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Jean-Marc Katchelewa vive con su familia en Meyrin, en la perifería de Ginebra, a pocos kilómetros del lugar donde su vida cambió drásticamente hace diez años.
En el cielo que domina la Plaza de los Cinco Continentes se suceden sin cesar los aviones que despegan del aeropuerto internacional de Ginebra-Cointrin. Por breves espacios, el estruendo de los motores irrumpe en las alentadas conversaciones en el café del teatro Forum de Meyrin.
Jean-Marc Katchelewa llega con algunos minutos de retraso: por el camino fue detenido por el responsable de la seguridad internacional del aeropuerto. No para ser interrogado –"no, tengo pinta de alguien que suele ser interpelado en la calle", ironiza el inmigrante del Congo– sino para una charla amigable.
Casado y padre de una hija, Jean-Marc ya no teme la policía. Han pasado trece años desde que llegó a Suiza, y muchas cosas han cambiado. Sin embargo, no olvida lo difícil que le resultó al principio la integración.
Todos los negros al avión
En 1995, después de una larga estancia en Francia, se vio obligado a dejar el país. Desprovisto de un permiso de residencia válido, a pesar de haber ostentado un cargo en la embajada del entonces Zaire, se encuentra de repente en lo que él llama el "primer chárter europeo de expulsión" directo a África.
"La policía embarcó indiscriminadamente a todas las personas negras", recuerda. "Cuando estábamos todos juntos en Kinshasa me di cuenta que había entre nosotros un senegalés, un haitiano e incluso un latinoamericano."
Aprovechando un momento de confusión en el aeropuerto congolés, Jean-Marc consiguió desaparecer para volverse a marchar tres días más tarde. "Las únicas plazas disponibles eran en un avión de la Swissair", expone. "Lo más importante era regresar lo antes posible a París para volver a estar con mi familia." De escala en Ginebra, su recorrido, sin embargo, dio otro giro drástico.
De tránsito durante dos semanas
Con un pasaporte válido, pero desprovisto de un visado regular, Jean-Marc se ve inmediatamente bloqueado por el servicio de seguridad del aeropuerto helvético. Para evitar la segunda repatriación forzada en pocos días deposita una demanda de asilo. "Estuve casi dos semanas en la zona de tránsito. Fue terrible: durante la noche nos encerraban en celdas y durante el día no nos podíamos mover del sitio."
Una limitación doblemente frustrante para un diplomático y jurista diplomado. "Las Convenciones de Ginebra, ratificadas por Suiza, contemplan los derechos de los refugiados: y aún así era prisionero sin haber cometido ningún crimen."
Los días se hacían largos y el miedo de ser expulsado sin previo aviso fue constante. "Todos temían la intervención de la policía. Recuerdo que cada vez que nos reuníamos para comer faltaba alguien en la convocación."
Diez años más tarde, Jean-Marc obtiene finalmente un permiso de residencia, también gracias al apoyo de las autoridades ginebrinas. "Ha sido un período doloroso; hoy, sin embargo, estoy contento de poder meter mi experiencia a disposición de la policía."
De refugiado a consultor
A petición del Centro de Formación de la Policía, desde el año 2000 Jean-Marc se ocupa de impartir una clase sobre ética y derechos humanos. "El objetivo es discutir sobre la diversidad cultural para proporcionar a los jóvenes agentes los conocimientos para poder afrontar los conflictos entre los extranjeros y las fuerzas del orden."
Si por una parte las relaciones de Jean-Marc han contribuido a mejorar la situación (los refugiados ya no se confinan en la zona de tránsito, se alojan ahora en un centro de acogida fuera del aeropuerto), por otra ciertos mensajes aún se transmiten con dificultad.
"Sólo una mínima parte de los agentes es receptiva a este tipo de argumentos. Muchos piensan que la policía debe centrarse en respetar las leyes y no perder el tiempo reflexionando sobre conceptos éticos."
Necesidad de comunicar
Gracias a los esfuerzos realizados por parte de las autoridades en pro de la integración, la socióloga Laure Delieutraz, autora de un estudio sobre la población migrante de Meyrin, destaca algunas discrepancias: "La administración apuesta por una política de integración basada en la no-discriminación, lo cual es positivo. Pero falta todavía una promoción concreta de la multiculturalidad."
Si bien no hay grandes problemas de convivencia entre las más de 120 nacionalidades representadas en el municipio ginebrino, la integración entre las distintas comunidades aún es limitada, observa Delieutraz. "Algunos ciudadanos muestran ciertos sentimientos xenófobos que están relacionados precisamente con la ignorancia del otro."
Es un problema que se puede resolver si se intensifican los intercambios interculturales dentro de la red asociativa y si se mejora la coordinación entre los que trabajan con los extranjeros (educadores, servicios sociales, organizaciones, etc.).
"Las personas tienen necesidad de comunicar, exponer los propios sentimientos y relatar sus vivencias", subraya.
Reducir la incertidumbre
Para Jean-Marc, elegido en el 2000 miembro de la Comisión Cantonal para la Integración, las autoridades deberían, además, acelerar los trámites administrativos que incluyan a los extranjeros y reducir los períodos de incertidumbre.
"Durante diez años he vivido como solicitante de asilo en la total precariedad, sin la más mínima posibilidad de poder plantearme una nueva vida. Me daban 411 francos al mes y no tenía derecho a trabajar. Tuve la suerte de no ser fumador...", explica.
Y añade con cierto pesar que "en este contexto de inestabilidad, muchos ceden a la tentación de ganar más dinero en la ilegalidad, por ejemplo con la venta de drogas".
En fin, concluye Jean-Marc, también los inmigrantes tienen que poner de su parte: "No se pueden permitir violar las leyes del país que los ha acogido."
swissinfo, Luigi Jorio, Meyrin
(Traducción del italiano: Antonio Suárez Varela)
Datos clave
Ginebra es el cantón con la cuota porcentual más alta de extranjeros residentes de Suiza (34%).
En Meyrin, los extranjeros representan el 44% de la población (más de 120 nacionalidades).
Uno de cinco inmigrantes trabaja como funcionario para organizaciones internacionales.
Las comunidades numéricamente más importantes constituyen los portugueses, italianos y españoles.
LA PRIMERA CIUDAD SATÉLITE DE SUIZA
El municipio de Meyrin, próximo a la frontera franco-suiza, se convirtió de una aldea de 3.000 almas en 1960 en una ciudad multicultural de más de 20.000 habitantes hoy.
Esta metamorfosis se debe sobre todo a la fundación del Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN) que condujo al asentamiento de numerosos científicos occidentales en Meyrin. La proximidad con las grandes organizaciones internacionales (ONU, Cruz Roja, OMS,...) ha contribuido a continuación a la llegada de una población migrante de alto nivel sociocultural.
Para poder acoger a todas estas personas, las autoridades han decidido transformar el municipio ginebrino en la primera ciudad satélite de Suiza (1960-1965). A los funcionarios internacionales se sumaron así, a partir de los años 80, muchos extranjeros provenientes de los países del Sur.
A pesar de ser considerada a menudo como ciudad fría y anónima a causa de los grandes edificios rectangulares y la subdivisión geométrica del territorio (algunos la comparan con los suburbios de las metrópolis francesas), Meyrin es apreciada por sus habitantes por su alta calidad de vida.