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Mateo 28:19 dice: “Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
En primer lugar llamamos su atención sobre el sufijo “los”. Dicho mandato no se refiere a las naciones, sino a los “discípulos”. Eso puede verse claramente si leemos bien el versículo desde el principio: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos…”. El orden es: predicación, fe, bautismo. ¡Así lo mandó el Señor Jesús! Por eso leemos también: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16). Todo hombre que no tenga la fe en Cristo, aunque sea bautizado, incurre en la condenación eterna.
Así, en primer lugar venía la predicación del Evangelio. Tenía como base la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Luego la fe era el resultado de esta predicación. Por consiguiente, se debía bautizar a los que habían creído. El Señor mismo lo ordenó así y los apóstoles ejecutaron esta orden, conscientes de su responsabilidad. Los Hechos de los apóstoles nos relatan varias ocasiones de bautismo.
Este bautismo se celebra, expresamente por orden de Jesucristo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Él dio esta orden después de su resurrección de los muertos, cuando estaba a punto de subir al cielo, para ser glorificado allí. Los discípulos la ejecutaron después que el Espíritu Santo descendió sobre ellos.
Pero, ¿qué significado tienen las palabras: “Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”? Estos son los nombres de la Trinidad, como el Nuevo Testamento nos los revela.
Confesamos creer en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo tenemos el precioso privilegio de tener comunión con el Padre y el Hijo, por el Espíritu Santo. Al sumergir en el agua al que se bautiza, el que administra el bautismo le dice: «Le bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo», según lo estipula el mandamiento divino.
El bautismo nos revela simbólicamente toda la enseñanza de la salvación:
a) El lavamiento de los pecados. Al pensar en nuestro bautismo recordamos la promesa hecha por Dios de que todos nuestros pecados han sido lavados por la sangre de Cristo.
b) La muerte con Cristo. El bautismo –simbolizando la muerte del que es sumergido por el agua– nos recuerda que Cristo “murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, y que fue sepultado” (1 Corintios 15:3-4). Por nuestra unión con Jesucristo, somos salvos del poder del pecado y de la muerte.
c) La desaparición del hombre viejo con Cristo en la tumba. El bautismo representa así el fin del viejo hombre, porque fuimos “sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo” (Romanos 6:4).
d) La resurrección del nuevo hombre con Jesucristo. El bautismo representa igualmente la resurrección a una vida nueva y eterna con él. Así recordamos que la salvación no es una reforma del viejo hombre sino la recepción de una nueva vida en Cristo.
De esta manera, siempre de nuevo, la Palabra de Dios quiere llevar nuestra mirada a los grandes hechos de la salvación que se cumplen invocando el nombre del Señor Jesús como único Salvador y Redentor, renunciando al pecado y al mundo, confiando en la obra perfecta del Hijo de Dios, en su muerte y resurrección. El significado del bautismo nos da motivo para anunciar con júbilo su magnífico nombre: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15).
Al meditar sobre el significado del bautismo hemos visto primeramente que es el símbolo del lavamiento de nuestros pecados. También es la representación de la muerte y resurrección con Cristo, al ser el agua del bautismo el símbolo de la muerte del viejo hombre. Así el bautismo habla por una parte de limpieza y por otra de sepultura y resurrección. Por eso el bautismo tiene que ser una inmersión en el agua, de tal forma que el bautizado sea cubierto con agua. El acto que se realiza en forma de aspersión o derramamiento, no corresponde al verdadero significado del bautismo.
Así como el Nuevo Testamento nos enseña claramente de qué modo se debe efectuar el bautismo, se nos muestra también quién puede bautizar. Vemos en los Hechos de los Apóstoles, que todos los hombres que predicaban el Evangelio eran llamados a bautizar a los que por su predicación llegaran a creer en el Señor Jesucristo. La Sagrada Escritura no establece un nombramiento especial para tener derecho a bautizar.
Por lo tanto, todos los predicadores del Evangelio, y en el sentido más amplio, cada cristiano nacido de nuevo, está en condiciones de bautizar. Quien bautiza, tiene la responsabilidad de su ejecución.