de Dios, ¿no sería una pérdida para mí tener una justicia propia? Seguramente que sí. Si obtuve lo que es divino ¿necesito lo que es humano? Ciertamente que no. Cuanto más plenamente me despoje y me vacíe de todas aquellas cosas en las que el «yo» es capaz de gloriarse o que pudiesen ser “para mí ganancia”, tanto mejor, ya que sólo de esa forma seré tanto más apto para gozar de la plenitud y la suficiencia de Cristo. Cualquier cosa que tienda a exaltar el «yo» —ya sea el sentimiento religioso, la moralidad, el honor, las riquezas, la gloria, la belleza personal, la inteligencia, o lo que se llama la filantropía—, constituye un positivo obstáculo para gozar de Cristo, primero como fundamento de la paz de la conciencia y, en segundo lugar, como objeto del corazón.
¡Quiera el Espíritu de Dios hacer que Cristo sea siempre más precioso para nuestros corazones!