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El 30 de septiembre de 1527 un mensajero llevó al monasterio de Oetenbach una carta que cambiaría para siempre la vida de Anna Adlischwyler. El autor de la misiva era el párroco Heinrich Bullinger, compañero y amigo del famoso reformador Hulrich Zwingli.
“Tú eres la única que tengo en mi cabeza”, decía Bullinger a la joven monja en la carta. Quería vivir y compartirlo todo con ella, “tanto lo dulce como lo amargo”. “Eres joven”, le escribe, “y Dios no te ha dado un cuerpo para que vivas eternamente como una monja, sin dejarle dar sus frutos”. Y después de hacer una alabanza del matrimonio finalizaba diciendo: “Lee esta carta tres o cuatro veces, piénsalo y ruega a Dios que te manifieste su voluntad”.
Una carta así hubiera sido inconcebible unos años antes, pero en ese momento, después de la Reforma, nada era ya igual, ni siquiera en Zúrich. Los curas se casaban y las monjas, que habían consagrado su vida a Dios, daban ahora la espalda a vivir tras los muros de un convento. El propio Martin Lutero, famoso reformador alemán, se había casado con una monja 16 años más joven que él.
Amonestación a los predicadores “picarones”
Ya en el verano de 1522 Zwingli había afirmado durante un sermón en Zúrich que la vida monacal no tenía justificación en la Biblia. Sin embargo, muchas monjas no sabían hacer otra cosa, ya que sus familias las habían llevado al convento cuando eran aún niñas.
Cuando el gobierno municipal les impuso como pastor al reformador Leo Jud, algunas de ellas se rebelaron contra ese “crápula” enviado por el diablo. Una de ellas llegó incluso a amenazarle con “defecar en el evangelio, tal y como él predicaba”.
Estalló entonces una lucha encarnizada entre católicos y reformados por las almas de estas piadosas religiosas. Algunos monjes católicos no dudaron en intentar penetrar en el recinto del convento con ayuda de una escala para decir misa según el antiguo rito.
El gobierno municipal deja la elección en manos de las monjas
En verano de 1523 el Ejecutivo de la ciudad determinó dejar a las monjas la libertad de elegir: podían casarse o vivir en un hogar honrado, pero también podían permanecer en el convento. Dos años más tarde el convento de Oetenbach era oficialmente cerrado.
Unas 28 monjas decidieron volver al mundo laico. Se les permitió llevar consigo su mobiliario y ajuar y, además, la ciudad les reembolsó la dote entregada al convento. También se les devolvió el dinero invertido en el acondicionamiento de sus celdas.
Casi la mitad de ellas encontró rápidamente marido, e incluso una se casó con el capellán de la iglesia de Grossmünster, lo que provocó una gran irritación social. Muchos zuriqueses consideraron que eso no se debía hacer y que, sencillamente, era pecado. Circularon entonces poemas ofensivos, aunque nunca se identificó a los autores.
Otras 14 monjas decidieron quedarse en el edificio. No obstante, tenían que vestirse civilmente, asistir a los sermones de los reformadores y trabajar como era propio “de las mujeres honorables”. Entre ellas estaba Anna Adlischwyler, que tenía ahora que decidir si aceptaba la petición de matrimonio de Heinrich Bullinger.
La madre de Anna se opuso
El 29 de octubre de 1527 Anna y Heinrich intercambiaron sus promesas en la iglesia de Grossmünster. Feliz, el futuro esposo volvió a su trabajo en la abadía de Kappel sin sospechar que la madre de Anna no estaba de acuerdo. Si su hija tenía que casarse, la adinerada viuda le buscaría un partido mejor que el hijo natural de un cura. Anna es una hija obediente y, por tanto, pide a su novio que la libere de su promesa.
Fuera de sí, Heinrich implora a Anna que le despose, suplicándole, también mediante una carta, que no le deje en ridículo. Seguidamente envía a su amigo Zwingli para intentar convencerla. En vano.
No sin razón Bullinger temía que la madre prometiera su hija a algún otro. Por ese motivo, apela al tribunal matrimonial de Zúrich. Anna tuvo que reconocer que le había prometido matrimonio, pero añadió que también le había dicho que jamás actuaría contra la voluntad de su madre.
Bullinger tuvo que esperar pacientemente
Zwingli, invitado en calidad de testigo, hizo todo lo que pudo para ayudar a su amigo. Aseguró que la joven le había dicho que su madre quería “entregarla a un hombre rico, pero que ella misma no quería”.
En verano de 1528 el tribunal decretó que el compromiso matrimonial era firme y que, en consecuencia, “Anna solo podía tomar por esposo a Heinrich”. A pesar de ello, el reformador tuvo todavía que esperar algo más de un año.
La joven se casó seis semanas después de morir su madre. El día de la boda, Heinrich le entregó un poema, escrito de su propia mano, en el que aseguraba a su “emperadora” que “ahora he encontrado la paz; ahora soy feliz, mi bien amada, si puedo estar a tu lado”.
Según lo que sabemos hoy día, fue un matrimonio feliz. Anna dio a luz once hijos. En 1531 Bullinger sucedió a Zwingli al frente de la Grossmünster y Anna, como esposa del pastor, llevó una casa acogedora y hospitalaria.
Cuando 35 años más tarde Anna murió a causa de la peste, su marido quedó inconsolable. En una carta confiesa a un amigo: “Sabes que el Señor me ha privado del apoyo de mi vejez, que ha llamado junto a sí a mi fiel esposa, extraordinariamente devota y piadosa. Pero el Señor es justo y sus juicios son rectos”.
Traducción del alemán: José M. Wolff