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La multitud entraba lentamente en un local de una gran ciudad de Inglaterra. De repente aparecieron dos hombres y, como viesen que todas esas personas acudían a la predicación, se echaron a reír ruidosamente, entonando una canción mundana. La muchedumbre se indignó; pero, una dama que se hallaba presente con su hijito, envió a éste diciéndole: — Ve, invítalos a escuchar el mensaje.
El niño obedeció de inmediato. El mayor de los dos hombres le contestó con una blasfemia, pero el más joven experimentó cierto cambio. Miró seriamente al niño, diciéndole con honda emoción: — Cuando era niño como tú iba cada domingo con mi madre a escuchar la Palabra de Dios. El pensamiento de su madre se apoderó de este hombre, quien siguió al niño no obstante las objeciones de su compañero, sentándose luego junto al enviado y su madre.
El predicador dio un testimonio claro y vivo acerca de la persona del Señor Jesucristo, el Salvador de los pecadores. Al terminar, la dama preguntó a su invitado si poseía una Biblia, y él contestó negativamente. Entonces ella le entregó la de su hijo, rogándole que se la devolviera tan pronto como tuviese una. Asimismo lo exhortó a que leyera asiduamente este sagrado Libro, sin descuidar las reuniones de predicación.
Transcurrieron dos domingos sin que el joven reapareciera, pero a la tercera semana vino a sentarse, con el aire fatigado y enfermo, junto a sus nuevos amigos. Finalizada la reunión, puso silenciosamente la Biblia sobre el banco y, después de estrechar la mano de la señora con una mirada conmovida y agradecida, se alejó de prisa. La Biblia contenía una hoja de papel sobre la cual el joven había escrito que abandonaba la ciudad y que probablemente no volverían a verse. Agregaba que recordaría siempre a la que con su hijo le había mostrado el camino de la salvación, y se encomendaba a sus oraciones. Dentro de poco esperaba hallarse de nuevo en su país, al sur de Inglaterra.
Pasaron algunos años y casi no se recordaba este incidente. La piadosa madre había entrado en el reposo eterno y el niño era ya hombre. Trabajaba como médico a bordo de un crucero inglés y fue así cómo se encontró cierto otoño en la ciudad del Cabo adonde el barco viajaba desde hacía largo tiempo. Un domingo entró en un local para escuchar el mensaje de la Palabra. Llevaba consigo su Biblia, la misma que leía cuando niño. Al finalizar la reunión, un señor de edad madura, sentado a su lado, pidió permiso para mirar su Biblia. La gente salía, y los dos hombres quedaron finalmente solos. Las lágrimas inundaron las mejillas del de más edad. Era el extraño a quien el joven médico, siendo niño, había invitado a que asistiera a la predicación, y por quien su madre había orado tanto prestándole a la vez la Biblia de su hijito.
Narró su vida emocionado. Había sido educado por padres piadosos, pero las malas compañías lo habían arrastrado al camino ancho. En aquel tiempo se le extendió la invitación y esa Biblia prestada que le mostró su estado de perdición, pero también el camino que lleva a la vida, hallando en Cristo verdadera paz. Era ahora misionero y trabajaba como tal en África del Sur. Y prosiguió: — ¿Sabe usted lo que aconteció con mi compañero de entonces, el que no quiso aceptar su invitación? ¡Pocos meses después fue condenado a la guillotina por asesinato y robo!
“Dichosos vosotros los que sembráis junto a todas las aguas.”
(Isaías 32:20)
“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás.”
(Eclesiastés 11:1)